El profe de Hugo CAPÍTULO 7LA PRIMERA CITA #2
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CAPÍTULO 7LA PRIMERA CITA #2

Álvaro vivía en un piso de dos habitaciones en Chamberí, ordenado sin parecer un apartamento piloto. Había libros por todas partes, una bicicleta en el balcón y una planta enorme que Marta señaló nada más entrar.

—¿La cuidas tú?

—Sí.

—Punto a favor.

—No sabía que hubiera examen.

—Hay examen para todo.

—Hugo estaría orgulloso.

Álvaro había cocinado. Pasta, ensalada y una salsa que, según él, era facilísima.

Marta la probó.

—Está buena.

—Gracias.

—Me molesta un poco.

—¿Por qué?

—Porque yo venía preparada para descubrir algún defecto serio.

—Tengo muchos.

—Enumera.

—Soy muy cabezota. Tardo muchísimo en decidir cosas importantes. Pierdo las llaves. Veo fútbol aunque diga que no me interesa tanto. Y cuando cocino dejo la cocina como si hubiera pasado una inspección judicial.

Marta miró alrededor.

—Está impecable.

—He limpiado antes de que vinieras.

—Ah. Mejor.

Cenaron en la mesa pequeña del salón. Hablaron de sus padres, de lo raro que era estar acercándose a los cuarenta y seguir sintiéndose impostores en asuntos básicos, de amigos que ya tenían hijos adolescentes y de otros que vivían como si tuvieran veintiséis.

Marta se dio cuenta de que con él no necesitaba vender una versión especialmente interesante de sí misma.

Después de recoger, pusieron música. Álvaro abrió vino. Marta se sentó en el sofá.

—¿Esto es el momento en el que me enseñas una colección de vinilos para impresionarme?

—No tengo vinilos.

—Gracias a Dios.

—Eso en mi casa se puede decir.

Ella se rio.

Álvaro se sentó a su lado.

El beso llegó sin el espectáculo de la calle, más despacio y con menos miedo a que un taxi les empapara los zapatos. Marta le rodeó el cuello con los brazos. Él le acarició la espalda por encima de la blusa.

La conversación se fue apagando de manera natural.

Cuando Álvaro se separó un poco, la miró.

—¿Estás bien?

—Sí, tranquilo.

—¿Seguro?

—Como vuelvas a preguntarme, voy a pensar que no quieres.

—Quiero muchísimo.

—Mucho mejor.

Lo que siguió fue adulto, deseado y bastante menos elegante de lo que habría quedado en una película. Marta se rio cuando se enganchó el pendiente en el jersey de Álvaro. Él casi tiró un vaso al suelo. Tuvieron que parar dos veces por culpa de un botón rebelde.

A Marta le encantó que fuera así, sin coreografía y con la confianza suficiente para reírse cuando algo salía regular.

Después se quedaron tumbados hablando en voz baja. Marta tenía la cabeza sobre su pecho y una sensación extraña de calma.

—Esto sí complica un poco lo de ser personas normales —dijo ella.

—Podemos intentarlo mañana.

—Mañana tengo a Hugo a las once.

—Entonces antes de las diez y media.

Marta levantó la cabeza.

—Qué práctico.

—Trabajo con horarios.

—Eso es bastante sexy.

—Voy a ponerlo en mi currículum.

Durmió allí.

Al despertar distinguió la planta enorme junto a la ventana y, a su lado, a Álvaro todavía dormido.

Marta sonrió sola. No llamó a Nuria hasta llegar a casa. Nuria tardó dos tonos en contestar.

—Habla.

—Buenos días a ti también.

—¿Has dormido allí?

—Sí.

Hubo un grito.

Marta apartó el teléfono de la oreja.

—Tienes treinta y ocho años.

—Y tú has vuelto a tener vida sexual. Déjame celebrarlo.

Marta se rio.

—Me gusta muchísimo.

—Ya lo sé.

—Y eso empieza a darme más miedo que acostarme con él.

Nuria bajó la voz.

—También lo sé.

El domingo por la tarde, Marta recogió a Hugo en casa de David. El niño salió con una bolsa de deporte, una sudadera que no era suya y la noticia de que había ganado dos partidos seguidos a la consola.

—La sudadera —dijo David desde la puerta— es de Nico. Que no acabe en tu casa seis meses.

—No prometo nada —respondió Marta.

Hugo se metió en el ascensor.

—¿Vas a ver a Álvaro hoy?

Marta pulsó el botón de la planta baja.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ayer lo vi.

—¿Y?

—Hugo, las personas no tienen que verse cada día.

El niño la miró con una mezcla de sorpresa y pena.

—Qué aburrido.

Marta se echó a reír.

—Además, tiene vida.

—¿Qué hace?

—No lo sé.

—Pues menuda novia.

—Todavía no soy su novia.

Hugo la observó.

—Pero has dormido en su casa.

Marta se quedó quieta justo cuando se abrían las puertas del ascensor.

—¿Cómo sabes eso?

—Papá te llamó esta mañana y estabas fuera.

—Eso no demuestra nada.

—Tenías el mismo vestido de ayer.

Marta miró al techo del portal.

—Necesito que dejes de investigar mi vida.

—No investigo. Miro.

—Pues mira menos.

Hugo salió a la calle.

—No se puede mirar menos.

En casa, mientras deshacía la bolsa de deporte, Marta encontró un calcetín que no pertenecía a Hugo, dos envoltorios de chuches y una nota doblada de David. La abrió.

