CAPÍTULO 5NO DARÁS FALSO TESTIMONIO
NO DARÁS FALSO TESTIMONIO
Hugo descubrió que podía manipular a su madre con el nombre de Álvaro un miércoles por la tarde.
—Álvaro dice que deberíamos ir el viernes a la función de sexto.
Marta levantó la vista del portátil.
—¿Por qué?
—Porque participa el coro y quiere que vaya gente.
—¿Te lo ha dicho a ti?
—Sí.
—¿A ti personalmente?
—Sí.
Marta entrecerró los ojos.
—¿Por qué te iba a pedir a ti que fuéramos a una función de sexto?
Hugo se encogió de hombros.
—Dice que estaría bien que fueras.
Marta cerró el portátil.
—¿Ha dicho mi nombre?
Hugo tardó medio segundo de más.
—Sí.
—Hugo.
—Bueno, ha dicho «las familias».
—No es lo mismo.
—Tú eres familia.
—Has mentido.
—He resumido.
—No darás falso testimonio.
Hugo abrió mucho los ojos.
—Eso es del Antiguo Testamento.
—Me da igual de qué temporada sea.
El niño soltó una carcajada.
Marta volvió al portátil.
—No vamos.
—Vale.
—Y deja de usar a Álvaro para conseguir cosas.
—Tú lo usas para pintarte los ojos.
Marta lo señaló con el dedo.
—Habitación.
—Pero…
—Ahora.
Hugo se fue riéndose.
El viernes, a las siete menos cuarto, Marta estaba entrando en el salón de actos del colegio.
Se odiaba un poco.
—Has venido —dijo Patricia desde una fila central.
—A apoyar al coro.
—Claro.
—¿Por qué lo dices así?
—¿Así cómo?
Marta se sentó a su lado.
—Como si supieras algo.
Patricia sonrió.
—Yo siempre sé algo.
—Pues esta vez no.
—Perfecto.
La función comenzó.
Álvaro apareció diez minutos después por una puerta lateral y se quedó de pie junto a otros profesores, esta vez sin corbata. Marta apartó la vista demasiado tarde. Cuando volvió a mirarlo, él ya la había visto y sonreía.
Marta sintió una descarga absurda y tuvo que fingir interés extremo por un grupo de niños que cantaba una canción en inglés bastante por encima de sus posibilidades.
Patricia se inclinó hacia ella.
—Te ha visto.
—Cállate.
—Yo no he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Eso os pasa mucho en esta familia.
Marta giró la cabeza.
—¿Qué familia?
—Tú y Hugo.
—Ah.
Patricia sonrió más.
—De momento.
Marta decidió no responder.
Al terminar, el vestíbulo se llenó de familias. Hugo había aparecido porque David lo llevaba a casa después y se había empeñado en entrar a ver el final. Estaba comiendo patatas de una máquina cuando Álvaro llamó a Marta.
—Al final has venido.
—Sí. Hugo insistió.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Hugo?
—No me digas que no sabes nada.
—Nada de qué.
Ella cerró los ojos.
—Voy a estrangularlo.
—Eso empieza a convertirse en una amenaza recurrente.
—Me dijo que querías que viniera.
Álvaro sonrió despacio.
—No se lo dije.
—Lo sé ahora.
—Pero me alegro de que hayas venido.
La frase quedó entre ambos.
Él no apartó la vista.
—Ah —dijo ella.
Brillante.
Álvaro se rio.
—¿Te apetece tomar algo?
Marta parpadeó.
—¿Ahora?
—Sí. Aquí cerca. Si no tienes prisa.
Marta buscó mentalmente a Hugo.
—Tengo un hijo.
Álvaro alzó una ceja.
—Lo conozco.
—Quiero decir que está aquí.
—Eso también lo sé.
—Claro.
Marta respiró.
—Puedo dejarlo con su padre. Le toca este fin de semana y viene a recogerlo.
—Perfecto.
—Perfecto.
—Perfecto.
Los dos sonrieron.
Hugo apareció en ese preciso momento con la bolsa de patatas.
—¿Qué es perfecto?
—Nada.
Hugo miró a Álvaro.
—¿Vais a tener una cita?
Marta quiso atravesar una pared.
Álvaro se metió las manos en los bolsillos.
—Vamos a tomar algo.
Hugo asintió con solemnidad.
—Eso es una cita.
—Hugo —dijo Marta.
—¿Qué?
—Tu padre está fuera.
—Ya.
—Vete.
El niño miró a Álvaro.
—No le gustan las aceitunas.
Marta abrió la boca.
—Hugo.
