El profe de Hugo CAPÍTULO 13EL NIÑO QUE SIEMPRE SE RÍE
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CAPÍTULO 13EL NIÑO QUE SIEMPRE SE RÍE

EL NIÑO QUE SIEMPRE SE RÍE

Enero pasó sin grandes sobresaltos: deberes, partidos, cenas improvisadas y un Hugo cada vez menos pendiente de cuándo llegaba Álvaro y más dispuesto a protestar si se retrasaba. A mediados de febrero, la llamada del colegio llegó un miércoles a las doce y veinte.

Marta vio el número en la pantalla y, antes de responder, supo que Hugo había hecho algo. Después de tantos meses, aquello tenía menos de intuición materna que de estadística.

—¿Sí?

—Hola, Marta. Soy Irene, la tutora de Hugo.

La voz no sonaba alarmada, lo cual descartaba fracturas, incendios y la posibilidad de que su hijo hubiese fundado una secta durante el recreo.

—Hola. ¿Qué ha pasado?

—Ha habido una discusión con otro niño.

Marta dejó el bolígrafo.

—¿Una discusión de hablar o una discusión de las que requieren hielo?

Irene hizo una pausa.

—De las segundas.

Media hora después estaba en el colegio.

Hugo esperaba sentado fuera del despacho de jefatura, con una pequeña rozadura junto a la ceja y los brazos cruzados.

—Hola —dijo Marta.

—Hola.

—¿Qué ha pasado?

—Ha sido una tontería.

—Tienes una herida en la cara.

—Es pequeña.

—Hugo.

El niño miró al suelo.

Irene salió del despacho y explicó que Hugo se había peleado con un compañero de clase, Samuel.

Ninguno parecía querer contar el motivo.

Los dos habían empujado. Samuel había dado el primer golpe, Hugo había respondido y la cosa había terminado con media clase alrededor gritando como si estuvieran en un combate de boxeo.

—He hablado con los dos —dijo Irene—. Samuel ha pedido perdón. Hugo también, aunque le ha costado.

—No me ha costado.

Irene lo miró.

—Has dicho «perdón si te has ofendido».

Marta se llevó dos dedos al puente de la nariz.

—Eso no es pedir perdón.

—Pero he dicho perdón.

—Luego hablamos.

Irene explicó la sanción: sin recreo al día siguiente y una reflexión escrita sobre lo ocurrido.

Hugo aceptó sin protestar, lo cual preocupó a Marta más que cualquier berrinche.

Salieron al pasillo. Álvaro apareció al fondo cargando unos libros.

Vio la herida de Hugo y se acercó.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —dijo Hugo.

—Hoy esa palabra está teniendo mucho trabajo.

Marta le explicó lo básico.

Álvaro no hizo preguntas delante de ella. Solo miró al niño.

—¿Estás bien?

Hugo raspó con la suela una raya del suelo antes de responder.

—Sí.

Marta tenía que volver a la oficina para una reunión. David estaba fuera de Madrid por trabajo y Lola no podía recogerlo hasta las dos. Irene dijo que Hugo podía quedarse en biblioteca durante esa hora.

Álvaro intervenía en un taller allí durante la última clase.

—Puedo tenerlo conmigo —dijo.

Marta dudó.

Hugo ni siquiera la miró.

—Vale.

—¿Seguro? —preguntó Marta.

—Mamá, no tengo cinco años.

—Ya lo sé. Con cinco años no pegabas a nadie.

—Porque eran más pequeños.

Irene tuvo que girar la cara.

Marta le lanzó una mirada que prometía conversación doméstica larga.

—Te recojo en cuanto termine.

—Estaré en la biblioteca.

—Y no te metas en ningún lío durante una hora.

—Qué confianza.

—Te la has ganado.

Marta se marchó con esa mezcla incómoda de enfado y preocupación que Hugo conseguía provocar mejor que nadie.

Una hora después, la biblioteca estaba casi vacía.

Hugo ocupaba una mesa del fondo con una hoja delante. Había escrito el título de la reflexión: «Por qué pegar está mal». Debajo, nada.

Álvaro se sentó frente a él.

—Buen comienzo.

—Gracias.

—¿Piensas añadir algo?

—Estoy reflexionando.

