El profe de Hugo CAPÍTULO 9EL MALIGNO #2
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CAPÍTULO 9EL MALIGNO #2

—Esto me está empezando a parecer peligrosamente doméstico.

—Puedo tirar algo al suelo para equilibrar.

—Ni se te ocurra.

—Entonces asume el riesgo.

Ella sonrió y volvió a besarlo.

Más tarde, cuando Álvaro se marchó, Marta entró en la habitación de Hugo para apagar la lámpara. El niño estaba despierto leyendo un cómic.

—¿Qué tal? —preguntó ella.

—Qué.

—Álvaro aquí.

Hugo encogió un hombro.

—Bien.

—¿Solo bien?

—No empieces.

—Vale.

Apagó la luz.

—Mamá.

—Dime.

—Puede volver.

La frase fue tan rápida que casi se perdió.

Marta se giró.

—Vale.

—Pero no todos los días.

—Trato hecho.

—Y si trae pizza, sin piña.

—Buenas noches, Hugo.

—Buenas noches.

Marta cerró la puerta con una sonrisa que ya no tenía tanto que ver con el beso de la cocina.

El rumor no desapareció después del incidente con Marcos. Durante unos días cambió de forma, como hacen los rumores escolares cuando pasan de un niño a otro y luego a un grupo de padres.

La semana del siete en Religión trajo una novedad que a Marta le hizo menos gracia: el primer comentario que dejó de parecer una broma de patio.

Patricia la alcanzó a la salida del colegio.

—Oye, te digo esto porque prefiero que te llegue por mí.

Marta se giró.

—Esa frase nunca trae una receta de cocina.

—Un par de madres han preguntado si Álvaro sigue poniendo las notas de Hugo.

Marta tardó un segundo en responder.

—¿Y por qué no iba a hacerlo?

Patricia levantó una mano.

—Yo no estoy diciendo nada. Te cuento lo que he oído.

—Ya.

—Supongo que creen que puede haber trato de favor.

Marta miró hacia la puerta. Hugo salía en ese momento con Samuel y otros dos niños, empujándose con esa violencia amistosa que los adultos interpretaban siempre como el principio de una pelea.

—Hugo saca las mismas notas mediocres de siempre.

—Eso he dicho yo, con más diplomacia.

Marta soltó una risa breve.

—Gracias.

—De momento son dos comentarios. No montes nada.

—No pienso montar nada.

Patricia la miró con atención.

—Tu cara dice lo contrario.

—Mi cara está pensando.

Hugo llegó hasta ellas.

—¿De qué habláis?

—De cosas de mayores —dijo Marta.

—Entonces seguro que es aburrido.

Patricia sonrió.

—Nos vemos mañana.

En el coche, Hugo se puso el cinturón y empezó a contarle una discusión sobre quién había hecho trampas en Educación Física. Marta apenas lo escuchó durante el primer minuto.

—Mamá.

—¿Qué?

—Te he preguntado si mañana puedo llevar cromos.

—Sí. Bueno, no sé. ¿Se puede?

—Por eso te pregunto.

—Pregúntale a tu tutor.

—Estás rara.

—Estoy cansada.

Hugo aceptó la respuesta con un encogimiento de hombros.

Dos días después, la cuestión de las notas dejó de ser una conversación abstracta.

Hugo llegó a casa con un examen de Religión doblado en cuatro.

—Firma.

Marta desplegó la hoja.

Un seis y medio.

—¿Qué pasó?

—Una pregunta estaba mal hecha.

—Qué casualidad.

—Preguntaba por una parábola.

—¿Y?

—Yo puse otra.

—Entonces estaba mal.

—Pero también existe.

Marta miró la corrección de Álvaro.

**La respuesta es correcta para otra parábola. Lee bien el enunciado.**

Debajo, en rojo, había añadido:

**Y deja de negociar con la realidad.**

Marta tuvo que morderse el labio.

—¿Te hace gracia?

—Un poco.

—Esto demuestra que no me favorece.

—No sabía que necesitáramos una prueba.

—Por si los padres hablan.

Marta dejó el examen.

—Hugo, tú no tienes que demostrar nada a nadie.

—Pero si dicen que me pone buenas notas...

—Tu nota es tuya. Lo que digan los adultos sobre nosotros es problema de los adultos.

—Eso decís mucho.

—Porque es verdad.

Hugo se sentó en la mesa.

—¿A ti te molesta?

—Sí.

—A Álvaro también.

—Sí.

—Entonces puedo molestarme yo.

Marta pensó la respuesta.

—Puedes. Solo que no quiero que conviertas ese enfado en una guerra con tus compañeros.

—No voy a pegar a nadie.

—Me tranquiliza que lo aclares.

—A Samuel un poco.

—Hugo.

—Es broma.

Marta firmó el examen.

—Estudia para recuperar.

—No hay recuperación.

—Entonces estudia para aprender.

Hugo la miró con horror.

—Hablas como él.

—Eso sí que me preocupa.

El viernes, Álvaro vino a cenar y Hugo dejó el examen sobre su plato antes de que pudiera sentarse.

—Explícame por qué es seis y medio.

Álvaro miró la hoja.

—Porque has fallado dos preguntas y media.

—La media estaba casi bien.

—Casi.

—Eso vale algo.

—Ha valido medio punto.

—Muy poco.

Marta puso pan en la mesa.

—Yo no me meto.

Hugo señaló a Álvaro.

—Mamá dice que no me favoreces.

—Tu madre tiene razón.

—Podrías un poco.

—No.

—Un cuarto de punto.

—No.

—Por convivencia.

Álvaro dejó el examen.

—Si vuelves a intentar sobornarme, bajo la nota por creatividad criminal.

Hugo abrió mucho los ojos.

—Eso no se puede.

—Exacto. Igual que subirla por convivencia.

Marta soltó una carcajada.

Hugo recogió la hoja.

—Sois insoportables.

—Cena —dijo Marta.

—Con un seis y medio se me ha quitado el hambre.

Cinco minutos después repitió pasta.

Álvaro lo miró.

—Veo que te has recuperado.

—La pasta ayuda.

Más tarde, cuando Hugo se fue a dormir, Marta enseñó a Álvaro el mensaje del grupo de padres.

Él lo leyó y devolvió el teléfono.

—Me fastidia más por él.

—A mí también.

—No quiero que piense que tiene que defender nuestra relación en clase.

—Lo sabe.

Álvaro la miró.

—Tiene diez años. Saber algo y poder hacerlo son cosas distintas.

Marta asintió.

—¿Qué hacemos?

—Seguir explicándoselo. Y aguantar comentarios sin convertirlos en el centro de nuestra vida.

—Eres irritantemente razonable.

—Es una fachada.

—Menos mal.