El profe de Hugo CAPÍTULO 12PADRE SOLO HAY UNO
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CAPÍTULO 12PADRE SOLO HAY UNO

PADRE SOLO HAY UNO

Al día siguiente, David llegó a por Hugo el martes por la tarde con una bolsa de deporte al hombro y una sonrisa que a Marta no le gustó nada.

—¿Qué?

—Nada.

—Tienes cara de saber algo.

—Tengo cara normal.

—Tu cara normal no parece tan satisfecha.

David entró, dejó la bolsa junto al zapatero y miró hacia el salón.

—¿Está el profesor?

Marta se quedó quieta.

—¿Qué profesor?

—Marta.

—No sé de qué me hablas.

—Hugo me ha contado que hubo una emergencia religiosa el domingo.

Ella se tapó la cara con una mano.

—Voy a matar a ese niño.

—No puedes. Es delito y además me tocaría quedármelo a tiempo completo.

—Qué pena te daría.

—Mucha. Sobre todo por las matemáticas.

Hugo apareció con la mochila puesta y una bolsa de patatas abierta.

—No eran lentejas.

David lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

Marta señaló la puerta.

—Fuera los dos.

—Oye —dijo David—, algún día tendrás que presentármelo.

—¿Para qué?

—Porque sale con la madre de mi hijo.

—Y porque eres un cotilla.

—También.

Hugo se colgó la mochila.

—Papá, Álvaro sabe negociar los minutos de consola.

David abrió mucho los ojos.

—¿Ah, sí?

—Me ha quitado cinco.

—Entonces no me cae bien.

—Luego me ha dejado ketchup.

—Está remontando.

Marta apoyó una mano en la puerta.

—¿Podéis iros antes de que empecéis a puntuarlo?

David sonrió.

—Te escribo luego.

—No hace falta.

—Por eso mismo.

La presentación ocurrió antes de lo que Marta habría querido.

El jueves, a la salida del colegio, Hugo se empeñó en recuperar una sudadera que había dejado en clase. Marta esperaba junto a la puerta cuando vio aparecer a David por la acera.

—¿Qué haces aquí?

—Hugo se dejó la tarjeta del bus en mi coche.

Le mostró la tarjeta.

—Podías habérsela dado mañana.

—Podía.

—Has venido porque sabías que yo estaba aquí.

David sonrió.

—Quizá.

—Te conozco demasiado.

—Ese fue parte del problema del matrimonio.

Marta soltó una risa seca.

—Muy simpático.

—Estoy intentando caer bien antes de conocer al novio.

—No es una entrevista de trabajo.

—Para ti no.

Álvaro salió del edificio en ese momento con Hugo detrás.

Marta llegó a pensar que el universo disfrutaba demasiado de su vida privada.

—Mamá, estaba en objetos perdidos.

Hugo alzó la sudadera como un trofeo y entonces vio a su padre.

—Ah, papá. Este es Álvaro.

David extendió la mano.

—David.

—Álvaro.

Se saludaron con una cordialidad perfectamente normal que duró aproximadamente tres segundos.

Hugo añadió:

—Mi padre ya sabe que duermes en casa.

Marta cerró los ojos. Álvaro respiró por la nariz. David tuvo que morderse el labio.

—Gracias, Hugo —dijo Marta.

—De nada.

—Eso no te lo estaba agradeciendo.

—Pues dilo bien.

Álvaro se agachó un poco hasta quedar a su altura.

—Hugo, ¿te acuerdas de lo que hablamos sobre respetar la intimidad de otras personas?

—Sí.

—¿Y?

—Que está mal contar cosas.

—Exacto.

—Pero papá ya lo sabía.

Álvaro se quedó callado.

—Esa no te la esperabas.

David soltó una carcajada.

—Me cae bien.

—No le animes —dijo Marta.

Acabaron tomando una cerveza en una terraza cercana porque Hugo quería merendar, David tenía tiempo y Marta sospechó que escapar habría resultado más ridículo que quedarse.

La conversación, para su sorpresa, fue normal.

