CAPÍTULO 47 #3
Después subo la palma al lado de la cara — al lado izquierdo, no al derecho, no al de la franqueza del condado del norte de los hombres de mil ochocientos dieciocho. La sostengo durante el segundo segundo.
Cael no se mueve.
Y, al cabo del tercer segundo, sin obligación del señor de la casa, beso a Cael Wyndham.
Sostengo el beso durante el instante siguiente.
Cael me devuelve el beso al cabo del segundo.
La cabeza, durante un momento, no me pide permiso para sostener nada.
Después suelto.
Cael baja la cabeza un grado entero. Yo, sin permitirle a la cabeza la corrección, bajo la mano izquierda del lado de la cara al lado del cuello del sobretodo. Después al lado del costado izquierdo de la capa. Después al lado de la falda azul oscuro del viaje al lado del oeste.
Cael, después, sostiene una cosa pequeña.
—Bryn.
—Cael, ya no queda nada a lo que regresar.
Cael baja la cabeza un grado entero.
—Bryn, eso ya no se me va entero.
—¿Ahora me pregunta lord Ashvere la cuestión pequeña que no me hizo al invernadero del lado oeste del lunes ocho?
Cael levanta la vista a la mía. La cara, durante el cuarto de segundo siguiente, sostiene la franqueza pequeña que no le había visto entera.
—No, Bryn. Todavía no. La cuestión pequeña, del lado del coche pequeño al lado del sendero del cottage de Furness del viernes doce a las doce y veintisiete minutos del mediodía, no es del cierre de las cenizas enteras del cottage del baronet difunto.
Es del cierre del primer cuarto del cierre del primer trimestre del lado del jardín del sur de Ravenfell, al cabo del cuarto en que la propietaria por viudez del terreno entero del lado sur del valle de Furness haya decidido por su cuenta la firma de la propiedad — vender, no vender, reconstruir, no reconstruir.
Esa decisión, Bryn, según veo, es de la propietaria.
No del señor de la casa vecina del lado norte.
—La cuestión pequeña, Bryn, te la hago al cabo del cierre de la decisión. No antes. Sin obligación de la propietaria por viudez. Sin firma de aceptación.
Bajo la cabeza.
—Comprendido, Cael.
—Cael, una cosa pequeña, sin contestación.
—Adelante, Bryn.
—El beso, Cael, no se firma esta noche. No al cabo del té con la duquesa del miércoles próximo. No al cuarto pequeño del lado este del jueves siguiente.
—El beso se firma al cabo de la firma de la propiedad por viudez del terreno del lado sur del valle de Furness. No antes.
—Comprendido, Cael.
Cael asiente medio grado.
—Comprendido, Bryn.
Subimos al coche pequeño del segundo café. Cobham al pescante. Tobías. Cruzamos al sendero del lado del este del lado del valle de Furness del primer cuarto del segundo café del mediodía. Volvemos al paso firme del segundo cuarto del segundo trimestre.
Llegamos al patio principal de Ashvere al cabo del primer café del cierre del viernes doce a las nueve y cuarenta y siete minutos de la noche.
Cael me ofrece la mano izquierda al cabo del descenso del primer escalón. La cojo. La suelto al patio. Cruzo al portillo del muro del jardín del sur a las nueve y cincuenta y dos minutos. Cael me acompaña al portillo, sin permitirse el detalle.
Al cruzar el portillo del muro de piedra, me detengo al cabo del primer cuarto.
Sin volverme.
—Cael, buenas noches.
—Buenas noches, Bryn.
Cruzo al sendero del jardín del sur de Ravenfell. Cael, al lado del muro de piedra del lado del condado vecino del lado norte, espera al cabo del cruce del portillo del primer cuarto del primer trimestre.
Llego al zaguán principal de Ravenfell House a las diez en punto.
Pennywick me recibe sin la inclinación de los viernes habituales. La cocinera Beulah, al lado de la puerta del lado del semisótano, ya me ha preparado el primer café del cierre del viernes con el queso fuerte del valle de los Bell y una rebanada del pan negro.
Subo al cuarto del primer piso del lado sur a las diez y catorce minutos.
Cierro la puerta con llave.
Me apoyo en ella un instante.
La cabeza, durante los seis minutos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.
Cruzo al escritorio bajo la ventana del lado sur.
Abro el cajón del doble fondo. Saco la libreta pequeña del balance.
La abro por la última página. Las seis anotaciones al margen — «O quizá ya no», «Ya no», «Otra cosa», «Mañana a las once», «Hoy a las once y dos», «Mañana a las cinco menos cuarto» — siguen donde estaban.
Cojo el lápiz fino.
Y, debajo de la sexta anotación, hago la séptima. En el lápiz un grado menos firme que el de la sexta. Más pequeña que las anteriores. Sin la firmeza del cierre.
«Hoy a las doce y veintidós, al sendero del lado del cottage del baronet difunto del lado sur del valle de Furness, al cabo del segundo café del mediodía, al lado del coche pequeño del condado vecino del lado norte, besé a Cael Wyndham de Ashvere Hall».
Bajo el lápiz.
Cierro la libreta. La devuelvo al cajón del doble fondo. Cierro el cajón.
La cinta del verde claro, al puño derecho de la manga del vestido azul oscuro del viaje al lado del oeste, sigue donde estaba desde la madrugada del viernes doce.
En la cara externa de la muñeca.
Apoyo la palma izquierda encima de la madera del cajón cerrado durante los segundos siguientes.
Después suelto la palma.
Y, sin obligación, descoso la cinta del verde claro del puño derecho de la manga del vestido azul oscuro del viaje.
La sostengo en la mano izquierda.
Después la guardo en el cajón del doble fondo.
Al lado de la cinta de lino crudo del cierre de los acuerdos.
Al lado de la cinta amarilla del primer sombrero del verano de Pippa.
Al lado de la cinta blanca de algodón del jueves once al cuarto pequeño del lado este.
Al lado de la flor pequeña amarilla del primer fresno del bosquecillo del norte de Ashvere.
Las cinco cosas, juntas, en el cajón.
La cabeza me deja sostener una cosa pequeña.
La cinta del verde claro, esta noche del viernes doce, ya no es ni de Bryn Rowan de mil ochocientos doce, ni de la prometida del baronet de mil ochocientos catorce, ni de la viuda del invierno de mil ochocientos quince, ni de la administradora doméstica de septiembre de mil ochocientos dieciséis, ni de la propietaria por viudez del lunes ocho de junio.
La cinta es de otra cosa.
Cierro el cajón.
La cabeza no me deja sostenerlo más entero.
Pero el cajón, con la cinta del verde claro descosida adentro al lado de las otras cuatro, sí.