El profe de Hugo EPÍLOGOPOR SI ACASO
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EPÍLOGOPOR SI ACASO

EPÍLOGO

POR SI ACASO

En septiembre, Hugo volvió al colegio con una mochila nueva, dos cuadernos que perdería antes de octubre y la firme convicción de que ya era prácticamente adolescente.

—Tienes diez años —le recordó Marta.

—Casi once.

—Eso sigue siendo diez.

—Depende de cómo lo mires.

—No. Depende del calendario.

Hugo se puso la mochila.

Álvaro esperaba abajo para acompañarlos al colegio porque después entraba a primera hora.

Habían pasado el verano entre Madrid, una semana en la playa con Hugo y David alternándose la custodia, una escapada de dos días de Marta y Álvaro solos y bastantes tardes en las que el niño había descubierto que el verano era mucho más largo cuando los adultos trabajaban.

Álvaro seguía teniendo un cajón.

Ahora también tenía dos camisas, un neceser y unas zapatillas viejas debajo de la cama.

Marta había dejado de contabilizar objetos.

También había recuperado una costumbre que creía perdida.

Algunas noches abría la carpeta de aquella historia que llevaba meses aparcada y escribía media hora, a veces menos.

Álvaro nunca preguntaba cuánto llevaba ni si pensaba terminarla.

Si se acostaba antes, le dejaba una taza junto al portátil y la dejaba trabajar.

Hugo no.

—Tiene ocho cosas —anunció una mañana de agosto.

—¿Has contado sus pertenencias?

—Sí.

—¿Por qué?

—Para saber cuánto falta.

—¿Para qué?

Hugo se había encogido de hombros y se había ido, dejándola con la duda.

Aquel primer día de curso, bajaron los dos al portal.

Álvaro estaba apoyado junto a la puerta con dos cafés y una bolsa de papel.

—He traído desayuno de emergencia.

—Ya hemos desayunado —dijo Hugo.

—Entonces me quedo tu napolitana.

—No he dicho que no tenga hambre.

—Qué sorpresa.

Hugo cogió la bolsa.

—Gracias, profe.

—De nada.

Marta recibió el café.

—Te quiero.

—Eso es por la cafeína.

—En gran parte.

Hugo hizo una mueca.

—¿Podéis no empezar tan pronto?

—Son las ocho —dijo Marta.

—Por eso.

Caminaron hasta el colegio. A mitad de camino, Hugo sacó algo del bolsillo.

Era un crucifijo pequeño de madera.

Marta lo reconoció.

—¿De dónde has sacado eso?

—Me lo dio la abuela.

—¿Por qué?

—Dice que protege.

Álvaro miró el crucifijo.

—Tu abuela tiene una teología bastante creativa.

Hugo lo sostuvo delante de sí.

—Por si acaso.

—¿Por Satán? —preguntó Marta.

—No.

—¿Entonces?

Hugo giró el crucifijo hacia Álvaro.

—Por él.

Álvaro se quedó mirándolo.

Marta soltó una carcajada.

—Muy gracioso —dijo él.

—La abuela dice que nunca se sabe.

—Tu abuela también dice que dejar tijeras abiertas da mala suerte.

—Y luego tú dices que hay que respetar las creencias.

Álvaro abrió la boca.

Hugo sonrió, satisfecho de haberlo encerrado con sus propias palabras.

—Te he echado de menos este verano —dijo Álvaro.

—Me has visto casi todos los días.

—Por eso.

Hugo guardó el crucifijo.

Durante el trayecto, Hugo caminó entre los dos durante un rato y luego se adelantó para patear una piedra.

—Este año tengo profe nuevo de Matemáticas —anunció.

—¿Ya sabes quién? —preguntó Marta.

—Sí. Don Sergio.

—No le llames don si él no se presenta así.

—Es viejo.

Álvaro levantó una ceja.

—Cuarenta y cinco no es viejo.

Hugo lo miró.

—¿Cómo sabes cuántos tiene?

—Trabajo con él.

—Ah.

—Y ten cuidado con lo que consideras viejo. Yo estoy cerca.

Hugo estudió su cara.

—Tú tienes el pelo mejor.

Marta se echó a reír.

—Ese es tu criterio.

—Sí.

Álvaro se llevó una mano al pecho.

—Gracias, Hugo. Creo.

—De nada.

Marta los miró caminar. El verano había borrado parte de la novedad de la relación.

Ya no sentía que cada desayuno de los tres necesitara una fotografía mental ni que cada gesto de Hugo hacia Álvaro contuviera un significado enorme.

Habían entrado en una etapa mejor: algunas cosas empezaban a ser normales.

Dos noches antes, mientras preparaban mochilas, Hugo había preguntado si Álvaro estaría en casa para cenar el miércoles.

