El profe de Hugo CAPÍTULO 14DEMASIADO BIEN
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CAPÍTULO 14DEMASIADO BIEN

DEMASIADO BIEN

En marzo, cerca del cumpleaños de Álvaro, Marta había aprendido que existían mañanas familiares diseñadas por alguien con un sentido del humor bastante discutible.

La del domingo empezó con Hugo quejándose porque no encontraba una zapatilla, continuó con Álvaro descubriendo que el niño la había dejado dentro del armario de la escoba y alcanzó su punto más alto cuando Lola apareció sin avisar llevando una tortilla de patata para seis personas.

—Mamá, somos tres.

Lola miró a Álvaro.

—Cuatro.

—Sigo sabiendo contar.

—He hecho de sobra.

—Has hecho una tortilla del tamaño de una rueda.

—Luego os quejáis de que no coméis bien.

Hugo apareció con una zapatilla distinta en cada pie.

—Abuela, Álvaro ha dormido aquí.

Marta cerró la puerta con los ojos cerrados.

—Buenos días para ti también.

Lola miró a Álvaro, encantada.

—Eso ya lo sabía.

Marta abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Hugo me llamó ayer.

—¿Para qué?

—Para preguntarme si una persona que duerme en casa dos veces a la semana ya vive allí.

Marta giró la cabeza hacia su hijo.

Hugo levantó las manos.

—Era una duda.

Álvaro se apoyó en la pared, riéndose.

—Tú tampoco ayudas —dijo Marta.

—Estoy intentando pasar desapercibido.

—Con esa cara no puedes —opinó Lola.

Marta se tapó la cara.

—Mamá.

—¿Qué he dicho?

—Nada. Entra.

Lola dejó la tortilla en la cocina y empezó a inspeccionar la casa con la discreción de un agente de aduanas. Reparó en una taza que no era de Marta, en un cargador sobre la encimera y en una camisa doblada sobre una silla.

—¿Tienes ropa aquí? —preguntó a Álvaro.

—Mamá.

—Una camisa —respondió él.

—Muy bien.

—¿Muy bien qué?

—Nada.

—No digas nada con esa cara.

Lola sonrió.

—Estás muy susceptible.

Hugo se sentó a la mesa.

—Mamá se pone nerviosa cuando habláis de Álvaro.

—Tú desayuna —dijo Marta.

—Ya he desayunado.

—Pues vuelve a hacerlo.

Álvaro cortó la tortilla.

—¿Café, Lola?

—Sí, hijo, gracias.

—No la llames así.

—¿Cómo?

—Como si llevaras veinte años viniendo a Navidad.

Lola soltó una carcajada.

—Está celosa porque a mí me caes mejor que ella esta mañana.

—Me voy de mi casa.

—¿A dónde? —preguntó Hugo—. Si Álvaro está aquí.

Marta cogió una aceituna del cuenco y se la lanzó. Hugo la atrapó contra el pecho.

—Agresión —dijo.

—Denúnciame.

—Álvaro, ¿eso es pecado?

—No pienso entrar.

La mañana se convirtió en comida porque Lola se quedó, David apareció a dejar unas botas de fútbol que Hugo había olvidado y, cuando Marta quiso darse cuenta, tenía a cinco personas alrededor de la mesa un domingo que había empezado con la intención de no hacer absolutamente nada.

David aceptó un trozo de tortilla.

—Muy buena, Lola.

—Tú siempre has sabido reconocer la calidad.

Marta miró a su madre.

—No hace falta que intentéis volver a casarnos.

David casi se atragantó.

—Por favor, no.

Álvaro levantó la mano.

—Yo voto también en contra.

—Nadie te ha preguntado —dijo Marta.

Hugo miró a los tres adultos.

—Esto es raro.

—Bienvenido a la familia —contestó David.

La frase salió como broma, pero dejó una pequeña pausa detrás.

Álvaro fue quien la rompió.

—Gracias por la advertencia.

David levantó el vaso.

—Ya no puedes decir que no sabías dónde te metías.

Comieron demasiado. Lola contó una historia larguísima sobre una vecina que había dejado al marido por un señor de Cuenca.

