El profe de Hugo CAPÍTULO 16TODO EL MUNDO SE ENTERA
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CAPÍTULO 16TODO EL MUNDO SE ENTERA

TODO EL MUNDO SE ENTERA

Marta durmió mal.

A las tres de la mañana decidió que había sido una idiota. A las cuatro, que Álvaro podía haber intentado entenderla un poco más. A las cinco volvió a sentirse idiota y a las seis ya estaba tan cansada que dejó de tener una opinión clara sobre nada.

Hugo apareció en la cocina vestido con el pantalón del pijama y la camiseta del colegio.

—Te falta media ropa.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué has venido así?

—Porque tengo hambre.

Marta le puso una tostada delante.

—Ponte el uniforme después.

Hugo mordió la tostada y la observó.

—Tienes mala cara.

—Gracias.

—¿Has dormido?

—Poco.

—¿Por Álvaro?

Marta levantó la vista.

—¿Por qué iba a ser por Álvaro?

Hugo masticó despacio.

—Porque ayer estaba aquí y se fue enfadado.

—No estaba aquí.

—Vi su coche desde la ventana.

Marta suspiró.

—No estaba enfadado contigo.

—Ya sé que conmigo no.

—Entonces termina de desayunar.

Hugo bajó la mirada al plato.

—¿Vais a cortar?

Marta dejó la taza.

—No sé.

La respuesta hizo que el niño parara de masticar.

—Ayer dijiste que no.

—Ayer las cosas estaban distintas.

—¿Por el colegio?

Marta apretó los labios.

—Hugo, esto es entre Álvaro y yo.

—Pero pasa por mí.

—No pasa por ti.

—Es mi profesor.

—Eso no significa que sea culpa tuya.

El niño empujó el plato.

—Ya no tengo hambre.

—Come un poco más.

—No quiero.

Se bajó de la silla y salió de la cocina.

La tostada a medio terminar se quedó sobre el plato mientras Marta intentaba decidir qué hacer con aquella mañana.

Aquella mañana eligió una blusa dos veces, se cambió de zapatos tres y acabó poniéndose los mismos vaqueros del día anterior. No esperaba ver a Álvaro más de treinta segundos en la puerta del colegio, pero aun así se descubrió comprobándose el pelo en el espejo del ascensor.

—¿Vas a una reunión? —preguntó Hugo.

—No.

—Entonces para qué te arreglas tanto.

—Llevo una coleta.

—Te la has hecho cuatro veces.

—¿Tú no tenías que buscar un estuche?

—Ya lo tengo.

—Pues disfruta del milagro en silencio.

En la puerta del centro evitó deliberadamente buscar a Álvaro. Dejó a Hugo, habló dos minutos con Irene sobre una excursión y regresó al coche.

A media mañana recibió un mensaje.

**Álvaro:** Espero que estés bien.

Marta lo leyó cinco veces.

Contestó:

**Marta:** Sí. Tú?

La respuesta tardó diez minutos.

**Álvaro:** Bien.

Eso fue todo.

Dos personas adultas, enamoradas y capaces de mantener conversaciones razonables sobre casi cualquier asunto, reducidas a cuatro palabras y un signo de interrogación.

Nuria llamó a la hora de comer.

—¿Qué has hecho?

—¿Por qué das por hecho que he sido yo?

—Porque me has mandado un audio de seis minutos empezando por «creo que la he liado».

Marta se tumbó hacia atrás en la silla del despacho.

—Le he dicho que deberíamos frenar hasta final de curso.

—¿Frenar qué?

—La relación.

Hubo un silencio.

—Voy a repetirte la pregunta. ¿Qué has hecho?

—No quiero que tenga problemas por mí.

—¿Te ha dicho que los tiene?

—El director ha hablado con él.

—¿Y le ha despedido?

—Sigue trabajando.

—¿Le ha sancionado?

—Tampoco.

—¿Le ha prohibido verte?

—Ni siquiera.

Nuria dejó pasar un segundo.

—Entonces el problema es que te has asustado.

Marta apartó la vista.