David preguntó por el colegio. Álvaro habló de un partido del domingo. Descubrieron que ambos seguían al mismo equipo y discutieron durante diez minutos sobre un fichaje reciente. Hugo comía un bocadillo de tortilla mientras los observaba satisfecho.

—¿Qué miras? —preguntó Marta.

—Nada.

—Esa cara la conozco.

—Estoy comiendo.

David pidió otra ronda.

En algún momento, Hugo se fue al baño y Marta aprovechó para mirar a su exmarido.

—Compórtate.

—Estoy siendo encantador.

—Eso es lo que me preocupa.

Álvaro se acomodó en la silla.

—Puedo defenderme solo.

—No conoces a David.

—Tú sí —dijo él—. Y sobreviviste doce años.

David levantó el vaso.

—Once y medio. El último año fue administrativo.

Marta se echó a reír a pesar suyo.

—Os odio a los dos.

—Perfecto —dijo David—. Eso simplifica mucho las reuniones familiares.

Marta fue al baño aprovechando que Hugo tardaba. Cuando regresó, se frenó antes de llegar a la mesa. David y Álvaro hablaban solos. Hugo había reaparecido y estaba pidiendo otra botella de agua en la barra.

No oyó el principio de la conversación, pero sí a David.

—Solo quiero dejar una cosa clara.

Marta sintió un pinchazo en el estómago. Se quedó donde estaba, fuera de la vista de ambos.

Álvaro no cambió de postura.

—Dime.

David giró el vaso entre los dedos.

—Hugo tiene padre.

La respuesta llegó sin ofensa.

—Lo sé.

—Y yo estoy aquí. Mucho. A veces demasiado, según Marta.

—También lo sé.

David sonrió un poco.

—Entonces vamos bien.

Álvaro apoyó un codo en la mesa.

—No quiero ocupar tu sitio.

—Mejor, porque mi sitio incluye llevarlo a entrenar cuando llueve y montar maquetas de volcanes un domingo por la noche.

—Suena tentador.

—También incluye que te llame a las once porque ha olvidado un cuaderno en tu casa.

—Eso ya me lo creo.

David lo observó durante un momento.

—Si esto va en serio, me basta con que no le prometas cosas que no sabes si vas a poder cumplir.

Álvaro tardó en responder. Marta dejó de pensar en si debía acercarse.

—No pienso prometerle que estaré siempre —dijo él—. Nadie puede prometer eso con honestidad. Sí puedo decirle la verdad mientras esté.

David asintió.

—Bien.

—Y también puedo decirle que deje de hablar de mi vida sexual en público.

David soltó una carcajada.

—Con eso no puedo ayudarte. Llevo diez años intentándolo con la mía y todavía no ha empezado.

Marta se acercó entonces.

—¿De qué habláis?

Los dos contestaron a la vez.

—De fútbol.

Marta los miró.

—Claro.

Hugo volvió con el agua.

—¿Álvaro va a venir a mi partido el sábado?

Marta miró al profesor.

Él pareció tan sorprendido como ella.

—Si quieres que vaya.

Hugo se encogió de hombros.

—Me da igual.

—Acabas de invitarlo —dijo David.

—Solo preguntaba.

—Entonces puedo no ir.

Hugo cogió una patata del plato de su padre.

—Puedes ir.

Álvaro asintió.

—Vale.

La conversación siguió por otro lado, pero Marta vio el cambio en Hugo. Había preguntado sin chiste y se había escondido enseguida detrás de ese aire de indiferencia que utilizaba cada vez que algo le importaba demasiado para reconocerlo.

El sábado Álvaro apareció en el campo cinco minutos antes de que empezara el partido. Llevaba una bufanda oscura, un vaso de café y una expresión de hombre que todavía no sabía cuánto frío podía hacer alrededor de un campo de fútbol infantil a las nueve de la mañana.

David lo vio acercarse y le hizo sitio junto a la valla.

—Has venido voluntariamente —dijo.

—Eso parece.

—Todavía estás a tiempo de huir.

