CAPÍTULO 15¿VAIS A CORTAR?
¿VAIS A CORTAR?
A finales de abril, la pregunta llegó un lunes por la noche mientras Marta doblaba ropa en el salón.
Hugo estaba tumbado en la alfombra con un cuaderno abierto. Llevaba diez minutos dibujando algo que parecía un dragón con ruedas.
—Mamá.
—Dime.
—¿Vais a cortar?
Marta dejó una camiseta sobre el respaldo del sofá.
—¿Álvaro y yo?
—No, tú y la señora del tercero.
—No seas idiota.
—Pues sí, Álvaro y tú.
Marta se sentó.
—¿Por qué preguntas eso?
Hugo siguió dibujando.
—Porque sí.
—Esa respuesta la utilizas demasiado.
—Tú también.
—Hugo.
El niño borró una rueda.
—Samuel dice que los novios de las madres duran poco.
Marta respiró despacio.
—Samuel tiene diez años y una experiencia sentimental limitada.
—Su madre ha tenido tres.
—No vamos a hablar de la vida de la madre de Samuel.
—Entonces no sé para qué preguntas.
Marta se mordió el interior de la mejilla.
—¿Tú quieres que cortemos?
Hugo levantó la cabeza con expresión ofendida.
—No he dicho eso.
—Solo quiero entender qué te preocupa.
—No me preocupa.
—Pues mejor.
Marta recogió otra camiseta. Hugo permaneció en el suelo.
Pasaron veinte segundos.
—Si cortáis, ¿Álvaro dejará de venir a mis partidos?
Marta volvió a dejar la ropa.
—No sé qué haría Álvaro.
Hugo apretó el lápiz.
—Pues eso.
—¿Eso qué?
—Que no se sabe.
Marta entendió entonces que su hijo llevaba días acercándose a la misma pregunta desde todos los lados posibles.
Se sentó en el suelo junto a él.
—Hugo, cuando papá y yo nos separamos, algunas cosas cambiaron.
—Ya lo sé.
—Y otras no. Seguimos siendo tus padres. Seguimos estando los dos.
Hugo dobló una camiseta que ya estaba doblada.
—Eso lo sé.
—Álvaro está conmigo porque los dos queremos estar juntos. Yo no puedo prometerte que sé lo que va a pasar dentro de cinco años.
Hugo dejó el lápiz.
—Eso es una mierda.
—El lenguaje.
—Pero lo es.
Marta suspiró.
—Un poco.
—Entonces mejor no acostumbrarse.
La frase la dejó quieta.
Hugo volvió al dibujo con una atención falsa.
Marta podría haberle dicho que querer a alguien merecía la pena aunque existiera el riesgo de perderlo. Sonaba bien y probablemente era verdad. A los diez años, con sus padres viviendo en casas distintas, quizá servía de poco.
—Ya te has acostumbrado —dijo.
Hugo frunció el ceño.
—No.
—Le preguntas si viene a tus partidos. Le mandas vídeos. Guardas la taza azul para él aunque dices que es tuya.
—La taza no.
—La toalla.
—Eso tampoco.
—Y te enfadas cuando tarda en contestarte a una pregunta sobre un trabajo.
—Porque es profesor.
—De Religión, no de Matemáticas.
A Hugo se le escapó la risa aunque intentó contenerla.
—Entonces no me acostumbro más.
Marta le dio un toque con el hombro.
—No funciona así.
—Pues debería.
—Sí. A veces estaría muy bien.
Hugo dibujó otra línea.
—¿Tú estás muy enamorada?
Marta tardó un instante en responder.
—Eso es información privada.
—Entonces sí.
—Vete a lavarte los dientes.
—Sí.
—Hugo.
—Voy.
Se levantó y, antes de salir del salón, se giró.
—A mí me cae bien.
—Ya lo sé.
—Pero no le digas que te lo he dicho.
—Jamás.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Hugo desapareció por el pasillo.
Marta esperó a oír el agua del baño y escribió a Álvaro.
**Marta:** Hugo acaba de preguntarme si vamos a cortar.
La respuesta llegó casi al instante.
