CAPÍTULO 13EL NIÑO QUE SIEMPRE SE RÍE #2
—Sí. Mientras siga dando clase en el colegio.
—Ah.
—¿Por qué?
—Por nada.
—Hugo.
—He preguntado.
Se levantó y llevó el vaso a la cocina.
Marta no insistió. Le dejó espacio porque había aprendido que con su hijo las conversaciones importantes aparecían por una rendija y se cerraban si uno empujaba demasiado.
Más tarde llamó a Álvaro.
—Ha escrito la reflexión —dijo.
—Milagro.
—Y me ha contado lo de Samuel.
—Bien.
—También me ha preguntado qué pasaría contigo si nosotros cortáramos.
Hubo silencio al otro lado.
—¿Qué le has dicho?
—La verdad. Que seguirías siendo su profesor mientras trabajaras allí.
—Bien.
Marta apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
—Se está encariñando contigo.
—Yo también con él.
La sencillez de la respuesta le hizo sonreír y preocuparse al mismo tiempo.
—Es un paquete bastante completo.
—Trae fútbol a las nueve, discusiones teológicas y tostadas mojadas.
—Y chantaje emocional.
—Eso lo ha heredado de ti.
—Buenas noches, Álvaro.
Él se rio.
—Buenas noches.
Antes de colgar añadió:
—Marta.
—Qué.
—Lo estoy haciendo con cuidado.
Ella cerró los ojos.
—Ya lo sé.
Y por eso le importaba tanto.
El conflicto con Samuel no terminó con una charla en el pasillo. Irene llamó a Marta aquella tarde y pidió que los dos niños se quedaran diez minutos después de clase al día siguiente.
—No es un castigo grande —explicó—. Quiero que hablen cuando ya estén tranquilos.
—Me parece bien.
—Y prefiero que los padres no resolvamos por ellos lo que pueden resolver ellos.
Marta agradeció la frase. Llevaba veinticuatro horas imaginando conversaciones con el padre de Samuel que en ninguna versión terminaban de forma adulta.
Al día siguiente esperó fuera del aula. David también acudió porque Hugo le había contado la pelea y había insistido en que quería estar. El padre de Samuel permaneció al otro lado del pasillo, incómodo. Se saludaron con un gesto breve.
Dentro, Irene sentó a los niños separados por una mesa.
—No quiero que os caigáis bien —dijo—. Quiero que entendáis qué no podéis volver a hacer.
Samuel miró a Hugo.
—No tenía que decir lo de tu madre.
Hugo se removió en la silla.
—Yo no tenía que empujarte.
—Me pegaste.
—Tú también.
Irene levantó una mano.
—Vamos a evitar convertir la disculpa en una contabilidad.
Hugo respiró hondo.
—Vale. No tenía que pegarte.
Samuel asintió.
—Y mi padre dice que no sabe si Álvaro te pone mejores notas. Yo solo repetí lo que dijo.
Hugo apretó la mandíbula.
—Pues no lo sabes.
—Ya.
—Y mi padre sigue siendo mi padre.
Samuel parpadeó.
—Yo no he dicho que no.
—El otro día sí.
—Dije que ahora tenías otro.
—Pues no.
Irene intervino antes de que la conversación volviera a crecer.
—Creo que ya hemos llegado a la parte importante.
Esa tarde, Hugo no quiso ir a entrenamiento.
Marta pensó que sería por la sanción, pero el niño se limitó a dejar la bolsa de deporte junto a la puerta y sentarse en el sofá con la televisión apagada.
—¿Te duele algo?
—No.
—¿La ceja?
—No.
—¿Entonces?
Hugo hundió un poco más la espalda en el sofá.
—No me apetece.
Marta se sentó en el otro extremo.
—Eso sí es raro.
—Pues hoy no.
No insistió. Quince minutos después sonó el timbre. Álvaro apareció con una carpeta bajo el brazo.
—He venido a traerte esto.
Hugo miró la carpeta.
—¿Qué es?
—La reflexión que tienes que hacer.
—Ya me la ha dado Irene.
—Esta es otra cosa.
Marta levantó una ceja.
Álvaro sacó una hoja con tres preguntas.
**¿Qué ocurrió? ¿Qué podrías haber hecho distinto? ¿Qué necesitas que entienda la otra persona?**
Hugo leyó.
—Eso es deberes.
—Sí.
—Qué engaño.
—No he dicho que fuera un regalo.
Marta dejó que se instalaran en la mesa del comedor.
Álvaro no se sentó a su lado. Se quedó enfrente.
—Puedes escribirlo solo.
—Entonces para qué has venido.
—Porque tu madre me ha dicho que no querías ir a entrenamiento y pensé que quizá te vendría bien hablar.
Hugo miró a Marta.
—Chivata.
—Encantada.
Álvaro señaló la hoja.
—Empieza por la primera.
Hugo escribió dos líneas. Después tres. Tachó una.
—Samuel empezó.
—Eso ya lo sabemos.
—Pues es importante.
—Claro. Pero la pregunta es qué ocurrió, no quién fue peor.
Hugo apoyó el bolígrafo.
