El profe de Hugo CAPÍTULO 8CONFESIÓN #2
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CAPÍTULO 8CONFESIÓN #2

David asintió con gravedad.

—Eso hay que vigilarlo.

Marta los miró a ambos.

—Os odio.

—Somos tu familia —dijo David.

—Eso empeora todo.

David le dio un beso a Hugo y se despidió.

Antes de bajar las escaleras, miró a Marta.

—En serio. Me alegro.

Ella sostuvo su mirada.

—Gracias.

No había celos ni reproches. Solo una historia que había terminado y otra que estaba empezando.

Más tarde Marta llamó a David. Esta vez sin Hugo delante.

—Quería decírtelo yo antes de que nuestro corresponsal de guerra te mande otro audio.

—Llegas tarde, pero agradezco el intento.

—Va en serio.

David tardó un poco en responder.

—¿Tú estás bien?

—Sí.

—¿Y Hugo?

—Creo que encantado de tener material para humillarme hasta los dieciocho.

—Entonces todo normal.

Hubo un silencio cómodo.

—Me alegro por ti —dijo él—. De verdad.

—Ya lo has dicho antes.

—Antes estaba Hugo y tenía que mantener una imagen de exmarido maduro.

—¿Y ahora?

—Ahora puedo preguntarte si es tan guapo como dice el niño.

Marta volvió a reírse.

—Adiós, David.

—Eso es un sí.

—Buenas noches.

Colgó todavía riéndose.

Hugo estaba en el pasillo.

—¿Puedo llamarlo novio ya?

—No delante de todo el colegio.

—Eso no ha sido un no.

—Hugo.

—Vale.

El niño entró en su habitación y volvió a salir tres segundos después.

—¿Él sabe que papá existe?

Marta parpadeó.

—Claro.

—Ya, pero ¿sabe que viene aquí y esas cosas?

—Sí.

—¿Y no le molesta?

Marta dejó el móvil sobre la mesa.

—No tiene por qué molestarle. Papá es tu padre. Va a seguir entrando aquí, viniendo a buscarte y estando en tu vida.

Hugo asintió.

—Vale.

—¿Te preocupaba?

Hugo negó demasiado deprisa.

—Hugo.

—Un poco —admitió.

Marta se acercó.

—No tienes que elegir. Y nadie que esté conmigo va a pedirte que elijas.

Hugo se quedó pensando.

—¿Y si se llevan mal?

—Tendrán que ser educados.

—Papá puede ser pesado.

—También tú.

—Ya, pero yo soy niño.

Marta se rio.

—Ventaja temporal.

Hugo volvió a su habitación.

Marta se quedó mirando el pasillo. A veces las preguntas más importantes de su hijo llegaban vestidas de comentario tonto. Empezaba a aprender a no dejarlas pasar del todo.

El primer fin de semana en que la palabra «novio» estuvo oficialmente en circulación, Marta descubrió que convertir una relación en algo nombrable hacía que todo el mundo quisiera opinar sobre ella.

Nuria exigió una cena informativa.

Lola quiso saber si Álvaro «iba en serio» y formuló la pregunta con el mismo tono con el que podía preguntar si una instalación eléctrica tenía toma de tierra.

David se limitó a enviarle un mensaje: **Hugo me ha dicho que ya es oficial. Felicidades al departamento de comunicación.**

Marta respondió con una peineta en emoji.

El único que parecía haber asumido la novedad con absoluta naturalidad era Hugo. Durante dos días.

El domingo, mientras hacían una maqueta para Ciencias, levantó la cabeza.

—Si Álvaro es tu novio, ¿puede venir a mi partido?

Marta dejó la barra de pegamento.

—Si tú quieres.

—Me da igual.

—Entonces no hace falta.

—Puede venir.

—Hugo, puedes decir que te apetece.

—He dicho que puede.

—Vale. Se lo preguntaré.

—Pero que no anime raro.

—¿Qué significa animar raro?

—Gritar mi nombre mucho.

—Tu padre grita tu nombre mucho.

—Papá es mi padre.

La frase salió sin carga, como una obviedad. Aun así, Marta entendió la línea que Hugo estaba dibujando.

—Álvaro no va a intentar ser tu padre.

—Ya.

—Y si viene al partido, irá porque le apetece verte jugar.

—Ya.

—¿Entonces?

Hugo apretó dos piezas de cartón.

—Que puede venir.

Marta no insistió.

Álvaro aceptó la invitación y apareció el sábado siguiente con un café en la mano y una prudencia que Marta reconoció enseguida. Saludó a David con normalidad, se colocó a un lado de la valla y no gritó el nombre de Hugo ni una sola vez durante los primeros quince minutos.

A los dieciséis, Hugo falló un pase fácil y se giró hacia la banda.

—¡Vamos, Hugo! —dijo Álvaro.

El niño levantó una mano sin mirar del todo.

David sonrió.

—Ya tienes permiso.

—No sabía que hubiera examen.

—Todo es un examen con él.

Marta los observó de reojo.

—No os hagáis amigos demasiado rápido. Me dais miedo.

—No te preocupes —dijo David—. Yo tengo información privilegiada.

—Y yo evalúo a tu hijo —contestó Álvaro.

Marta abrió mucho los ojos.

Los dos hombres se echaron a reír.

—Sois idiotas.

Hugo marcó pocos minutos después. Esta vez miró hacia la banda y señaló a David. Luego, casi como si quisiera corregir una omisión, hizo un gesto breve en dirección a Álvaro.

Álvaro no dijo nada. Aplaudió.

Después del partido, Hugo salió sudado y con las medias caídas.

—He metido gol.

—Lo hemos visto —dijo Marta.

—Ha sido bueno.

—Ha sido de rebote —dijo David.

—Entró.

Álvaro le chocó la mano.

—Los goles no llevan nota al pie.

—¿Ves? Él entiende.

—Pues que te lleve él a ducharte —dijo David.

—No.

Los cuatro se quedaron un momento juntos frente al campo.

Era una escena mínima, casi torpe, y Marta agradeció que fuera así.

Nadie estaba interpretando una familia perfecta.

David seguía ocupando su sitio con absoluta claridad.

Álvaro estaba allí porque Hugo había abierto un hueco pequeño y concreto: puedes venir a verme jugar.

En el coche, Hugo pidió hamburguesa.

—Has desayunado hace dos horas —dijo Marta.

—He jugado un partido.

—Veinte minutos.

—He corrido mucho.

—Cinco minutos calentando cuentan como correr, supongo.

Hugo miró por la ventanilla.

—Álvaro cae bien a papá.

—Creo que sí.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Porque si se llevaran mal sería un rollo.

Marta se quedó callada.

—En eso estamos de acuerdo.

—Entonces hamburguesa.

—Una cosa no tiene relación con la otra.

—Podía intentarlo.

Marta lo miró, divertida.

Hugo volvió a mirar por la ventanilla.

—Podemos pedirla sin pepinillo.

—Hugo.

—Lo dejo.