CAPÍTULO 8CONFESIÓN
CONFESIÓN
El primer problema serio de Marta y Álvaro fue un niño de diez años con acceso accidental a un teléfono desbloqueado.
Marta estaba duchándose. El móvil quedó sobre la mesa del salón. Hugo estaba haciendo los deberes. O eso afirmaba.
Cuando Marta salió del baño, encontró a su hijo sentado en el sofá con una expresión demasiado neutra.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Esa es la cara que pones cuando has hecho algo.
—No tengo caras diferentes.
—Tienes un catálogo entero.
Marta tomó el móvil.
Había un mensaje abierto.
**Álvaro: Anoche soñé contigo y no pienso contarte qué pasaba porque luego dices que los profesores de Religión somos poco serios.**
Marta sintió cómo se le detenía el corazón. Miró a Hugo. Él levantó ambas manos.
—Solo he visto eso.
—¿Has cogido mi móvil?
—Ha vibrado.
—¿Y?
—Pensé que era papá.
—¿Por qué ibas a leer un mensaje de papá?
Hugo pensó.
—No tengo defensa.
Marta se sentó frente a él.
—No vuelvas a tocar mi teléfono sin permiso.
—Vale.
—Lo digo en serio.
—Ya.
—Y lo que has leído es privado.
—No sé qué soñó.
—Ni lo vas a saber.
—No quiero saberlo.
—Perfecto.
—Me da asco.
—Mejor.
Hubo unos segundos de paz.
—¿Ya es tu novio?
Marta se pasó una mano por el pelo húmedo.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Porque los adultos no siempre ponemos nombre a las cosas inmediatamente.
—Pues qué lío.
—Sí.
Hugo miró sus deberes.
—A mí me cae bien.
Marta lo observó.
—¿Sí?
—Sí. Pero como me suspenda, cortas con él.
Marta soltó una carcajada.
—Eso no funciona así.
—Debería.
—Haz los deberes.
—Estoy haciendo.
—Llevas veinte minutos en la misma multiplicación.
—Estoy reflexionando.
Aquella tarde, Marta le contó a Álvaro que Hugo había visto el mensaje.
La llamada tuvo cinco segundos de silencio.
—Voy a mudarme a otro país —dijo él.
Marta se rio.
—Ha jurado que solo leyó eso.
—Eso ya es demasiado.
—Dice que le da asco.
—Me tranquiliza.
—También ha preguntado si eres mi novio.
Otra pausa.
—¿Y qué le has dicho?
Marta se apoyó en la encimera.
—Que no sabía.
—Ah.
Algo en su tono cambió.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Decir «nada» cuando claramente es algo.
Álvaro respiró al otro lado.
—Supongo que me ha sorprendido.
—¿Qué parte?
—Que no sepas.
Marta sonrió despacio.
—¿Tú sabes?
—Yo sí.
—¿Y qué sabes?
—Que me gustaría que fueras mi novia.
Marta se quedó en silencio.
—Eso ha sonado muy de instituto —añadió él.
—Un poco.
—Puedo formularlo como adulto divorciado de la adolescencia emocional.
—No hace falta.
—¿Entonces?
Marta miró la cocina vacía.
—Entonces sí.
—¿Sí qué?
—No seas cabrón.
Álvaro se rio.
—Quería oírlo.
—Sí. Quiero.
—Perfecto.
—Perfecto.
—Tenemos tendencia a decir mucho esa palabra.
—Es culpa tuya.
—Todo empieza a ser culpa mía.
—Pregunta a Hugo. Está haciendo una lista.
Cuando colgaron, Marta se quedó apoyada en la encimera, sonriendo a una taza sucia.
Le pareció una imagen bastante exacta de su vida sentimental.
La etiqueta no cambió gran cosa entre ellos. Seguían viéndose cuando podían, escribiéndose demasiado y besándose con una frecuencia que Marta consideraba adecuada y Hugo habría considerado repugnante.
