CAPÍTULO 17SUSPENSO EN AMOR
SUSPENSO EN AMOR
Al día siguiente, la conversación no salió como Marta esperaba.
Tampoco salió mal.
Quedaron en una cafetería lejos del colegio. Álvaro llegó primero. Cuando Marta entró, él se levantó y la besó en la mejilla.
El beso en la mejilla fue tan correcto que aumentó la tensión en vez de aliviarla.
Pidieron café.
—He pensado mucho —empezó Marta.
—Yo también.
—Y tenías razón.
Álvaro la miró por encima de la taza.
—Eso me gustaría grabarlo.
El comentario abrió una grieta en la tensión y Marta la aprovechó.
—No abuses.
—Perdón.
—Decidí algo que también te afectaba sin preguntarte. Me asusté y reaccioné como suelo reaccionar cuando me asusto.
—Intentando controlar lo que puede pasar.
—Sí.
—Lo entiendo.
—Pero sigues enfadado.
Álvaro dejó la taza.
—Un poco.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero que me lo digas.
Él asintió.
—Me dolió que tu primera solución fuese apartarme.
Marta tragó saliva.
—No quería apartarte.
—Ya sé lo que querías hacer. A veces la intención y el resultado se separan bastante.
Ella miró las manos sobre la mesa.
Álvaro frotó el borde de la taza con el pulgar antes de continuar.
—Y yo tampoco estuve bien.
Marta levantó la cabeza.
—¿En qué?
—En cuanto apareció lo del colegio me puse a la defensiva. Es mi trabajo y me toca especialmente las narices que alguien insinúe que trato mejor a Hugo por estar contigo. Me cerré en que podía manejarlo solo y te hablé como si tus miedos fueran un problema que había que corregir.
—Estabas enfadado.
—Sí, y cuando me siento cuestionado en el trabajo me pongo bastante cabezota. No es una virtud pedagógica.
A Marta se le escapó una sonrisa pequeña.
—Eso explica algunas cosas.
—No demasiadas, espero.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero que decidamos juntos cómo manejarlo.
Marta levantó la vista.
—¿Eso significa que seguimos?
Álvaro sonrió un poco.
—Significa que yo quiero seguir.
Marta notó que la tensión de los hombros cedía un poco.
—Yo también.
La reconciliación no tuvo un beso de película porque estaban en una mesa diminuta y el camarero llegó justo cuando Marta empezaba a inclinarse hacia él con dos vasos de agua y la cuenta de otra mesa.
Se rieron.
El detalle absurdo devolvió las cosas a su sitio mejor que cualquier frase ensayada.
—Hay una cosa más —dijo Álvaro.
Marta dejó de sonreír.
—Dime.
—Lo del parque.
—¿Qué parte?
—La de que te quiero.
Marta miró la taza.
—Ah.
—No quiero que quede archivado como material de discusión.
Ella levantó los ojos.
—Yo también te quiero.
—Bien.
—¿Bien?
—Mucho.
Marta lo miró con una mezcla de ternura y burla.
—Qué declaración tan bonita.
—Puedo hacer otra con velas si quieres.
—Ni se te ocurra.
—Entonces nos quedamos con esta.
Marta alargó la mano por encima de la mesa. Álvaro entrelazó los dedos con los suyos.
—¿Sabes qué me dio más miedo? —preguntó ella.
—Que dirección me dijera algo.
—Que Hugo ya esté metido. Me preocupa que le hagamos daño si esto falla.
—A mí también.
—Y sé que no se puede vivir pensando solo en eso.
—Exacto.
—Pero no me pidas que no lo piense.
—No te lo voy a pedir. Solo que no decidas sola en función del miedo.
Marta asintió.
—Trato.
—Trato.
Decidieron mantener absoluta discreción dentro del colegio, evitar cualquier situación que pudiera confundirse con una tutoría privada y, sobre todo, no permitir que Hugo se convirtiera en mensajero entre ellos.
La última regla duró veinticuatro horas.
—Profe —dijo Hugo al día siguiente al terminar la clase—, mi madre dice que esta noche puedes ir a cenar.
