El profe de Hugo CAPÍTULO 17SUSPENSO EN AMOR #2
78%

CAPÍTULO 17SUSPENSO EN AMOR #2

—También me lo han dicho mi amiga, mi hijo y una madre de la asociación.

—Entonces voy tarde.

Cuando colgó, escribió a Álvaro.

**Irene acaba de absolvernos.**

Él respondió:

**¿Tengo que cumplir penitencia?**

**Conozco varias opciones.**

Tardó diez segundos.

**Esto ya no parece una conversación profesional.**

**Por fin aprendes.**

Aquella noche Hugo cenaba con David. Marta y Álvaro quedaron en un restaurante pequeño de Malasaña donde no conocían a nadie. Era la primera cita a solas después de la discusión y los dos llegaron con la voluntad evidente de comportarse con naturalidad.

Duraron siete minutos.

—¿Estamos raros? —preguntó Marta.

—Un poco.

—Bien. Pensaba que era yo.

—Eres tú también.

—Gracias.

—De nada.

Álvaro dejó la carta sobre la mesa.

—No quiero que cada vez que haya un problema con el colegio acabemos discutiendo sobre si merece la pena estar juntos.

—Yo tampoco.

—Entonces necesitamos una regla.

—¿Una regla?

—Sí. Nada de decidir rupturas preventivas.

Marta levantó el vaso.

—Acepto.

—Y si algo afecta a Hugo, hablamos con él de forma adecuada a su edad.

—Acepto.

—Y no usamos al niño como mensajero.

—Eso tendrás que negociarlo con él.

Álvaro se rio.

—Justo.

Marta lo miró un momento.

—Mi regla: no fingimos que esto es fácil solo para demostrar que somos adultos maduros.

—Me gusta.

—Puede ser incómodo. Puede dar miedo. Y si alguna vez realmente queremos parar, lo diremos porque queremos parar, no porque alguien haya hablado en un grupo de padres.

Álvaro extendió una mano sobre la mesa.

—Trato.

Marta entrelazó sus dedos con los de él.

—Trato.

El camarero apareció en ese momento y ambos soltaron las manos con una rapidez ridícula.

—¿Interrumpo? —preguntó.

—Muchísimo —respondió Marta.

Álvaro se echó a reír.

Después de la reconciliación, Marta descubrió que seguir juntos no borraba la incomodidad del colegio.

El lunes siguiente llegó a una reunión de familias y eligió una silla en la tercera fila.

Álvaro estaba junto a la pizarra, explicando una actividad del trimestre con la misma voz con la que había hablado antes de que se besaran.

Marta intentó concentrarse.

Patricia se sentó a su lado.

—No lo mires tanto.

—No lo estoy mirando.

—Llevas cinco minutos mirando la misma diapositiva.

—Está hablando él.

—También hay otra profesora.

Marta giró la cabeza.

—¿Has venido a escuchar o a molestar?

—Las dos cosas.

Álvaro continuó:

—La salida será el jueves veintisiete. Necesitaremos dos adultos voluntarios por grupo.

Varias manos se levantaron.

Marta no movió la suya.

Hugo, sentado en una mesa lateral con otros niños, la miró como si acabara de traicionar a la patria.

Le señaló con el dedo.

Después levantó la mano por ella.

—Mi madre.

Marta se volvió hacia él con una rapidez que hizo reír a dos padres de la fila de atrás.

—Hugo, baja la mano.

Álvaro tuvo que apartar la vista un momento.

—Los voluntarios tienen que ofrecerse ellos mismos.

—Se ofrece —dijo Hugo.

—No me ofrezco.

—Hace bocadillos buenos.

Un padre se rio.

Marta sintió calor en las orejas.

—Hugo.

Álvaro mantuvo la seriedad con bastante mérito.

—Apunto a Patricia y a Sergio por ahora. Si hace falta alguien más, os escribimos.

Hugo dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Qué poco compromiso.

A la salida, Marta lo agarró por la capucha.

—Tú y yo vamos a hablar.

—Solo quería ayudar.

—Tu ayuda necesita autorización previa.

—Eso es burocracia.

Álvaro apareció detrás con una carpeta bajo el brazo.

—Estoy de acuerdo con tu madre.

Hugo lo miró, traicionado.

—Ya empezáis.

—¿Qué empezamos?

—A hacer equipo.

Marta soltó la capucha.

—Tenemos derecho.

—Pues yo también haré equipo con papá.

—Me parece estupendo.

—Y con la abuela.

—Eso ya es terrorismo.

Álvaro se rio.

Hugo se marchó hacia el patio con otros niños.

Marta bajó la voz.

—Ha estado insoportable.

—Está encantado.

—Peor.

Caminaron hasta la puerta sin tocarse.

A pocos metros había padres.

Marta notó la distancia física y, esta vez, no le dolió.

Era una elección compartida.

—¿Cena esta noche? —preguntó él.

—Hugo está con David.

—Eso suena prometedor.

—Tengo una botella de vino y cero deberes.

—Mucho más prometedor.

—A las nueve.

—Llegaré con pan.

Marta negó con la cabeza.

—Estás convirtiendo el pan en lenguaje amoroso.

—Funciona.

Aquella noche cocinaron juntos.

Álvaro cortaba cebolla demasiado despacio y Marta terminó quitándole el cuchillo.

