El profe de Hugo CAPÍTULO 2EL PROFESOR
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CAPÍTULO 2EL PROFESOR

EL PROFESOR

A las cinco y doce del día siguiente, Marta cruzó la puerta del colegio con el abrigo en un brazo, el bolso colgando del hombro y el convencimiento de que aquella sería una reunión corta.

Durante todo el día había construido mentalmente al profesor Álvaro Robles como un hombre de cincuenta y muchos, con gafas de montura fina, jersey marrón y quizá barba.

Un hombre paciente que llevaba demasiados años oyendo barbaridades de niños y que, por supuesto, pensaría que Hugo estaba siendo criado por una secta.

Preguntó en conserjería.

—Aula dos catorce —le indicaron—. Al fondo y a la derecha.

Subió las escaleras. Dos catorce. La puerta estaba entreabierta. Llamó con los nudillos.

—¿Se puede?

—Sí, adelante.

Entró.

Y se quedó inmóvil medio segundo.

El hombre que estaba junto a la ventana no tenía cincuenta y muchos.

Tendría su edad, quizá alguno más. Alto. Rubio. Camisa azul clara con las mangas dobladas hasta los antebrazos. Ojos que, cuando se volvió hacia ella, resultaron ser de un azul indecentemente limpio.

Marta consideró aquellos ojos una falta de respeto personal.

—¿Marta?

—Sí.

Estupendo. Conservaba el lenguaje.

—Álvaro.

Se acercó y le tendió la mano.

Marta la estrechó.

—Ya. O sea, sí. Álvaro. El profesor.

—Esa es la teoría.

Sonrió.

Marta comprendió que aquella reunión no iba a ser corta. Y aquello le pareció una información indebidamente agradable para una mujer que había entrado en el colegio dispuesta a pedir disculpas por haber criado a un pequeño hereje.

Álvaro señaló dos sillas junto a una mesa baja.

—Siéntate. Te prometo que no hay juicio.

—Eso dices porque todavía no conoces a mi madre.

—Hugo me ha dado una aproximación bastante completa.

Marta dejó el bolso en el suelo y se sentó. Había dibujos pegados en una pared, un mural con las bienaventuranzas escrito por alumnos y una caja de rotuladores sin tapa que parecía haber sobrevivido a una guerra.

—Quiero empezar diciendo que Hugo no tiene ningún problema serio —dijo Álvaro.

Marta llevaba menos de un minuto frente a él y ya había olvidado dos veces por qué estaba allí.

A sus treinta y ocho años dirigía presentaciones para clientes capaces de despedir a una agencia entera por una coma mal colocada.

Había negociado presupuestos con directivos que hablaban de sinergias sin saber qué significaban y había sobrevivido a un divorcio, una mudanza y seis meses en los que Hugo solo quería cenar alimentos de color naranja.

Podía mantener una conversación con un hombre atractivo.

En teoría.

—Eso es bueno —dijo.

—Lo es.

—Porque si tuviera un problema serio… sería peor.

Álvaro ladeó ligeramente la cabeza.

—Sí. Esa suele ser la diferencia entre los problemas serios y los que no lo son.

Marta quiso meterse debajo de la mesa. En vez de eso, cruzó una pierna sobre la otra con la solemnidad de una persona que todavía fingía tener dignidad.

—Antes de seguir —dijo—, quiero dejar constancia de que en mi casa no invocamos a Satán.

—Me tranquiliza.

—Los martes nunca.

Él tardó un segundo en reaccionar. Después se rió de verdad.

Aquello tampoco ayudaba.

Álvaro habló de Hugo sin dramatizar. Le contó que el niño llevaba semanas utilizando las clases como laboratorio de pruebas.

Un día había preguntado si mentir para organizar una fiesta sorpresa seguía siendo pecado.

Otro había planteado si robarle una patata frita a un amigo constituía hurto o simple confianza.

—La discusión de la patata duró doce minutos —dijo Álvaro.

—¿Y cuál fue el veredicto?

—Que depende de la salsa.

Marta soltó una risa.

—Eso es muy suyo.

—Lo sé.

La naturalidad con que lo dijo la sorprendió. Álvaro conocía a su hijo. Sabía cuándo provocaba, cuándo estaba aburrido y cuándo necesitaba un límite sin dejarlo en ridículo delante de la clase.

Ese detalle le gustó bastante más que los ojos azules.

