El profe de Hugo CAPÍTULO 14DEMASIADO BIEN #2
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CAPÍTULO 14DEMASIADO BIEN #2

—Y mi habitación sigue siendo mía.

—Por supuesto.

—Y papá sigue viniendo a recogerme aquí.

—Claro.

—Vale.

Se fue masticando el tomate.

Marta apoyó ambas manos en la encimera. Ahí estaba otra vez esa necesidad de comprobar que nada desaparecía cuando algo nuevo entraba.

No quiso convertirla en conversación esa noche. Hugo había preguntado. Ella había respondido. Por ahora bastaba.

El domingo siguiente, los tres fueron al Museo de Ciencias porque Hugo llevaba semanas pidiéndolo. Marta sospechó que su interés científico tenía mucho que ver con una exposición temporal sobre meteoritos y bastante poco con la parte educativa del plan.

Álvaro llegó cinco minutos tarde.

Hugo miró el reloj de Marta.

—Cinco minutos.

—Buenos días para ti también —dijo Álvaro.

—Si yo llego cinco minutos tarde al colegio me ponen falta.

—Yo no soy alumno.

—Privilegios.

Marta le pasó a Álvaro un café.

—Ignóralo. Lleva despierto desde las siete.

—Porque quería llegar pronto.

—Y hemos llegado antes de que abrieran.

—Eso se llama planificación.

Dentro, Hugo pasó de una sala a otra leyendo únicamente los carteles que le interesaban y saltándose el resto con criterio propio.

Álvaro no trató de convertir la visita en una clase.

Marta agradeció especialmente aquello. Cuando Hugo preguntaba, respondía.

Cuando no, caminaba a su lado y hacía comentarios estúpidos sobre los animales disecados.

Frente a un esqueleto enorme, Hugo señaló una costilla.

—Si esto resucita, tú vas delante.

—¿Por qué yo?

—Eres el adulto nuevo.

Marta se quedó mirándolo.

Álvaro también.

Hugo siguió caminando como si no hubiera dicho nada especial.

Marta alcanzó a Álvaro unos pasos después.

—Adulto nuevo.

—He tenido ascenso.

—Hace dos meses eras «ese señor».

—Y antes «el profe buenorro de mamá».

Marta casi se atragantó.

—¿Te ha dicho eso?

A Álvaro se le escapó una risa.

—No con esas palabras.

—Menos mal.

—Aunque lo de buenorro lo deduje.

Marta le dio un codazo.

Comieron en una cafetería cercana. Hugo se empeñó en pedir un plato enorme y, como era previsible, dejó la mitad.

—Te dije que era demasiado —dijo Marta.

—No sabía que llenaba tanto.

—El tamaño estaba en la foto.

—Las fotos engañan.

Álvaro miró su plato.

—Dámelo.

Hugo deslizó la bandeja hacia él.

—¿Ves? Solucionado.

—Eso no significa que la próxima vez puedas pedir a lo loco —dijo Marta.

—Pero hoy sí.

Álvaro señaló a Marta con el tenedor.

—Tiene un punto.

—No lo animes.

Después caminaron por el parque. Hugo se adelantó unos metros persiguiendo palomas sin intención real de alcanzarlas. Marta y Álvaro quedaron detrás.

—Está cómodo contigo —dijo ella.

—Yo también con él.

—Eso me da más miedo de lo que debería.

Álvaro la miró.

—¿Por qué?

Marta tardó en responder.

—Porque si esto sale mal ya no somos solo tú y yo.

—Lo sé.

—Y no quiero hacerle daño.

—Yo tampoco.

—Qué conversación tan alegre para un domingo.

Álvaro suavizó la expresión, aunque no apartó el tema.

—Que exista ese riesgo no significa que tengamos que vivir como si ya hubiera ocurrido.

Marta lo miró de reojo.

—Eso ha sonado a profesor.

—Tengo la tarde libre. Puedo facturarte la consulta.

Hugo regresó corriendo.

—¿De qué habláis?

—De impuestos —dijo Marta.

—Qué asco.

—¿Ves? Método infalible.

Una semana después, Álvaro cumplió cuarenta años.

Marta descubrió la fecha porque Hugo la había apuntado en su agenda escolar con un círculo rojo y la palabra **PROFE VIEJO**.

—¿Cuarenta? —preguntó Marta.

—Sí.

—¿Y por qué no me lo ha dicho?

—Porque es humilde.

—Eso no tiene nada que ver.

—Pues pregúntale.

Hugo decidió que había que hacer una tarta.

Marta cometió el error de aceptar.

El sábado por la mañana, su cocina parecía una zona de guerra.

—Has puesto demasiada harina.

—Tú has dicho dos vasos.

—Dos tazas.

—Es lo mismo.

—No.

—Son recipientes.

Marta cerró los ojos.

—Hugo.

—Vale.

La mezcla tenía grumos. El horno olía raro. La cobertura acabó en el suelo. Hugo la miró.

—La abuela lo habría hecho mejor.

—Gracias.

—Pero estamos aprendiendo.

—No uses mis frases contra mí.

—Entonces no las digas.

Álvaro llegó a las seis.

