El profe de Hugo CAPÍTULO 12PADRE SOLO HAY UNO #2
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CAPÍTULO 12PADRE SOLO HAY UNO #2

—A las cinco.

—Cinco y media.

—Cinco y cuarto.

Álvaro miró de uno a otro.

—¿Siempre negociáis así?

—Desde que nos divorciamos nos llevamos mejor —dijo David.

Marta le dio un golpe en el hombro.

—Vete.

David entró en el coche riéndose.

Cuando arrancó, Álvaro se quedó mirando la carretera unos segundos.

—Me cae bien.

—No se lo digas. Se viene arriba.

—¿A ti te molesta?

Marta entendió la pregunta de verdad. Negó con la cabeza.

—Me tranquiliza.

Álvaro le cogió la mano dentro del bolsillo de su abrigo.

—A mí también.

Caminaron hacia el metro sin prisa, con las manos escondidas entre la tela y el frío de la mañana. Marta pensó que aquella era una de las cosas que más le estaban gustando de él: sabía entrar sin empujar ninguna puerta.

Álvaro siguió el juego.

—Eso sí sería serio.

El domingo siguiente, David llevó a Hugo a comer y, por una mezcla de horarios mal calculados y lluvia, terminaron los cuatro en el mismo restaurante.

Marta pensó que sería incómodo.

La incomodidad duró hasta que Hugo abrió la carta.

—Quiero costillas.

—No —dijeron Marta y David al mismo tiempo.

Álvaro levantó la vista.

—Impresionante coordinación.

—Años de entrenamiento —respondió David.

Hugo apoyó la carta sobre la mesa.

—¿Por qué no?

—Porque luego no comes nada —dijo Marta.

—Sí como.

—Te comes tres patatas y dices que estás lleno.

—Las costillas llenan más.

—No funciona así —dijo David.

Hugo miró a Álvaro.

—Tú no has opinado.

—Estoy disfrutando de mi neutralidad.

—Cobarde.

—Prudente.

El camarero apareció y Hugo acabó pidiendo hamburguesa.

—Gran victoria familiar —dijo Álvaro.

—No has ayudado —respondió Marta.

—He mantenido la paz.

Durante la comida hablaron de horarios, del partido del sábado siguiente y de una excursión que Hugo tenía a final de mes. Marta esperaba que en algún momento la conversación se volviera rara. No ocurrió.

David preguntó a Álvaro por un colegio donde había trabajado antes.

Álvaro preguntó a David por una carrera popular que pensaba correr.

Hugo interrumpió ambos temas con datos falsos.

—Papá tarda una hora en cinco kilómetros.

—Mentira.

—Una hora y media.

—Hugo.

—Yo doy información aproximada.

Álvaro se inclinó hacia el niño.

—Eso en un examen se llama inventar.

—Depende de la pregunta.

Después del postre, Hugo se levantó para ir al baño.

Marta aprovechó.

—¿Todo bien?

David la miró.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Porque esto es raro.

—Un poco.

Álvaro bebió agua.

—Puedo irme si queréis tener una conversación de exmatrimonio.

—Ni se te ocurra —dijo David—. Si te vas, me deja la cuenta.

Marta le dio una patada por debajo de la mesa.

—Ay.

—Te lo mereces.

David sonrió y luego bajó un poco la voz.

—Marta, de verdad. Me da igual que salgas con alguien. Me importa que Hugo esté bien.

—Lo está.

—Ya.

Miró a Álvaro.

—Y con él parece tranquilo.

Álvaro no respondió deprisa.

—Intento no meterme donde no me toca.

—Eso ayuda.

Marta notó que los dos hablaban sin competir. Le pareció extraño que algo tan razonable resultara tan emocionante.

—También ayuda que no seas un imbécil —añadió David.

—Gracias, supongo.

—Era un cumplido.

—En ese caso, tú tampoco.

Hugo regresó justo a tiempo.

—¿Os habéis hecho amigos?

—No —dijeron los tres adultos.

El niño los observó.

—Qué rápidos.

Al salir del restaurante llovía con ganas.

David abrió el paraguas.

—Yo llevo a Hugo.

—Puedo ir con mamá.

—Te toca conmigo hasta mañana.

Hugo miró a Álvaro.

—¿Tú dónde vas?

—A mi casa.

—¿Solo?

Marta cerró los ojos un instante.

—Hugo.

—¿Qué? Pregunto.

Álvaro se guardó las manos en los bolsillos.

—Sí, solo.

Hugo lo pensó.

—Puedes venir a casa de papá a jugar a la Play.

David abrió la boca.

Marta tuvo que mirar hacia otro lado para no reírse.

—Gracias —dijo Álvaro—, pero creo que tu padre tenía otros planes.

Hugo se volvió.

—¿Tienes?

—Ahora mismo, sobrevivir a esta conversación.

—Eso no es un plan.

David lo agarró suavemente por los hombros.

—Venga.

Hugo caminó dos pasos y volvió a mirar a Álvaro.

—Otro día.

—Otro día.

Subieron al coche.

Marta esperó a que se alejaran.

—Acaba de invitarte a casa de su padre.

—Creo que eso me convierte en parte de una negociación diplomática.

—Le caes bien.

—Ya.

—Mucho.

Álvaro la miró.

—No quiero que eso me haga olvidar que sigue teniendo diez años.

Marta asintió.

Él continuó:

—Puede gustarle que esté y, a la vez, enfadarse conmigo. Puede querer verme en sus partidos y decirme que soy un pesado. No quiero que cada gesto suyo tenga que significar algo enorme.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque yo sí hago eso.

—Eres su madre.

—Ese argumento lo usáis todos cuando queréis llamarme intensa sin decirlo.

Álvaro respondió con una calma demasiado inocente.

—Jamás me atrevería.

Marta lo agarró del abrigo y lo acercó.

—Cobarde.

—Prudente.

Lo besó bajo la lluvia, en mitad de una acera donde nadie tenía que representar ninguna familia perfecta.

El sábado, antes del partido de Hugo, Marta vio a David y Álvaro hablar junto a la valla con una facilidad que todavía le resultaba extraña. Su relación no necesitaba parecerse a una amistad: compartían un interés evidente por el mismo niño desde lugares distintos y, de momento, se entendían.

Hugo salió al campo, los vio juntos y frunció el ceño.

Después del calentamiento se acercó.

—¿De qué habláis?

—De ti —dijo David.

—¿Qué he hecho?

—Todavía nada.

Hugo miró a Álvaro.

—No le cuentes cosas de clase.

—Secreto profesional.

—Bien.

—Aunque tengo una carpeta enorme.

Hugo lo señaló.

—Como le digas lo del trabajo de Moisés...

David levantó una ceja.

—¿Qué trabajo de Moisés?

—Nada.

Álvaro miró al campo.

—Creo que te llaman.

Hugo salió corriendo.

David esperó a que se alejara.

—Ahora necesito saber lo de Moisés.

—Jamás traicionaré a un alumno.

—Te invito a otra cerveza.

—Estamos negociando.

Marta llegó justo a tiempo para oírlo.

—Ni se os ocurra aliaros.

David sonrió.

—Demasiado tarde.

Desde el césped, Hugo gritó que dejaran de hablar y miraran.

Los tres obedecieron.