CAPÍTULO 7LA PRIMERA CITA
LA PRIMERA CITA
Cuando Álvaro la vio entrar en el restaurante, la expresión de su cara consiguió que las tres horas parecieran una inversión excelente.
—Hola —dijo él.
—Hola.
—Estás muy guapa.
Marta había preparado varias respuestas.
Ninguna apareció.
—Tú también.
Álvaro miró su camisa.
—Gracias. Me ha costado muchísimo elegir entre esta y otra prácticamente igual.
Marta se rio y la tensión bajó un poco.
La cena fue fácil.
Eso la sorprendió más que cualquier otra cosa.
No hubo necesidad de fabricar temas ni de recurrir al repertorio de preguntas de primera cita que ella conocía demasiado bien.
Hablaron de familias, de viajes, de trabajos absurdos que habían tenido con veinte años, de libros que ambos habían abandonado a mitad y de las cosas que Hugo decía en clase y que Álvaro todavía no le había contado por prudencia profesional.
—Dime una —pidió Marta.
—¿Seguro?
—Sí.
—Preguntó si perdonar setenta veces siete significa que a la número cuatrocientos noventa y uno ya puedes guardar rencor.
Marta dejó el tenedor.
—Esa cuenta la hizo él.
—Con calculadora.
—Sigue teniendo mérito.
—Luego quiso saber si el límite se reiniciaba cada año.
—Eso sí es muy suyo.
Álvaro bebió un poco de vino.
—Me gusta cómo hablas de él.
—¿Como si quisiera venderlo?
—Como si supieras muy bien quién es.
—Es fácil saber quién es. Lleva diez años gritándomelo.
—Hay padres que tardan bastante más.
Marta jugueteó con la servilleta.
—¿Tú tienes hijos?
—No.
—¿Quieres?
La pregunta se le escapó.
—Perdona. Eso ha sonado a entrevista de fecundidad.
—No pasa nada. Sí. Creo que sí. Algún día. No es una obsesión.
—Ya.
—¿Tú quieres más?
Marta abrió la boca.
—Toma. Te la devuelvo.
—Bien jugado.
Pensó un momento.
—No lo sé. Durante años tenía clarísimo que no. Ahora no lo pienso demasiado.
Álvaro asintió sin intentar rellenar la respuesta.
Después hablaron del divorcio. Marta le contó lo suficiente para que entendiera que David seguía siendo una presencia importante sin convertirlo en un fantasma entre los dos.
—Nos llevamos mejor separados —dijo—. Es una frase poco sexy, pero muy útil.
—A mí me parece buena noticia.
—Lo es. Hugo no tiene que elegir casa emocional cada semana.
Álvaro apoyó el vaso.
—Eso se nota.
—¿En qué?
—Habla de los dos con naturalidad. Cuando un niño siente que tiene que proteger a uno de sus padres del otro se nota también.
Marta lo observó con atención.
—Tú miras mucho.
—Es parte del trabajo.
—También fuera del aula.
Él sostuvo su mirada.
—También.
Marta bajó los ojos hacia el vino y sonrió.
Después de cenar caminaron sin rumbo por calles húmedas y llenas de gente.
Marta llevaba el abrigo abierto a pesar del frío.
Álvaro le contó una historia de su primer año como profesor que terminó con un Belén incendiado por accidente y un director diciendo que aquello no era la clase de dramatización que esperaba.
Marta se rio hasta que tuvo que detenerse.
—No puedo más.
—Lo peor fue explicar a los padres que el buey había sobrevivido.
—¿Y la mula?
—Baja por daños psicológicos.
Llegaron a una esquina tranquila. La risa se apagó poco a poco. Álvaro la miró.
Marta supo que iba a besarla un segundo antes de que lo hiciera.
No hubo torpeza ni una espera interminable. Él levantó una mano, le rozó la mejilla y se acercó.
El beso fue cálido, lento y mucho mejor de lo que Marta se había permitido imaginar.
Había temido que después de tantos mensajes y tantas miradas llegara ese instante y resultara raro, demasiado pensado, víctima de sus propias expectativas.
Ocurrió justo lo contrario. Álvaro olía a frío de la calle y a la colonia discreta que Marta llevaba toda la noche intentando no notar.
La mano de él permaneció en su mejilla, sin prisas.
Marta había besado a otros hombres desde el divorcio. Ninguno le había provocado aquella mezcla absurda de tranquilidad y ganas de reírse.
Cuando se separaron, un taxi pasó demasiado cerca del bordillo y les lanzó una ráfaga de agua sucia a medio metro.
Marta miró el charco.
—Muy cinematográfico todo.
Álvaro soltó una carcajada.
—Madrid intentando poner ambiente.
—Como me manche el vestido azul, Hugo tendrá razón y no vuelvo a salir de casa.
—¿Hugo eligió el vestido?
Ella lo miró.
—No pienso darte esa satisfacción.
—Eso es un sí.
—Cállate.
Álvaro volvió a acercarse.
—Con mucho gusto.
Esta vez el beso empezó con ambos riéndose.
Cuando se separaron, ella seguía con una mano agarrada a la solapa de su abrigo.
—Bueno —dijo Álvaro.
—Sí.
—No ha estado mal.
—¿No ha estado mal?
—Quería parecer sereno.
—Has fracasado.
Él sonrió y volvió a besarla.
Esta vez Marta dejó de pensar en el colegio, en los horarios y en si aquello tenía sentido.
Ya habría tiempo para pensar.
Marta llegó a casa de Nuria a las doce y cuarto de la noche porque Hugo dormía con David y porque necesitaba contarle a alguien lo ocurrido antes de explotar.
