CAPÍTULO 11UNA EMERGENCIA RELIGIOSA
UNA EMERGENCIA RELIGIOSA
El primer domingo de diciembre, a Marta la despertó un ruido en el pasillo y durante unos segundos no supo si era Hugo, el vecino del sexto o el edificio entero viniéndose abajo.
Abrió un ojo. El otro protestó. La persiana dejaba pasar una raya de luz que le caía justo en la cara y, a su lado, Álvaro dormía boca abajo con un brazo atravesado sobre la almohada, completamente ajeno a cualquier posible derrumbe.
Marta miró el despertador. Eran las ocho y doce de un domingo y Hugo estaba con David hasta después de comer, así que podía seguir durmiendo.
El ruido volvió a oírse.
Esta vez fue una llave girando en la cerradura.
Marta se incorporó tan deprisa que la sábana salió despedida.
—Álvaro.
Él abrió los ojos con una calma ofensiva.
—¿Qué pasa?
—Mi hijo.
—¿Qué le pasa?
—Está abriendo la puerta.
Eso consiguió despertarlo.
Marta ya estaba buscando su camiseta por el suelo cuando oyó la voz de Hugo desde el recibidor.
—¡Mamá!
Se quedó quieta con una manga enganchada en el codo.
—¿Por qué está aquí?
Álvaro se sentó y se pasó una mano por el pelo.
—Quizá David ha venido antes.
—Gracias, Sherlock.
—Intento colaborar.
—Pues colabora poniéndote los pantalones.
Hugo apareció en la puerta del dormitorio antes de que Álvaro llegara a levantarse.
Se produjo un silencio largo, de esos que en una familia normal quizá habrían resultado incómodos.
Hugo miró a su madre. Miró a Álvaro. Volvió a mirar a su madre.
Después reparó en la camisa del profesor, tirada sobre una silla.
—¿Ha habido una emergencia religiosa?
Marta cerró los ojos.
Álvaro, en cambio, tuvo la indecencia de sonreír.
—Buenos días, Hugo.
—Buenos días, profe.
—¿Qué haces aquí?
—Vivo aquí.
—Me refería a por qué has vuelto antes.
Hugo se encogió de hombros.
—Papá tenía que ir a casa de la abuela Asun porque se le ha roto una tubería y me ha traído. Ha dicho que te avisaba.
Marta buscó el móvil. Estaba en el suelo, al otro lado de la cama, y tenía tres llamadas perdidas y cinco mensajes de David.
Fantástico.
Hugo siguió en la puerta.
—¿Puedo desayunar?
—Claro que puedes desayunar.
—¿Y él?
—Él también desayuna.
—Ya, pero aquí.
Marta se puso por fin la camiseta.
—Hugo.
—Solo pregunto.
Álvaro se levantó, cogió los pantalones y se dirigió al baño con una tranquilidad que Marta decidió considerar una provocación personal.
Hugo lo siguió con los ojos.
—Tiene mi toalla.
—Tiene una toalla.
—La azul es mía.
—Tenemos cuatro iguales.
—Pero esa es la mía.
—¿Cómo lo sabes?
Hugo tardó dos segundos en responder.
—Porque sí.
Marta señaló el pasillo.
—Cocina.
Hugo obedeció, aunque lo hizo caminando hacia atrás para no perder detalle de la escena.
En la cocina se sirvió cereales y leche con una solemnidad irritante. Marta puso café. Álvaro apareció unos minutos después vestido, peinado con los dedos y con esa cara de persona funcional a las ocho y media de la mañana que a Marta le parecía poco cristiana.
—¿Café? —preguntó ella.
—Por favor.
Hugo levantó la vista del bol.
—¿Has dormido aquí?
Marta dejó la cuchara junto a la cafetera con demasiado cuidado.
Álvaro miró al niño.
—Sí.
—Vale.
—¿Eso es todo? —preguntó Marta.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada. Absolutamente nada.
Hugo volvió a los cereales.
—Papá dice que cuando dos adultos duermen juntos no hay que hacer preguntas.
Marta se giró despacio.
—¿Tu padre te ha dicho eso?
—Cuando fui con él a casa de Mónica.
Álvaro se llevó la taza a la boca para esconder la risa.
—¿Quién es Mónica?
—Una amiga de papá.
Marta dejó escapar una carcajada que no pudo evitar.
—Mira qué bien.
Hugo frunció el ceño.
—¿Por qué te ríes?