Lo cual era preocupante, porque los ojos azules ya le habían gustado muchísimo.

—Hugo es listo —continuó Álvaro—. Aprende rápido, participa y tiene muy buen criterio cuando le interesa usarlo. También ha descubierto que hacer reír a veintisiete compañeros da una satisfacción inmediata.

—Ese descubrimiento nos arruinó la convivencia en segundo de Primaria.

—Se nota que practica.

—En casa tiene público cautivo.

Álvaro sonrió y miró un momento sus notas.

Marta aprovechó para observarlo con más descaro del que se habría permitido si él estuviera mirándola. Llevaba un reloj sencillo, nada de anillos y una mancha diminuta de rotulador azul en el lateral de la mano.

Él levantó la vista y la pilló.

Marta apartó los ojos hacia el mural con una rapidez sospechosa.

—Muy bonito —dijo.

—¿El mural?

—Sí.

—Lo hicieron los de sexto.

—Mucho talento.

—Marta.

—¿Qué?

—Nada.

La sonrisa que acompañó a ese nada le dijo que quizá el profesor de Religión no era tan inocente como su cargo sugería.

Mucho peor.

—Por cierto —dijo Marta—, lo de mi madre es culpa mía por dejarlo con ella los jueves.

—No me ha parecido peligrosa.

—No la conoces.

—Según Hugo, controla bastante el organigrama del infierno.

—Mi madre mezcla catequesis, supersticiones, vídeos de Facebook y cosas que le contaba su abuela. El resultado es flexible.

—Me encantaría escuchar su versión del Apocalipsis.

—No le des ideas.

Hubo una pausa cómoda.

Demasiado cómoda para una tutoría.

Marta miró la libreta para recordarse que estaba allí como madre responsable, no para comprobar si el profesor llevaba alianza. Comprobó de todos modos que no llevaba y se enfadó un poco consigo misma por alegrarse.

—¿Algo más? —preguntó.

Álvaro la miró directamente.

—Creo que con eso basta.

—Perfecto.

Marta no se levantó.

Él tampoco dijo nada.

—Entonces…

—Entonces nada.

—Claro.

Por fin se puso de pie.

Álvaro la acompañó hasta la puerta.

—Gracias por venir tan rápido.

—No hay problema. Si vuelve a poner a Jesucristo mirando a Cuenca, me llamas.

—Lo haré.

Marta dio dos pasos por el pasillo.

—Marta.

Se volvió demasiado deprisa.

—¿Sí?

—No te preocupes de verdad. Hugo me cae bien.

Aquello le gustó de una manera distinta.

—Gracias.

—Aunque mañana hablaremos de por qué ha escrito «propiedad del demonio» en la funda de la Biblia.

Marta cerró los ojos.

—Buenas tardes, Álvaro.

—Buenas tardes.

Bajó las escaleras intentando conservar cierta dignidad. No lo consiguió. En cuanto salió del colegio llamó a Nuria.

—Tengo un problema.

—¿Hugo?

—Peor.

—¿Tu madre?

—Mucho peor.

—¿Hacienda?

—El profesor de Religión está buenísimo.

Hubo tres segundos de silencio.

—Repítelo.

—El profesor de Religión de Hugo está buenísimo.

—Eso no es un problema. Eso es una oportunidad educativa.

—Nuria.

—¿Cuánto de buenísimo?

Marta cruzó el paso de peatones.

—Rubio.

—Bien.

—Ojos azules.

—Mejor.

—Casi cuarenta.

—Perfecto.

—Camisa remangada.

—Marta, necesito que me hables con números.

—Un nueve.

—¿Solo?

—Un nueve y medio porque se ha reído de mi madre.

—Eso es compatibilidad genética.

Marta llegó hasta su coche.

—No puedo ligarme al profesor de mi hijo.

—¿Por qué?

—Porque es el profesor de mi hijo.

—Eso ya estaba en el enunciado.

—Es raro.

—Raro sería otra cosa que no pienso decir porque me vas a colgar.

—Gracias.

—¿Está casado?

—No lo sé.

—¿Anillo?

Marta se quedó callada.

—Has mirado.

—Sin querer.

—Claro.

—No llevaba.

—Instagram.

—No.

—LinkedIn.

—Nuria.

—Facebook si quieres convertir esto en arqueología.

—No voy a investigar a un profesor del colegio.

—Claro que no.

—No.

—Te dejo cinco minutos.

