El profe de Hugo CAPÍTULO 1SATÁN ME VE
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El profe de Hugo

El profe de Hugo

Por Julia Montal

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CAPÍTULO 1SATÁN ME VE

SATÁN ME VE

Álvaro Robles llevaba once años dando clase y sabía reconocer la expresión de un niño a punto de complicarle la mañana. Hugo Lozano la tenía puesta cuando levantó la mano.

—Hugo.

El niño mantuvo la mano en alto.

—¿Qué quieres preguntar?

—No es una pregunta.

Álvaro dejó el rotulador sobre la repisa de la pizarra. Habían empezado hablando de las parábolas y, por alguna razón que todavía no comprendía, llevaban diez minutos discutiendo si multiplicar panes y peces contaría hoy como competencia desleal para una panadería.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Algunos se rieron. Hugo no. Hugo miraba el pequeño crucifijo que había sobre la mesa del profesor con una concentración sospechosa.

—¿Puedo cogerlo?

—¿El crucifijo?

—Sí.

—¿Para qué?

Hugo ladeó la cabeza, como si la pregunta le pareciera una intromisión.

—Para una cosa.

Aquello, en boca de un niño de diez años, era una amenaza.

—Si me dices qué cosa, lo hablamos.

—Es que si te lo digo ya no tiene gracia.

—Por eso mismo.

Hugo bajó la mano. Álvaro creyó haber ganado aquella batalla mínima y se volvió hacia la pizarra.

—Como decía, una parábola es una narración sencilla que utiliza una situación cotidiana para…

Escuchó un murmullo a su espalda.

Cuando se giró, Hugo había abandonado su pupitre, había cruzado los tres metros hasta la mesa y sostenía el crucifijo con las dos manos.

—Hugo.

—Un segundo.

—No, un segundo no. Déjalo donde estaba.

El niño obedeció. Solo que lo colocó mirando hacia la pared. Álvaro lo contempló. La clase entera también.

—¿Puedo saber qué acabas de hacer?

—Sí.

—Estupendo. Adelante.

Hugo señaló el crucifijo.

—Ahora no me ve.

—¿Quién?

El niño respondió con la paciencia de quien explica algo evidente a un adulto especialmente torpe.

—Satán.

La carcajada fue inmediata.

Álvaro cerró los ojos un instante.

—Vale. Vamos a empezar otra vez. ¿Por qué iba a verte Satán a través de un crucifijo?

—Porque mira por detrás.

—Eso no funciona así.

—Mi abuela dice que Satán está pendiente de todo.

—Tu abuela y yo vamos a tener una conversación interesante.

—No creo.

—¿Por qué?

—Dice que los profesores de Religión sois unos vendidos del Vaticano.

Esta vez Álvaro también tuvo que bajar la cabeza para esconder una sonrisa.

—Hugo, vuelve a tu sitio.

—Pero déjalo así.

—No.

—Es por seguridad.

—Hugo.

El niño caminó hacia su pupitre con la dignidad ofendida de un hombre al que acababan de negar una medida básica de prevención laboral.

Álvaro recolocó el crucifijo.

—No va a pasar nada.

—Eso dices tú.

—Una palabra más y llamo a tu madre.

Hugo meditó la amenaza.

—Pues dile también lo de los calderos.

Álvaro apoyó ambas manos en la mesa.

—¿Qué calderos?

—Los de Satán.

—Claro.

—Mi abuela dice que si me porto mal me lleva allí.

—Tu abuela está ganando puntos para esa conversación.

—También dice que el infierno está lleno de políticos.

La niña de la primera fila empezó a llorar de risa.

Álvaro miró el reloj. Aún faltaban veintisiete minutos de clase, una cifra que de pronto le pareció desproporcionada.

Intentó continuar la clase. Duró seis minutos antes de que Hugo volviera a levantar la mano.

—¿Ahora qué?

—Si Satán no puede entrar en una iglesia, ¿por qué hay gente mala que sí entra?

Álvaro respiró despacio.

—Porque una iglesia no tiene detector de maldad en la puerta.

—Podría tenerlo.

—No existe.

—Los aeropuertos tienen máquinas.

—Para metales.

—Pues algo parecido.

—Hugo, estamos hablando de parábolas.

—Ya, pero esto es más importante.

Samuel, sentado detrás, levantó la mano.

—Mi tío dice que los curas tienen detector de pecados.

