CAPÍTULO 3AMA AL PRÓJIMO
AMA AL PRÓJIMO
Al día siguiente, Hugo aguantó siete minutos de clase antes de atacar.
Álvaro estaba explicando el concepto de prójimo con una paciencia que todavía no había sido puesta a prueba.
—Cuando hablamos de amar al prójimo no significa que tengáis que sentir cariño por todo el mundo —dijo—. Significa tratar a los demás con respeto, ayudar cuando podéis y entender que…
Hugo levantó la mano. Álvaro lo vio. Lo ignoró.
—…que las personas no siempre van a pensar como vosotros.
La mano siguió arriba.
—Hugo.
—¿Mi madre cuenta como prójimo?
Álvaro se quedó quieto.
—Sí.
—¿Aunque viva conmigo?
—Sí.
—Vale.
El niño bajó la mano. Álvaro esperó. Nada. Continuó.
—También implica…
Hugo volvió a levantarla.
—¿Y tú eres prójimo de mi madre?
El silencio fue completo.
Álvaro dejó el libro en la mesa.
—Todo el mundo es prójimo de todo el mundo, Hugo.
—Ah.
—¿Alguna otra duda teológica?
—No.
—Gracias.
—Era por saber.
Álvaro lo observó un segundo más.
El niño sonreía con demasiada satisfacción para haber preguntado por simple curiosidad. Marta había dicho algo, o Hugo había descubierto algo.
Decidió no pensar en ello.
Duró poco.
A la salida, mientras los alumnos recogían, Hugo se acercó a su mesa.
—Mi madre dice que eres muy simpático.
Álvaro guardó unos papeles.
—Me alegro.
—Y que tienes los ojos muy azules.
Álvaro levantó la vista.
Hugo parecía absolutamente feliz.
—Eso no creo que lo haya dicho tu madre.
—No con esas palabras.
—Hugo.
—Pero lo piensa.
—Vete a Matemáticas.
—Vale.
Llegó a la puerta.
—También miró tu Instagram.
Y salió corriendo. Álvaro se quedó solo en el aula. Miró la puerta. Después sonrió. No debería haber sonreído. Lo sabía. Pero sonrió.
Aquella tarde Marta recibió una circular del colegio sobre la jornada solidaria del sábado siguiente. Leyó «familias voluntarias» y estuvo a punto de borrar la notificación.
Después vio que entre los profesores coordinadores aparecía Álvaro Robles.
Nuria recibió una captura treinta segundos más tarde.
—No voy a ir —dijo Marta por teléfono.
—Perfecto.
—No puedo apuntarme a una jornada solidaria solo porque está él.
—Claro que no.
—Sería patético.
—Muchísimo.
—Además, Hugo odia levantarse temprano los sábados.
—Una tragedia.
—Voy a pasar.
—Muy bien.
Marta miró el formulario.
—¿Por qué me das la razón en todo?
—Porque ya has marcado la casilla de asistencia.
Marta bajó la vista.
La había marcado.
—Te odio.
—Lleva café.
El sábado a las nueve menos diez, Hugo caminaba hacia el colegio con la capucha puesta y una indignación legítima por existir antes de las diez.
—No entiendo por qué tenemos que ir.
—Porque es una jornada solidaria.
—No somos pobres.
—No funciona así.
—¿Qué hacemos?
—Recoger alimentos, preparar cajas y ayudar con material escolar.
—Eso se puede hacer el lunes.
—El lunes tienes clase.
—Pues perfecto.
—Se te va a pasar cuando desayunes.
—Ya he desayunado.
—Entonces eres así de natural.
Hugo arrastró los pies.
—Has venido por Álvaro.
—He venido porque me apunté.
—Por Álvaro.
—Como sigas, te pongo a cargar cajas todo el día.
—Eso es explotación infantil.
Marta sonrió sin mirarlo.
El gimnasio del colegio estaba lleno de mesas, cajas de cartón, familias y alumnos con chalecos de colores. Patricia repartía tareas cerca de la entrada.
—Marta. Perfecto. Tú y Hugo vais a material escolar.
—¿Quién está allí?
Patricia sonrió.
Marta cerró los ojos.
—No digas nada.
—Yo no he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Al fondo a la derecha.