—Te ahorro tiempo.
Y se marchó. Álvaro se echó a reír. Marta se tapó la cara con ambas manos.
—Te juro que antes era normal.
—No te creo.
—Yo tampoco.
Salieron del colegio juntos.
A dos calles había un bar pequeño con mesas junto a la ventana. Pidieron cerveza. Al principio Marta estuvo demasiado pendiente de cada gesto propio: dónde colocaba las manos, cuánto tardaba en beber, si se reía demasiado fuerte. A los veinte minutos se cansó de vigilarse.
Álvaro resultó más fácil fuera del colegio.
No tenía la serenidad infinita que ella le había atribuido.
Se quejaba del metro, odiaba que los restaurantes llamaran «experiencia» a una cena y confesó que una vez había suspendido un examen de latín por escribir una traducción tan creativa que el profesor le había puesto al margen «esto es literatura fantástica».
—Eso explica tu carrera religiosa —dijo Marta.
—Fue una llamada.
—Del departamento de Lenguas Clásicas para que te fueras.
—Eso mismo.
Ella se rio y dejó el vaso sobre la mesa.
—Hugo cree que eres perfecto.
Álvaro la miró con auténtico asombro.
—Hugo me llama «agente del Vaticano».
—En su idioma eso puede ser cariño.
—No quiero saber cómo expresa el odio.
—Con deberes sin hacer.
Después bajó la voz.
—¿Cómo lleva el divorcio?
La pregunta no tenía morbo ni curiosidad. Marta lo agradeció.
—Bien. Mejor que nosotros al principio. David y yo discutimos mucho durante unos meses, pero procuramos que él no estuviera en medio. Ahora estamos bastante organizados.
—Se nota que os quiere a los dos.
—Y que sabe utilizar nuestras diferencias.
—Eso también.
Marta jugó con la etiqueta de la botella.
—A veces creo que le hace más gracia verme nerviosa por ti que la posibilidad real de que pase algo.
Álvaro levantó una ceja.
—¿Y existe esa posibilidad real?
Marta notó cómo la pillaba sin parapeto. Podía bromear. Podía fingir que no había entendido. Optó por algo que le costaba bastante más.
—No lo sé.
Él asintió.
—Yo tampoco.
La claridad de la respuesta cambió el aire sin volverlo incómodo.
Siguieron hablando. De la hermana de Álvaro, que vivía en Valencia y tenía dos niñas pequeñas. De Lola y su teología inventada. De David, al que Álvaro conocía de vista de alguna recogida. De trabajos anteriores, vacaciones desastrosas y comidas que uno fingía saber cocinar.
Marta descubrió que Álvaro había estudiado Teología después de empezar Historia, que había trabajado varios años en proyectos educativos y que había acabado dando clase casi por accidente.
Álvaro descubrió que Marta odiaba los audios de más de un minuto, que coleccionaba imanes horribles de ciudades en las que había estado y que era incapaz de montar un mueble sin insultar a la empresa que lo fabricaba.
—¿Siempre eres tan torpe con las manos? —preguntó él.
Álvaro tardó un segundo en comprender el doble sentido.
—No quería decir eso.
—Ya.
—De verdad.
—Claro.
—Ha sonado fatal.
—Bastante.
—Voy a pedir otra cerveza.
Marta se rio.
La segunda cerveza trajo una conversación menos segura y más interesante.
—¿Cuánto llevas divorciada? —preguntó Álvaro.
—Dos años. Separados algo más.
—¿Y bien con David?
—Ahora sí. Nos conocemos demasiado como para fingir que no nos caemos bien. Como pareja éramos un desastre al final. Como padres funcionamos mucho mejor.
—Eso tiene mérito.
—Costó.
Marta no convirtió el divorcio en tragedia.
Tampoco lo maquilló. Le contó que durante seis meses David y ella habían tenido discusiones absurdas por horarios, ropa de Hugo y quién había comprado unas zapatillas.
Luego un día se dieron cuenta de que estaban gastando más energía en demostrar que el otro se equivocaba que en organizarse.
—¿Y lo arreglasteis? —preguntó Álvaro.
—Aprendimos a no querer ganar todas las conversaciones.
—Eso suena útil en general.
—No siempre lo aplico.
—Lo tendré en cuenta.
La pregunta la hizo relajarse.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Relaciones. Ya que estamos en territorio entrevista.
Álvaro bebió.
—Una larga. Terminó hace tres años. Después alguna cosa, pero nada serio.
—¿Y por qué terminó la larga?
