CAPÍTULO 10FE, ESPERANZA Y WHATSAPP
FE, ESPERANZA Y WHATSAPP
Lola conoció a Álvaro un domingo de noviembre. La reunión no había sido planificada. Eso la hizo peor.
Marta había invitado a Álvaro a comer y Hugo estaba con ellos. A la una y veinte sonó el timbre.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Álvaro.
Marta miró a Hugo.
—No.
Hugo se encogió de hombros con una patata frita en la boca.
Marta abrió.
Su madre estaba al otro lado con una fuente cubierta por papel de aluminio.
—Te traje tortilla.
Marta se quedó quieta.
—Mamá.
—¿Qué?
Lola miró por encima de su hombro. Vio a Álvaro. Luego a Hugo. Después otra vez a Álvaro. Sus ojos se iluminaron.
—Ah.
Marta quiso cerrar la puerta.
—Mamá, no.
—¿No qué?
—Esa cara.
—Tengo mi cara de siempre.
—Esa no es tu cara de siempre.
Álvaro se acercó.
—Hola.
Lola extendió la mano con entusiasmo.
—Tú eres el profesor.
—Álvaro.
—Lola. La abuela de Hugo.
Álvaro miró a Marta.
—La de Satán.
Lola frunció el ceño.
—¿Qué Satán?
Marta se tapó los ojos.
Hugo apareció detrás.
—El de los calderos, abuela.
—Yo no dije calderos.
—Te lo dije —murmuró Marta.
—Dije que el demonio se lleva a los niños malos.
Álvaro asintió con solemnidad.
—Mucho más tranquilizador.
Lola tardó medio segundo en captar la ironía y luego se rio.
—Ay, qué simpático. Pues mi hija decía que eras muy guapo.
Marta dejó escapar un sonido ahogado.
—Mamá.
—¿Qué? Es verdad.
Hugo levantó la mano.
—Confirmo.
—Tú calla.
Lola entró como si viviera allí.
—Traje tortilla para los tres, pero como sois cuatro habrá que cortar fino.
—No hacía falta que te quedaras —dijo Marta.
—No me quedo.
Se quitó el abrigo.
—Solo un rato.
Se quedó dos horas y media.
Durante la comida contó la infancia de Marta, enseñó fotos que nadie había pedido y explicó que, de pequeña, su hija había querido ser veterinaria hasta descubrir que los veterinarios «tenían que meter la mano dentro de las vacas».
—Tenía siete años —protestó Marta.
—Y mucho criterio —dijo Álvaro.
Lola lo miró encantada.
—A mí este chico me gusta.
—Mamá.
—¿Qué pasa? Si ya estás saliendo con él, puedo decirlo.
—Puedes pensar en silencio.
—Eso no sirve para nada.
Hugo asintió.
—Estoy con la abuela.
Marta miró a Álvaro buscando apoyo.
Él bebió agua.
—Yo no me meto.
—Cobarde.
—Profesor de Religión. Promuevo la paz.
—Has venido a la familia equivocada.
Lola apuntó a Álvaro con el tenedor.
—¿Tú eres creyente de verdad o es por el trabajo?
Marta dejó la servilleta sobre la mesa.
—Mamá.
Álvaro, para su desgracia, parecía divertirse.
—Soy creyente de verdad.
—Bien. Porque conozco a uno que daba Religión y luego no pisaba misa.
—Eso no es una auditoría, mamá.
—Solo pregunto.
Hugo intervino:
—La abuela cree que todos los curas conocen al papa.
—Yo no he dicho todos.
—Dijiste que Álvaro igual tiene contacto.
Marta miró a su madre.
—¿Contacto con quién?
Lola bebió agua.
—Con el Vaticano.
Álvaro apoyó el codo en la mesa y miró a Hugo.
—Tu familia me atribuye bastante poder.
—Yo dije que eras agente.
—Ya.
—Eso es más que profesor.
—Depende del convenio.
Lola soltó una carcajada.
Marta los observó a los tres y tuvo la impresión de haber perdido el control de su propia casa. Lo raro era que no le molestaba demasiado.