**Álvaro:** ¿Por qué?
**Marta:** Porque le caes bien y está empezando a sospechar que tiene sentimientos humanos.
**Álvaro:** Grave.
**Marta:** Mucho.
**Álvaro:** ¿Está bien?
**Marta:** Sí. Le da miedo acostumbrarse.
Tardó un poco más en contestar.
**Álvaro:** A mí también me da miedo.
Leyó el mensaje dos veces antes de contestar.
**Marta:** ¿A mí?
**Álvaro:** A los dos.
No necesitó preguntar quiénes eran los dos.
El martes, el colegio complicó la conversación de una manera menos tierna.
Al día siguiente, Marta habló con David.
Quedaron en una cafetería cerca de su oficina porque Hugo estaba con Lola y ninguno quería convertir la conversación en un consejo de guerra familiar.
David llegó con cinco minutos de retraso.
—Perdón.
—Te lo apunto.
—¿Qué pasa?
Marta removió el café.
—Hugo me ha preguntado varias veces si Álvaro y yo vamos a cortar.
David dejó el móvil sobre la mesa.
—A mí también.
Marta levantó la vista.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no tengo ni idea.
—Muy tranquilizador.
—¿Qué quieres que le diga? No soy vuestro asesor sentimental.
—¿Te ha explicado por qué pregunta?
—Más o menos.
David se echó hacia atrás.
—El otro día me preguntó si Álvaro seguiría yendo a los partidos si vosotros lo dejabais.
Marta apretó la taza.
—A mí me preguntó si podría seguir hablando con él.
—Entonces ya lo tenemos.
—Sí.
David guardó silencio.
Marta continuó:
—Creo que le da miedo encariñarse.
—Normal.
—No quiero que eso nos condicione.
—Ni debería.
—Pero tampoco quiero hacer como si no existiera.
David asintió.
—Marta, Hugo ya quiere a Álvaro.
—Ya.
—Y eso puede salir bien o mal, como cualquier relación. No puedes pedirle que espere a tener garantías.
—Tiene diez años.
—Por eso mismo. No le des un contrato. Dale estabilidad mientras la haya.
—Últimamente todo el mundo me da consejos muy sensatos y me está empezando a irritar.
David sonrió.
—Será la edad.
—Cállate.
—¿Tú quieres estar con Álvaro?
—Quiero estar con él.
—¿Y él contigo?
—Eso dice. Bastante a menudo, además.
—Pues ya está.
—No es tan sencillo.
—Claro que no. Pero la parte importante sí.
Marta jugueteó con la cucharilla.
—A veces pienso que si esto sale mal, Hugo tendrá otra pérdida.
David se quedó serio.
—Cuando nos separamos, no nos perdió.
—Ya sé.
—Cambió su vida. Mucho. Pero seguimos aquí.
Marta asintió.
—Y si algún día tú y Álvaro lo dejáis, será distinto. Dolerá o no. Dependerá de cómo sea. No puedes vivir una relación intentando preparar la ruptura.
La frase le molestó porque describía lo que había empezado a hacer.
—Te odio.
—Siempre me has querido un poco.
—No abuses de nuestra buena relación.
David se rio.
—Hablo en serio. No pongas a Hugo en medio de decisiones que son vuestras. Escúchalo, sí. Pero no conviertas su miedo en una profecía.
Marta respiró despacio.
—Vale.
—Y otra cosa.
—Qué miedo.
—No dejes a Álvaro por pánico sin hablar con él.
—No pensaba hacerlo.
David la miró.
Marta frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tienes la misma cara que ponías antes de cancelar vacaciones porque podía llover.
—Eso pasó una vez.
—Dos.
—Y llovió.
—Un día.
Marta lo señaló.
—Esta conversación ha terminado.
David se levantó.
—Me alegro de haber ayudado.
—No has ayudado.
—Muchísimo.
Se inclinó y le dio un beso rápido en la cabeza, gesto antiguo de los años en que todavía estaban casados.
—Nos vemos mañana.
Marta lo vio marcharse.
Le molestó reconocer que tenía razón.