—Porque tu padre y yo vamos a tener una conversación preciosa.
—¿Le vas a castigar?
—No puedo castigar a tu padre.
—Tú antes podías.
—Nunca he podido.
—Pues gritabas bastante.
Álvaro se atragantó con el café.
Marta lo señaló.
—Tú ni una palabra.
—Estoy bebiendo.
—Se te nota muchísimo.
Hugo terminó el bol, lo dejó en el fregadero y se quedó apoyado en la encimera mirando a Álvaro.
—¿Entonces eres el novio de mi madre?
La pregunta cayó con mucha menos broma que las anteriores.
Marta lo notó. Álvaro también.
Él dejó la taza sobre la mesa.
—Tu madre y yo estamos saliendo.
—Eso ya lo sé.
—Pues de momento con eso nos vale.
Hugo arrugó la nariz.
—Pero novio es más corto.
—También es una palabra que usamos cuando las dos personas están de acuerdo.
Hugo miró a Marta.
—¿Tú estás de acuerdo?
Marta sostuvo su mirada.
—Sí.
El niño asintió como si acabaran de resolver un problema de matemáticas.
—Pues ya está.
Cogió su vaso y se fue al salón.
Marta esperó a oír la televisión antes de mirar a Álvaro.
—Ha sido más fácil de lo que esperaba.
—Dale tiempo.
Desde el salón llegó la voz de Hugo.
—¡Mamá!
—¿Qué?
—¡Si Álvaro se queda a comer, que no haga lentejas!
Álvaro levantó una ceja.
—¿Qué le pasa a mis lentejas?
—No las ha probado.
—Entonces es prejuicio.
Hugo gritó desde el sofá:
—¡Es prevención!
Marta se apoyó en la encimera y se echó a reír.
Álvaro la miró durante unos segundos, con una expresión distinta a la de antes. Más suave.
—¿Qué?
—Me gusta esto.
Marta entendió a qué se refería. Hugo protestando desde el salón, el café enfriándose en la encimera, una sudadera tirada sobre una silla y la sensación de que Álvaro estaba viendo la versión real de su casa, con los calcetines de Hugo debajo del radiador y una caja de cereales que nunca se cerraba bien.
—No idealices —dijo—. A las nueve de la noche habrá una discusión porque no quiere ducharse.
—Puedo irme antes.
Marta le dio un golpe suave en el brazo.
—Cobarde.
—Prudente.
Desde el salón, Hugo gritó:
—¡He oído lo de la ducha!
Marta miró al techo.
—Y escucha detrás de las paredes.
Álvaro asintió con una gravedad ridícula.
—Eso sí me preocupa más que Satán.
La mañana, que Marta había imaginado tranquila y sin horarios, tomó forma de domingo familiar antes de que pudiera impedirlo.
Hugo puso una película que no vio, dejó un cojín en mitad del pasillo y pidió tostadas cuarenta minutos después de desayunar.
Álvaro recogió las tazas sin preguntar dónde iba nada y acabó abriendo tres armarios hasta encontrar el azúcar.
—Está ahí porque mi madre coloca las cosas donde no van —explicó Hugo.
—La cocina es mía —dijo Marta.
—Por eso.
Álvaro se rio.
—No le animes.
—Estoy aprendiendo el sistema.
—No hay sistema —dijo Hugo—. Ese es el sistema.
Marta se quedó mirándolo.
—¿Quién te enseña estas frases?
—Internet.
—Voy a apagar Internet.
—Eso lo dices desde 2024.
Álvaro apoyó las manos en la encimera y agachó la cabeza para disimular otra risa. Marta sintió la tentación de echarlos a los dos de casa y se le pasó al instante.
A las diez y media llamó David.
Marta atendió desde el balcón.
—¿Qué tal la emergencia religiosa? —preguntó él.
—Te odio.
—Te mandé cinco mensajes.
—Estaba dormida.
—Ya.
—David.
—¿Qué?
—¿Quién es Mónica?
Hubo un silencio.
—Hugo habla demasiado.
—En eso estamos de acuerdo.
—Una amiga.
—Qué frase tan original.
—¿Vas a interrogarme tú ahora?
Marta miró a través del cristal. Dentro, Hugo intentaba convencer a Álvaro de que una tostada quemada podía salvarse rascándola con un cuchillo. Álvaro escuchaba el razonamiento como si tuviera delante a un ingeniero civil.
—No —dijo ella, y sonrió sin proponérselo—. Me hace gracia. Ya está.