—No me psicoanalices.

—No hace falta. Me lo estás dejando facilísimo.

—Gracias por tu apoyo.

—Te apoyo muchísimo. Por eso te digo que eres idiota.

Marta se echó a reír a pesar de todo.

—¿Qué hago?

—Hablar con él.

—Qué solución tan revolucionaria.

—Podrías probarla antes de dejar al hombre que te gusta porque dos padres aburridos han hablado en una puerta.

—No lo he dejado.

—¿Él lo sabe?

Marta cerró los ojos.

—No muy bien.

—Entonces empieza por ahí. Y deja de resolverle la vida a la gente. Bastante tenemos todos con la nuestra.

Marta miró la pantalla del ordenador sin ver nada.

—Lo quiero mucho.

Nuria se quedó callada un instante.

—Ya.

—¿Por qué dices «ya» así?

—Porque llevas meses intentando convencerte de que esto era solo que te ponía muchísimo un profesor rubio y acabas de pasar una noche casi sin dormir por una reunión con dirección.

—Qué romántica eres.

—Soy eficientísima.

La llamada terminó porque Nuria tenía una videoconferencia. Marta trabajó el resto de la tarde con una concentración lamentable y a las cuatro y cincuenta ya estaba guardando el portátil.

Fue al colegio a recoger a Hugo. Lo encontró saliendo con Samuel. Los dos caminaban juntos, hablando de un videojuego, como si en febrero no hubieran intentado arrancarse la cabeza.

—¿Ya sois amigos otra vez? —preguntó Marta.

—Nunca dejamos de ser amigos —respondió Hugo.

—Os pegasteis.

—Eso no cuenta.

Samuel saludó y se fue corriendo hacia su madre.

Marta vio a Álvaro junto a la entrada, hablando con otro profesor.

Él la vio también. Ninguno se acercó. Hugo siguió la dirección de su mirada.

—Puedes saludarlo.

—Ya lo sé.

—Pues no lo haces.

—Vámonos a casa.

—Está enfadado contigo.

—Hugo.

—Se nota.

—Al coche.

El niño obedeció con un bufido.

Dentro, mientras Marta arrancaba, preguntó:

—¿Le has dejado?

—No.

—Pues parece.

Marta giró hacia él.

—¿Desde cuándo tienes tantas opiniones sobre mi vida sentimental?

—Desde que me afecta.

La respuesta la dejó sin réplica.

Hugo miró por la ventanilla.

—A mí me cae bien.

Marta aflojó las manos sobre el volante.

—Ya lo sé.

—Y si lo dejas por mí, me voy a enfadar.

—No voy a dejar a nadie por ti.

—Pues parece.

La frase le dolió porque, desde la lógica de Hugo, tenía sentido. Llevaba días asegurándole que aquello no era culpa suya mientras tomaba decisiones alrededor del hecho de que Álvaro era su profesor.

—No quiero que cargues con esto —dijo.

—Pues no me lo pongas encima.

Marta giró la cabeza hacia él. Hugo seguía mirando por la ventanilla.

—Lo sé.

—Aunque sea pesado.

—También lo sé.

—Y pone exámenes difíciles.

—Hugo.

—Solo digo que si lo vas a dejar, que no sea por mí.

Marta arrancó.

Durante todo el camino no habló.

En casa, Hugo dejó la mochila en el recibidor y se fue directo al salón. Marta recogió la tostadora que había dejado fuera por la mañana, abrió la nevera sin saber qué buscaba y la cerró.

—Mamá.

—Qué.

—Se te ha caído esto.

Hugo le tendió una hoja doblada que había salido del bolso. Era la circular de la excursión.

—Gracias.

—¿Puedo ir?

—Claro.

—Álvaro va.

Marta levantó la vista.

—¿Y eso qué cambia?

—Nada.

—Entonces para qué lo dices.

Hugo abrió la nevera aunque acababa de merendar.

—Por informar.

Marta se dejó caer en una silla.

—Ven un momento.

—¿Para qué?

—Porque quiero decirte una cosa sin montar un drama.

