El profe de Hugo CAPÍTULO 9EL MALIGNO
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CAPÍTULO 9EL MALIGNO

EL MALIGNO

El martes, Hugo salió del colegio sin correr.

Marta tardó unos segundos en darse cuenta de lo raro que resultaba verlo así. A su alrededor, los niños de quinto ocupaban la acera como si acabaran de abrir las puertas de una presa. Hugo, en cambio, caminaba con la mochila colgada de un hombro y la vista fija en el suelo.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Esa respuesta siempre significa que ha pasado algo.

Hugo abrió la puerta del coche.

—Marcos es idiota.

—Eso ya es más información.

Se sentó, cerró y empezó a colocarse el cinturón con una concentración excesiva.

—¿Qué ha hecho Marcos?

—Hablar.

—Suele pasarle a la gente.

—Pues debería hacerlo menos.

Marta arrancó, pero no salió del aparcamiento.

—Hugo.

El niño miró por la ventanilla.

—Ha dicho que estás con Álvaro para que me apruebe.

Marta dejó una mano sobre el volante.

La frase le dio más rabia de la que esperaba. Por ella podía aguantar bromas, miradas y a Patricia levantando las cejas como si estuviera viendo una serie. Meter a Hugo en medio era distinto.

—¿Y tú qué has hecho?

—Decirle que es gilipollas.

—Hugo.

—Idiota.

—Tampoco.

—Pero lo es.

—Puede serlo en su tiempo libre. En el colegio tú no vas insultando a la gente.

Hugo bufó.

—Él ha empezado.

—Y tú tienes diez años, no cinco. Esa defensa ya no te sirve para todo.

El niño dejó caer la cabeza contra el reposacabezas.

—También ha dicho que Álvaro me va a poner sobresaliente en Religión aunque no haga nada.

—Eso sí que no te lo crees ni tú.

Hugo giró la cabeza.

—Podría.

—Has sacado un siete y medio.

—Por eso. Hay margen.

Marta tuvo que esconder una sonrisa.

—¿Ha pasado algo más?

—No.

—¿Seguro?

—He ido a decírselo a Irene.

—¿Tú?

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que estás orgullosa.

—Estoy sorprendida.

—Es peor.

—¿Y qué ha dicho Irene?

—Que hablará con Marcos y que si vuelve a pasar se lo diga.

Marta asintió.

—Bien hecho.

—No hacía falta felicitarme.

—Lo sé.

Hugo puso música para dar por terminada la conversación. Marta lo dejó. Antes de salir del aparcamiento, vio a Álvaro cruzar el patio con una carpeta bajo el brazo. Él levantó la mano al verla a través de la verja. Marta respondió con un gesto breve.

Hugo bajó el volumen.

—A él también se lo han dicho.

—¿Quién?

—Marcos.

—¿Y qué ha hecho Álvaro?

—Poner cara de profe.

—Eso no responde a nada.

—Pues imagínatelo.

Esa noche, cuando Hugo ya estaba duchándose, Álvaro la llamó.

—Antes de que me preguntes, no he suspendido a Marcos.

Marta se apoyó en la encimera.

—Me alegra comprobar que conservas tu ética profesional.

—Con esfuerzo.

—Hugo me lo ha contado.

—A mí vino a decírmelo antes de salir.

—¿Hugo fue a buscarte?

—Sí. Entró en el aula y dijo: «Solo vengo a informar». Creo que está empezando a parecerse a un funcionario.

—Eso lo dice cuando quiere cotillear sin admitirlo.

Álvaro guardó silencio un instante.

—¿Está bien?

—Cabreado. Más por lo de las notas que por mí, creo.

—Tiene sentido.

—¿Te preocupa?

—Me preocupa que él crea que tiene que defendernos. Y me preocupa que algún padre empiece a pensar que lo evalúo de otra manera.

Marta dejó de sonreír.

—¿Puede darte problemas?

—Ahora mismo, ninguno. Si alguien pregunta, las notas se pueden revisar. Irene ya sabe que estamos juntos y dirección también.