Lo había preguntado igual que preguntaba si había yogures o si David lo recogería el viernes.

Marta tardó unos segundos en darse cuenta de que llevaba meses esperando justamente aquello: una costumbre tranquila, sin ceremonia ni declaraciones solemnes.

Hugo se volvió.

—¿Venís o qué?

—Ya vamos —dijo Marta.

Álvaro se inclinó hacia ella.

—Está mandón.

—Eso no es nuevo.

—Buen punto.

Al llegar a la puerta, David esperaba para darle a Hugo una carpeta que había olvidado en su casa.

—Buen comienzo —dijo Marta.

—Es el primer día —respondió David.

—Precisamente.

Hugo cogió la carpeta.

—Gracias.

David le dio un beso en la cabeza.

—Pórtate bien.

—Eso es muy general.

—No vuelques crucifijos.

—Fue una vez.

Álvaro levantó una ceja.

—Marcó bastante el curso.

Hugo miró a los tres adultos.

—Si no lo hubiera hecho, vosotros no estaríais juntos.

Marta se quedó callada. David sonrió. Álvaro miró al niño.

—Eso es discutible.

—Pero puede ser verdad.

—Puede.

Hugo levantó la barbilla, orgulloso.

—Entonces me debéis una.

—Ni lo sueñes —dijo Marta.

—Una consola nueva estaría bien.

—Entra al colegio.

—Solo propongo.

—Dentro.

Hugo cruzó la puerta riéndose.

Álvaro esperó a que se alejara.

—Ha tardado treinta segundos en intentar cobrar comisión.

—Te dije que era peligroso.

David guardó las manos en los bolsillos.

—Yo me voy antes de que me incluya en el pago.

—Nos vemos —dijo Marta.

—Esta tarde.

David hizo ademán de marcharse, pero Hugo recordó algo y volvió corriendo hacia él.

—Papá, el viernes me recoges tú.

—Sí.

—Y el sábado estoy con mamá.

—Sí.

—¿Álvaro viene al partido?

David miró a Marta y luego a Álvaro.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Hugo se giró.

—¿Vienes?

—Si quieres.

—Ya sabes que sí.

Hubo un segundo de silencio.

Hugo pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir.

—O sea, me da igual. Pero puedes.

David soltó una carcajada.

—Buen intento.

—Vete, papá.

—Me voy.

Le revolvió el pelo y salió hacia su coche.

Hugo volvió a colocar la mochila sobre los hombros. Miró a Marta.

—¿Hoy cena Álvaro?

—No lo sé. ¿Por qué?

—Quería acabar la partida.

Álvaro señaló al niño.

—Eso sí ha sonado a invitación.

—No te emociones.

—Jamás.

Marta los miró y sonrió. Durante el verano había aprendido que las grandes palabras llegaban mucho menos a menudo que aquellas preguntas pequeñas.

¿Vienes al partido? ¿Cenas aquí? ¿Traes el mando?

¿Me recoges? Con ellas Hugo había ido incorporando a Álvaro a su vida sin ceremonia y sin concederle un título distinto.

Seguía siendo el profe. Y estaba bien así. Álvaro miró a Marta.

—¿Café después de clase?

—Trabajo.

—Esta tarde.

—Hugo tiene entrenamiento.

—Voy.

Marta sonrió.

—Lo sé.

Él se inclinó para besarla.

Desde dentro del colegio apareció la cabeza de Hugo entre las rejas de la puerta.

—¡Os estoy viendo!

Marta se separó riéndose.

—¡Vete a clase!

—¡Eso también es pecado!

—¡No sabes lo que es pecado!

—¡Pregúntale al profe!

Álvaro se tapó la cara con una mano.

—Voy a tener un curso larguísimo.

Marta le dio otro beso, esta vez rápido.

—Tú te lo buscaste.

—¿Yo?

—Te enamoraste de la madre de Hugo.

Álvaro la miró con aquellos ojos azules que meses atrás le habían borrado media capacidad de hablar.

—Buena decisión.

Marta sonrió.

El sábado llegó el partido.

Hugo había insistido durante toda la semana en que le daba igual quién fuera.

Marta dejó de creerlo el jueves, cuando lo encontró comprobando el grupo familiar para ver si Álvaro había respondido.

—¿Qué miras?

—Nada.

—Eso suele significar algo.

—Si viene o no.

—¿Quién?

Hugo levantó la vista con expresión cansada.

—Sabes quién.

—Quiero oírlo.

—No.

—Entonces seguiré preguntando.

—Qué pesada.

El sábado, Álvaro apareció cinco minutos antes de empezar con una bolsa de pipas.

Hugo lo vio desde el campo. Esta vez sí levantó una mano. Álvaro respondió. Marta se sentó entre David y Lola.