Álvaro se llevó dos dedos al puente de la nariz.

—Tu tío se equivoca.

Hugo giró la cabeza hacia Samuel.

—Pues tu tío miente.

—Y tú tienes a Satán detrás —replicó Samuel.

—No, porque he girado el crucifijo.

La clase volvió a estallar.

Álvaro escribió en la pizarra con letras grandes: PARÁBOLAS.

—Volvemos aquí. Todos. Ya.

Hugo se recostó en la silla.

—Vale.

La docilidad repentina era tan falsa que Álvaro supo que el asunto no había terminado.

A las doce y diez, cuando sonó el timbre, esperó a que los alumnos recogieran.

—Hugo, tú te quedas un momento.

El niño guardó el estuche despacio.

—¿Me vas a exorcizar?

—Voy a pedirte el teléfono de tu madre actualizado.

—Peor.

Cuando el aula quedó vacía, Álvaro se sentó en el borde de la mesa.

—Escúchame. Lo de hoy ha hecho gracia. A mí también, un poco. Pero llevas varias semanas intentando convertir cada clase en un espectáculo.

—No siempre.

—La semana pasada debatimos si robar una patata era pecado.

—Porque depende.

—Y el martes preguntaste si mentir sobre tu edad para entrar en un videojuego contaba como falso testimonio.

—Eso sí era importante.

Álvaro tuvo que contener la sonrisa.

—Puedes preguntar. Puedes hacer bromas. Lo que no puedes es interrumpir cada cinco minutos porque te gusta que los demás se rían.

Hugo bajó la mirada a la cremallera de la mochila.

—Vale.

—¿Vale de verdad?

—Intentaré hacerlo menos.

—Me sirve.

Hugo se colgó la mochila.

—Pero lo de Satán me lo dijo mi abuela.

—Eso también lo he entendido.

—No me lo inventé.

—No pensaba castigarte por tener una abuela creativa.

Hugo abrió la puerta.

—Se llama Lola.

—Me alegra saberlo.

—Te caería bien.

—Tengo mis dudas.

—A todo el mundo le cae bien.

—Entonces habrá esperanza.

Hugo salió satisfecho.

Álvaro miró el crucifijo, todavía en su sitio.

Lo giró apenas unos centímetros para comprobar que estaba estable y se rio solo.

A las doce y veinte buscó el contacto de Marta Cifuentes en la plataforma del colegio.

Marta recibió la llamada en mitad de una reunión de trabajo.

Vio el nombre del colegio y supo, con la precisión que da la maternidad, que aquello no podía ser bueno.

—Perdonadme un segundo.

Salió al pasillo con el móvil en la mano.

—¿Sí?

—¿Marta Cifuentes?

La voz masculina al otro lado era grave, tranquila y desconocida.

—Sí, soy yo.

—Hola. Soy Álvaro Robles, profesor de Religión de Hugo.

Marta miró al techo.

—¿Qué ha hecho?

Hubo una pausa breve.

—Me gusta que vayamos directos al asunto.

—Tengo once años de experiencia.

Él se rio.

Marta se sorprendió. No conocía al profesor de Religión. Hugo había empezado quinto en septiembre y, entre horarios, tutorías colectivas y una gastroenteritis que les había regalado una semana inolvidable, todavía no habían coincidido.

—No es nada grave —dijo él—. Pero me gustaría comentarte algunas cosas. Hoy ha decidido que Satán lo observa a través del crucifijo del aula.

Marta cerró los ojos.

—Mi madre.

—También la ha mencionado.

—¿Ha dicho lo del Vaticano?

Silencio.

—Lo siento muchísimo.

—No te preocupes. He oído cosas peores.

—¿Lo de los calderos también?

Esta vez la risa fue más clara.

—También.

Marta apoyó la frente contra la pared.

—Voy a matar a mi madre.

—Procura que Hugo no esté delante. Igual lo interpreta como una actividad extraescolar.

Marta soltó una carcajada antes de poder evitarlo.

—Perdona. No debería reírme.

—Yo llevo toda la mañana intentando lo mismo.

—¿Ha hecho algo más?

—Nada grave. Lleva una temporada buscando el aplauso de la clase. Quería hablarlo contigo sin montar un drama.

—Por supuesto. ¿Cuándo te viene bien?

Quedaron para la tarde siguiente a las cinco y cuarto.

