EPÍLOGO
El cuarto está oscuro cuando me incorporo, y por un momento — el cuarto de segundo en que la cabeza tarda en ponerle nombre a la madera del baúl bajo de los pies de la cama, a la cortina pesada de la ventana del sur, al ruido pequeño del fresno del patio que el viento del oeste roza contra el cristal — no sé en qué casa estoy.
Después sí lo sé. Estoy en Ashvere Hall, en el cuarto del lado sur del primer piso — el que fue del huésped principal la primera noche y que ahora es nuestro cuarto desde la boda.
Llevamos un año y siete meses casados. Mi marido duerme a mi izquierda.
La pared del fondo es de piedra blanca encalada.
El fresno del jardín del sur, el que mi marido contó a Hawthorn que se mantuviera intacto cuando empezamos a corregir el jardín, tiene una rama que llega exactamente hasta el cristal de nuestra ventana.
Son las tres y veintinueve.
La cabeza ha sostenido el primer sueño entero.
Era el sueño largo de las noches del segundo trimestre — el del cordero de Eudora al comedor pequeño con Hawthorn al lado de la chimenea, el del segundo té con Cora al saloncito amarillo de Ravenfell, el del bastidor de las campanillas blancas que ya están cerradas porque la duquesa no me lo permitía dejar a medias.
El segundo sueño, no. El segundo sueño se me ha cortado por la cosa de siempre.
La cosa de siempre tiene fecha. Es del veintidós de noviembre de mil ochocientos catorce, en el cuarto del semisótano del cottage del baronet de Furness, a las tres y media de la madrugada, al cabo del primer cuarto del primer invierno.
La cosa de siempre se sostiene en el cuerpo.
No en la cabeza. Si pudiera sostenerla solo en la cabeza, en mil ochocientos veinte podría desmontarla con un razonamiento.
Pero la cosa se sostiene en el costado izquierdo, debajo de las costillas, donde el bebé pequeño de cuatro meses pesaba al cabo del cuarto del rezo del veintidós de noviembre.
«No pasa nada», me digo en silencio. «La cosa de siempre. Cinco años y medio. Catorce o quince veces ya. Vuelve a dormir».
La cabeza no me obedece.
Cael se mueve a mi izquierda.
No del modo en que se mueve un hombre al que su mujer ha sobresaltado al sentarse en la cama.
Del modo en que se mueve un hombre que llevaba sosteniendo el primer sueño con un ojo abierto sin permitírmelo del todo desde que el reloj del corredor dio las tres.
Mi marido conoce el horario de la cosa de siempre.
La cosa de siempre, en el cálculo de Cael Wyndham al cabo de los catorce o quince veces de los últimos diecinueve meses, llega a la cama del lado del oeste a las tres y veintiocho minutos y se cierra al cabo de los cuarenta minutos siguientes.
Abre el ojo izquierdo y me mira.
No me dice nada todavía. No me toca la cara, no me peina con la mano el pelo del lado de la sien, no me ofrece la palma abierta.
Cael, hace ya un año y siete meses, descubrió que el consuelo, en una mujer del condado del norte que tiene la cosa de siempre alojada en el costado izquierdo, no se entrega con la palma abierta.
La palma abierta hace que la cosa se apriete más.
La palma abierta es lo que hacía la tía Hester en el invierno de mil ochocientos quince y lo que hizo Cora al cabo del primer trimestre cuando me descubrió temblando en el corredor a las tres y media de un jueves de marzo del año de la boda.
Cael, en cambio, busca mi mano izquierda debajo de la sábana y la sostiene con la suya.
Sostiene, no aprieta. Hay una distancia menor entre las dos cosas que sólo la mano de él, en mi cálculo, sabe medir.
Cierra la mano alrededor de la mía y no me la suelta.
Y empieza a hablarme — al lado de la oreja izquierda, en una voz pequeña que no es la del despacho, ni la del invernadero, ni la del sendero de Furness.
Es una voz baja, calmada, sin urgencia, sin franqueza.
La voz de un hombre del condado del norte que tiene cosas que decirle a su mujer sobre la administración del condado y que considera oportuno decírselas a las tres y media de la madrugada del lunes diecisiete de mayo de mil ochocientos veinte porque a las tres y media de la madrugada del lunes diecisiete de mayo de mil ochocientos veinte su mujer del condado del norte necesita oír cosas pequeñas y aburridas en una voz que conoce.
—Bryn, Walter Ashen me mandó por la cesta del lunes la cuenta del trimestre del prado del este de los Bell. La pared provisional del cimiento del segundo cuadrante, esa que cerró el cantero al cierre del trimestre del año pasado, tiene movimiento del lado del oeste.
La cabeza me da un brinco — la cosa de siempre suelta medio grado al oír «pared provisional» y «segundo cuadrante», porque ésa fue la pared del lunes ocho de junio de mil ochocientos dieciocho que me hizo perder los cuarenta y dos minutos al invernadero del lado oeste.
Cael sabe que sabe. Cael no se lo dice. Sigue.
—No es la grieta nueva del año de la boda.
Es una corrección menor. Cobham baja al patio del muro el miércoles y la cierra.
Le dije a Walter que no se preocupara. Walter, sin permitírselo del todo, me trajo además al patio el sábado pasado una hogaza pequeña del pan negro de Anne para que la cocinera Eudora me la subiera al comedor del jueves, lo cual la cocinera, en su cálculo, no le dio importancia.
Le aprieto la mano, no mucho. La cosa de siempre suelta otro medio grado.