—Queríamos vidas distintas. Ella quería irse de Madrid, yo no. Ella quería hijos ya, yo no sabía si quería. Al final todo se convirtió en una negociación que ninguno tenía ganas de ganar.
Marta asintió.
—Muy adulto.
—Fue bastante menos elegante mientras ocurría.
—Eso ayuda.
—¿A qué?
—A que no parezcas perfecto.
—No tenía intención de parecerlo.
—Tu cara trabaja en tu contra.
La frase salió sola. Marta se quedó inmóvil. Álvaro tardó un segundo.
—¿Mi cara?
—He dicho tu… clase. Tu clase trabaja en tu contra. Porque eres profesor y…
—Marta.
Ella cerró los ojos.
—Déjalo.
Álvaro se rio.
—Vale.
—Te odio un poco.
—Eso es muy rápido para una primera cerveza.
—Vamos por la segunda.
—Entonces estamos en plazo.
Cuando salieron, Madrid estaba frío y brillante. Había llovido un poco y las aceras reflejaban las luces.
Caminaron despacio hacia donde Marta había dejado el coche.
—Me lo he pasado bien —dijo ella.
—Yo también.
Se detuvieron junto al paso de peatones. Marta esperó algo. No ocurrió. Álvaro la miró.
—Te escribiré.
—Vale.
—Y no a través de Hugo.
—Te lo agradezco.
Él sonrió. Se despidieron con dos besos. Dos besos normales.
Marta se metió en el coche y apoyó la cabeza contra el reposacabezas.
El móvil vibró.
**Álvaro:** La próxima vez elegimos un sitio con mejores aceitunas.
Miró el mensaje otra vez antes de arrancar y escribió a Nuria.
**Ha sido una cita.**
La respuesta llegó en mayúsculas.
**¿BESO?**
Marta:
**No.**
Nuria:
**¿POR QUÉ?**
Marta:
**Porque somos personas normales.**
Nuria:
**Habla por ti.**
Marta estaba todavía riéndose cuando entró un mensaje de Hugo.
**¿TE HA BESADO?**
Marta bloqueó el teléfono.
Cinco segundos después llegó otro.
**SI NO QUIERES CONTESTAR ES QUE SÍ.**
Y uno más.
**PAPÁ DICE QUE TE DEJE EN PAZ.**
Un cuarto.
**PERO ÉL TAMBIÉN QUIERE SABERLO.**
Tardó varios minutos en arrancar. Cuando por fin salió del aparcamiento, recibió una llamada de David.
—No pienso preguntarte nada —dijo él nada más contestar.
—Gracias.
—Hugo sí. Lleva ocho minutos analizando tu silencio.
—Ponlo a hacer deberes.
—Es viernes.
—Entonces a leer.
—Dice que leerá si le confirmas si hubo beso.
Marta apretó el volante.
—David.
Él se rio.
—Vale, vale. Lo paro.
—Y no le des cuerda.
—No le doy cuerda. El niño viene con motor propio.
La ocurrencia le hizo gracia.
—¿Estás bien? —preguntó David después.
La pregunta perdió la broma.
—Sí.
—¿Te gusta?
Marta miró la calle delante.
—Sí.
—Entonces disfruta un poco y deja de buscar la parte complicada antes de que llegue.
Ella se quedó callada.
—¿Desde cuándo das buenos consejos?
—Desde que no estoy casado contigo. Tengo más perspectiva.
—Vete a la mierda.
—Buenas noches.
Colgó riéndose.
Marta aparcó frente a casa y se quedó un momento dentro del coche. La cita había salido bien. Álvaro le gustaba. Él parecía interesado. Nada exigía tomar ninguna decisión aquella noche.
Era una sensación extraña, casi lujosa, dejar que algo simplemente empezara.
El móvil vibró otra vez.
**Álvaro:** He llegado. Gracias por venir.
Marta escribió:
**Gracias por invitarme.**
Dudó.
Añadió:
**Y las aceitunas eran mejores.**
Él respondió:
**Entonces habrá que repetir. Por control de calidad.**
Guardó el teléfono con una alegría que ya no tenía sentido disimular.
Esta vez entró en casa sin contárselo a nadie.
Le duró siete minutos antes de mandar un audio a Nuria.
Marta empezó a reírse sola dentro del coche.
No podía hacer otra cosa.
La primera cerveza juntos terminó demasiado pronto y, al mismo tiempo, en el momento adecuado.
Cuando salieron del bar, Marta miró la hora y descubrió que habían pasado casi dos horas.
—Tengo que ir a por Hugo —dijo.
—¿Está con su padre?
—Sí. David vive a quince minutos.
—Entonces no te entretengo.
