El profe de Hugo CAPÍTULO 4HONRARÁS A TU MADRE
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CAPÍTULO 4HONRARÁS A TU MADRE

HONRARÁS A TU MADRE

El lunes por la mañana Hugo dejó un plato sucio en el fregadero.

Marta lo llamó desde la cocina.

—Ven aquí.

—Estoy poniéndome los zapatos.

—Puedes venir con ellos puestos.

Hugo apareció en calcetines.

—¿Qué?

Marta señaló el plato.

—Eso.

—Es un plato.

—Gracias. Pensaba que había aparecido un ovni.

—¿Entonces?

—Al lavavajillas.

Hugo lo miró.

—Álvaro dice que hay que honrar a los padres.

—Ese mandamiento me viene de maravilla.

—Pero no dice nada de los lavavajillas.

—Hugo.

—Solo digo que el mandamiento es bastante específico.

—Al lavavajillas.

—¿Y si lo dejo como ofrenda?

—Te juro que voy a llamar a Álvaro ahora mismo.

—Llámalo.

Se miraron.

—Eres un desgraciado.

—No puedes insultarme. Soy menor.

—Al lavavajillas.

Hugo cogió el plato.

—Si llamas, dile que me ha salido bien el examen de Naturales.

—Fuera.

Cuando se quedó sola, Marta se dio cuenta de que estaba sonriendo.

Eso le pareció bastante peor que el plato. Álvaro tardó tres días en volver a escribirle. No por la aplicación escolar. Por WhatsApp.

Marta estaba en el supermercado comparando dos marcas de tomate cuando apareció el mensaje.

**Hola, Marta. Soy Álvaro. Patricia me ha pasado tu número porque tenemos que organizar a los voluntarios para la excursión del mes que viene. Espero que no te moleste.**

Marta leyó el mensaje cuatro veces.

Después vio el segundo.

**Y para que conste: no se lo he pedido con ninguna intención satánica.**

Sonrió como una imbécil delante de las conservas.

Respondió:

**Mientras no haya calderos, todo bien.**

Tres puntos.

**Álvaro:** No puedo prometer nada. Es una excursión con veintiocho niños.

La conversación debería haber terminado allí.

No terminó.

Hablaron de la excursión, después del colegio, después de un restaurante cercano al que ambos iban a veces. Marta salió del supermercado sin tomate.

Nuria recibió la noticia antes que el cajero.

—Te ha escrito.

—Por trabajo.

—Claro.

—Es verdad.

—¿Cuánto tardasteis en dejar de hablar de trabajo?

Marta miró la hora.

—Unos cuatro minutos.

—Marta.

—Ya.

—Ese hombre quiere catequizarte.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Te ha puesto algún emoji?

—Nuria.

—Eso es importante.

—Uno riéndose.

—Estamos dentro.

Marta colgó antes de que pudiera empeorar.

Llegó a casa con huevos, detergente, pan, yogures y ninguna de las dos marcas de tomate que había ido a comparar.

Hugo revisó las bolsas.

—¿Y el tomate?

Marta se quedó quieta.

—Había.

—Ya sé que había. Siempre hay.

—Se me ha olvidado.

Hugo levantó la cabeza.

—Te ha escrito Álvaro.

Marta lo miró con cansancio.

—No pienso entrar en ese juego.

—Entonces sí.

—Guarda los yogures.

—¿Qué te ha dicho?

—Cosas de mayores.

—¿De sexo?

Marta casi dejó caer el detergente.

—¿Perdona?

Hugo siguió ordenando los calcetines como si acabara de plantear una duda de matemáticas.

—En el cole dicen «cosas de mayores» cuando no quieren explicar algo.

—Pues en este caso significa excursiones, horarios y gente que no recoge sus platos.

—Qué aburrido.

—Esa era la idea.

Hugo guardó los yogures y cerró la nevera.

—Si un día os casáis, yo quiero llevar las arras.

—¿De dónde sacas esas cosas?

—Religión.

Marta se apoyó en la encimera.

—Te voy a cambiar a Valores.

—Álvaro da Religión.

—Ya lo sé.

—Entonces no quieres.

Hugo sonrió y salió de la cocina antes de que ella encontrara una respuesta adecuada.

Aquella noche, a las once y siete, Álvaro volvió a escribir.