—Se nota.

Hugo movió el bolígrafo entre los dedos.

Álvaro no insistió. Abrió uno de los libros que llevaba y empezó a revisar unas hojas.

Pasaron varios minutos.

—Samuel dijo que mi madre va cambiando de novio cada semana.

Álvaro levantó la vista.

Hugo seguía mirando el papel.

—¿Y eso te molestó?

—Es mentira.

—Lo es.

—Y luego dijo que tú eras mi padre nuevo.

Álvaro cerró el libro.

—Tú ya tienes padre.

Hugo apretó el bolígrafo.

—Ya lo sé.

—Entonces también sabes que yo no estoy intentando serlo.

Hugo levantó un hombro y lo dejó caer.

—Lo sé.

—¿Qué parte te enfadó?

Hugo tardó en responder.

—Que se riera.

Álvaro esperó.

—Y que dijera que mi padre ya no pintaba nada.

Álvaro apoyó los antebrazos en la mesa.

—Hugo, mírame un momento.

El niño levantó la cabeza.

—Que tu madre salga conmigo no cambia que David sea tu padre. Él sigue llevando tus partidos, tus deberes, tus médicos y todo lo que ya llevaba antes. Yo salgo con Marta. Esa es mi relación contigo de momento.

Hugo tardó un poco en responder.

—Eso ya lo sé.

—¿Y sabes otra cosa?

—Qué.

—Si un compañero dice una gilipollez, pegarle no consigue que deje de ser una gilipollez.

Hugo abrió los ojos un poco.

—Has dicho gilipollez.

—Fuera de clase y en voz baja.

—Lo voy a contar.

—Entonces contaré que has escrito cuatro palabras en cuarenta minutos.

Hugo miró la hoja.

—Son cinco.

—«Por» no cuenta como esfuerzo.

Se le escapó una sonrisa.

Álvaro no aprovechó para seguir tirando del hilo. Volvió al libro.

Dos minutos después, Hugo escribió una línea.

Después otra.

—Samuel también dijo que tú me aprobabas porque estabas con mi madre.

Álvaro dejó el bolígrafo que tenía en la mano.

—¿Eso te preocupa?

—No quiero que nadie piense que soy tonto.

—Yo tampoco quiero que nadie piense que te regalo notas.

—Entonces ponme un diez.

—Excelente estrategia.

—Así pensarán que soy muy listo.

—O que me has sobornado.

—No tengo dinero.

—Eso te salva.

Hugo escribió un poco más.

Álvaro lo observó sin que se notara demasiado. El niño podía soportar una bronca. Las bromas, también. Lo que le costaba era quedarse quieto dentro de una conversación que tocara algo de verdad. Por eso hablaba más cuando quería salir corriendo.

—Samuel es amigo tuyo, ¿no?

—Desde tercero.

—¿Suele meterse contigo así?

—Casi nunca.

—¿Entonces?

Hugo encogió un hombro.

—Su hermano mayor le dijo que mi madre estaba liada con un profe. Y Samuel es idiota cuando quiere hacerse el gracioso.

—Todos podemos ser bastante idiotas intentando hacer reír.

—Tú no.

—Pregúntale a tu madre.

—Mi madre se ríe de todo lo que dices.

Álvaro carraspeó.

—Eso tampoco es del todo verdad.

—Cuando te mira pone cara rara.

—Vamos a volver a la reflexión.

Hugo sonrió por fin con ganas.

—Te da vergüenza.

—Hugo.

—Vale, vale.

Escribió otras tres líneas.

Cuando Marta llegó, los encontró inclinados sobre la misma hoja.

—¿Cómo va?

Hugo la tapó con el brazo.

—Es privada.

—La reflexión es para la tutora.

—Pues por eso.

Álvaro se levantó.

—Ha trabajado.

Marta lo miró.

—¿De verdad?

—No pongas esa cara —protestó Hugo.

—Estoy sorprendida.

—Qué apoyo familiar.

Marta le pidió que guardara las cosas. Hugo metió la hoja en la mochila y se fue hacia la puerta.

—Te espero fuera.

—No te alejes.

—Tengo diez años.

—Y por eso no te alejas.

Hugo puso los ojos en blanco y salió.