«La sudadera es de Nico. El calcetín, ni idea. Y dile al profesor que si vas a volver a casa a las diez con sonrisa de idiota, que por lo menos te invite a desayunar.»

Marta llamó a David.

—Eres gilipollas.

—Hola.

—¿Le has contado algo a Hugo?

—Nada. Tiene ojos y demasiado tiempo libre.

—Voy a educarlo peor a propósito para vengarme.

—Llegas diez años tarde.

Colgó.

Hugo apareció con el calcetín ajeno en la mano.

—Esto no es mío.

—Ya lo sé.

—¿De Álvaro?

—¡No!

El niño empezó a reírse.

Marta decidió que el domingo estaba perdido.

Los días siguientes encontraron una rutina que ninguno de los dos había pactado.

Álvaro no aparecía de improviso en casa de Marta y ella no convertía cada salida del colegio en una oportunidad para verlo.

A cambio, se escribían a ratos durante el día y, cuando podían, robaban media hora para un café o una vuelta por el barrio.

Una de esas tardes quedaron cerca del Retiro. Marta llegó diez minutos tarde porque una reunión se había alargado y encontró a Álvaro sentado en un banco con dos vasos de cartón.

—He pedido el tuyo sin preguntarte —dijo él.

—Eso es muy íntimo.

—Café con leche, sin azúcar. Me estoy arriesgando.

Marta probó el vaso.

—Correcto.

—Bien. Ya puedo conocer a tu familia.

—No corras.

—He sobrevivido a Hugo.

—Todavía no has sobrevivido a mi madre.

Álvaro hizo una pausa.

—Me retiro.

Caminaron un rato. Marta le contó una discusión absurda con un cliente que había pedido «una campaña viral, pero elegante y sin que parezca viral».

Álvaro respondió con historias de reuniones escolares en las que los adultos podían pasar cuarenta minutos debatiendo si una cartulina debía ser azul o verde.

—¿Te gusta de verdad tu trabajo? —preguntó ella.

—Mucho. Hay días en los que me pregunto por qué, claro.

—Eso cuenta como sí.

—¿Y a ti?

Marta tardó algo más.

—Hay partes que sí. Otras las hago bien y ya.

—No es lo mismo.

—Ya.

Se sentaron en una terraza cuando empezó a refrescar. Álvaro la observó un instante.

—El otro día dijiste que querías escribir cuando eras más joven.

—Eso no cuenta como confesión. Todo el mundo quiere escribir a los veinte.

—Yo quería montar un grupo.

—¿Tocas algo?

—La guitarra mal.

—Entonces querías montar un grupo realista.

Él se rio.

—¿Y tú escribías?

—Cosas horribles.

—Eso tampoco responde.

Marta pasó el dedo por el borde del vaso.

—Relatos. Alguna historia larga que dejaba a medias. Luego empecé a trabajar, nació Hugo y me acostumbré a pensar que ya volvería.

—¿Y has vuelto?

—A veces. Dos páginas, cinco. Luego me entra vergüenza.

—¿Por qué?

—Porque soy buena juzgando campañas ajenas y bastante menos valiente cuando lo mío puede salir mal.

Álvaro no le dijo que debía perseguir sus sueños ni ninguna frase preparada para una taza. Preguntó qué escribía y escuchó la respuesta. A Marta le gustó tanto aquella ausencia de entusiasmo obligatorio que acabó contándole una idea que llevaba meses dando vueltas en una carpeta del ordenador.

Cuando terminaron el café, él dijo:

—Quiero leerla cuando tú quieras enseñarla.

—Eso puede tardar años.

—Tengo paciencia. Trabajo con niños de diez años.

—Hugo te va a quitar esa virtud.

—También puede ser.

Se besaron junto a una boca de metro. Fue un beso corto porque había gente entrando y saliendo a su alrededor y porque Marta todavía se sorprendía de poder tocarlo sin que aquello perteneciera a una fantasía ridícula de tutoría escolar.

—Tengo que recoger a Hugo en casa de David —dijo.

—Ve.

—Qué romántico.

—Puedo retenerte y provocar un conflicto de custodia.

—Mucho mejor.

—Nos vemos mañana.

—Mañana eres profesor.

—Lo intentaré.

—Haz un esfuerzo.

Aquella noche, Hugo apareció con un dibujo doblado en cuatro partes.

—Esto es para mañana.

Marta lo abrió. Era una ficha de Religión con una pregunta sobre personas que ayudaban a los demás. Hugo había dibujado a David arreglando una rueda, a Lola con una bolsa de comida y a Marta delante de un ordenador.

—¿Eso soy yo?

—Sí.

—Parece que estoy enfadada.

—Estabas trabajando.

—Gracias.

En una esquina había otra figura: un hombre rubio delante de una pizarra.

Marta señaló el dibujo.

—¿Y ese?

—Álvaro.

—Ya veo.

—Nos ayuda a aprobar.

—Una definición conmovedora de la docencia.

Hugo recogió la ficha.

—También te ayuda a estar de buen humor.

—¿Cómo dices?

—Desde que quedas con él gritas menos cuando dejo los calcetines en el salón.

—Eso es mentira.

—Ayer había dos y no dijiste nada.

Marta recordó los calcetines.

—Estaba distraída.

—Ya.

El niño dobló la ficha y se fue. Marta sospechó que su autoridad doméstica acababa de sufrir otro golpe.