—¿Dirección?

—Marta, trabajo en un colegio. No podía mandar una circular a todas las familias, pero tampoco iba a esconderlo como si estuviera traficando con exámenes.

—Gracias por la imagen.

—De nada.

Ella jugueteó con una servilleta.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por la parte que me toca.

—La parte que te toca es salir conmigo, que de momento no está tipificado.

Marta soltó una risa.

—Qué alivio.

—Y Hugo ha hecho lo que tenía que hacer. Se lo ha contado a un adulto.

Desde el pasillo llegó la voz del niño:

—¡No soy un chivato!

Marta miró hacia la puerta de la cocina.

—¿Estabas escuchando?

—¡No!

Álvaro se rio al otro lado.

—Tiene un concepto flexible de la privacidad.

—Vive conmigo. Cree que las paredes son suyas.

—Mañana hablo con él en clase como con todos. Si sale el tema, no voy a convertirlo en un drama.

—Perfecto.

—Y Marta.

—Dime.

—Un siete y medio es una nota bastante decente.

Ella miró hacia el pasillo.

—Se lo dices tú.

—No pienso entrar en esa guerra.

Colgaron.

Hugo apareció con el pelo mojado y el pijama puesto.

—¿Qué quería?

—Preguntar cómo estabas.

El niño hizo una mueca que intentaba parecer indiferente.

—Estoy bien.

—Ya.

—Y no necesito que me ponga un diez.

—Me tranquiliza.

—Con un nueve valdría.

Marta señaló el pasillo.

—A la cama.

—Qué poco negociáis los adultos.

—Buenas noches, Hugo.

—Buenas noches.

La historia con Marcos podría haberse quedado allí. Al día siguiente, el niño pidió disculpas por la broma y Hugo aceptó con una dignidad desproporcionada. Durante el recreo volvieron a jugar al fútbol.

El rumor, en cambio, encontró otros oídos.

Patricia se lo explicó el viernes en la puerta.

—No es grave.

—Cuando empiezas así, sí es grave.

—Dos madres han preguntado si Álvaro sigue dando clase a Hugo.

—Claro que sigue.

—Ya. Yo les he dicho que una cosa no tiene que ver con la otra.

Marta se quedó mirando a los niños que salían del edificio.

—¿Y qué han dicho?

—Una que le daba igual y otra que «solo preguntaba». Ya sabes lo que significa eso.

—Que no solo preguntaba.

—Exacto.

Marta sintió el primer pinchazo real de preocupación. Hasta entonces los comentarios le habían parecido chismorreo inevitable. La idea de que alguien pusiera en duda el trabajo de Álvaro por estar con ella resultaba distinta.

—No quiero que esto le cause problemas.

Patricia se encogió de hombros.

—Él es adulto. Tú también. El centro no tiene una norma que prohíba que un profesor salga con la madre de un alumno. Lo único delicado es que evalúa a Hugo.

—Eso ya lo sé.

—Pues no te montes la película antes de tiempo.

Marta la miró.

—¿Desde cuándo eres la sensata?

—Desde que estoy intentando cotillear sin destruir ninguna relación. Tengo principios.

Marta se rio.

Aquella noche habló con Álvaro. Estaban en su casa, sentados en el sofá, con Hugo dormido.

—Patricia me ha contado que hay madres preguntando por las notas.

Álvaro asintió.

—Irene también me lo ha dicho.

—¿Y?

—Las evaluaciones son revisables. Si hace falta, puede revisar las de Hugo otro profesor.

—¿No te molesta?

—Que pregunten, no. Que den por hecho que voy a regalarle una nota por acostarme con su madre, bastante más.

Marta hizo una mueca.

—Dicho así suena peor.

—Es lo que están insinuando.

—Lo siento.

Álvaro la miró.

—No vuelvas a pedirme perdón por salir conmigo.

—No he pedido perdón por eso.

—Casi.

Marta bajó la vista al cojín que tenía entre las manos.