David tardó un segundo.
—¿Está ahí?
—Sí.
—¿El profesor?
—Tiene nombre.
—Es más divertido llamarlo el profesor.
—Sois todos iguales.
—¿Hugo está bien?
Marta volvió a mirar dentro. Hugo acababa de poner la tostada bajo el grifo para apagar una esquina negra.
—Depende de lo que entiendas por bien.
—Entonces está perfecto.
David le explicó lo de la tubería de su madre, prometió recoger a Hugo por la tarde para recuperar unas horas y colgó después de añadir que no pensaba pedir perdón por haberle mejorado el domingo.
Cuando Marta volvió a entrar, encontró a Álvaro limpiando agua de la encimera.
—¿Qué ha pasado?
—Ciencia —dijo Hugo.
—Ha intentado hidratar una tostada —aclaró Álvaro.
—Estaba ardiendo.
—Estaba un poco tostada.
—Negra.
Marta cogió la tostada mojada con dos dedos.
—A veces me pregunto cómo has llegado a los diez años.
—Comiendo cosas que no quemas tú.
—Vete al salón.
—¿Puedo jugar a la consola?
—Media hora.
—Una.
—Media.
—Cuarenta y cinco.
Marta abrió la boca.
Álvaro intervino:
—Treinta y cinco y das las gracias.
Hugo lo miró con respeto nuevo.
—Cuarenta.
—Treinta y cinco.
—Vale.
Se fue.
Marta giró la cabeza hacia Álvaro.
—¿Acabas de negociar con mi hijo?
—Once años de docencia.
—Diez.
—Once.
—Me da igual. Has entrado en un terreno peligroso.
—He conseguido cinco minutos extra de silencio.
—Te quiero un poco.
Álvaro se quedó quieto.
Marta también.
La frase había salido limpia, doméstica, casi tonta. No llevaba preparación ni el peso de una declaración. Aun así, allí se quedó, entre una tostada mojada y un bote de mermelada abierto.
Álvaro sonrió despacio.
—Solo un poco.
Marta notó calor en la cara.
—No te emociones.
—Intentaré contenerme.
—Y no me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a hacer de esto un momento.
Él se acercó, le apartó un mechón de la cara y la besó. Fue un beso breve porque Hugo estaba a seis metros y porque Marta todavía tenía una tostada húmeda en la mano.
—Momento terminado —dijo Álvaro.
—Idiota.
—También un poco.
Hugo apareció en la puerta.
—¿Cuánto tiempo llevo?
Marta miró el reloj.
—Dos minutos.
—Parecen más.
—Eso es porque estás esperando.
—Pues el tiempo es injusto.
—A la consola.
Hugo desapareció.
Álvaro dejó escapar el aire entre dientes.
—Ahora entiendo por qué estás cansada siempre.
—Y aún no ha empezado con los deberes.
La frase llevó la mañana hacia terrenos todavía más normales.
Hugo sacó un cuaderno después de jugar y afirmó que no tenía nada que hacer hasta que Marta encontró una circular dentro de la mochila.
Había una ficha de Ciencias sobre el sistema solar.
Álvaro se sentó con él durante diez minutos, suficiente para descubrir que Hugo sabía perfectamente el orden de los planetas y que su problema consistía en que no le apetecía escribirlo.
—Esto es una estafa —dijo Álvaro.
—¿Qué?
—Me has hecho creer que no lo entendías.
—No he dicho eso.
—Has preguntado dónde iba Saturno.
—Para confirmar.
—Está en el dibujo.
—Podría estar mal.
Marta observó desde el sofá mientras fingía contestar mensajes. Álvaro no corregía como profesor. Preguntaba, discutía, le devolvía las excusas. Hugo protestaba más con él que con cualquier adulto al que quisiera mantener lejos.
Aquello le gustó y le dio miedo en la misma medida.
A la una, David escribió que tardaría una hora más. Marta propuso pedir comida. Hugo exigió hamburguesas. Álvaro votó por algo que tuviera una verdura reconocible y fue derrotado dos a uno.
Comieron alrededor de la mesa pequeña de la cocina porque Hugo había llenado la del salón de piezas de un juego.
La conversación saltó del colegio a una película, de ahí a si un tiburón podía sobrevivir en una piscina municipal y, por algún motivo que Marta perdió, terminó con Hugo preguntando si Jesús habría usado WhatsApp.
—Seguramente —dijo Álvaro.