David llevó los platos a la cocina. Hugo intentó convencer a todos de jugar a un juego de mesa cuya duración real superaba las tres horas y cuyo reglamento parecía redactado por un comité europeo.

Álvaro aceptó.

Marta lo miró como se mira a alguien que acaba de saltar al mar con ropa.

—No sabes lo que haces.

—Es un juego.

—Eso creía yo la primera vez.

Hugo ya estaba montando el tablero.

—No hagáis equipos de novios.

—¿Por qué? —preguntó Álvaro.

—Porque hacéis trampas.

Marta abrió la boca.

—¿Cuándo hemos hecho trampas?

—Seguro que alguna vez.

—Argumento impecable.

Durante la siguiente hora, Hugo demostró una capacidad preocupante para negociar alianzas, romperlas y acusar a los demás de traición. David perdió a propósito una vez y el niño lo detectó.

—No me dejes ganar.

—No te he dejado.

—Papá.

—He tenido mala suerte.

—Has movido una ficha que te hacía perder.

—Me he equivocado.

Hugo se cruzó de brazos.

—No soy pequeño.

La frase cambió un poco el aire.

David apoyó los codos sobre las rodillas.

—Ya lo sé.

—Pues juega bien.

—Vale.

Retomaron la partida.

Marta observó a su hijo. Últimamente repetía mucho aquellas tres ideas: tenía diez años, ya era mayor y podía hacerlo solo. Parecía empeñado en demostrar independencia mientras comprobaba, de reojo, quién seguía alrededor.

Álvaro le tocó la rodilla por debajo de la mesa.

Él había seguido su atención hasta Hugo.

No dijo nada.

La partida terminó con una victoria del niño y acusaciones generales de corrupción. Lola se fue a echar una siesta a su casa. David recogió su chaqueta.

—Me llevo a Hugo al entrenamiento de esta tarde.

—Es domingo —dijo Marta.

—Han cambiado el amistoso.

Hugo levantó la cabeza.

—¿Viene Álvaro?

David se giró hacia él.

—¿Quieres que venga?

—Me da igual.

—Otra vez esa respuesta —dijo Álvaro.

Hugo frunció el ceño.

—Puedes venir si quieres.

—Entonces iré.

—Vale.

David sonrió hacia la puerta.

—Estamos avanzando.

—Cállate —dijo Hugo.

Marta llevó a Álvaro hasta el pasillo mientras Hugo buscaba la sudadera del equipo.

—No tienes que ir a todos sus partidos.

—Ya.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

—No quiero que sientas que tienes que ganártelo.

Álvaro se apoyó en la pared.

—No estoy intentando ganar nada.

Marta bajó la voz.

—Se está acostumbrando a ti.

—Yo a él.

—Y eso me encanta.

Álvaro esperó el resto.

—También me asusta un poco.

—A mí también.

Marta parpadeó.

—¿Sí?

—Claro. Si esto sale mal, no te pierdo solo a ti.

La frase la atravesó con una precisión que no esperaba.

Álvaro siguió hablando antes de que pudiera convertirla en algo más grande.

—Por eso no quiero correr. Ni con él ni contigo. Pero tampoco quiero mantenerme a distancia por miedo a que algún día pueda doler.

Marta apoyó la frente en su hombro.

—Qué asco das cuando eres razonable.

—Lo intento compensar con las lentejas.

—No vuelvas a mencionar tus lentejas.

—Son buenas.

—No las ha probado nadie.

—Tú sí.

—Yo estaba enamorada.

Álvaro soltó una carcajada.

—¿Estabas?

Marta levantó la cabeza.

—No te vengas arriba.

Hugo apareció corriendo por el pasillo.

—¿Nos vamos o vais a estar pegados todo el día?

Marta se separó.

—Nos vamos.

—Qué bien.

—Tú has invitado a Álvaro.

—Ya, pero no sabía que venía con beso incluido.

En el coche, Hugo insistió en elegir la música. Puso una lista de canciones que cambiaba cada treinta segundos porque ninguna le convencía. David protestó desde el volante.

—Deja una.

—Esta es malísima.

—La has puesto tú.

—Me he equivocado.