Hugo se acercó con cautela.

—Suena a drama.

—Puede ser. Voy a intentarlo igualmente. Álvaro y yo tenemos un problema de adultos. Tú no lo has provocado. No tienes que arreglarlo. Y tampoco voy a pedirte que dejes de quererlo si las cosas salen mal.

Hugo frunció el ceño.

—Yo no he dicho que lo quiera.

—Vale.

—Solo me cae bien.

—Muchísimo.

—Normal.

—Pues eso. Que puedes querer a quien te dé la gana sin pensar que vas a traicionar a nadie.

Hugo pensó la frase.

—¿A papá tampoco?

—A papá tampoco.

—Vale.

—Y ahora vete a lavarte las manos.

—¿Por qué?

—Porque vienes del colegio.

—Eso no tiene relación con lo anterior.

—Hugo.

—Voy.

Aquella noche escribió a Álvaro.

**Marta:** Quiero hablar contigo. Sin decidir nada antes por los dos.

La respuesta llegó enseguida.

**Álvaro:** Mañana después de clase.

Marta respiró mejor.

No solucionaba nada todavía, pero al menos había dejado de huir.

La tarde siguiente tuvo una consecuencia que Marta no había previsto.

Una madre de la clase escribió en el grupo general:

**¿Alguien sabe si mañana hay que llevar autorización firmada o vale con la de la semana pasada?**

Tres mensajes después, alguien respondió a una cuestión completamente distinta.

**Pregúntaselo a Marta, que tiene contacto directo con el profesorado 😉**

Marta leyó el mensaje dos veces. El emoticono le molestó más que las palabras. Patricia escribió enseguida:

**Marisa, no mezclemos temas personales con el grupo de clase, por favor. La autorización es la de esta semana.**

La conversación continuó como si nada.

Marta dejó el teléfono boca abajo.

Hugo estaba en el suelo del salón montando una estructura con piezas de Lego.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Has puesto cara.

—¿Qué cara?

—La de querer tirar el móvil por la ventana.

Marta se sentó en el sofá.

—Una madre ha hecho un comentario que no me ha gustado.

—¿De mí?

—No.

—Entonces peor.

—¿Por qué?

—Porque si es de mí puedes castigarme.

Marta soltó una risa breve.

—Es sobre Álvaro y yo.

Hugo dejó una pieza.

—¿Qué ha dicho?

—Da igual.

—A mí no.

Marta dudó.

—Una tontería.

—Pues dime la tontería.

—Hugo, no necesito que te metas.

El niño volvió a la construcción, pero ya no estaba concentrado.

—¿Se ríen de él?

—No.

—¿De ti?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué?

Marta buscó una respuesta que no lo convirtiera en confidente.

—Hay gente a la que le encanta opinar sobre la vida de los demás. A veces hacen bromas que no tienen gracia.

—Como la abuela.

—Más o menos.

—Pero la abuela sí tiene gracia.

—Depende del día.

Hugo encajó una pieza con más fuerza de la necesaria.

—Si dicen algo en clase, se lo digo a Álvaro.

—No.

—¿Por qué?

—Porque él sabe manejar su trabajo. Y tú no tienes que defendernos.

—Puedo.

—Ya sé.

Marta se sentó en el suelo a su lado.

—Escúchame. Que algo tenga que ver contigo no significa que tengas que solucionarlo.

Hugo la miró.

—Eso te lo tendría que decir yo a ti.

Marta apretó los labios para no sonreír.

—Muy gracioso.

—Es verdad.

—También.

Al día siguiente, la broma del grupo había llegado a más gente.

No se convirtió en escándalo.

Fue peor de otra manera: pequeñas miradas, una conversación que se cortó cuando Marta entró en el patio y Patricia acercándose con una bolsa de tela como si fuera a venderle cosméticos.

—No te enfades.

—Mal comienzo.

—He hablado con Marisa.

—¿Por qué?

—Porque es idiota.

—Patricia.

—Vale. Porque a veces no mide.

—No quiero que nadie hable por mí.

