El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Me despierto a las dos y catorce minutos de la madrugada del viernes doce de junio sin haber dormido del todo durante el cuarto del segundo sueño.

La cabeza no me ha dejado pasar al segundo sueño entero.

He sostenido el primero, sí — el del cierre del cabo del segundo té con Cora al saloncito amarillo de las cuatro, el del cuarto del bastidor de la lección de Pippa de las cinco, el del cierre del cordero pequeño del jueves de Beulah al comedor pequeño con Brennan y la duquesa de Wyndham y la duquesa del segundo plato. El segundo, no.

El segundo sueño se me ha quedado a medias.

Salgo de la cama a las dos y dieciocho.

Cruzo a la silla baja del escritorio. La cinta del puño derecho de la manga del viernes doce, del jueves once a las diez y dos minutos al cierre del cuarto pequeño del lado este de la planta baja, no la había decidido todavía.

Tengo cuatro al cajón del doble fondo.

La cinta del verde claro de la prometida del baronet Marlowe del verano de mil ochocientos catorce — la del cottage del lado sur del valle de Furness que en la noche del lunes ocho de junio se quemó hasta las cenizas enteras al cabo del tercer cuarto.

La cinta de lino crudo del cierre de los acuerdos del martes segundo de junio — la del contrato pequeño firmado en el despacho del primer piso de Ashvere por la asignación adicional de los veinte libras al año durante tres años.

La cinta amarilla del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete de Pippa — la del Cisne Blanco del lunes primero a las dos y siete minutos, la del código pequeño de Pippa para Bryn de la lealtad de las niñas pequeñas que han decidido que la institutriz es de ella.

La cinta blanca de algodón del jueves once de junio — la del cuarto pequeño del lado este de la planta baja al cuarto del bastidor de las campanillas blancas de Cora.

Y, fuera del cajón, en el armario menor del lado oeste, en el primer cajón pequeño donde Pearl guarda las cintas del oficio del primer trimestre, una quinta — la lavanda gris habitual de los miércoles del cinco al té compartido con la duquesa al saloncito.

Cinco cintas. La cabeza, durante los siete segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

Saco la cinta del verde claro del cajón del doble fondo.

La extiendo en el secante del escritorio bajo la ventana del lado sur.

Doce pulgadas. Seda fina. Ancha tres pulgadas. Sin flor prendida. Sin alfiler. El verde, un grado más claro que el del verano de mil ochocientos doce al patio del cottage de la familia Rowan del valle del este de Yorkshire, antes del primer baile del verano del baronet de Furness.

La sostengo en la mano derecha durante los segundos siguientes.

La cabeza, durante esos seis segundos, no me deja sostenerla del todo.

La cabeza, en cambio, me deja sostener lo siguiente.

La cinta del verde claro, en mil ochocientos dieciocho, no es la cinta del cottage del valle del oeste.

Cora, anoche de la conversación al cuarto pequeño del lado este, me lo confirmó, sin permitírmela el detalle — la cinta es de Bryn Rowan del valle del este de Yorkshire, no de la prometida del baronet de Furness.

La cosí al puño derecho en la primavera de mil ochocientos doce al patio del cottage de la familia Rowan, sin que mi madre se lo hubiera autorizado, antes del baronet.

La cinta del verde claro, esta madrugada del viernes doce, no es del cottage del baronet.

Es de antes.

Pero el cottage del lado sur del valle del oeste, donde llevé la cinta del verde claro al puño derecho de la manga al patio del cierre del verano de mil ochocientos catorce al cabo del primer cuarto de la primera tarde, ya no está.

La cabeza, durante el instante siguiente, no me pide permiso.

Pliego la cinta del verde claro en dos. La sostengo en la mano izquierda.

Sin permitirme la observación, sin permitirle a la cabeza la corrección menor del cuarto, la coso al puño derecho de la manga del vestido azul oscuro del viaje al lado del oeste que Pearl me preparó anoche al cierre del cuarto.

La sangro al cabo del segundo cuarto. La cabeza no me deja la cuarta puntada.

La cinta del verde claro, al cabo del cabo del primer cuarto del viernes doce de junio de mil ochocientos dieciocho a las dos y treinta y siete minutos de la madrugada, queda al puño derecho de la manga del vestido azul oscuro del viaje al lado del valle del oeste.

En la cara externa de la muñeca.

Hacia el patio principal del condado vecino del lado norte.

La cabeza no me deja sostenerlo del todo.

Pero el puño derecho de la manga sí.

Bajo al patio principal de Ashvere a las cinco menos cuarto del viernes doce.

Cruzo el portillo del muro del jardín del sur a las cinco menos diez.

Pearl me acompaña al portillo, sin permitirme la franqueza menor del cierre del primer café.