Álvaro cerró el libro.
—Tu madre no me ha dicho eso.
—Pues te lo digo yo.
—¿Ella sabe que me estás invitando?
Hugo dudó.
—Lo sabrá.
—Entonces no me ha invitado.
—Pero puedes ir.
—Hugo.
—¿Qué?
—No eres mi secretario.
—Te saldría barato.
Álvaro se echó a reír.
—Recojo yo los trabajos. Tú recoge tus cosas.
—¿Vas a ir o no?
—Hablaré con tu madre.
—Qué complicado todo.
—La vida adulta tiene esas cosas.
—Pues vaya mierda.
Álvaro levantó una ceja.
Hugo rectificó:
—Vaya rollo.
—Mejor.
Aquella tarde llamó a Marta.
—Tu hijo me ha invitado a cenar.
—¿Perdón?
—Dice que lo sabrás.
Marta se quedó callada dos segundos.
—Lo voy a matar.
—Esa frase empieza a repetirse mucho.
—Porque el niño insiste en merecerla.
—¿Entonces no voy?
Marta miró hacia el salón, donde Hugo fingía hacer deberes.
—Ahora tienes que venir. Si no, pensará que su plan ha fallado y probará algo peor.
—Buena argumentación.
—A las nueve.
Cuando colgó, Hugo levantó la cabeza.
—¿Viene?
—Eres un manipulador.
—¿Eso es que sí?
—Sí.
—Perfecto.
—Y tú cenas y te vas a la cama a tu hora.
—¿Por qué?
—Porque tienes colegio.
—Pensaba que era para que os beséis.
Marta le lanzó un cojín.
Hugo lo esquivó muerto de risa.
La cena salió sorprendentemente bien. Hugo contó una historia interminable sobre Samuel, Marta discutió con Álvaro sobre una serie y, durante un rato, el conflicto de los últimos días pareció más lejano.
En mitad del segundo plato, Hugo dejó el tenedor.
—¿Ya lo habéis arreglado?
Marta lo miró.
—¿El qué?
—Lo vuestro.
—Sí, ya está hablado.
—¿Seguro de verdad?
—Seguro.
Hugo miró a Álvaro.
—¿Tú dices lo mismo?
—Digo lo mismo.
Hugo retomó la cena con un pequeño gesto de conformidad.
Siguió comiendo.
Marta intercambió una mirada con Álvaro.
—¿Por qué necesitabas preguntarlo a los dos? —dijo ella.
Hugo bajó la vista a la punta de sus zapatillas.
—Porque tú dices una cosa cuando quieres que me tranquilice.
—Gracias por la confianza.
—Y Álvaro habla raro cuando está serio.
—¿Cómo que raro? —preguntó él.
—Como en clase.
Marta soltó una carcajada.
—Eso es verdad.
—Estoy rodeado de críticos.
—Te lo has buscado —dijo Hugo.
Después de cenar, Hugo se lavó los dientes y apareció en pijama.
—Buenas noches.
—Buenas noches —dijo Marta.
Se acercó a Álvaro.
—Buenas noches, profe.
—Buenas noches, Hugo.
El niño dio dos pasos hacia el pasillo, se detuvo y volvió la cabeza.
—¿Entonces no vais a cortar?
Marta miró a Álvaro.
—No —respondió él.
Hugo asintió.
—Vale.
Esta vez se fue sin añadir ninguna broma.
Marta esperó a que desapareciera por el pasillo.
—Le importas mucho.
Álvaro bajó la vista.
—Él a mí también.
La frase cerró algo dentro de ella que llevaba días haciendo ruido.
Más tarde, cuando Hugo ya dormía, Marta y Álvaro se quedaron en la cocina recogiendo platos.
—Ha estado muy preocupado —dijo ella.
—Sí.
—Y yo pensando que cuanto más controlara la situación, menos daño podía hacerle.
Álvaro secó un vaso.
—Los niños detectan muy bien cuando los adultos fingen que todo está controlado.
—Maravilloso.
—También se adaptan mejor de lo que creemos si les explicas las cosas sin convertirlas en un drama.
Marta lo miró.