—Dijo que tú eras mi padre ahora.
Marta sintió que la frase cambiaba el aire de la habitación.
Álvaro mantuvo la voz tranquila.
—¿Y eso te enfadó?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque mi padre es mi padre.
—Claro.
—Y porque dijo que por eso me ponías buenas notas.
—Eso también puede enfadar.
Hugo lo miró.
—¿Tú me pones buenas notas?
—Cuando haces buenos trabajos.
—¿Y si hago uno malo?
—Te pondré una nota mala.
—Aunque salgas con mamá.
—Aunque tu madre me amenace.
Marta protestó:
—Yo no amenazo.
Hugo y Álvaro la miraron a la vez.
—Vale —dijo ella—. A veces.
El niño sonrió un poco.
Álvaro volvió a la hoja.
—¿Qué podrías haber hecho distinto?
—No pegarle.
—Bien.
—Podía haberle dicho que era idiota.
—Eso tampoco ayuda mucho.
—Pero no pega.
—Mejora.
Hugo escribió otra frase.
—¿Y qué necesitas que entienda Samuel?
El niño tardó.
—Que Álvaro no es mi padre.
Álvaro asintió.
Hugo siguió pensando.
—Y que me da igual que venga a casa.
Marta notó que se le apretaba el pecho.
—¿Te da igual? —preguntó Álvaro.
—Bueno. No me molesta que vengas.
—Eso suena bastante mejor.
—Y que no quiero que nadie diga que papá sobra.
Álvaro se quedó quieto un instante.
—Eso puedes escribirlo.
Hugo lo hizo.
Después dobló la hoja.
—Ya está.
—Falta una cosa.
—¿Qué?
—No tienes que elegir.
Hugo levantó la mirada.
—Ya lo sé.
—Bien.
—Pero si algún día vivieras con nosotros, ¿tendría que llamarte de otra forma?
Marta abrió la boca.
Álvaro respondió antes.
—Puedes llamarme como te dé la gana mientras no sea imbécil.
Hugo soltó una carcajada.
—Profe entonces.
—Me sirve.
—Aunque no me des clase.
—También.
—Vale.
La conversación terminó ahí, sin solemnidad. Hugo recogió la hoja, fue a por la bolsa de deporte y anunció que al final sí iba a entrenamiento porque Samuel también iba y no quería que pareciera que tenía miedo.
Marta esperó a que saliera de la habitación.
—Gracias.
Álvaro se encogió de hombros.
—Solo necesitaba ordenar lo que tenía en la cabeza.
—¿Tú también?
Él sonrió.
—Un poco.
Marta se acercó y lo abrazó. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Luego Hugo apareció con las botas.
—Si os vais a besar, me voy.
Marta se separó.
—No pensábamos.
—Mejor.
Álvaro cogió su abrigo.
—Te acompaño al portal.
—¿Y al entrenamiento?
—No.
—Cobarde.
—Prudente.
Hugo miró a Marta.
—Ya habla como tú.
—Peor para él.
Cuando salieron, Hugo encontró a Marta y a David juntos. Miró a uno, luego al otro, y pareció relajarse un poco.
—Ya está.
—¿Cómo ha ido? —preguntó David.
—Mejor de lo que pensaba.
—¿De verdad?
—Ya está arreglado. Samuel sigue siendo idiota, pero ya está.
Marta le dio un toque en el hombro.
—Puedes mejorar el vocabulario.
—No delante de él.
—También.
El padre de Samuel se acercó. Marta notó que David se tensaba apenas, pero ninguno de los dos dio un paso hacia delante.
—Quería disculparme —dijo el hombre—. Hice un comentario en casa sobre la relación con el profesor y Samuel lo convirtió en otra cosa.
Marta tardó un instante.
—Gracias por decírmelo.
—No pretendía que acabaran pegándose.
—Yo tampoco.
Hubo un silencio incómodo.
David miró a Hugo.
—¿Nos vamos?
—Por favor.
Caminaron hacia la salida. Ya en la calle, Hugo preguntó:
—¿Por qué papá no ha dicho nada?
David lo miró.
—Porque tu madre podía hablar sola.
—Ah.
—Y porque si yo empezaba quizá no terminaba tan educadamente —añadió.
Marta le dio un golpe suave en el brazo.
—Muy pedagógico.
—Yo también lo pensé.
—Tú vas a pensar menos con los puños —dijo David.
Caminaron hasta el coche. Antes de separarse, Hugo cogió a su padre por la manga.
—Papá.
—¿Qué?
—Tú sabes que Álvaro no es mi padre, ¿no?
David lo miró sorprendido.
—Claro que lo sé.
Hugo tiró suavemente de la manga de su padre.
—Era por asegurarme.
—¿Y tú sabes que no pasa nada porque te caiga bien?
Hugo bajó la vista un segundo.
—Supongo.
—Pues ya lo sabes.
Le revolvió el pelo y Hugo protestó de inmediato.
—Que me despeinas.
—Llevas veinte minutos despeinado.
—Pero era mi despeinado.
Marta oyó a David reírse desde la cocina y dejó que la discusión siguiera sin intervenir.