El profe de Hugo CAPÍTULO 15¿VAIS A CORTAR? #2
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CAPÍTULO 15¿VAIS A CORTAR? #2

—Y hasta entonces no pongas en marcha ningún plan de evacuación sentimental.

A Marta se le escapó una risa corta.

—Qué gracioso.

—Estoy serio.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Colgó con una incomodidad que no tenía nada que ver con una pelea y bastante con saberse descubierta. Álvaro había visto enseguida su reacción favorita: cuando una cosa importaba, Marta intentaba controlarla antes de que pudiera hacerle daño.

A la mañana siguiente, dirección habló con Álvaro durante veinte minutos.

El director no amenazó, ni levantó la voz, ni hizo del asunto un escándalo.

Le explicó que no existía ninguna norma que prohibiera su relación con la madre de un alumno, pero sí convenía mantener una separación muy clara entre su vida personal y cualquier decisión académica relacionada con Hugo.

Le pidió que Irene revisara las calificaciones finales de Religión del niño como garantía adicional y que evitara situaciones que pudieran interpretarse como tutorías privadas.

Álvaro aceptó.

Le pareció sensato.

Lo que no le pareció sensato fue el mensaje de Marta a las once y siete.

**Marta:** He pensado que quizá lo mejor sea parar hasta que acabe el curso.

Álvaro leyó el mensaje dos veces. Después guardó el móvil porque entraba en clase. Hugo estaba sentado en segunda fila.

—Profe —dijo en cuanto lo vio—, Samuel dice que si estás con mi madre no puedes suspenderme.

Álvaro dejó la carpeta sobre la mesa.

—Samuel necesita aficiones.

—¿Entonces sí puedes?

—Perfectamente.

—Qué injusticia.

La clase se rio.

Álvaro también, aunque por dentro seguía viendo el mensaje de Marta.

Por la tarde fueron a hablar a un parque a tres calles del colegio. Marta llegó antes y dio dos vueltas alrededor del mismo banco.

Álvaro apareció con las manos en los bolsillos.

—Hola.

—Hola.

—¿Qué te han dicho?

Se lo explicó.

Marta escuchó, cada vez más tensa.

—Entonces sí hay problema.

—Hay precauciones.

—Álvaro, han tenido que llamarte al despacho.

—Porque un padre preguntó. Ya está.

—Y si preguntan más.

—Contestaremos más.

—No quiero ser la razón por la que tengas que justificar tu trabajo.

—Mi trabajo lo justifico yo con lo que hago cada día.

Marta se frotó las manos.

—Podemos esperar unas semanas.

—¿Quieres esperar?

—Creo que es lo responsable.

—No te he preguntado eso.

Marta levantó la vista.

—¿Quieres dejar de verme hasta junio?

—No.

—Entonces no lo presentes como si fuera una decisión neutral que hemos tomado entre los dos.

—Estoy intentando que no te perjudique.

—Y yo te estoy diciendo que prefiero decidir contigo.

Marta sintió el impulso de defenderse con argumentos prácticos. Horarios. Rumores. Dirección. Calificaciones. Todo sonaba razonable y, al mismo tiempo, sabía que debajo había otra cosa.

—Me da miedo —admitió.

Álvaro bajó un poco la voz.

—A mí también.

—Puede salir mal.

—Sí.

—Y Hugo ya está demasiado metido.

—Eso no se arregla desapareciendo de golpe.

—No digo que desaparezcas.

—Dices que dejemos de vernos hasta junio. ¿Qué crees que va a entender él?

Marta miró hacia los árboles.

—Que somos adultos y a veces hay que hacer cosas incómodas.

—O que justo cuando empieza a confiar en que algo puede quedarse, lo quitamos por si acaso.

La frase dolió porque repetía la conversación que había tenido con Hugo la noche anterior.

—No uses eso contra mí.

—No lo estoy usando. Te estoy diciendo que él también existe dentro de esta decisión.

Marta se levantó del banco.

—Entonces, ¿qué propones?

Álvaro la miró desde donde estaba sentado.

—Que sigamos juntos. Que separemos el colegio de nuestra vida privada. Que Irene revise sus notas. Que no me quede contigo en la puerta del centro media hora dándote besos, cosa que tampoco hacemos. Y que si aparece un problema real, lo resolvamos cuando exista.

—Tú lo ves muy fácil.