Sí cambió algo dentro de ella. Decir «mi novio» le resultaba raro al principio. Llevaba tantos años usando «David» y luego «mi ex» que la palabra tenía un aire adolescente que no correspondía a su hipoteca ni a sus canas escondidas.
Aquella tarde, después de la conversación con Hugo, Marta descubrió que la privacidad tenía una segunda consecuencia: debía acostumbrarse a que su hijo supiera que ella tenía una vida sentimental sin convertirlo en espectador de esa vida.
Parecía sencillo hasta que dejó de ser teoría.
Álvaro pasó a recogerla a las ocho. Hugo estaba con David y Marta llevaba veinte minutos cambiándose de ropa.
Nuria, sentada en videollamada sobre la encimera de la cocina, había rechazado dos vestidos, un pantalón y una blusa con una severidad impropia de alguien que cenaba cereales.
—El verde.
—Es demasiado.
—¿Demasiado qué?
—Demasiado verde.
—Marta, es un vestido. Su principal función es tener un color.
—Me marca.
—Tienes treinta y ocho años y una cita con un hombre que te mira como si hubieras inventado la cerveza fría. Que marque.
Marta se observó en el espejo de la entrada.
—Me voy a poner vaqueros.
—Como aparezcas con vaqueros, voy a tu casa.
—Estás en pijama.
—Tengo coche.
El telefonillo sonó.
Marta miró la pantalla como si acabaran de anunciar una inspección de Hacienda.
—Ha llegado.
—Respira y deja de hacer esa cara.
—¿Qué cara?
—La de persona que ha escondido un cadáver en el armario.
Marta colgó sin despedirse.
Álvaro subió con una botella de vino en una mano y una bolsa de papel en la otra.
—No sabía si traerte flores.
—¿Y qué has traído?
—Pan.
Marta miró la bolsa.
—¿Pan?
—De una panadería que me gusta.
—Te has presentado a una cita con una hogaza.
—Puedo bajar a comprar rosas.
—Ni se te ocurra. El pan es mejor.
—Sabía que eras de fiar.
Cenaron en un restaurante pequeño de Lavapiés que Marta conocía de antes de ser madre. Le gustó descubrir que seguía allí, con las mesas demasiado juntas y un camarero que llevaba veinte años respondiendo a las preguntas de los clientes como si fueran interrupciones.
La conversación empezó por Hugo porque resultaba inevitable. Duró diez minutos. Luego Marta levantó una mano.
—Basta.
—¿Basta qué?
—Mi hijo.
Álvaro dejó el tenedor.
—¿He dicho algo malo?
—No, y eso es lo que me preocupa. Llevamos diez minutos hablando de él y hoy quiero acordarme de que también soy una persona que no corrige deberes ni busca calcetines debajo del sofá.
Álvaro apoyó los antebrazos en la mesa.
—Perfecto. Prohibido Hugo durante media hora.
—Una hora.
—Ambiciosa.
—Quiero conocerte sin que estés sentado detrás de una mesa de profesor.
Él aceptó el reto.
Marta descubrió que Álvaro había estudiado Historia antes de completar la formación que lo llevó a dar clase de Religión, que tocaba la guitarra bastante mal y que una vez había trabajado un verano descargando cajas de fruta en Mercamadrid porque necesitaba pagar un viaje.
—¿Adónde?
—A Roma.
—Eso sí suena mucho a profesor de Religión.
—Fui con tres amigos. Uno acabó durmiendo en una estación porque perdió las llaves del apartamento.
—Mejor.
Él también preguntó. Por el divorcio, sin morbo. Por la agencia. Por el tiempo anterior a Hugo.
Marta se dio cuenta de que llevaba años contando su vida desde que fue madre, como si todo lo anterior hubiese quedado archivado en otra carpeta.
Le habló de conciertos, de un interrail desastroso, de un jefe que la hizo llorar en un baño cuando tenía veinticuatro años y de la noche en que decidió que jamás volvería a dejar que un señor con corbata determinara su valor profesional.
—¿Lo cumpliste?
—Más o menos.