Patricia levantó ambas manos.

—Entendido.

Marta exhaló.

—Perdona.

—No pasa nada. Estás hasta las narices.

—Un poco.

Patricia miró hacia el edificio.

—La dirección también está hasta las narices.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

—No por vosotros. Por los comentarios. Hay dos familias que han preguntado si Álvaro sigue evaluando a Hugo.

Marta sintió un golpe de calor.

—¿En serio?

—Sí.

—Pero si no ha habido ningún problema.

—Precisamente. Una preguntó si no sería mejor que otro profesor corrigiera sus trabajos.

—¿Y qué han dicho?

—Que se aplicará el protocolo que corresponda. Yo no estaba en la reunión, Marta. Me lo ha contado una persona que estaba.

—Eso sigue siendo cotilleo.

—Sí.

Patricia lo admitió sin orgullo.

Marta desvió la atención hacia la puerta del colegio.

Hugo salió con su clase.

Álvaro iba detrás.

Durante un instante sus miradas se encontraron. Él no sonrió. Tampoco hizo ningún gesto especial.

Profesional.

Aquella distancia, que hacía meses le había parecido excitante, ahora le dolió.

Hugo corrió hacia ella.

—¿Podemos ir a por pan?

—Sí.

—¿Del bueno?

—¿Qué es el pan bueno?

—El que compra Álvaro.

Marta cerró los ojos.

Patricia soltó una carcajada.

—Tu hijo no ayuda.

—Nunca.

Álvaro pasó cerca.

—Buenas tardes.

—Buenas —respondió Marta.

Hugo levantó la mano.

—Profe.

—Hugo.

Y siguió andando con otros profesores.

Marta esperó a que se alejara.

—Está enfadado —dijo Hugo.

—Está trabajando.

—Habla distinto.

—Tú dices eso de todo el mundo.

—Porque vosotros creéis que no se nota.

Caminaron hacia la panadería.

Marta tenía el teléfono en el bolso y ganas de escribir a Álvaro. Se obligó a esperar. Quería hablar con él cuando pudieran escucharse de verdad, sin mensajes lanzados entre una reunión y una salida de clase.

Por la noche, David llamó.

—Hugo me ha contado lo del grupo.

Marta se incorporó en el sofá.

—¿Qué te ha contado?

—Que una madre ha dicho una tontería y tú tienes cara de tirar móviles por ventanas.

—Perfecto.

—Está preocupado.

—Ya lo sé.

—¿Y tú?

Marta tardó.

—También.

David guardó silencio al otro lado.

—¿Quieres mi opinión?

—No.

—Te la voy a dar igual.

—Eso es muy de exmarido.

—Te conozco. Cuando tienes miedo, empiezas a organizar la evacuación antes de que haya incendio.

Marta apoyó la nuca contra el respaldo.

—Nuria me ha dicho algo parecido.

—Entonces somos dos personas sensatas.

—No te vengas arriba.

—Habla con Álvaro.

—Voy a hacerlo.

—Y no decidas por él.

Marta apoyó la cabeza en el respaldo.

—¿También vas a decirme que pida perdón?

—Depende. ¿La has cagado?

—Un poco.

—Pues sí.

—Qué apoyo tan maravilloso.

—Para eso estamos los divorciados funcionales.

Marta dejó caer la frente contra el respaldo del sofá.

—Gracias.

—De nada. Y dile a Hugo que mañana lo recojo yo.

—Vale.

—Marta.

—¿Qué?

—No conviertas dos madres cotillas en el final de una relación buena.

Ella apretó los labios.

—Lo intentaré.

—Mejor.

Cuando colgó, Marta abrió el chat de Álvaro.

Escribió:

**Tenemos que hablar. Sin decidir nada antes. Lo prometo.**

La respuesta tardó cuatro minutos.

**Eso ya suena mejor. Mañana después de clase.**

Marta dejó el teléfono sobre la mesa. Hugo había abandonado dos piezas de Lego junto al sofá. Las recogió y las puso con las demás antes de apagar la luz del salón.