Álvaro iba detrás con Hugo. Marta se giró una vez y los encontró discutiendo sobre si el estribillo de una canción tenía sentido.

—Dice que se muere si ella no vuelve —explicó Hugo—. Eso es mentira.

—Es una forma de hablar.

—Pues que hable bien.

—La poesía funciona regular si todo es literal.

—Entonces que no haga poesía.

David miró por el retrovisor.

—Este niño te va a destruir la asignatura.

—Ya ha empezado.

En el campo, Hugo jugó veinte minutos porque era amistoso. Falló una ocasión clara y se enfadó consigo mismo. Al salir se dejó caer en el banco con la cara cerrada.

Marta se acercó con una botella de agua.

—Has jugado bien.

—He fallado.

—También has dado un pase de gol.

—Pero he fallado.

David se sentó a su lado.

—Mañana practicamos esa jugada.

Hugo bebió.

Álvaro permaneció de pie, un poco apartado. No entró en la conversación hasta que Hugo lo miró.

—¿Tú qué?

—¿Yo qué?

—¿No vas a decir nada?

—Tu padre sabe más de fútbol que yo.

—Ya.

—Y tu madre te ha dicho lo que vio.

Hugo esperó.

Álvaro se encogió de hombros.

—Yo solo he visto que llevas veinte minutos enfadado por una jugada de cinco segundos.

Hugo miró el césped.

—Era fácil.

—Entonces mañana te saldrá mejor.

—A lo mejor no.

—También.

Hugo levantó la cabeza.

—Vaya ayuda.

—No siempre se arregla todo diciendo que va a salir bien.

El niño dio otro trago.

—Papá dice lo mismo.

—Tu padre es listo.

David se llevó una mano al pecho.

—Gracias.

Marta negó con la cabeza.

De camino a casa, Hugo se quedó dormido en el coche con la frente contra la ventanilla. David conducía. Marta iba delante y Álvaro detrás, al lado del niño.

En un semáforo, Marta miró por el retrovisor.

Álvaro había colocado su bufanda entre el cristal y la cabeza de Hugo para que no fuera golpeándose con cada bache.

David también lo vio.

Ninguno dijo nada.

Al llegar, Hugo se despertó con mal humor y negó haber dormido.

—Has roncado —dijo Marta.

—Mentira.

—Un poco —añadió Álvaro.

—Tú cállate.

—Buen despertar.

Hugo cogió la mochila.

—¿Mañana vienes?

Álvaro lo miró.

—¿A dónde?

—A casa.

Marta se quedó inmóvil junto al portal.

Hugo pareció darse cuenta demasiado tarde de que la pregunta había sonado justo como quería evitar.

—Si quieres —añadió—. Me da igual.

Álvaro miró a Marta antes de contestar.

—Si tu madre quiere, sí.

Hugo entró en el portal sin responder.

Esa noche, mientras Marta preparaba la cena, lo encontró sentado en la encimera.

—¿Qué haces ahí?

—Nada.

—Baja.

—Estoy pensando.

—Puedes pensar en una silla.

Hugo bajó.

—Mamá.

—Dime.

—¿Álvaro va a tener cosas aquí?

Marta dejó el cuchillo.

—¿Qué cosas?

—Ropa. Un cepillo de dientes. Eso.

—Tiene un cepillo de dientes.

Hugo abrió los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos semanas.

—¿Y no me lo habías dicho?

Marta casi se rio.

—No sabía que necesitara autorización administrativa.

—Solo preguntaba.

—¿Te molesta?

Hugo se entretuvo con la cremallera de la sudadera.

—No mucho.

—Eso no ha sonado muy convincente.

—Porque estoy pensando.

Marta volvió a cortar tomate.

—¿Y si algún día tiene más cosas?

La segunda pregunta llegó más baja.

Marta apartó el cuchillo.

—Si algún día pasa, lo hablaremos. No voy a cambiarte la casa de golpe ni aparecer con diez cajas sin avisar.

—No caben diez cajas.

—Era un ejemplo.

—Pues usa uno realista.

—Dos cajas.

—Mejor.

Hugo cogió una rodaja de tomate.