—No quiero complicarte el trabajo.

—Y yo no quiero que Hugo piense que tiene que decidir si puede caernos bien a los dos.

Ella levantó la cabeza.

—¿Te ha dicho algo?

—Solo ha venido a «informar».

—Eso significa que le importa.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Desde el pasillo llegó un golpe, seguido de la voz dormida de Hugo protestando porque la puerta del baño «se había movido».

Marta cerró los ojos.

—Ese es nuestro diplomático.

Álvaro se levantó.

—Voy yo.

—Es mi hijo.

—Y yo estoy más cerca.

Marta lo vio salir hacia el pasillo y se quedó en el sofá, escuchando cómo Álvaro le decía a Hugo que las puertas no solían moverse y Hugo contestaba que aquella sí.

El rumor seguía ahí, pero aquella escena dejaba cada cosa en su sitio.

Esa noche Álvaro volvió a cenar a su casa desde que habían decidido llamarse novios.

Hugo lo recibió con una mirada suspicaz.

—¿Has venido como profesor o como novio?

Álvaro se quitó el abrigo.

—Como invitado.

—Eso no estaba entre las opciones.

—Pues amplía el examen.

Hugo lo pensó.

—Vale.

Marta, desde la cocina, escuchó el intercambio.

Había algo en la manera en que Álvaro trataba a Hugo que la tocaba más de lo esperado. Le llevaba la contraria cuando tocaba, se reía cuando de verdad tenía gracia y le hablaba con la misma naturalidad que a cualquier otro niño.

Lo trataba como a Hugo.

Y Hugo, que detectaba la condescendencia a cien metros, parecía apreciarlo.

Durante la cena discutieron sobre si una pizza con piña era una ofensa moral. Hugo sostuvo que sí con argumentos que incluían Italia, dignidad humana y una comparación bastante confusa con los sacramentos.

—Eso último te lo has inventado —dijo Álvaro.

—Puede.

—Entonces tu exposición pierde fuerza.

—Tú eres parcial porque te gusta la piña.

—No me gusta.

Hugo se quedó quieto.

—¿Entonces por qué la defiendes?

—Porque puedo defender el derecho de otros a equivocarse.

Marta se echó a reír.

—Acabas de resumir la democracia.

—Y la pizza.

Hugo señaló a Álvaro con un trozo de borde.

—Sigues sin poder ponerme deberes aquí.

—No tenía pensado.

—Por si acaso.

Después de cenar, Hugo propuso jugar a un juego de mesa y cambió las reglas tres veces cuando empezó a perder. Álvaro le dejó hacerlo una vez y a la segunda sacó el reglamento.

—Eso es trampa —dijo Hugo.

—Eso es leer.

—En mi casa jugamos distinto.

Marta levantó las manos.

—No me metas.

Hugo miró a su madre, luego a Álvaro.

—Vais los dos contra mí.

—La vida es dura —dijo Marta.

—Pues me voy con papá.

—Está viendo el fútbol.

Hugo reconsideró.

—Me quedo.

La partida duró casi una hora. Hugo perdió por dos puntos y acusó a Álvaro de «aprovechar su experiencia adulta».

—Tengo treinta y nueve, no doscientos —respondió él.

—Para mí es mucho.

—Gracias.

—Mamá tiene treinta y ocho y también es mayor.

—Mañana no desayunas.

—Eso es delito.

—Todo es delito contigo.

Cuando finalmente se fue a dormir, Álvaro recogió los vasos con Marta.

—Creo que he aprobado la inspección.

—Todavía no. Mañana redacta informe.

—¿Con nota?

—Con observaciones y posibles chantajes.

Álvaro dejó un vaso en el fregadero.

—Me gusta estar aquí.

Marta dejó de secar un plato.

La frase era sencilla y le llegó más de lo que esperaba.

—A mí me gusta que estés.

Él se acercó y la besó en la cocina, entre una caja de pizza y un lavavajillas que Hugo había prometido vaciar al día siguiente.

Marta apoyó las manos en su cintura.