**Por cierto, Hugo me ha preguntado hoy si los profesores podemos casarnos con madres de alumnos.**

Marta dejó caer el móvil sobre la cama.

—Lo mato.

Lo recuperó.

**Marta:** Voy a internarlo.

**Álvaro:** Me ha parecido una medida algo extrema.

**Marta:** No vives con él.

**Álvaro:** Buen argumento.

**Marta:** ¿Qué le has contestado?

La respuesta tardó más.

**Álvaro:** Que los profesores pueden casarse con quien quieran siempre que la otra persona quiera también.

Marta sintió calor en la cara. No supo qué escribir. Álvaro añadió:

**Después me ha preguntado si tengo novia.**

Marta se tapó la cara con una mano.

**Marta:** Te prometo que no le he pedido que pregunte nada.

**Álvaro:** Te creo.

**Marta:** Gracias.

**Álvaro:** Sobre todo porque ha añadido que tú le prohibiste preguntarlo.

Marta enterró la cabeza en la almohada.

Desde el pasillo se oyó la voz de Hugo.

—¿Mamá?

—¿Qué?

—¿Puedo beber agua?

—Puedes beber lejía.

—Eso está mal.

—Agua. Bebe agua.

—Vale.

Marta miró el móvil.

Álvaro había escrito:

**Para ahorrarte futuros interrogatorios: no tengo novia.**

Marta dejó de respirar un segundo.

Después llegó otro.

**Buenas noches, Marta.**

Ella tardó demasiado en decidir qué contestar.

Al final escribió:

**Buenas noches, Álvaro.**

Y añadió un emoji sonriente. Lo borró. Lo volvió a poner. Lo mandó.

A la mañana siguiente, Marta se despertó antes de que sonara el despertador y vio el mensaje todavía abierto en la pantalla. «No tengo novia.» Cinco palabras. Ninguna declaración. Ninguna invitación. Ninguna razón adulta para estar de tan buen humor.

En la oficina, Nuria apareció con dos cafés y la expresión de quien ya venía informada.

—Enséñame la conversación.

—No.

—Soy tu mejor amiga.

—Ese es el problema.

—Entonces descríbemela palabra por palabra.

Marta abrió el correo.

—Tenemos una reunión en doce minutos.

—Perfecto. Once minutos y medio de cotilleo.

Nuria se sentó frente a ella sin permiso.

—¿Te ha dicho que está soltero?

—Sí.

—Eso no se dice por accidente.

—Se lo preguntó Hugo.

—¿Y él podía haber respondido a Hugo y ya está?

Marta dejó de mover el ratón.

Nuria sonrió.

—Gracias. Eso pensaba.

—No quiero hacerme películas.

—Hazte una miniserie corta. Seis capítulos. Si sale mal, la cancelamos.

Marta soltó una risa.

—Eres idiota.

—Y tú llevas dos años saliendo con hombres que te aburren antes del postre. Este por lo menos te hace gracia.

Eso la silenció.

Desde el divorcio había tenido cuatro citas.

Una con un arquitecto que habló cuarenta minutos de su bicicleta, otra con un abogado que llamó tres veces «loca» a su exmujer, una tercera con un hombre que pidió pescado y le enseñó fotografías de peces que había capturado, y la última con un tipo correcto, educado y tan poco memorable que Marta había olvidado su apellido antes de llegar al taxi.

Álvaro no se parecía a ninguno.

Ni siquiera estaba intentando gustarle, que quizá era lo que más le gustaba.

—No sé si quiero meterme en algo con alguien del colegio —admitió.

Nuria dejó el café sobre la mesa.

—Eso sí es una razón de verdad.

—Gracias.

—Pero no es una prohibición divina.

—Nuria.

—Perdón. Me lo has puesto muy fácil.

La reunión empezó dos minutos después. Marta pasó la primera diapositiva, habló de resultados trimestrales y, durante casi una hora, consiguió ser una adulta funcional.

Al salir, miró el móvil.

Tenía un mensaje de Álvaro.

**Hugo acaba de explicarme que la usura no puede ser pecado si el interés es bajo. Necesitamos hablar.**

Marta se echó a reír en mitad del pasillo.

Nuria, que caminaba detrás, miró la pantalla sin disimulo.

—Miniserie renovada.