Después de comer, Lola insistió en ayudar a recoger. En la práctica, eso significó quedarse en la cocina interrogando a Álvaro mientras Marta metía platos en el lavavajillas.
—¿Tus padres viven?
—Mamá.
—Sí. Los dos —respondió Álvaro.
—¿Madrid?
—Mi madre en Madrid y mi padre en Segovia.
—¿Divorciados?
—Mamá.
Álvaro aceptó el interrogatorio con paciencia.
—Desde hace muchos años.
—¿Hermanos?
—Una hermana.
—¿Casada?
—Lola —dijo Marta—, deja de hacerle un formulario.
—Me intereso.
—Te falta preguntarle el grupo sanguíneo.
Lola miró a Álvaro.
—¿Lo sabes?
Marta dejó una cuchara dentro del fregadero con estrépito.
Álvaro se echó a reír.
Hugo apareció en la puerta.
—A positivo.
Todos lo miraron.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Álvaro.
—Lo dijiste en clase cuando hablamos de donar sangre.
Lola sonrió satisfecha.
—Muy bien, Hugo.
Marta levantó las manos.
—Me rindo.
Cuando Lola se marchó, Álvaro cerró la puerta y se apoyó en ella.
—Tu madre es increíble.
—No vuelvas a decir eso delante de ella.
—Me ha preguntado si tengo colesterol.
—Has tenido suerte. A David le preguntó cuánto ganaba en la segunda comida familiar.
—¿Y qué respondió?
—Una cifra falsa.
—Inteligente.
Marta se acercó.
—¿Sigues queriendo volver?
Álvaro le rodeó la cintura.
—Ahora tengo curiosidad por la segunda fase del interrogatorio.
—Qué valiente.
—Además, la tortilla estaba buenísima.
—Traidor.
La besó.
Hugo apareció desde el salón.
—¿Podéis no hacer eso delante de la tortilla?
Marta se separó riéndose.
—¿Qué problema tiene la tortilla?
—Ninguno. Ahí está la gracia.
Después de aquel domingo, Álvaro empezó a aparecer con más naturalidad en la vida de Marta.
Su presencia fue ganando sitio poco a poco. Algunas noches cenaba con ellos. Otras, Marta dejaba a Hugo con David y se quedaba en casa de Álvaro. Algún sábado desayunaban fuera. A veces solo conseguían verse veinte minutos entre obligaciones y aprovechaban esos veinte minutos.
La relación también empezó a llenar huecos poco románticos.
Un jueves Álvaro acompañó a Marta a comprar una lámpara porque ella llevaba tres semanas diciendo que la del salón se había roto. Acabaron discutiendo veinte minutos sobre el color de una pantalla.
—La blanca —dijo él.
—Es aburrida.
—Combina con todo.
—Eso es una frase de señor divorciado.
—No estoy divorciado.
—Todavía peor. Has llegado a ese nivel sin necesidad.
Compraron la amarilla.
Al llegar a casa, Hugo la miró.
—Es feísima.
Álvaro se cruzó de brazos.
—Gracias.
—¿La has elegido tú?
—Tu madre.
Hugo asintió.
—Se nota.
Marta decidió que ambos podían montar la lámpara solos.
Otra tarde, Álvaro esperó con ella cuarenta minutos en una consulta porque Hugo tenía revisión dental y David estaba trabajando. Hugo salió con media boca dormida y una prohibición de comer durante una hora.
—Quiero un bocadillo —dijo en el ascensor.
—No puedes.
—Tengo hambre.
—Una hora.
—Álvaro, tú puedes hacer algo.
—Puedo decirte lo mismo que tu madre.
—Entonces para qué has venido.
Marta miró a Álvaro.
—Bienvenido a la gratitud infantil.
—Me siento acogido.
Aquellas cosas le gustaban a Marta de una manera difícil de explicar. Una cita bonita era fácil de reconocer. Un hombre esperando en una consulta dental mientras Hugo se quejaba del labio dormido pertenecía a otra categoría, menos brillante y mucho más íntima.
Una noche de esa semana, Álvaro volvió a cenar con ellos. La conversación empezó con una discusión sobre si la carbonara auténtica llevaba nata y terminó convertida en un interrogatorio de Hugo sobre la vida del profesor fuera del colegio.