Todavía más porque Nuria, Lola y Hugo habían llegado a conclusiones parecidas con métodos completamente distintos.
Pagó el café.
Al salir, escribió a Álvaro.
**Esta noche, ¿cenamos? Necesito hablar contigo sin dramatizar.**
Él respondió:
**Eso último me preocupa.**
**A mí también.**
Marta llegó a las cinco y cuarto para recoger a Hugo de una actividad y encontró a Patricia junto a la verja.
—Tienes un minuto —dijo Patricia.
—Esa frase nunca trae nada bueno.
—Depende.
—De tu cara, no.
Patricia bajó la voz.
—Se comenta lo tuyo con Álvaro.
Marta sintió una tensión inmediata en el cuello.
—¿Qué se comenta?
—Lo normal. Que estáis juntos.
—Estamos juntos.
—Ya.
—Entonces no entiendo el problema.
Patricia hizo una mueca.
—Hay padres a los que les parece feo porque da clase a Hugo.
—¿Feo?
—Ya sabes cómo es la gente.
—No, Patricia, explícame qué tiene de feo.
—Que pueden pensar que hay trato de favor.
Marta soltó una risa sin humor.
—Le ha puesto un notable.
—Por eso algunos dirán que ha sido para que no pareciera favoritismo.
Marta la miró.
—Es maravilloso. Si le pone diez, favoritismo. Si le pone siete, favoritismo al revés.
—Yo no estoy diciendo que tengan razón.
—Ya.
—Te lo cuento porque prefiero que lo sepas por mí.
Marta respiró.
Patricia apoyó una mano en su brazo.
—Y porque se está diciendo que os visteis fuera con David y el niño.
—Tomamos una cerveza.
—No tienes que justificarte conmigo.
—Parece que con medio colegio sí.
En ese momento salió Hugo con la mochila arrastrando.
—Mamá.
La tensión se le aflojó en la cara al verlo.
—Hola.
Álvaro apareció detrás de varios alumnos. Sus ojos se cruzaron con los de Marta y ella supo por su expresión que él también había oído algo.
No pudieron hablar allí.
Se limitaron a un saludo demasiado correcto.
—Hola, Marta.
—Hola.
Hugo miró a uno y a otro.
—Qué raros sois.
—Vámonos —dijo ella.
Esa noche Álvaro la llamó.
—Dirección me ha citado mañana.
Marta se sentó en la cama.
—¿Por nosotros?
—Supongo.
—Álvaro...
—No pasa nada.
—Eso no lo sabes.
—Llevo once años en el centro. No he incumplido ninguna norma.
—Das clase a mi hijo.
—Y mantengo la evaluación con el mismo criterio que al resto.
—Ya, pero la gente habla.
—La gente habla aunque uno respire raro.
Marta caminó hasta la ventana.
—No quiero perjudicarte.
—No me estás perjudicando.
—Todavía no.
Álvaro la miró con paciencia.
—Marta, no decidas nada esta noche.
Ella se quedó callada.
—Te conozco —añadió él—. Cuando te asustas empiezas a organizar la vida de todo el mundo.
—Eso no es verdad.
—Has llamado a tu madre para cambiarle una cita médica sin preguntarle.
—Porque iba a ir a la peluquería el mismo día.
—Gracias por demostrar mi punto.
Marta se sentó otra vez.
—Solo digo que si esto te genera problemas, quizá deberíamos bajar el ritmo hasta final de curso.
—¿Qué significa bajar el ritmo?
—Ver menos el uno al otro. No quedar con Hugo. Evitar que nos vean alrededor del colegio.
—¿Y fingir que no estamos juntos?
—No he dicho eso.
—Se parece bastante.
Marta apretó el teléfono.
—Estoy intentando protegerte.
—Te agradezco la intención, pero puedo decidir qué riesgo asumo.
—No es solo tu riesgo. También está Hugo.
—Por él prefiero no hacer cambios bruscos cada vez que alguien comenta algo.
Marta sintió que la conversación empezaba a escurrírsele de las manos.
—Mañana hablamos después de que te vea dirección.
—Eso sí.
—Vale.