Nuria abrió la puerta en pijama, la miró durante dos segundos y sonrió.
—Te ha besado.
Marta entró sin molestarse en negarlo.
—Sí.
—¿Bien?
—Muy bien.
—Entonces pasa.
Acabaron en la cocina con dos copas de vino. Marta contó lo justo: la cena había sido fácil, habían hablado de verdad y el beso le había gustado demasiado como para fingir que aquello seguía siendo una simple curiosidad.
—Te gusta de verdad —dijo Nuria.
Marta miró su copa.
—Sí.
—Y eso te preocupa.
—Un poco. Es el profesor de Hugo, todo está muy cerca y llevo mucho tiempo sin meter a nadie de verdad en mi vida.
Nuria no intentó venderle ninguna moraleja.
—Pues ve despacio. Pero ve.
Marta asintió.
—Eso intento.
—Perfecto. Ahora dime si besa bien otra vez.
Marta se echó a reír.
A la mañana siguiente Hugo apareció a las diez y media con David.
Marta abrió la puerta con café en la mano.
Su hijo la miró.
Después miró a su padre.
—Te dije que tenía cara.
David intentó mantener una expresión seria.
—Buenos días.
—¿Qué cara? —preguntó Marta.
Hugo entró.
—Cara de haber besado.
—No existe esa cara.
—Sí existe.
David carraspeó.
—Yo no quiero participar en esto.
—Tú te estás riendo.
—Eso cuenta como participar aunque lo llames observar.
Marta apuntó hacia la puerta.
—Fuera.
—Acabo de llegar —protestó Hugo.
—Tú no. Tu padre.
David levantó las manos.
—Me voy. Pero por favor, si empiezas una relación con el profesor, intenta que no suspenda al niño por represalias cuando os enfadéis.
—Largo.
David se rio y salió.
Hugo dejó la mochila en el suelo.
—Entonces sí te besó.
—No voy a hablar contigo de mi vida sentimental.
—¿Por qué?
—Porque tienes diez años.
—Pero soy el que os ha juntado.
—No nos has juntado.
—Te dije que fueras a la función.
Marta se quedó quieta.
—De nada.
—Mentiste.
—Funcionó.
—Eso no hace que esté bien.
—La abuela dice que Dios escribe recto con renglones torcidos.
Marta parpadeó.
—¿La abuela te ha explicado qué significa eso?
—No.
—Ya me parecía.
Hugo se dirigió a la cocina.
—¿Puedo desayunar otra vez?
—Has desayunado en casa de tu padre.
—Pero estoy creciendo.
—Estás extorsionando mis reservas de cereales.
—Amar al prójimo.
Marta cerró los ojos.
Aquella asignatura iba a matarla.
Durante las dos semanas siguientes, ella y Álvaro encontraron una especie de ritmo.
No se veían todos los días fuera del colegio. Ambos trabajaban, Marta tenía a Hugo unos días y David otros, y Álvaro tenía reuniones, correcciones y una vida que no giraba alrededor de ella.
Pero se escribían. Mucho. Mensajes por la mañana. Alguna foto absurda durante el día.
Audios de Marta que rara vez superaban cuarenta segundos porque ella consideraba que a partir de ahí se convertían en podcast.
Álvaro descubrió que podía hacerla reír con una captura de un examen mal escrito. Marta descubrió que a él le gustaban los documentales de crímenes, lo que consideró una incoherencia deliciosa para un profesor de Religión.
—¿No deberías ver cosas sobre santos? —le preguntó una noche por teléfono.
—Los santos también morían de formas espantosas.
—Buen punto.
—Además, tú ves programas de reformas y no sabes usar un taladro.
—Eso es distinto. Yo admiro capacidades ajenas.
—Yo también. Los asesinos suelen ser organizados.
—Voy a colgar.
—Buenas noches, Marta.
—Imbécil.
Se acostó sonriendo.
Una tarde se vieron veinte minutos en una cafetería porque ambos tenían el resto del día imposible. Marta llegó con el abrigo puesto y el portátil bajo el brazo. Álvaro ya estaba allí.
—Tengo diecinueve minutos —dijo ella.
—Te sobran dieciocho.
—Qué seguridad.
Él le dio un beso breve.
Marta se sentó.
—Ahora diecisiete.
Pidieron café y hablaron de cosas pequeñas. Una compañera de Marta que llevaba tres días peleándose con un cliente. Una alumna de Álvaro que quería organizar una campaña para recoger material escolar. El dolor de espalda que daba cumplir cuarenta aunque él todavía se negara a aceptar la cifra.
Cuando Marta miró el reloj, habían pasado veintisiete minutos.
—Llegaré tarde.
—Te acompaño al metro.
—Eso no reduce el retraso.
—Pero mejora el trayecto.
Marta recogió el portátil.
—Tienes una habilidad muy irritante para decir cosas bonitas sin parecer que las has preparado.
—Llevo toda la mañana ensayándolo.
—Mucho mejor.
Caminaron juntos hasta la entrada del metro. Él la besó otra vez y Marta bajó las escaleras con la sensación de que aquellas escenas mínimas empezaban a importarle más que las grandes.
La segunda cita formal fue en casa de Álvaro.
Marta aceptó cenar allí después de comprobar tres veces que Hugo dormiría en casa de David y una cuarta porque no confiaba en la puntualidad de su exmarido.
—No hace falta que me informes de todo el dispositivo logístico —dijo Álvaro por teléfono.
—Tú no conoces la capacidad de Hugo para materializarse donde no debe.
—Empiezo a conocerla.
—Una vez apareció en el baño mientras yo me depilaba una pierna porque quería preguntarme si los tiburones dormían.
—Era urgente.
—No le des la razón.