—¿Qué haces cuando no trabajas?
—Cosas.
—Eso no es respuesta.
Marta levantó una ceja.
—Te suena, ¿verdad?
Hugo ignoró el comentario.
—¿Juegas a la consola?
—A veces.
—¿A qué?
Álvaro nombró dos juegos. Hugo dejó el tenedor.
—¿Tienes el segundo?
—Sí.
—Mamá.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
Álvaro miró a Hugo.
—Puedo jugar con él algún día.
—Has caído —dijo Marta.
Hugo señaló a Álvaro con el tenedor.
—El sábado.
—Tengo un cumpleaños.
—Domingo.
—Hugo, el hombre tiene vida.
—Ha dicho algún día.
Álvaro se rio.
—El domingo por la tarde, si a tu madre le parece bien.
Hugo miró a Marta.
—¿Te parece bien?
—Me arrepentiré, pero sí.
El domingo jugaron durante una hora. Marta aprovechó para trabajar en el portátil, aunque dedicó demasiado tiempo a escucharlos desde el salón.
—Eso era mío —protestó Hugo.
—Lo he encontrado yo.
—Porque estabas mirando mi pantalla.
—No puedo mirar tu pantalla desde aquí.
—Tienes ojos grandes.
—Esa acusación es nueva.
Marta se rio sin levantar la vista del ordenador.
Al terminar, Hugo ganó una partida y perdió dos. La derrota le sentó peor que la victoria le había sentado bien.
—Has tenido suerte.
—Claro.
—Y conocías el mapa.
—También.
—La próxima no cuenta si sabes más.
Álvaro dejó el mando.
—Esa regla te va a complicar mucho la vida.
Hugo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque siempre habrá alguien que sepa más de algo. Aprender de esa persona suele ser más útil que decidir que no vale.
Hugo lo miró con sospecha.
—Eso ha sido de profe.
—Un poco.
—Se acabó jugar.
Marta levantó la cabeza.
—Qué castigo tan duro.
Hugo recogió los mandos.
—Además tengo hambre.
Álvaro ayudó a guardar los cables. Antes de irse, Marta lo acompañó a la puerta.
—Has sobrevivido.
—Por poco.
—Le has gustado más después de ganar.
—Pensaba que sería al revés.
—No. Ahora tiene una misión.
Álvaro dejó el vaso sobre la encimera.
—Me gusta estar aquí.
—A mí me gusta que estés.
Se besaron rápido porque Hugo podía aparecer en cualquier momento.
Apareció en ese momento.
—Lo sabía.
Marta cerró los ojos.
—¿Qué sabías?
—Que os ibais a besar en la puerta.
Álvaro se apartó con una sonrisa.
—Buenas noches, Hugo.
—Buenas noches, profe. La revancha el domingo que viene.
—Ya veremos.
Hugo cerró la puerta después de él y miró a su madre.
—Besa bien.
Marta abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Por tu cara.
—Vete a tu cuarto.
Hugo salió corriendo antes de que pudiera tirarle nada.
Marta se quedó en el recibidor, riéndose sola. Al pasar junto a la mesa vio la taza que Álvaro había dejado en el fregadero y estuvo a punto de guardarla antes de recordar que seguía sucia.
El primer fin de semana que Álvaro durmió en casa de Marta, Hugo estaba con su padre.
Fue deliberado.
Marta no quería convertir algo nuevo en una escena familiar demasiado rápido.
La noche empezó con pasta, vino y una película que ninguno terminó.
La mañana siguiente empezó tarde.
Muy tarde.
Marta abrió los ojos a las diez y doce y encontró a Álvaro dormido de lado, una mano sobre su cintura.
Durante varios segundos se quedó inmóvil. Le gustaba aquello tanto como el sexo: la normalidad posterior, el cuerpo caliente junto al suyo, la barba de Álvaro ligeramente más oscura por la mañana y la absurda intimidad de descubrir que dormía con un pie fuera del edredón.
Él abrió los ojos.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Qué hora es?
—Tarde.
—Bien.
—Tengo hambre.
—Eso es menos romántico.
—Tengo muchísimo hambre.