Álvaro estaba colocando cajas de cuadernos cuando los vio acercarse.
Llevaba vaqueros, zapatillas y una sudadera gris. Marta tuvo un pensamiento perfectamente adulto sobre lo mucho que le favorecía no parecer profesor de nada.
Hugo la miró de lado.
—Ni se te ocurra —murmuró ella.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Álvaro se acercó.
—Buenos días.
—Buenos días —dijo Marta.
—Buenos días —dijo Hugo, y añadió—: mi madre ha venido voluntaria.
—Ya veo.
—Muy voluntaria.
Marta le puso una mano en la espalda y lo empujó hacia las cajas.
—A trabajar.
Hugo se rio.
Durante la primera hora apenas hablaron. Había demasiada gente, demasiadas tareas y demasiado poco margen para que Marta se dedicara a flirtear con un profesor delante de quince familias.
Lo cual no impidió que reparara en él cada vez que cruzaba el gimnasio.
Álvaro trataba igual a los niños y a los adultos: pedía ayuda sin dar órdenes, corregía sin hacer sentir idiota a nadie y encontraba alguna broma cuando el ambiente empezaba a cansarse.
A las diez y media, Hugo había dejado de protestar y estaba compitiendo con Samuel para ver quién cerraba más cajas con cinta adhesiva.
—Van a pegarlas al suelo —dijo Marta.
Álvaro miró a los dos niños desde la mesa de al lado.
—Mientras no se peguen entre ellos.
—Dales tiempo.
Él sonrió.
—¿Café?
Marta miró el vaso de cartón que le ofrecía.
—¿Has traído uno de sobra?
—He calculado que a media mañana habría adultos arrepentidos de haber venido.
—Eso sí es vocación.
Cogió el vaso.
—Gracias.
—De nada.
Hugo apareció entre los dos.
—¿También das café en clase?
—No.
—Pues deberías.
—A los diez años no necesitas café.
—Tú no sabes cómo son mis mañanas.
Marta casi se atragantó.
—Tus mañanas las hago yo.
—Por eso.
Álvaro se rio. Hugo volvió con Samuel. Marta tomó un sorbo.
—Perdón por lo del Instagram.
Álvaro levantó una ceja.
—¿Lo del Instagram?
—Hugo me ha contado que te lo dijo.
—Ah.
—No estaba investigándote.
—Claro.
—Nuria me obligó.
—¿Nuria?
—Mi amiga. Mala influencia.
—Entiendo.
—No entiendes nada.
—Estoy intentándolo.
Marta le dio un golpe suave con el vaso en el brazo.
—Y no pongas esa sonrisa.
—¿Cuál?
—Esa.
—Sigo sin saber cuál.
Patricia apareció con otra caja.
—Marta, cuando termines eso, ven conmigo a inventario.
Marta se alejó antes de hacer algo todavía más evidente.
A mediodía, los voluntarios comieron bocadillos en el patio. Hugo se sentó con Samuel y otros niños. Marta encontró una esquina de un banco y Álvaro apareció con dos botellas de agua.
—¿Aquí se puede sentar un vendido del Vaticano?
Marta se echó a reír.
—Depende. ¿Traes agua?
—Dos.
—Entonces sí.
Hablaron de cosas pequeñas. De cuánto odiaban ambos madrugar los sábados, de la cantidad de bolígrafos que desaparecían en un colegio, de un padre que llevaba veinte minutos intentando montar una estantería al revés.
Marta dejó de pensar en si estaba diciendo algo interesante.
Eso hizo la conversación mucho mejor.
—Hugo me ha contado que trabajas en comunicación —dijo Álvaro.
—¿Qué más te ha contado Hugo?
—Lo suficiente para poder escribir una biografía no autorizada.
—Me da miedo preguntar.
—Sé que odias el brócoli.
—Eso es cierto.
—Que tienes una cicatriz en la rodilla porque te caíste de una bici con doce años.
Marta abrió la boca.
—¿Cómo sabe él eso?
—No tengo ni idea.
—Yo tampoco recordaba habérselo contado.
—Y que dices tacos cuando montas muebles.
Marta se tapó la cara.
—Lo mato.
—Está trabajando bien. Espera al lunes.
Ella lo miró por encima de los dedos.