Hugo apagó las luces.

Marta sostuvo la tarta, que tenía una inclinación preocupante.

—No se cae, ¿no?

—Creo que aguanta.

—Creo no me sirve.

Sonó el timbre.

—¡Apaga la cocina!

—Ya está apagada.

—Pues escóndete.

—Mamá, él sabe que vivimos aquí.

—Hugo.

Abrieron.

Álvaro entró y recibió un grito de sorpresa de una sola persona.

—¡Sorpresa!

Marta encendió la luz.

—Feliz cumpleaños.

Álvaro miró la tarta.

—¿La habéis hecho vosotros?

—Sí —dijo Hugo.

—Yo supervisé —dijo Marta.

—Mentira.

—Hugo.

Álvaro observó la tarta con la seriedad de quien evalúa una obra de ingeniería.

—Es preciosa.

La tarta se inclinó un poco más.

—No la mires de lado —dijo Hugo—. De frente gana.

Cenaron pizza.

La tarta resultó bastante mejor de lo que parecía.

Marta había comprado una botella de vino.

Hugo le regaló una tarjeta hecha a mano con un dibujo de un profesor delante de una pizarra y una figura con cuernos al fondo.

—¿Ese es Satán? —preguntó Álvaro.

—Sí.

—¿Y yo qué hago?

—Explicas.

—¿Qué?

—No sé. Religión.

Álvaro miró la tarjeta otra vez.

Abajo, con letra torcida, Hugo había escrito:

**FELIZ CUMPLE PROFE. NO ERES TAN PESADO.**

—Es el mensaje más bonito que me han escrito nunca.

—No te acostumbres.

Marta observó a Hugo fingir desinterés mientras esperaba la reacción.

Álvaro dejó la tarjeta junto a su plato con cuidado.

—Me la quedo.

—Era para eso.

—Ya.

Más tarde, cuando Hugo se fue a lavarse los dientes, Marta entregó su regalo: una entrada para un concierto de un grupo que Álvaro le había mencionado en su primera cita.

Él la miró sorprendido.

—Te acordabas.

—Tengo memoria selectiva.

—Pensaba que solo recordabas cosas vergonzosas que digo.

—También.

Lo besó.

Desde el pasillo llegó la voz de Hugo.

—¡Estoy aquí!

Marta levantó la voz:

—¡Ya lo sabemos!

—¡Pues parece que no!

Álvaro apoyó la frente en la de Marta.

—Cuarenta años y vigilado por un niño.

—Hay gente que paga seguridad privada.

—Esto es más invasivo.

Cuando Hugo volvió, se sentó entre los dos en el sofá.

—¿Qué vemos?

—Lo que quieras —dijo Álvaro.

—Eso es peligroso —advirtió Marta.

Hugo eligió una película horrible. Veinte minutos después, Álvaro estaba enganchado. Marta los miró discutir sobre una escena absurda.

Pensó en la pregunta que Hugo había hecho días antes: si cortáis, ¿puedo seguir hablando con él?

La pregunta seguía allí.

No había respuesta perfecta.

Lo único que podía hacer era no vivir la relación como una cuenta atrás.

Apoyó los pies sobre la mesa.

—¿Podéis callaros?

Los dos se giraron.

—No —dijo Hugo.

—Estamos analizando —añadió Álvaro.

—Pues analizad más bajo.

Hugo negó con la cabeza.

—Qué carácter.

Álvaro recibió el comentario como si ya formara parte del mobiliario familiar.

—Lo he oído antes.

Marta les lanzó un cojín.

Más tarde, en casa, Hugo dejó las zapatillas en medio del salón y se desplomó en el sofá.

—Ha estado bien.

Marta se sentó a su lado.

—Sí.

—Podemos hacer otra cosa un día.

—Claro.

—Con Álvaro.

—Si quieres.

Hugo se entretuvo pasando el mando de una mano a otra.

—Me da igual.

—Por supuesto.

El niño cogió el mando.

—Pero una cosa.

—Dime.

—Si algún día viviera aquí, el domingo sigo pudiendo estar en pijama hasta tarde.

Marta se volvió hacia él.

—¿Sigues con eso?

—Solo quiero saber las normas.

—Álvaro no va a entrar con un silbato a las ocho de la mañana.

—Bien.

—Y aunque viviera aquí, seguiría siendo nuestra casa también.

Hugo asintió.

—Vale.

—¿Te preocupa que cambien muchas cosas?

El niño encendió la tele.

—Un poco.

Marta le pasó un brazo por los hombros. Hugo toleró el gesto durante unos segundos antes de escurrirse.

—Pesas.

—Qué cariñoso.

—Estoy cansado.

—Yo también.

Hugo cambió de canal.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Álvaro viene el domingo que viene?

—Supongo que sí. ¿Por qué?

El niño siguió mirando la pantalla.

—Por saber.

—Si cambia algún plan, te lo diremos.

Hugo asintió.

—Vale.

Cinco minutos después discutía con un concursante de televisión porque había fallado una respuesta facilísima.

Marta no comentó nada. Cuando Hugo se levantó por agua, dejó sitio para que volviera a sentarse en el mismo sitio.