La excursión se convirtió en la excusa oficial para seguir hablando durante la semana. Había que repartir familias, revisar autorizaciones y decidir quién llevaba material de primeros auxilios. Casi todo podía resolverse en seis mensajes.

Ellos tardaban veinte.

Una noche, después de hablar de horarios, Álvaro le preguntó qué serie estaba viendo. Marta respondió. Él dijo que la había abandonado en el capítulo tres porque el protagonista le parecía insoportable. Discutieron quince minutos sobre un personaje ficticio.

Otra tarde, Marta le mandó una foto de Hugo dormido encima de un cuaderno después de asegurar que no estaba cansado.

Álvaro respondió:

**En clase también sostiene esa teoría.**

Marta:

**¿Se duerme?**

Álvaro:

**No. Hace peor. Habla.**

Hugo descubrió la conversación porque Marta sonrió mirando el teléfono.

—¿Álvaro?

—Podría ser cualquiera.

—No sonríes así con la abuela.

—Tú qué sabes cómo sonrío.

—Vivo contigo.

Marta dejó el móvil boca abajo.

—Haz los deberes.

—Ya los he hecho.

—Entonces revisa que los hayas hecho bien.

Hugo la observó.

—Te gusta mucho.

La afirmación ya no sonó como una burla. —Sí, me cae muy bien.

—Eso no es lo que he dicho.

—Y yo he contestado lo que quería.

Hugo aceptó la derrota con una mueca.

—Vale.

Dos días después, el colegio organizó la reunión previa de la excursión. Marta llegó tarde porque una presentación se alargó y entró en el aula intentando no llamar la atención.

Álvaro estaba explicando el recorrido junto a Irene. La miró al verla entrar y señaló una silla libre al fondo.

Marta se sentó al lado de Patricia.

—Te ha visto —susurró ella.

—Tú tienes un problema.

—Yo tengo ojos.

—Escucha la reunión.

—La ruta está en el correo. Esto es contenido repetido.

Marta se obligó a mirar la presentación. Duró quince minutos. Después repartieron autorizaciones, organizaron los coches y resolvieron preguntas de padres capaces de imaginar catástrofes con una creatividad que Hugo habría admirado.

—¿Y si llueve?

—Hay plan cubierto —respondió Irene.

—¿Y si un niño pierde el móvil?

—No deberían llevar móvil.

—¿Y si lo llevan?

—Entonces aprenderán una lección útil.

Marta tuvo que esconder una sonrisa.

Al terminar, esperó a que la mayoría saliera. Álvaro guardaba el portátil.

—Has llegado —dijo.

—Por poco. Mi cliente considera que el concepto de «cinco minutos más» es una filosofía de vida.

—Te he guardado una autorización.

Le tendió una hoja.

—Gracias.

Marta miró alrededor. Quedaban dos padres hablando con Irene y Patricia fingiendo ordenar papeles a una distancia obscenamente corta.

—Patricia nos está escuchando —murmuró.

Álvaro bajó la voz.

—Lo sé.

—¿Y no te pone nervioso?

—Da igual. Si nos alejamos, vendrá detrás.

Marta soltó una risa.

—Ha sido maja conmigo.

—Es maja. También es una agencia de inteligencia.

Patricia levantó la cabeza desde el otro lado.

—Os oigo.

Marta cerró los ojos.

—¿Ves?

Salieron juntos al pasillo. Marta esperaba una despedida rápida, pero él caminó con ella hasta la escalera.

—¿Tienes a Hugo hoy?

—Sí. David lo recoge mañana.

—¿Y tú qué haces mañana?

La pregunta tenía un tono demasiado casual.

—Trabajar. Vivir. Comprar tomate porque sigo olvidándolo.

—Plan emocionante.

—Muchísimo.

—Si sobrevives, podríamos tomar algo por la tarde.

—¿Eso es una invitación?

—Sí. Estoy intentando que no parezca una tutoría.

—Vas mejorando.

—¿Entonces?

—Entonces sí.

Al llegar al coche encontró a Hugo esperando con David.

—¿Por qué tardabas? —preguntó el niño.

—Firmando papeles.

—Álvaro estaba dentro.

Marta abrió el coche.

—También Irene, Patricia y cuarenta padres.

Hugo miró a David.

—Ha tardado por Álvaro.