—La cuenta del lúpulo de los Whitcombe del condado vecino del sur llegó con dos chelines y catorce peniques de descuento al cabo del miércoles.
Eso, Bryn, no llega del barril del segundo trimestre del año pasado, como creía Hawthorn.
Llega del barril del cuarto del trimestre de mil ochocientos diecisiete que la cocinera Eudora, sin decírselo a nadie, ha tenido todo este tiempo en el semisótano desde el invierno del año del jerez de la duquesa.
—El jerez de Cora — digo, en voz baja, sin pensarlo del todo.
—El jerez de Cora — me confirma.
Hay una sonrisa pequeña en la voz de Cael cuando me confirma el jerez de Cora. No la veo, porque el cuarto sigue oscuro y porque he cerrado los ojos al cabo del primer chelín, pero la oigo. La cosa de siempre, al cabo del jerez de Cora, suelta un grado entero.
—Eudora ha decidido por su cuenta — continúa Cael, al mismo paso bajo — que el cabrito pequeño del trimestre no lo sube al comedor pequeño este miércoles.
Lo sube aquí, al cuarto del primer piso del lado sur, en bandeja, sin Hawthorn al lado.
Hawthorn, ayer al cuarto del cierre del segundo café, me llamó para protestar.
Me dijo, sin alzar la voz, que el cabrito pequeño en bandeja al cuarto del primer piso del lado sur de Ashvere Hall, en mil ochocientos veinte, no es del lado del cuarto.
Es del comedor pequeño. Le contesté que la cocinera, en mi cálculo, sabía mejor que el mayordomo viejo dónde corresponde el cabrito del trimestre.
Hawthorn bajó la cabeza un grado entero y se retiró.
Mañana, cuando se entere de que la cocinera, sin permitírselo del todo, ha subido además dos huevos del corral grande, va a volver a protestar.
Sonrío sin abrir los ojos.
Cael lo nota. La mano del lado del este me la afloja un grado, no la suelta. La voz baja medio tono más.
—Y el cantero baja el viernes por una cuestión menor del techo del ala oeste que la lluvia fina del lunes pasado nos dejó al cuarto del primer cuarto con una gotera pequeña en el segundo cuadrante del lado norte.
Le pedí, sin permitírmelo del todo, que de paso revisara el alféizar de la ventana del cuarto de costura del lado oeste. Si me lo permites, Bryn.
—Te lo permito — digo.
La voz me sale más despierta de lo que esperaba.
La cosa de siempre, al cabo del alféizar, ya está casi del todo en el costado donde corresponde — en el sitio del cuerpo donde la cosa de siempre, cinco años y medio después del veintidós de noviembre, ha aprendido a quedarse sin apretar. Allí donde no estorba al segundo sueño.
Cael se queda en silencio entonces.
No del silencio incómodo del condado del norte. Del silencio de un hombre que ha terminado de contarle a su mujer las cosas que tenía que contarle, y que sabe que el silencio, ahora, es el medio grado que le falta a la cosa de siempre para soltarse del todo.
Le aprieto la mano una vez más. Él me la devuelve.
Pienso, sin que la cabeza me pida permiso, en una cosa pequeña que nunca le he dicho a Cael en voz alta.
La cosa es que el día que descubrí, sin permitírmelo del todo, que la cosa de siempre, en su cuerpo, había aprendido a soltarse al oír cosas aburridas del condado en su voz, fue el primer día de mil ochocientos diecinueve, al cabo del cuarto sorbo del primer café del primer enero al comedor pequeño de Ashvere Hall, cuando Cael me leyó en alto la cuenta del trimestre de los Bell del cierre de diciembre porque yo no había podido dormir y le había pedido, que me leyera algo cualquiera.
La cuenta de los Bell, esa primera vez, en lugar de aburrirme, me soltó.
Cael, en el cálculo de Cael, no lo entendió hasta el cuarto siguiente, cuando lo volví a pedir un jueves de febrero. Y entonces lo entendió del todo.
Cinco años y medio. Catorce o quince veces ya. Y cada una, la cuenta del trimestre.
«No me mires como si fuera de cristal», pienso, sin abrir los ojos, casi durmiéndome ya. «Mírame bien».
Cael, al lado izquierdo, me sostiene la mano sin apretar.
Sé, sin verlo, que tiene los ojos abiertos. Que va a seguir teniendo los ojos abiertos hasta que mi respiración baje al ritmo del segundo sueño. Que solo entonces va a cerrar el suyo, en el lado del oeste de la cama, sin permitírselo del todo, sin contármelo mañana al primer café.
Son las tres y cuarenta y un minutos cuando la cabeza me deja pasar al segundo sueño.
La última cosa que sostengo, antes del cierre, es la mano de Cael en la mía.
No la presión — la presión sería curarme, y nadie del condado del norte va a curarme del veintidós de noviembre de mil ochocientos catorce.
La temperatura. La temperatura de la palma de un hombre que ha aprendido a sostener la mano de su mujer sin pedirle que se cure.
Y, antes del cierre, una última cosa pequeña — no en la cabeza, en el cuerpo. La cosa pequeña es que el costado izquierdo, debajo de las costillas, donde el bebé pequeño pesaba al cabo del cuarto del rezo del veintidós de noviembre, esta madrugada del lunes diecisiete, no me duele.
Afuera, en algún sitio detrás del muro de piedra del jardín del sur, sigue oscura la fachada lateral de Ravenfell House.
Hace dos años que no miro esa ventana al apagar la mía.
Aquí, en Ashvere Hall, ya no hace falta.