Marta regresó a la reunión con la sensación de haber aceptado una tutoría y, por algún motivo absurdo, con la voz del profesor todavía en la cabeza.

Nuria, sentada a su izquierda, inclinó una libreta hacia ella.

Había escrito: ¿QUÉ HA HECHO EL DEMONIO?

Marta cogió el bolígrafo.

SATÁN. CRUCIFIJO. CALDEROS. MI MADRE.

Nuria leyó y se tapó la boca.

Marta añadió debajo:

NO TE RÍAS.

Nuria escribió:

IMPOSIBLE.

La reunión terminó cuarenta minutos después.

—Necesito contexto —dijo Nuria en cuanto salieron.

—No hay contexto. Mi hijo cree que Satán lo observa a través de un crucifijo porque mi madre le ha explicado el infierno como si fuera un parque temático.

—¿Y quién te ha llamado?

—El profesor de Religión.

—¿Viejo?

—No lo sé.

—¿Voz?

Marta la miró.

—¿Qué tiene que ver?

—Todo puede mejorar con una buena voz.

—Tiene una voz normal.

—Has tardado demasiado en contestar.

—Trabaja.

Nuria se rio y se fue hacia su mesa.

Marta regresó al despacho, abrió el ordenador y buscó la ficha del colegio que Hugo había llevado en septiembre. Profesorado de quinto. Había una fotografía pequeña, pero la web cargaba tan mal que el rostro era un cuadrado borroso.

Cerró la pestaña.

Aquello ya rozaba lo ridículo.

A las seis y media recogió a Hugo de fútbol.

El niño entró en el coche oliendo a césped húmedo y vestuario.

—Me ha llamado Álvaro.

Hugo se abrochó el cinturón.

—Ya.

—¿Ya qué?

—Me dijo que te iba a llamar.

—¿Y qué esperabas que pasara?

—Nada.

—Hugo.

—Que te enfadaras un poco.

—Estoy enfadada un poco.

—Bien.

Marta giró la cabeza.

—¿Bien?

—Si no te enfadas nada, luego te enfadas de golpe.

Aquella observación era irritantemente precisa.

—No vuelvas a tocar cosas del profesor sin permiso.

—Me dio permiso para cogerlo.

—¿Te dio permiso para girarlo hacia la pared?

—No con esas palabras.

—Entonces.

Hugo se quedó unos segundos callado.

—¿Vas a ir mañana?

—Sí.

—Vale.

—¿Por qué esa cara?

—Ninguna cara.

—Te conozco.

—A lo mejor te cae bien.

Marta arrancó.

—Es una tutoría, Hugo.

—Ya.

—Voy a hablar de ti.

—Eso es lo malo.

En casa, Lola estaba sentada en el sofá viendo un concurso con un bol de pipas sobre las rodillas.

Marta ni siquiera se quitó el abrigo.

—Mamá, ¿le has dicho a Hugo que Satán se lo va a llevar a unos calderos?

Lola apartó la vista de la televisión.

—Yo no he dicho eso.

Hugo dejó la mochila en el suelo.

—Sí lo dijiste.

—Dije que el infierno se representaba con fuego.

—Y calderos.

—Eso lo habrás añadido tú.

—Dijiste «como en los calderos de antes».

Lola lo pensó.

—Puede ser.

Marta se quitó el abrigo.

—Y lo de que Satán lo mira todo.

—Bueno, eso es una forma de hablar.

—Tiene diez años.

—Con diez años ya sabe distinguir.

Hugo intervino:

—Yo sabía que no era literal.

—Entonces ¿por qué has puesto un crucifijo mirando a la pared?

—Porque hacía gracia.

Hubo un silencio. Lola se echó a reír. Marta la señaló.

—Tú no ayudes.

—El niño tiene humor.

—El niño tiene un profesor que me ha llamado al trabajo.

—¿Qué tal es?

—¿Qué más da?

Lola se encogió de hombros.

—Por saber.

Marta detectó la alianza y decidió cortar por lo sano.

—Mañana hablaré con él y se acabó.

—Vale —dijo Hugo.

—Y tú vas a dejar de montar numeritos en clase.

—Vale.

—Y tú —miró a Lola— vas a dejar las descripciones del infierno para cuando sea mayor.

—A su edad yo ya sabía todo eso.

—Sí, y mira qué bien ha salido.

Lola le lanzó una pipa.

Marta se agachó riéndose.