Marta colgó y tardó apenas tres minutos en incumplir su propio propósito. El perfil era privado.

Álvaro Robles.

Foto pequeña. Él en una montaña. Gafas de sol. Sonrisa.

Marta amplió la imagen con dos dedos.

—¿Qué haces?

Casi lanzó el móvil contra el parabrisas.

Hugo estaba de pie junto a la puerta del coche.

—¿De dónde has salido?

—De extraescolares.

—¿Por qué no estabas esperando dentro?

—Porque te he visto.

Marta bloqueó el teléfono.

Demasiado tarde.

Hugo miró la pantalla negra. Después a su madre.

—Ese era Álvaro.

—No.

—Sí.

—Era otra persona.

—Se llama Álvaro Robles.

—Hay muchos.

—Ese era mi profesor.

Marta abrió la puerta trasera.

—Sube al coche.

Hugo no se movió.

—Te gusta.

—Sube al coche.

—Te gusta Álvaro.

—Hugo.

El niño sonrió despacio.

Era la misma sonrisa que ponía cuando encontraba una carta buena en el UNO.

—Te gusta muchísimo.

Marta supo que estaba perdida.

—Como se te ocurra decir una sola palabra en el colegio, te quedas sin consola hasta Navidad.

—Estamos en octubre.

—Puedo ampliarlo.

Hugo subió al coche. Se abrochó el cinturón. Esperó a que Marta arrancara.

—¿Quieres que le pregunte si tiene novia?

Marta frenó antes de salir del aparcamiento.

—Ni se te ocurra.

—Vale.

El tono fue demasiado obediente.

—Hugo.

—¿Qué?

—Mírame.

Él la miró por el retrovisor.

—No le preguntes nada.

—No voy a preguntarle nada.

—Te conozco.

—Pues para qué preguntas.

Marta arrancó.

A los treinta segundos, Hugo añadió:

—Tiene treinta y nueve.

—No quiero saberlo.

—Cumple cuarenta en marzo.

—Hugo.

—Solo informo.

—No necesito información.

—Y no está casado.

Marta apretó las manos sobre el volante.

—Te he dicho que no necesito información.

—No he dicho que tenga novia.

—Hugo.

—Eso todavía no lo sé.

Marta comprendió que la amenaza de Navidad había sido insuficiente.

Al llegar a casa, Hugo anunció a Lola desde el pasillo:

—A mamá le gusta Álvaro.

Marta dejó las llaves sobre el mueble con demasiada fuerza.

—Te quedas sin consola hasta Semana Santa.

Lola asomó desde la cocina.

—¿Quién es Álvaro?

—El profesor de Religión.

Lola miró a su hija.

—¿El de Satán?

—Mamá, por favor.

—¿Está soltero?

—¡No lo sé!

Hugo levantó un dedo.

—Yo casi.

Marta lo señaló.

—Ni una palabra más.

Lola se rio.

—A ver si al final todo esto de Satán va a servir para algo.

Marta se fue a su habitación mientras Hugo y su abuela se reían detrás.

Tenía treinta y ocho años, una carrera profesional, una hipoteca, un divorcio civilizado y la autoridad doméstica de una servilleta mojada.

Más tarde, cuando Hugo ya estaba acostado, llamó David.

—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó Marta nada más contestar.

—Qué poca fe tienes en nuestro hijo.

—Experiencia, David.

—Me ha mandado un audio diciendo que mañana vas a conocer oficialmente al profesor de Religión y que es importante.

Marta cerró los ojos.

—Es una tutoría, mamá. Tampoco conviertas esto en una cumbre internacional.

—Según Hugo, te has pintado las uñas.

Marta miró sus manos. Se las había pintado el domingo, antes de que el colegio llamara.

—Nuestro hijo necesita una afición.

—Tiene fútbol.

—Otra que le quite más tiempo.

David se rio.

—¿Te preocupa la reunión?

—Me preocupa que piense que estamos criando a un sociópata pequeño.

—No lo estamos.

—Ha girado un crucifijo para que Satán no lo vea.

—Eso demuestra pensamiento estratégico.

—Gracias por tu ayuda.

—De nada. Si el profesor pregunta, di que la parte satánica viene de tu familia.

Marta sonrió a pesar suyo.

—La parte de tocar los cojones es tuya.

—Genéticamente indemostrable.

La conversación duró cinco minutos más, casi todo sobre horarios del fin de semana.