—Hablas como profesor.
—Cobro por horas.
Ella sonrió y le quitó el paño de la mano.
—Entonces ya has terminado tu jornada.
—¿Seguro?
—Completamente.
El beso que siguió no tuvo nada de pedagógico, lo cual mejoró bastante la noche.
Más tarde acabaron en el sofá porque Marta se negó a ir al dormitorio antes de comprobar que Hugo dormía de verdad. Álvaro tenía un brazo alrededor de su cintura y ella había apoyado los pies sobre la mesa.
—Tengo treinta y ocho años y estoy esperando a que mi hijo se duerma para besarte —murmuró.
—Hay tradiciones que sobreviven a todas las edades.
—Tú no ayudas.
—Estoy muy cómodo.
Marta le dio un beso en la mandíbula.
—¿Te molestó mucho lo que hice?
Álvaro pensó la respuesta.
—Más de lo que te dije.
—Lo siento.
—Ya lo sé.
—No quiero volver a hacerte sentir que puedes desaparecer de mi vida porque me haya puesto nerviosa.
—Me vale con que me avises si vas a intentarlo.
Ella sonrió.
—Qué generoso.
—Muchísimo.
—Y otra cosa.
—Dime.
—No vuelvas a decirme «te quiero» en mitad de una discusión.
Álvaro la miró.
—¿Por qué?
—Porque me desarmaste.
—Tomo nota.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de que lo vas a utilizar.
—Ni idea de qué hablas.
Marta le dio un empujón.
Desde el pasillo llegó la voz de Hugo:
—¡Estoy intentando dormir!
Los dos se quedaron quietos.
Marta levantó la voz.
—¡Pues duerme!
—¡Hacéis ruido!
Álvaro susurró:
—Tiene oído de murciélago.
—Y cero respeto por la intimidad.
—Eso ya lo sabíamos.
La normalidad volvió poco a poco. Al día siguiente Álvaro corrigió el examen de Religión de Hugo junto con los demás y dejó su siete tal como estaba.
Irene revisó la calificación, firmó la hoja de control interno y se rio cuando vio una respuesta del niño en la que había escrito: «La caridad es ayudar sin presumir porque si presumes ya fastidias un poco la intención».
—Esto es muy Hugo —dijo.
—Demasiado.
—Le has puesto medio punto.
—Porque la idea es correcta.
—También podría ser un eslogan de camiseta.
—No le des ideas.
Cuando devolvió los exámenes, Hugo miró su nota.
—Siete.
—Siete.
—Conoces a mi madre.
—Sí.
—Mucho.
—Hugo.
—Y aun así siete.
—Correcto.
Hugo guardó el examen.
—Eres incorruptible.
—Gracias.
—Te aseguro que no pretendía halagarte.
—Lo sé.
Al llegar a casa, lo dejó sobre la mesa.
Marta lo vio.
—Un siete está bien.
—Podía haberme puesto ocho.
—¿Te lo merecías?
Hugo pensó.
—No importa.
A Marta le hizo gracia. La prueba más tranquilizadora de que la situación se estaba asentando fue esa: Hugo podía volver a quejarse de Álvaro por cosas normales.
La reconciliación no convirtió la semana en una postal.
A la mañana siguiente seguían existiendo los correos, las revisiones de notas y dos padres que opinaban demasiado.
Marta tuvo que acostumbrarse a una idea que le gustaba bastante menos que besar a Álvaro: podían hacer las cosas bien y aun así incomodar a alguien.
El viernes, Irene la llamó para explicarle el procedimiento con las calificaciones de Hugo.
—Revisaré las pruebas y trabajos de este trimestre. También firmaré la nota final de Religión junto con Álvaro.
—Me parece perfecto.
—Quiero que sepas que no hemos encontrado ningún indicio de trato distinto.
Marta torció la boca.
—Ya lo sé.
—Lo digo porque estas situaciones se resuelven mejor con transparencia que con rumores.
—Gracias.
—Y, Marta... el colegio no regula la vida sentimental de los padres.
—Lo sé.
—Pareces necesitar que te lo repitan.
Marta soltó una carcajada.