Marta se volvió hacia Álvaro.

—¿Te ha contado algo?

Álvaro dudó.

—Sí.

—¿Qué?

—Creo que debería contártelo él.

La respuesta la irritó durante medio segundo y luego entendió por qué.

—¿Es grave?

—No. Es importante para él.

Marta miró hacia la puerta.

—¿Tiene que ver conmigo?

Álvaro sonrió sin humor.

—Con nosotros, más bien.

En el coche, Hugo puso música antes de ponerse el cinturón.

Marta apagó la radio.

—Vamos a hablar.

—Sabía que ibas a decir eso.

—¿Qué dijo Samuel?

Hugo miró por la ventanilla.

—Cosas.

—Sé que tiene que ver conmigo y con Álvaro.

—Pues pregúntale a él.

—Álvaro cree que me lo tienes que contar tú.

Hugo suspiró con una exageración heredada de algún ancestro teatral.

—Dijo que cambias de novio todo el rato.

Marta apoyó las manos en el volante.

—Eso es mentira.

—Ya.

—Y aunque fuera verdad, seguiría sin justificar que le pegues.

—Ya.

—¿Qué más?

Hugo tardó.

—Que Álvaro era mi padre nuevo y que papá ya no pintaba nada.

Marta se quedó callada.

Hugo tiró del cinturón.

—Eso sí era mentira.

—Claro que sí.

—Papá pinta mucho.

—Muchísimo. A veces demasiado.

Hugo sonrió un poco.

—Y Álvaro no es tu padre nuevo.

—Ya me lo ha dicho.

—¿Te preocupa que yo quiera que lo sea?

Hugo frunció el ceño como si la pregunta fuera absurda.

—No me preocupa eso.

—¿Seguro?

—Seguro.

Marta esperó.

—Bueno —añadió él—, no quiero que papá piense que no lo necesito.

A Marta se le encogió algo por dentro.

—Papá sabe perfectamente que lo necesitas. Y yo también. Que Álvaro esté conmigo no cambia nada de eso.

—Vale.

—Y tampoco necesitas defendernos pegando a nadie.

—Ya.

—La próxima vez se lo dices a un profesor.

—Eso es de chivatos.

—La próxima vez te vas.

—Eso es de cobardes.

—La próxima vez haces cualquier cosa que no termine con una llamada de Irene a mi oficina.

Hugo lo pensó.

—¿Puedo insultarlo?

—No.

—Pues quedan pocas opciones.

Marta arrancó.

A mitad de camino, Hugo dijo:

—Álvaro ha dicho gilipollez.

Marta giró la cabeza.

—¿Perdón?

—En la biblioteca.

—¿Y tú le habías prometido no contarlo?

—No.

—¿Te dijo algo en confianza?

—Me dijo que no se lo dijera a nadie.

—Eso se parece bastante a una confidencia.

—No del todo.

Marta hizo un esfuerzo por no reírse.

—Eres agotador.

—Álvaro dice que soy difícil de olvidar.

—Eso sí me lo creo.

Esa noche, después de cenar, Hugo escribió la reflexión de nuevo porque había llenado la primera hoja de tachones. Marta no se la pidió. Lo vio trabajar desde el sofá, sacar la lengua al concentrarse y borrar tres veces la misma frase.

Cuando terminó, dejó el papel sobre la mesa.

—¿Quieres que lo lea?

—Solo para ver las faltas.

Marta cogió la hoja.

Hugo había escrito que pegar estaba mal porque, aunque una persona dijera algo que le hiciera enfadar, pegar convertía el problema en dos. La frase era simple, torpe y completamente suya. Al final había añadido: «Samuel sigue siendo mi amigo aunque a veces sea imbécil y yo también puedo serlo».

Marta levantó la vista.

—Está bien.

—¿Tengo faltas?

—He visto dos.

—Corrígelas.

—Hazlo tú.

—Entonces para qué te pregunto.

Marta le señaló la primera.

—Aquí.

Hugo la corrigió y guardó la hoja.

—Mamá.

—Dime.

—Si tú y Álvaro cortáis, ¿él seguirá siendo mi profe?

La pregunta salió mientras cerraba la cremallera de la mochila.

Marta tardó un segundo en encontrar el tono.