—¿Y tú qué le has contado de ti?
—Nada interesante.
—Eso no me sirve.
—Tengo una hermana en Valencia. Dos sobrinas. Vivo solo. Cocino regular. Corro cuando consigo convencerme.
—¿Novia?
La palabra salió antes de que pudiera frenarla.
Marta sintió que el calor le subía hasta las orejas.
Álvaro tardó apenas un segundo.
—No.
—Quiero decir, no te estaba haciendo un interrogatorio.
—Ya.
—Marta, tranquila.
—Estoy tranquila.
—Muchísimo.
Ella le dio un codazo.
—Eres bastante menos bueno de lo que pareces.
—Eso intento.
Hugo apareció con un bocadillo a medio comer.
—¿Qué hacéis?
—Hablar —dijo Marta.
—¿De qué?
—De adultos.
Hugo miró a Álvaro.
—¿De sexo?
Marta cerró los ojos.
Álvaro tosió para no reírse.
—De correr —dijo él.
Hugo hizo una mueca decepcionada.
—Peor.
Se fue.
Marta miró al cielo.
—Me voy a mudar de país.
—Podría encontrarte por Instagram.
Ella giró la cabeza.
—Eso ha sido bajo.
—Un poco.
Al terminar la jornada, Hugo se quedó dormido en el coche antes de llegar al segundo semáforo.
Marta lo miró por el retrovisor. Tenía la boca abierta y una mancha de rotulador verde en la mano.
Cuando llegaron a casa, lo despertó con cuidado.
—Vamos.
Hugo abrió un ojo.
—¿Te gusta más ahora?
—¿Quién?
—Álvaro.
—Duerme.
—No estoy dormido.
—Pues sube.
En el ascensor, Hugo apoyó la cabeza contra el espejo.
—A mí me cae bien.
—Ya.
—Más que las croquetas de la abuela.
Marta tuvo que reírse.
—Eso es la comparación más horrible que he oído en mi vida.
—Pero tengo razón.
En casa cenaron tortilla. Hugo parecía recuperado del madrugón y observaba a su madre con una atención sospechosa.
—¿Qué?
—Nada.
—Llevas cinco minutos mirándome.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa más.
Hugo pinchó un trozo de tortilla.
—Si sales con Álvaro, ¿me puede poner deberes en casa?
Marta dejó el tenedor.
—No voy a salir con Álvaro.
—Vale.
—Y aunque saliera, seguiría siendo tu profesor en el colegio.
—Entonces sí podría.
—No.
—¿Y castigarme?
—Yo ya hago ese trabajo perfectamente.
Hugo asintió, como si estuviera evaluando una cláusula contractual.
—¿Y venir a casa?
—Hugo.
—Solo pregunto.
—Pues deja de preguntar.
El niño se metió el trozo de tortilla en la boca y masticó.
—A mí me cae bien.
La frase salió tan natural que Marta tardó un momento en responder.
—Ya lo sé.
—Pero si os hacéis novios y luego cortáis, yo no pienso cambiarme de Religión.
Marta frunció el ceño.
—Eso ha sido una conversación muy larga para una cosa que no está pasando.
—Es por organizarme.
—Organízate la mochila de mañana.
—Eso es otra cosa.
—Exacto.
Hugo se levantó con el plato y lo llevó a la cocina. Marta lo siguió con la mirada. El comentario parecía una broma, aunque había un cálculo pequeño debajo, una pregunta sobre cuánto duran las cosas y qué pasa cuando terminan.
Decidió no empujar.
—Mamá —gritó Hugo desde la cocina.
—¿Qué?
—¿Puedo comer un yogur?
—Sí.
—Álvaro dice que compartir es importante.
—Coge uno y deja los demás en paz.
—Qué poco cristiana eres.
El domingo, Hugo volvió a sacar el tema durante el desayuno.
—A mí me cae bien —dijo, untando demasiada mantequilla en una tostada.
—Ya me lo has dicho.
—Por si se te olvida.
Marta bebió café.
—No se me ha olvidado.
—Bien.
Hugo mordió la tostada y encendió la televisión como si acabara de resolver un asunto importante. Marta lo observó un momento y decidió no preguntarle nada más. Bastante trabajo tenía ya con entender qué quería ella.