Cuando colgó, Marta pensó que aquella facilidad con David era una conquista reciente.

Hubo un tiempo en que cada llamada terminaba con alguno contando hasta diez.

Ahora podían bromear, repartirse entrenamientos y comentar las ocurrencias de Hugo sin buscar culpables.

Le gustaba la vida que había reconstruido. Tal vez por eso la idea de que alguien nuevo entrara en ella daba un poco de vértigo incluso antes de conocerle la cara.

Y, para empeorar el diagnóstico, seguía pensando en los ojos del profesor.

Durante los días siguientes, Marta descubrió que un encuentro de cuarenta minutos podía ocupar una cantidad absurda de espacio mental.

El problema empezó el martes, cuando Nuria le preguntó en la oficina por qué llevaba cinco minutos mirando una hoja de cálculo sin tocar el teclado.

—Estoy pensando.

—En el profesor.

Marta levantó la cabeza.

—¿Cómo sabes que hay un profesor?

—Porque ayer me mandaste un audio de cuatro minutos que empezaba con «no te rías» y terminaba con «tiene unos ojos ridículos».

—No dije ridículos.

—Dijiste «absurdos». Es peor.

Marta volvió a la pantalla.

—Fue una tutoría.

—Claro.

—Sobre mi hijo.

—Por supuesto.

—Y se acabó.

Nuria se sentó en la esquina de su mesa.

—¿Está casado?

Marta tardó una fracción de segundo demasiado larga.

—No lo sé.

—Ya has mirado si lleva anillo.

—La gente mira las manos.

—No tanto.

Marta intentó echarla con una carpeta. Nuria se apartó riéndose.

—No voy a hacer nada —dijo Marta.

—Tampoco te he pedido que hagas nada.

—Es profesor de Hugo.

—También es un adulto.

—Y yo soy la madre de un alumno.

—También adulta, según tus documentos oficiales.

Marta suspiró.

—No necesito complicarme la vida.

Nuria la miró con una sonrisa más suave.

—Que te guste alguien no es todavía una complicación. De momento es una cara bonita que te ha mejorado el lunes.

Marta no respondió.

Aquella tarde, al recoger a Hugo, hizo un esfuerzo consciente por no buscar a Álvaro en la puerta del colegio. Lo consiguió durante unos ocho segundos.

Estaba al fondo del patio hablando con una profesora. Camisa azul, carpeta bajo el brazo, gafas de sol en la cabeza. Marta apartó la mirada antes de que pudiera verla.

—Está allí —dijo Hugo.

—¿Quién?

—Álvaro.

—Ya sé dónde trabaja.

—Has mirado.

—Miro muchas cosas.

—A él dos veces.

Marta se detuvo.

—¿Estás contando?

—Sí.

—Eso es inquietante.

—Te gusta.

—Cállate.

—Eso es que sí.

—Eso es que eres un pesado.

—También.

Caminaron hacia la salida. Álvaro levantó la vista justo cuando pasaban. Saludó a Hugo y luego a Marta.

—Hola.

—Hola.

Marta estuvo orgullosa de haber pronunciado una palabra completa sin cometer un delito lingüístico.

Hugo, naturalmente, decidió intervenir.

—Mi madre dice que la tutoría estuvo bien.

—Hugo.

—Me alegro.

—También dice que explicas bien las cosas.

—Hugo.

—¿Qué? Es verdad.

Marta le puso una mano en la espalda y lo empujó suavemente hacia la puerta.

—Nos vamos.

—Hasta mañana —dijo Álvaro.

—Hasta mañana —respondió Hugo.

Marta levantó una mano sin volverse.

En cuanto cruzaron la verja, el niño la miró.

—Te has puesto roja.

—Hace calor.

—Estamos en octubre.

—Camina.

Aquella noche, mientras Hugo hacía los deberes, Marta recibió una solicitud de seguimiento en Instagram.

**Álvaro Robles**.

Se quedó mirando la pantalla.

Hugo levantó la cabeza desde la mesa.

—¿Qué pasa?

Marta bloqueó el móvil.

—Nada.

—Has sonreído.

—Haz Matemáticas.

—Era él.

—No sabes quién era.

—Sí sé.

—¿Cómo?

Hugo señaló la pantalla apagada.

—Porque has puesto la misma cara que cuando lo ves.

Marta decidió que criar a un niño observador había sido un error estratégico.