—No. Lo veo manejable.

Marta se cruzó de brazos.

—Necesito pensarlo.

Álvaro se levantó.

—Piensa lo que quieras. Solo te pido que no tomes una decisión por mí.

—No la estoy tomando por ti.

—Tu mensaje decía «lo mejor es parar». Ya venía decidido.

Marta abrió la boca y volvió a cerrarla.

Álvaro respiró hondo.

—Te quiero, Marta.

Ella se quedó inmóvil.

Esas palabras todavía no habían aparecido entre ellos.

Álvaro continuó, sin solemnidad, con la misma voz con la que hablaba cuando quería que algo quedara claro.

—Te quiero y por eso me enfada que intentes protegerme sacándome de la ecuación.

Marta sintió que todo el cuerpo se le tensaba.

—No puedes soltarme eso en mitad de una discusión.

—Parece que sí.

—Eres un cabrón.

—Probablemente.

—Y ahora qué hago yo con eso.

—Lo que quieras. Pero hazlo tú, no por mí.

Marta necesitó unos segundos para ordenar el golpe de aquella declaración de amor, soltada en mitad de una discusión y con el parque entero alrededor.

—Yo también te quiero —dijo al fin—. Y eso es justo lo que me está asustando.

Álvaro cerró los ojos un instante.

—Bien. Al menos ya discutimos con toda la información.

A Marta se le escapó una risa húmeda y enfadada.

—Idiota.

—Mucho.

Se despidieron sin abrazo ni beso.

La discusión seguía abierta y los dos lo sabían.

—Necesito esta noche —dijo Marta.

—Vale.

—Mañana hablamos.

—Mañana.

Se separaron en la esquina.

Marta llegó a casa con la cabeza llena y encontró a Hugo cenando tortilla francesa con Lola.

—¿Qué tal? —preguntó su madre.

—Bien.

Hugo levantó la vista.

—Mentira.

—Tú come.

—¿Has discutido con Álvaro?

Marta dejó el bolso.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque tienes cara de cuando discutes con papá.

Lola intervino:

—Los niños lo ven todo.

—Gracias, mamá.

Hugo esperó.

Marta se sentó a su lado.

—Sí, hemos discutido un poco.

—¿Vais a cortar?

La pregunta salió tan deprisa que entendió cuánto tiempo llevaba esperando hacerla.

—No lo sé todavía.

Hugo dejó el tenedor.

—Ah.

—Eso no significa que vayamos a hacerlo.

—Ya.

—Solo estamos hablando.

—Vale.

El niño terminó de cenar con una velocidad extraña y llevó el plato al fregadero.

—Me voy a mi habitación.

—¿No quieres postre?

—No.

Marta lo siguió con la mirada.

Lola esperó a que se cerrara la puerta.

—Ese niño está asustado.

—Ya lo sé.

—Y tú también.

—También.

—Pues mira qué bien. Tenéis algo en común.

Marta apoyó la frente en una mano.

—Mamá, por favor.

—Solo digo que a veces tanto pensar para no sufrir sirve para sufrir antes.

Marta levantó la vista.

—¿Eso de quién es? ¿De San Agustín o de Facebook?

Lola lo pensó.

—Creo que de una señora de TikTok.

Marta soltó una carcajada a pesar de todo.

Cuando fue a dar las buenas noches a Hugo, lo encontró de espaldas, con la lámpara encendida.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—¿Quieres hablar?

—No.

Marta se sentó en el borde de la cama.

—No hemos decidido nada.

—Ya me lo has dicho.

—Y si pasa algo, te lo contaremos cuando haya algo que contar.

—Vale.

Marta quiso encontrar una frase capaz de arreglar la conversación. No apareció.

Le revolvió el pelo.

—Descansa.

—Mamá.

—Qué.

Hugo siguió mirando la pared.

—Si cortáis, no hace falta que sea por mí.

Marta dejó de tocarle el pelo.

—No estamos discutiendo por ti.

—Ya.

—Te lo prometo.

Hugo asintió.

—Buenas noches.

La puerta se cerró con suavidad. Marta siguió en el pasillo hasta que oyó a Hugo abrir un cajón dentro de su cuarto.

—Mamá, ¿dónde están mis calcetines negros?

—En el mismo sitio que ayer.

—No están.

Marta entró en su habitación y dejó la conversación para otro momento.