—¿Eso puedes decirlo oficialmente?
—No estoy emitiendo doctrina.
—¿Y en qué grupo estaría? —preguntó Hugo.
—En muy pocos.
—¿Por qué?
—Porque los grupos grandes son insoportables.
Hugo pensó la respuesta.
—Eso sí me lo creo.
Cuando David llegó, encontró a los tres discutiendo si la pizza con piña podía considerarse una ofensa moral.
—Hola —dijo desde la puerta—. Veo que la formación religiosa continúa fuera del horario lectivo.
Marta lo fulminó con la mirada.
Hugo recogió su mochila y se puso la chaqueta. Antes de irse, se volvió hacia Álvaro.
—¿Vas a estar el martes en clase?
—Trabajo allí, Hugo.
—Ya.
—Entonces sí.
—Vale.
Abrió la puerta.
—Adiós, profe.
—Adiós.
Marta esperó a que el ascensor se cerrara.
Álvaro apareció detrás de ella.
—Eso ha sido raro.
—¿Qué parte?
—Que comprobara si iba a verme el martes.
Marta se apoyó en el marco de la puerta.
—Hugo comprueba muchas cosas sin admitir que las está comprobando.
—Se parece a alguien.
—No sé de quién hablas.
—Claro.
Cerró la puerta y Marta miró el piso. Vasos, papeles, una sudadera en el respaldo, migas bajo la mesa. Hacía unas horas había querido esconder de Álvaro el desorden de una mañana improvisada. Ahora le pareció absurdo.
Él ya lo había visto.
Y seguía allí.
—¿Te quedas un rato? —preguntó.
—Si no hay lentejas.
Marta le lanzó un paño de cocina.
La mañana de la «emergencia religiosa» dejó una secuela inesperada: Hugo empezó a tratar la presencia de Álvaro en casa como un dato que necesitaba clasificar.
El lunes, mientras Marta preparaba la cena, apareció con una libreta.
—¿Qué haces?
—Una lista.
—Mala señal.
—Cosas que Álvaro tiene aquí.
Marta dejó el cuchillo.
—¿Perdón?
—Un cepillo de dientes.
—Hugo.
—Una camiseta.
—No estás inspeccionando mis cajones.
—La camiseta estaba en la silla.
—¿Y para qué quieres saberlo?
Hugo miró la libreta.
—Por saber.
—Eso no explica nada.
—Tú preguntas cosas todo el rato.
Marta se apoyó en la encimera.
—¿Te molesta que tenga cosas aquí?
—No.
—¿Te preocupa que vaya a vivir aquí?
—No.
La segunda respuesta llegó demasiado rápido. Marta esperó. Hugo pasó el lápiz por el papel.
—Si vive aquí, ¿dónde pone sus cosas?
—No va a vivir aquí mañana.
—Ya. Pero si algún día.
—Hablaríamos todos antes.
—¿También papá?
—Papá tendría que saberlo, claro. Esta sigue siendo tu casa y cualquier cambio grande que te afecte se habla contigo.
Hugo levantó la vista.
—¿Y mi habitación?
—Seguiría siendo tu habitación.
—¿Y si necesita despacho?
Marta tardó un segundo en entender.
—Álvaro no va a echarte de tu cuarto para ponerse un despacho.
—No he dicho echarme.
—Lo has pensado.
Hugo apretó los labios.
Marta se acercó y se agachó lo justo para quedar a su altura sin convertir la cocina en una sesión solemne.
—Tu sitio no está en negociación, Hugo.
—Ya.
—Puedes preguntar cosas aunque sean raras.
—Rara, no sé.
—Es bastante específica.
El niño dobló la libreta.
—¿Entonces puedo tirar la lista?
—Preferiría que no llevaras un inventario de la ropa interior de mi novio.
Hugo hizo una mueca de asco.
—Qué asco, mamá.
—Pues deja de investigar.
—Solo había puesto camiseta.
—Me alegro.
Se fue hacia el pasillo y Marta retomó la cena.
—Mamá.
—¿Qué?
—Si algún día vive aquí, que no use mi taza del Real Madrid.
Marta sonrió sin darse la vuelta.
—Lo dejaré por escrito.
—Bien.
La conversación no volvió a salir aquella noche. Antes de acostarse, Hugo dejó su taza azul en el fregadero y preguntó si al día siguiente dormía en casa de su padre.
—Como siempre —respondió Marta.
—Vale.
Subió a su habitación sin añadir nada.