La doncella, esta mañana, no me ha cosido el sombrero — yo se lo pedí al cabo del jueves once a las diez y media de la noche.

Voy sin sombrero. Solo la capa del condado del norte al hombro izquierdo, los dos baúles pequeños al pescante del coche, la cinta del verde claro al puño derecho de la manga.

El coche pequeño de Ashvere espera al patio principal.

Tobías al pescante. Cobham del primer cuarto, sostenido al lado del segundo caballo. Hawthorn al lado del primer escalón con el sombrero del señor en la mano izquierda.

Cael está al lado del segundo escalón.

Sin sombrero. Sin sobretodo puesto — el sobretodo lo lleva en el brazo izquierdo, como ayer al cuarto pequeño del lado este.

La cara, esta mañana del viernes doce a las cinco menos cuarto al patio principal de Ashvere, no es la del jueves once a las nueve y veintidós minutos.

Es otra. Es la cara de un hombre del condado del norte que, ha dormido cinco horas la noche anterior con la libreta personal del balance del cajón menor del lado este de la mesa larga de la biblioteca pequeña abierta sobre el secante del despacho del primer piso al lado de una hoja en blanco que no ha conseguido firmar.

Cael cruza al lado del coche pequeño.

Levanta la vista a mi puño derecho de la manga.

La cinta del verde claro, en la cara externa de la muñeca, queda al margen del segundo escalón del coche.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso.

Cael no me devuelve la palabra al primer segundo.

No me pide la observación. No me sostiene la corrección.

La cabeza del señor de la casa, en mi cálculo del primer escalón, ha advertido, al cabo del séptimo segundo de los cuarenta y dos minutos del lunes ocho, la cinta del verde claro al puño derecho por la cara externa de la muñeca.

Bajo la cabeza un grado.

—Cael, buen día.

—Bryn, buen día.

Cael me ofrece la mano izquierda al primer escalón.

No la mano derecha — la izquierda, sin permitirme la corrección menor.

La izquierda es la mano del condado del norte de los hombres que ofrecen a las mujeres del condado del norte, en mil ochocientos dieciocho, una cosa pequeña que no es del oficio.

La cojo.

Subo al primer escalón. Después al segundo. Cobham me sostiene la espalda del subir, sin permitirme la observación. La cabeza, durante unos instantes siguiente, no me deja sostener la mano de Cael más de los seis segundos.

La suelto.

Cael sube detrás. Se sienta al asiento del lado oeste, no al del este — el del este queda para la administradora doméstica de la planta noble, según el cálculo de Cobham.

Tobías, al pescante, da la primera fusta.

El coche pequeño cruza al portón principal de Ashvere a las cinco menos cuarto en punto.

Bajamos al sendero del este. El patio del cottage del cantero.

El sendero del prado del este de los Bell.

La grieta del cimiento del muro bajo del segundo cuadrante, según vi el lunes ocho a las diez y cincuenta y dos minutos, ya está cerrada por la pared provisional de Walter Ashen y Tom.

La pared, vista del lado del coche pequeño a las cinco y dos minutos, sostiene el primer trimestre del lado del prado del este.

Cael no me devuelve la palabra durante los primeros catorce minutos del coche.

Yo, tampoco le devuelvo la palabra a él.

La cabeza, durante esos catorce minutos, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja sostener es el lado externo del cristal de la ventana del coche pequeño.

La luz oblicua del este, del primer cuarto del cierre del primer café del viernes doce de junio de mil ochocientos dieciocho, le entra al sendero del valle de Wastwater con el grado del primer mes del segundo trimestre.

La neblina baja del lado del valle, sin permitirse el detalle, sostiene los primeros tres cuartos del viaje al lado sur del valle de Furness.

La parada pequeña al primer cuarto del lado del valle de Wastwater.

Cobham y Tobías bajan a darle agua a los caballos a las siete y veintidós.

Cael me ofrece la mano izquierda otra vez al bajar al primer escalón.

La cojo. La suelto al cabo del primer cuarto del descenso.

Bajo pequeño del condado del lado del oeste — el cuarto pequeño de la posada del valle, donde Cobham conoce a la posadera de los seis años de servicio del condado del valle.

La posadera, nos sube el primer café al cuarto pequeño del lado oeste. Cuarto sorbo. Sin la crema entera. Sin el azúcar oscuro.

Cael, dice:

—Bryn. La parada de Wastwater, no la pedí yo.

La pedí Cobham por una cuestión menor de los caballos.

Tengo, sin permitirme la indicación, un par de cosas pequeñas que querría sostener contigo al cuarto pequeño del lado oeste sin la presencia del cochero al patio del lado del este. Si me lo permites, Bryn.

Bajo la cabeza un grado.

—Cael, adelante.