—Respuesta sospechosa.
—Ahora dejo que un niño de diez años determine mi estabilidad mental.
Álvaro se rió.
—Eso es peor.
Hablaron durante tanto tiempo que el camarero tuvo que preguntar dos veces si querían postre.
Cuando salieron, hacía frío.
Marta se metió las manos en los bolsillos del abrigo.
—Esto ha sido una cita de verdad.
—Llevo toda la noche intentando que lo sea.
—Ya. Pero sin colegio alrededor.
Álvaro se detuvo en mitad de la acera.
—¿Te preocupa?
Marta tardó un poco en responder.
—Me preocupa hacerlo mal.
—Eso es bastante general.
—Soy especialista.
Él le apartó un mechón del rostro.
—Podemos hacerlo despacio.
—También soy mala haciendo cosas despacio.
—Lo había notado.
—Qué borde eres para ser profesor de Religión.
—Tenemos formación específica.
La besó.
Sin prisa.
Marta tuvo tiempo de notar el frío en la punta de la nariz y la mano de Álvaro en su cintura. Le gustó poder estar así: no había interrupción, ni niños, ni puerta de colegio, ni reloj.
Cuando se separaron, él miró hacia la esquina.
—¿Taxi?
—Puedo ir andando hasta Atocha.
—Te acompaño.
—Vives en la otra dirección.
—Sé orientarme.
Caminaron.
A mitad de trayecto, Marta recibió un mensaje de David.
**Hugo pregunta si el profe besa bien. Yo he dicho que no tengo información.**
Marta se detuvo.
Álvaro la miró.
—¿Qué pasa?
Ella le enseñó el móvil.
Él leyó y cerró los ojos.
—Retiro lo de hacer las cosas despacio. Ese niño trabaja a otro ritmo.
Marta respondió:
**Dile que duerma.**
David contestó:
**Dice que eso no responde.**
Álvaro soltó una carcajada.
—¿Qué vas a decirle mañana?
—Que su padre es un traidor.
—Buena estrategia parental.
—Y tú no te rías.
—Imposible.
Al despedirse, Marta subió al taxi todavía sonriendo.
En casa, encontró un audio de Hugo enviado desde el teléfono de David.
—Mamá, papá dice que no se pregunta si un profesor besa bien porque es privado. Yo solo quería saber si estabas contenta. Bueno, y lo otro también. Buenas noches.
Marta escuchó el audio dos veces.
Después escribió a Álvaro:
**Por cierto: sí estoy contenta.**
La respuesta llegó enseguida.
**Yo también. Y dile a tu hijo que mi evaluación de besos es confidencial.**
Marta dejó el teléfono sobre la mesilla.
Quizá aquello de tener una vida sentimental con público no fuese a cambiar pronto. Tendría que aprender a cerrar algunas puertas y reírse de las que Hugo conseguía abrir igualmente.
Nuria le quitó importancia.
—La palabra novio no caduca.
—Suena como si fuera a esperarme en la puerta del instituto.
—Pues di pareja.
—Eso suena a declaración de la renta.
—Amante.
—Cállate.
—Profesor particular.
Marta le tiró una servilleta. David se enteró dos días después. No por Marta. Por supuesto.
Estaban haciendo el intercambio de Hugo en la puerta de casa cuando el niño preguntó:
—Papá, ¿tú tienes que conocer al novio de mamá?
David se quedó con la mochila en la mano.
Marta miró al techo.
—Hugo.
—¿Qué?
David la miró.
—¿Novio?
—Luego te cuento.
—¿El profesor?
Hugo abrió la boca.
Marta señaló a David.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tu hijo me manda informes semanales.
—Yo no mando informes.
—Audios de cuatro minutos, Hugo. Eso ya es un informe.
Marta se frotó la frente.
David sonrió.
—Bueno. Enhorabuena.
—Gracias.
—¿Es majo?
Hugo respondió antes que ella.
—Sí, pero pone muchos deberes.
—No pone deberes. Da Religión.
—A veces manda trabajos.