Marta les lanzó una mirada.

—Sois muy graciosos.

—Tú llevas aquí desde las ocho y media —dijo David—. Ya has perdido la perspectiva.

Álvaro miró al césped.

Hugo estaba calentando. En cuanto lo vio, levantó una mano durante medio segundo. Luego fingió que había sido un gesto cualquiera.

La reacción de Álvaro fue apenas visible, pero Marta la cazó y sintió cómo algo cálido se le acomodaba por dentro.

Hugo lo vio desde el césped.

En vez de volver a saludar, apretó el paso durante el calentamiento.

El partido resultó ser una prueba de resistencia para todos menos para los niños.

Un padre del otro equipo discutió con el árbitro en el minuto siete.

Una madre pidió fuera de juego en un saque de banda.

David llevaba un termo que pasó de mano en mano y Marta descubrió que Álvaro gritaba «bien» cada vez que Hugo tocaba el balón, incluso cuando la jugada acababa mal.

—No hace falta animarlo por respirar —dijo ella.

—Tiene diez años.

—Y por eso mismo, si le dices que todo lo hace bien, mañana pedirá contrato profesional.

David intervino:

—Ya lo ha pedido.

—¿Cuándo?

—En septiembre. Quería porcentaje de camisetas.

Álvaro se rio.

Hugo robó un balón, corrió por la banda y lanzó un centro que terminó en saque de puerta. Desde el campo miró hacia la valla. David levantó el pulgar. Álvaro hizo lo mismo. Hugo intentó ocultar una sonrisa mordiendo la parte interior de la mejilla.

Marta lo conocía demasiado para no verla.

El partido terminó con una derrota de tres a uno y una discusión monumental sobre si el segundo gol había sido fuera de juego.

Hugo salió del vestuario cubierto de barro.

—Has jugado bien —dijo Álvaro.

—Hemos perdido.

—Una cosa no quita la otra.

—Papá dice que he estado fatal defendiendo.

David levantó las manos.

—He dicho que en el segundo gol estabas mirando al banquillo.

—Porque mamá gritaba.

Marta frunció el ceño.

—Estaba animando.

—Parecía una amenaza.

Álvaro tuvo que apartar la mirada para no reírse.

Caminaron hacia los coches. Hugo iba entre su padre y Álvaro, comentando una jugada con enorme seriedad.

En un momento dado dijo:

—Mi padre me enseña a chutar con la izquierda.

—Pues hazle caso —contestó Álvaro—. Yo soy bastante malo.

—¿Tú jugabas?

—De pequeño.

—¿En qué posición?

—Banquillo, sobre todo.

Hugo soltó una carcajada.

Marta vio a David mirarla por encima de la cabeza del niño.

El gesto duró muy poco. Para cualquiera habría sido nada. Ella llevaba demasiados años conociéndolo: David estaba diciéndole que lo veía, que también había notado el cambio en Hugo y que, por ahora, estaba bien.

Ya junto al coche, Hugo se volvió hacia Álvaro.

—¿Vienes a comer?

Marta abrió la boca.

David respondió antes.

—Yo me lo llevo hoy.

Hugo miró a su padre.

—Ah.

David le revolvió el pelo.

—Mañana estás con tu madre. Puedes secuestrar al profesor entonces.

—No quiero secuestrarlo.

—Menos mal —dijo Álvaro—. Tengo planes.

Hugo lo miró con súbita desconfianza.

—¿Con mi madre?

—Hugo —dijeron los tres adultos a la vez.

El niño sonrió, encantado consigo mismo.

David abrió el coche y Hugo se metió en la parte trasera. Antes de cerrar la puerta, sacó la cabeza.

—Profe.

—¿Qué?

—El próximo es en casa. Hace menos frío.

—Lo tendré en cuenta.

—Vale.

La puerta se cerró.

David se quedó fuera un momento.

—Le ha gustado que vinieras.

Álvaro asintió.

—A mí me ha gustado venir.

—Pues perfecto.

David se volvió hacia Marta.

—Te lo devuelvo mañana a las seis.