David asintió con falsa gravedad.

—Lo tendremos en cuenta en el informe.

Marta señaló el vehículo.

—Los dos dentro o fuera de mi vida. Elegid rápido.

David se echó a reír.

Volvió a su cuaderno. Marta se quedó mirándolo unos segundos y decidió dejar aquella conversación sin intentar ganarla.

El sábado siguiente, Patricia reunió a varios padres y profesores para llevar al local de la asociación las últimas cajas que habían quedado pendientes de la jornada solidaria. Marta apareció con Hugo a media mañana convencida de que aquello duraría poco.

Patricia desmontó esa esperanza en menos de un minuto.

—Me falta un coche. Marta y Álvaro, lleváis estas seis cajas.

Marta la miró.

—Qué casualidad.

—Tengo una hoja con matrículas y capacidad de maletero. Si quieres te la enseño.

—No quiero verla.

Hugo apareció con Samuel y una bolsa de galletas abierta.

—Yo me quedo aquí.

—¿Quién te ha preguntado? —dijo Marta.

—Patricia necesita ayuda con los libros.

Patricia levantó una mano desde la otra punta del patio.

—Es verdad.

Marta entrecerró los ojos. No sabía cuál de los dos estaba manipulando a quién y tampoco tenía energía para investigarlo.

Veinte minutos después iba de copiloto junto a Álvaro camino del local de la asociación.

—Tu hijo nos ha mandado solos a propósito —dijo Marta cuando arrancaron.

—¿Crees?

—Estoy casi segura.

—Tiene diez años.

—Tiene diez años y acceso a información peligrosa.

—A mí me ha preguntado si estoy casado.

Marta se volvió hacia él.

—¿Qué?

—El jueves.

—Lo voy a matar.

—Me pareció curioso.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

—Que es...

—Que no.

Marta miró por la ventanilla con todo el aplomo que pudo reunir.

—Ah.

—También quiso saber si tenía novia.

—Perfecto. Voy a dejarlo en un área de servicio.

—Le dije que no.

Marta asintió.

—Información relevante para su formación religiosa.

—Muchísimo.

Hubo un silencio cargado de una comodidad extraña.

Álvaro encendió la radio.

—¿Te molesta?

—No.

Sonó una canción que ambos reconocieron. Marta empezó a tararear sin darse cuenta.

—Buena elección —dijo él.

—No la has elegido tú.

—He encendido la radio en el momento correcto.

—Eso no cuenta como mérito.

—Soy profesor. Sé evaluar competencias.

—Qué insoportable.

—Todavía puedes bajarte.

Marta miró la avenida.

—Vamos a sesenta.

—Entonces espera al semáforo.

Se rieron.

En el local descargaron las cajas y descubrieron que faltaba una hoja de inventario. Esperaron diez minutos mientras alguien la buscaba. Marta se sentó en un bordillo exterior. Álvaro se colocó a su lado.

—¿Siempre te presentas voluntaria para estas cosas? —preguntó.

—Jamás. Patricia es muy convincente.

—A mí me ha amenazado con apuntarme ella misma.

—Eso suena a Patricia.

—¿Trabajas en publicidad, verdad?

—Comunicación. Aunque depende del día.

—Hugo dice que «arreglas anuncios».

Marta se rio.

—Me parece una descripción bastante honesta.

—También dice que escribes.

Ella lo miró.

—Hugo habla demasiado.

—Eso ya lo sabemos.

—Escribía más antes.

—¿Qué escribías?

Marta se encogió de hombros.

—Historias. Cosas.

—Respuesta evasiva.

—No eres mi profesor.

Álvaro la miró con una sonrisa lenta.

—Menos mal.

Marta sintió la frase en el estómago.

La hoja apareció en ese momento y ambos se levantaron casi a la vez.

En el camino de regreso hablaron de cualquier otra cosa. Aun así, cuando entraron otra vez en el patio, Marta tenía la sensación de que algo había cambiado ligeramente. Ya no estaba interesada solo porque Álvaro fuera rubio, guapo y tuviera unos ojos espectaculares.

Se quedó un rato con el móvil en la mano, repasando la conversación sin necesidad de volver a abrirla. Cuando Hugo la llamó desde el baño porque no encontraba la toalla que tenía delante, tardó unos segundos en reaccionar.