—Tú enseñas religión.

—Eso pone en mi contrato.

—Y la cocina queda fuera.

—Sé hacer tortilla.

—Todo el mundo dice que sabe hacer tortilla.

—La mía es buena.

—Quiero pruebas.

—Otro día.

—Cobarde.

—Prudente.

La palabra ya se había convertido en una broma entre ellos.

Marta removió la salsa.

—Hoy me he sentido mejor en la reunión.

—¿Por qué?

—Porque no estábamos fingiendo que no pasa nada. Solo estábamos trabajando.

Álvaro apoyó una mano en la encimera.

—Eso es lo que quiero.

—Yo también.

—Y dentro de dos semanas, si alguien pregunta por la evaluación de Hugo, dirección ya ha decidido que otro profesor revise las notas finales conmigo.

Marta se volvió.

—¿Te molesta?

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque sé que no hago trato de favor.

—Claro.

—Pero también entiendo que protege a todos.

Marta dejó la cuchara.

—Gracias por no convertirlo en una guerra.

—No quiero ganar una guerra. Quiero dar clase y salir contigo.

—Qué poco épico.

—Tengo casi cuarenta.

—Treinta y nueve.

—Gracias.

—No te envejezcas.

Álvaro se acercó.

—¿Y tú qué quieres?

Marta miró la salsa, el cuchillo, la botella abierta.

—Esto.

—¿Cebolla?

—Idiota.

Él sonrió.

—Ya.

—Quiero poder tener un día normal contigo. Que Hugo te llame profe hasta los treinta si le da la gana. Que David siga siendo David. Que mi madre no te adopte demasiado rápido.

—Esa parte ya está perdida.

—Y quiero dejar de tratar cada problema como una señal del fin del mundo.

Álvaro le puso una mano en la cintura.

—Eso costará más.

—Gracias por la confianza.

—Te conozco.

Marta se apoyó en él.

—Me gusta que me conozcas.

—A mí también.

Cenaron tarde y hablaron del verano: de viajes, de si Hugo aguantaría una semana entera de playa sin afirmar que se aburría y de cómo repartirían el tiempo sin invadir el calendario de David.

Ninguna decisión resultaba urgente.

Eso le gustó a Marta.

Después, mientras recogían, Álvaro abrió un cajón de la cocina y encontró un paquete de galletas escondido detrás de unas servilletas.

—¿Contrabando?

—Son mías.

—¿Hugo no sabe que existen?

—Claro que no.

—Esto cambia mi imagen de ti.

—Tengo secretos oscuros.

—Veo.

Marta cogió una galleta.

—¿Quieres?

—Sí.

—Pues pide permiso.

Álvaro la miró.

—¿En serio?

—La privacidad es importante en esta casa.

Él entendió la pulla.

—Muy bien. ¿Puedo?

—Puedes.

Compartieron las galletas en la cocina, riéndose bajito.

Marta pensó que aquella normalidad tenía bastante más valor que cualquier gesto espectacular.

La cena acabó tarde. Caminaron un rato antes de ir a casa de Álvaro y allí el peso de los últimos días terminó de aflojarse. Marta se quitó los zapatos en la entrada y vio una bolsa de tela sobre una silla.

—¿Eso qué es?

—Tus cosas.

—¿Mis cosas?

Álvaro sacó un cepillo de dientes nuevo, un cargador compatible con su móvil y una camiseta que ella había dejado allí.

—Tenías dos opciones —dijo Marta—. Darme un cajón o echarme.

—El cajón está en proceso de licitación.

—Quiero condiciones dignas.

—Media balda.

—Insulto.

—Una balda entera si dejas de ocupar el baño con productos sin explicación.

Marta abrió la puerta del baño. Había un limpiador facial, crema y un coletero que reconoció como suyo.

—Eso son tres cosas.

—Son el inicio de una ocupación.

—Habla con mi abogado.

Álvaro la abrazó desde atrás.

—Me gusta que dejes cosas.

El abrazo la sorprendió lo justo para hacerla respirar hondo.

—A mí me gusta encontrarlas cuando vuelvo.

El beso que siguió fue lento y privado, sin escuela, padres ni hijos alrededor. Marta agradeció aquella parte de su relación que pertenecía solo a ellos. Ser madre ocupaba una parte enorme de su vida. Enamorarse no podía convertirse únicamente en otra tarea familiar.

A la mañana siguiente despertó con olor a café. Álvaro estaba en la cocina, descalzo y despeinado, intentando abrir un paquete de pan de molde por el lado equivocado.

—Profesor universitario de bolsas —dijo Marta desde la puerta.

—Profesor de Religión.

—Hoy suspendes envases.

Él consiguió abrirlo y levantó el paquete como un trofeo.

—Retira lo dicho.

Marta se acercó, le robó una rebanada y le dio un beso.

—Te quiero.

La frase salió tranquila, sin discusión alrededor.

Álvaro sonrió.

—Mucho mejor así.

—No te acostumbres a ganar.

—Imposible. Conozco a Hugo.

Marta apoyó la frente en su hombro. Hugo gritó desde su cuarto que alguien había movido el cargador de la consola.

—Ahí tienes el futuro —dijo Álvaro.

Marta soltó una risa y fue a buscar el cargador.