El profe de Hugo CAPÍTULO 6TENTACIONES
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CAPÍTULO 6TENTACIONES

TENTACIONES

Marta pasó el fin de semana aplicando una estrategia adulta y sensata para gestionar lo ocurrido con Álvaro.

Pensó en él cada cuarenta segundos.

El sábado por la mañana, mientras hacía la compra, recordó cómo había sonreído al decirle que se lo había pasado bien.

El sábado por la tarde, mientras doblaba ropa, recordó sus manos alrededor del vaso de cerveza.

El domingo, mientras su madre le explicaba por teléfono que un vecino había visto «una cosa rarísima» en el cielo que con toda seguridad era un dron, Marta recordó la forma en que Álvaro la había mirado al despedirse.

A las nueve de la noche del domingo, Nuria la llamó.

—¿Te ha escrito?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—No llevo la cuenta.

—Mientes fatal.

Marta estaba sentada en el sofá con los pies debajo de una manta.

—Hemos hablado un poco.

—Define poco.

—Ayer por la noche y esta mañana.

—Eso no es poco. Eso es inicio de expediente.

—No sé qué significa eso.

—Yo tampoco, pero suena serio.

—Me ha mandado una foto de un cartel absurdo que ha visto en una iglesia.

—Romanticismo católico. Me gusta.

—Romántico no es la palabra.

—¿Habéis hablado de veros otra vez?

Marta miró la pantalla.

—No.

—Pues habla.

—No voy a perseguirlo.

—Invitar a un hombre a tomar algo no es perseguirlo. Perseguirlo sería esconderte detrás de un contenedor hasta que salga de casa.

—Gracias por establecer la línea jurídica.

—De nada.

Marta colgó convencida de que no iba a hacer nada.

A las nueve y diecisiete abrió el chat. Escribió: «Me debes unas aceitunas decentes». Lo leyó. Lo borró.

Escribió: «He encontrado un sitio donde quizá no intenten envenenarnos con aceitunas».

Demasiado. Lo borró. Acabó mandando:

**¿Sobreviviste al fin de semana?**

La respuesta llegó un minuto después.

**A duras penas. He corregido cuarenta y dos trabajos sobre los milagros. Un niño ha escrito que Jesús convirtió el agua en vino porque tenía invitados.**

Marta:

**No veo el error.**

Álvaro:

**Voy a tener que hablar contigo también.**

Marta:

**¿Otra tutoría?**

Álvaro:

**Esta vez sin Hugo.**

Marta se quedó mirando aquellas cuatro palabras.

La llamada de Nuria habría sido insoportable. No la hizo.

Álvaro añadió:

**¿Te apetece cenar conmigo el viernes?**

Marta sonrió tan deprisa que le dolieron las mejillas.

**Sí.**

Lo mandó antes de poder construir una respuesta más elegante.

Luego añadió:

**Me apetece.**

Peor.

Álvaro respondió:

**Perfecto. Así no tengo que preguntarme si ese “sí” ha sido bajo coacción.**

Marta se tapó la cara con la manta.

Hugo regresó el lunes por la tarde de casa de su padre y tardó menos de diez minutos en detectar algo.

—Estás contenta.

—A veces me pasa.

—¿Por Álvaro?

Marta siguió cortando cebolla.

—¿Puedes tener una conversación que no incluya a tu profesor?

—Sí.

—Hazlo.

—Me he dejado el libro de Lengua en casa de papá.

—Fantástico.

—Y tengo deberes.

—Mejor todavía.

—¿Ves? Podemos hablar de otras cosas.

—¿Cuándo quedáis?

—No te importa.

—El viernes.

Marta dejó el cuchillo.

—¿Cómo lo sabes?

—Has apuntado «cena» en el calendario de la nevera.

—Eso puede ser cualquier cena.

—Has puesto un corazón pequeño.

Marta giró hacia el calendario. No había ningún corazón. Hugo soltó una carcajada.

—Otra vez.

—Un día me vas a provocar un infarto.

—¿Entonces es el viernes?

—Ve a buscar el libro de Lengua.

—Está en casa de papá.

—Pues empieza a caminar.

El martes, Marta decidió que no iba a comportarse como una adolescente.

El miércoles compró una blusa nueva.

El jueves la devolvió porque le parecía demasiado evidente que la había comprado para una cita.

El viernes volvió a la tienda y compró la misma.

Nuria la observó entrar en la oficina con la bolsa.

—Me encantan tus convicciones.

—Cállate.

—¿A qué hora?

—Nueve.

—¿Hugo?

—Con David.

—¿Depilación?

Marta la miró.

—Tengo una presentación en cinco minutos.

—No has contestado.

—Porque tengo una presentación en cinco minutos.

Nuria sonrió con la satisfacción de quien ya sabía suficiente.

A media tarde, David pasó por casa a recoger a Hugo. El niño apareció con una mochila que parecía preparada para una expedición.

—Son dos noches —dijo Marta.

—Llevo cosas.

—Llevas tres mandos.

—Por si viene Nico.

David entró detrás y vio la ropa de Marta sobre el sofá.

—¿Cita?

—No empieces.

—Yo no he dicho nada.

Hugo dejó la mochila.

—Con Álvaro.

David asintió muy serio.

—Ah. El profesor.

—Tiene nombre.

—Todavía me divierte llamarlo así.

Marta lo señaló.

—Tú te vas.

—Claro. Solo una cosa.

—Qué.

David bajó la voz teatralmente.

—Pórtate bien.

Marta le cerró la puerta en la cara mientras Hugo se reía desde el descansillo.

El error definitivo fue pedir consejo a Nuria sobre qué ponerse.

A las siete y veinte tenía toda la cama cubierta de ropa.

—El negro —dijo Nuria por videollamada.

—Parece que voy a un funeral.

—Depende de lo que lleves debajo.

—Eres imposible.

—¿Quieres romance o asesoría fiscal?

—Quiero estar guapa sin parecer que llevo tres horas intentando estar guapa.

—Llevas tres horas intentando estar guapa.

—Ese es el problema.

Marta terminó llevando el vestido azul que Hugo había elegido antes de marcharse.