Después de cenar, Hugo se instaló en el sofá con una manta y eligió una película que ya había visto tres veces. Marta se sentó a su lado con el portátil abierto, supuestamente para terminar un correo. A los diez minutos seguía en la misma frase.

—¿Vas a trabajar o vas a mirar la pantalla? —preguntó Hugo.

—Estoy trabajando.

—No has escrito nada.

Marta giró el ordenador un poco.

—¿Puedes ver una película sin auditarme?

—Sí.

Duró veinte segundos.

—¿Mañana vas a ir guapa?

Marta levantó la cabeza.

—Voy a ir normal.

—¿Qué es normal?

—Ropa. Pelo. Cara.

—Ya, pero ¿te vas a pintar?

—Hugo.

El niño sonrió sin apartar los ojos de la televisión.

—Solo pregunto.

Marta cerró el portátil.

—¿Por qué te hace tanta gracia todo esto?

Hugo dejó de mirar la televisión y la observó con una sencillez que la desarmó.

—Porque tú te ríes.

La respuesta le cambió un poco el gesto.

—¿Yo?

—Sí. Cuando te llamó Álvaro, te reíste. Y luego con la abuela también.

Marta miró la pantalla del televisor. Hasta ese momento había pensado que Hugo disfrutaba del asunto porque olía debilidad y cualquier debilidad materna era material de primera. Probablemente también. Pero el niño se había fijado en algo más sencillo.

—¿Te gusta que me ría?

Hugo puso cara de estar ante una pregunta bastante tonta.

—Mejor que cuando discutías con papá.

Marta no respondió enseguida. El divorcio llevaba dos años colocado en una zona relativamente tranquila, pero algunas frases de Hugo todavía abrían una puerta a los meses anteriores: voces bajas en la cocina, conversaciones pospuestas hasta que él se acostara, el esfuerzo torpe de fingir normalidad cuando ninguno de los dos sabía qué aspecto tenía ya lo normal.

—Con papá ya no discutimos casi —dijo.

—Ya.

—Y aunque algún día me guste alguien, eso no cambia nada con papá.

Hugo suspiró.

—Mamá, solo he preguntado si te vas a pintar.

A Marta se le escapó la risa.

—Eres insoportable.

—Eso lo dices mucho.

—Porque practicas.

Hugo subió el volumen.

—Yo creo que con rímel.

—Vete a la porra.

—Eso no es muy de madre.

—Mañana se lo cuentas al profesor.

—Vale.

Marta giró la cabeza de golpe.

—Era una amenaza.

—Pues dilo bien.

Aquella noche, antes de dormir, recordó la voz de Álvaro Robles una vez más.

Se dijo que era porque al día siguiente tenía que hablar con él.

La explicación le pareció suficientemente decente.

David llamó poco después de que Hugo se acostara.

—Me ha mandado un audio —dijo sin saludar—. Incluía efectos de sonido.

Marta cerró los ojos.

—Claro que te ha mandado un audio.

—¿Está preocupado de verdad o está haciendo el idiota?

—Lo segundo.

—Entonces le toca aprender que una broma también puede acabar en tutoría.

—Mañana voy a hablar con el profesor.

—Pide perdón por nuestra criatura y vuelve a casa.

—Ese era mi plan.

—Buen plan.

Marta apoyó la cadera en la encimera.

—Has sonado sorprendentemente sensato.

—Grábalo. No se repetirá.

La conversación duró poco más. David preguntó por el entrenamiento del viernes, Marta le recordó que el sábado le tocaba recoger a Hugo y terminaron discutiendo durante treinta segundos sobre quién conservaba todavía una sudadera azul que ninguno encontraba.

Era la clase de conversación que dos años atrás habría parecido imposible y que ahora apenas merecía atención.

Antes de acostarse, Marta pasó por la habitación de Hugo. Él seguía despierto.

—Mamá.

—¿Qué?

—Lo de Satán era una broma.

—Ya lo sé.

—Pero puedo preguntarle cosas a Álvaro, ¿no?

—Al profesor Álvaro. Y sí, puedes preguntar lo que quieras si dejas que también dé clase.

Hugo asintió.

—Vale.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Marta cerró la puerta casi del todo. Al día siguiente le tocaría pedir disculpas a un desconocido por un crucifijo vuelto contra la pared. Con Hugo, aquello entraba dentro de una semana bastante normal.