—Peor.
—Podemos desayunar.
—Podemos hacer otras cosas antes.
—Eso sí ha sonado más romántico.
El teléfono de Marta empezó a vibrar sobre la mesilla.
Miró la pantalla. Hugo. Álvaro cerró los ojos.
—Nos ha oído.
—Está a doce kilómetros.
—No me fío.
Marta contestó.
—¿Qué pasa?
—Papá dice que pregunte si puedo ir esta tarde antes.
—¿Por qué?
—Porque tiene una comida.
—Sí, claro.
Pausa.
—¿Está Álvaro?
Marta miró al hombre a su lado.
—¿Por qué preguntas?
—Porque hablas bajito.
—Acabo de despertarme.
—A las diez y cuarto.
—Es sábado.
—Entonces está.
—Hugo.
—Dile que el lunes hay examen de los mandamientos y que no he estudiado.
Álvaro oyó aquello.
Se incorporó.
—Dile que estudie.
Hugo gritó al otro lado:
—¡Te he oído!
Marta se dejó caer sobre la almohada.
—Dios mío.
Álvaro alzó una ceja.
—Presente.
Marta lo golpeó con la almohada.
Después de colgar, se quedó mirándolo.
—Dentro de unas horas va a aparecer aquí.
—Ya.
—Y sabrá que has dormido.
—Probablemente.
—¿Te preocupa?
Álvaro pensó un momento.
—Me preocupa hacerlo mal.
Marta dejó de bromear.
—¿Con Hugo?
—Con todo. Entrar demasiado rápido. Parecer que quiero ocupar un sitio que no me corresponde. O hacer lo contrario y quedarme tan fuera que él piense que no me interesa.
Marta apoyó la cabeza en la almohada.
—Yo tampoco sé muy bien dónde está la línea.
—Supongo que se mueve.
—Gran teoría.
—Gracias.
Ella sonrió.
—Podemos ir despacio.
—Eso sí lo sé hacer.
—¿Seguro?
Álvaro se acercó.
—En algunas cosas menos.
Marta soltó una carcajada y volvió a golpearlo con la almohada.
Horas después, cuando Hugo llegó, Álvaro ya se había marchado.
Marta pensó que quizá era mejor así.
La semana siguiente, Hugo se fue con David el sábado por la mañana. Marta había planeado cenar con Álvaro fuera, pero una tormenta de noviembre convirtió Madrid en un atasco interminable y acabaron cancelando la reserva.
—Puedo ir a tu casa con comida —propuso él.
—Está hecha un desastre.
—He sobrevivido a veintiocho niños con témperas.
—No es comparable.
—Marta.
—Vale. Pero no juzgues.
Álvaro llegó a las nueve con comida tailandesa y una botella de vino. La casa, según él, no estaba desordenada. Marta le enseñó la montaña de ropa sobre una silla.
—Eso es una silla con ropa.
—Gracias por tu diagnóstico.
—Cobro aparte.
Cenaron en el salón. Hablaron de vacaciones, de si podían escaparse algún fin de semana cuando cuadraran custodias y horarios, y de la extraña sensación de estar empezando algo adulto con una agenda más complicada que cualquier relación de veinte años.
—A los veinticinco quedabas y ya —dijo Marta.
—A los veinticinco yo vivía con dos compañeros y uno practicaba guitarra a las dos de la mañana. No idealices.
—Buen punto.
Después de cenar abrieron el vino. Álvaro miró la hora cerca de la una.
—Debería irme.
Marta miró la lluvia golpeando los cristales.
—Está cayendo muchísimo.
—Tengo metro.
—Y una casa aquí.
Él la miró.
—¿Me estás invitando a quedarme?
—Estoy evitando una hipotermia.
—Qué romántico.
—Quédate.
Álvaro se quedó.
A las dos y media ninguno pensó demasiado en la tormenta.
Antes de dormir, Marta miró el móvil. David había escrito a las once: «Mañana igual te llevo a Hugo antes. Mi madre tiene una avería de agua. Te aviso.»
Marta leyó el mensaje, respondió «ok» medio dormida y dejó el teléfono boca abajo.
No vio las llamadas de la mañana siguiente.