—Esto se está convirtiendo en una grada organizada —dijo.

Lola sacó un bocadillo del bolso.

—He traído tortilla.

David la miró.

—¿Para todos?

—Para quien se porte bien.

—Entonces Hugo se queda sin.

—Te he oído —gritó el niño desde el campo.

Lola sonrió.

—Tiene oído de murciélago.

El partido terminó en empate. Hugo salió contento. Se acercó a Álvaro.

—¿Has visto el pase?

—Sí.

—El del segundo tiempo.

—Sí.

—¿Y?

—Bueno.

Hugo frunció el ceño.

—¿Bueno?

—Muy bueno.

—Ah.

—¿Querías un informe?

—No.

—Parecía.

Hugo le dio un golpe suave con el hombro.

—Calla.

Después se volvió hacia David.

—Papá, el viernes que viene es fuera.

—Lo sé.

Miró a Álvaro.

—¿Vienes?

Álvaro tardó apenas un segundo.

—Si puedo, sí.

—Vale.

Marta observó la escena y no buscó significado oculto. Hugo quería que fuera. Álvaro quería estar. David seguía siendo su padre. Ella era su madre. La suma funcionaba sin necesidad de rebautizarla.

Lola repartió tortilla.

—Álvaro —dijo—, te he traído una cosa.

Marta cerró los ojos.

—Mamá.

—¿Qué?

Sacó del bolso un pequeño escapulario. Álvaro lo miró. Hugo empezó a reírse.

—Te dije que regala cosas cuando quiere a alguien.

—Lola, de verdad no hacía falta.

—Para el coche.

—¿Para el coche?

—Protege.

Hugo levantó el crucifijo de madera que aún llevaba en la mochila.

—Ahora tienes equipamiento completo.

Álvaro tomó el escapulario con seriedad.

—Gracias.

—Ponlo donde quieras.

—Lo pondré.

Lola sonrió satisfecha.

Marta se inclinó hacia él.

—No tienes obligación.

—Ya lo sé.

—Mi madre se emocionará si lo ve.

—Por eso lo pondré.

Marta le dio un beso rápido en la mejilla.

Hugo protestó.

—Otra vez.

—Tú sigue comiendo.

—Estoy intentando.

Álvaro guardó el escapulario en el bolsillo.

—Por cierto, Hugo.

—¿Qué?

—El crucifijo se lleva derecho.

El niño lo miró.

—Depende.

—No depende.

—La abuela dice que si sospechas de alguien hay que comprobar.

—¿Sospechas de mí?

Hugo sonrió.

—Siempre.

Álvaro negó con la cabeza.

—Curso largo.

—Te queda mucho.

Marta los escuchó discutir mientras David pedía otro trozo de tortilla y Lola defendía que había llevado suficiente para un equipo entero.

Aquello sí se parecía a una familia, aunque fuera una familia rara, repartida entre dos casas y varios horarios, con un profesor de Religión que aún respondía a «profe» fuera del colegio y un niño capaz de utilizar a Satán como argumento jurídico.

Lo importante era que seguía habiendo espacio suficiente para que cada uno fuera quien era.

Marta mordió el bocadillo.

—Está buena.

Lola levantó la barbilla.

—Claro.

Hugo señaló a Álvaro.

—Si algún día vivís juntos, ¿él también va a venir a todos los partidos?

Marta casi se atragantó. David se tapó la boca. Álvaro miró al niño.

—Hugo.

—Pregunto.

—No estamos hablando de eso ahora.

—Pues cuando habléis me avisáis.

—¿Para qué?

—Para saber cuánto espacio tengo que dejarle en el armario del pasillo.

Marta lo miró.

—¿Tú qué sabes de armarios?

—Tiene zapatillas allí.

Todos se quedaron callados.

Hugo sonrió.

—Os dije que llevo la cuenta.

David empezó a reírse.

Marta apoyó una mano en la frente.

Álvaro sacó el escapulario del bolsillo y lo miró.

—Lola, ¿esto protege también de niños cotillas?

—No hay santo para tanto.

Hugo protestó.

Y Marta, riéndose con los cuatro, decidió que aquel comentario de su madre probablemente era la frase religiosa más exacta que había escuchado en todo el año.

Hugo levantó otra vez el crucifijo de madera y lo orientó hacia Álvaro.

—Por si acaso.

Álvaro señaló la cruz.

—Derecho.

—Depende.

—Hugo.

Marta terminó el último bocado de tortilla y negó con la cabeza.

—Como vuelva Satán, que se apañe con vosotros dos.

—¿Por qué conmigo? —preguntó Álvaro.

Hugo sonrió.

—Porque eres el profe.

Y, para él, aquello explicaba absolutamente todo.