Caminaron juntos hasta la esquina. Marta se descubrió deseando que Álvaro hiciera algo y agradeciendo que no lo hiciera. La contradicción le parecía ridícula.
—Me lo he pasado bien —dijo él.
—Yo también.
—Incluso con las aceitunas.
—Las aceitunas han sido un delito.
—Podemos presentar una reclamación conjunta.
Marta bajó la vista un instante.
Hubo un segundo de silencio. Álvaro metió las manos en los bolsillos.
—Me gustaría repetir.
Marta sintió un pequeño salto de alegría y decidió comportarse como una mujer adulta.
—Sí.
Demasiado rápido.
—Quiero decir, claro. Cuando podamos.
—Perfecto.
—Perfecto.
—Has dicho perfecto como si acabaras de firmar una hipoteca.
Marta negó con la cabeza, riéndose.
—Vete antes de que empeore.
—Buenas noches, Marta.
—Buenas noches.
No hubo beso. Marta caminó hasta el coche con una mezcla incómoda de alivio y decepción.
Cinco minutos después se insultó a sí misma por estar decepcionada. Era una primera cerveza con el profesor de su hijo, no el final de una comedia romántica.
En casa de David encontró a Hugo jugando a la consola.
—Cinco minutos más —dijo sin apartar la vista.
—Nos vamos.
—Estoy en partida.
David apareció desde la cocina.
—Déjale terminar. Le quedan tres minutos.
Marta dejó el bolso en una silla.
—Tres.
David la miró un instante.
—¿Qué tal?
—¿Qué tal qué?
—La actividad.
Marta entrecerró los ojos.
—Hugo te lo ha contado.
—Me ha contado que ibas a tomar algo con «el rubio».
Desde el salón, Hugo protestó.
—¡Yo dije Álvaro!
David sonrió.
—Mi memoria lo ha mejorado.
Marta se quitó el abrigo.
—Ha estado bien.
—¿Bien de bien?
—David.
—Pregunto como amigo.
—Eres mi exmarido.
—Puedo tener dos funciones.
—Pues usa la de padre y dile a tu hijo que apague.
Hugo levantó la voz.
—¡Me quedan dos minutos!
David abrió la nevera.
—¿Cerveza?
—Tengo que conducir.
—Agua.
—Gracias.
Marta aceptó el vaso. David apoyó la cadera en la encimera.
—Me alegro de que salgas.
Ella lo miró.
—Salgo.
—Sabes lo que quiero decir.
Marta bebió un poco.
—No sé qué va a pasar.
—No tienes que saberlo hoy.
—Es profesor de Hugo.
—Ya.
—Puede ser incómodo.
—También puede no serlo.
Marta hizo una mueca.
—Qué fácil lo ves desde fuera.
—Desde fuera casi todo parece más fácil. Cuando estábamos casados también pensábamos demasiado algunas cosas y poquísimo otras.
—Bonita autopsia matrimonial.
—Gracias.
Hugo apareció con el mando en la mano.
—He acabado.
Miró a su madre.
—¿Te ha besado?
Marta casi escupió el agua.
David se giró hacia la nevera para ocultar la risa.
—Coge la mochila —dijo Marta.
—Eso es que no.
—Mochila.
—Si te hubiera besado estarías más contenta.
—Estoy perfectamente contenta.
—Entonces igual sí.
—Hugo.
El niño recogió sus cosas.
En el ascensor, miró a Marta por el espejo.
—¿Vais a volver a quedar?
—Puede.
—Eso es que sí.
—Tienes una obsesión.
—Tú empezaste.
—¿Cómo he empezado yo?
—Te gustó.
Marta se rio.
—Qué lógica tan impecable.
Al llegar a casa, Hugo se duchó y se fue a la cama. Marta se quedó sola en el salón. El móvil vibró.
**Álvaro:** He llegado. Confirmo que las aceitunas siguen siendo imperdonables.
Marta respondió:
**Marta:** Necesitaremos otra cita para encontrar unas mejores.
Se quedó mirando lo escrito. Esta vez no borró nada.
La respuesta llegó enseguida.
**Álvaro:** ¿Eso ha sido una invitación?
**Marta:** Puede.
**Álvaro:** Hablas como Hugo.
**Marta:** Retiro la invitación.
**Álvaro:** Demasiado tarde. Viernes.
Marta dejó el móvil sobre el sofá. Nuria volvió a escribirle casi de inmediato, pero esta vez no abrió el mensaje. Sonrió hacia la pantalla apagada y se levantó para recoger la taza que Hugo había dejado en el suelo.