El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 46 #3
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CAPÍTULO 46 #3

—Sin permitírmelo del todo.

Cael sale al corredor del lado este. La puerta queda entornada al palmo.

Oigo los pasos cruzar el corredor hasta el zaguán. Pennywick le abre la puerta del jardín del sur. Cael cruza al portillo del muro de piedra a las nueve y treinta y dos minutos.

Cora y yo nos quedamos en el cuarto pequeño del lado este.

La duquesa, al cabo del segundo siguiente, levanta la vista del bastidor. La cara, durante un momento posterior, sostiene una franqueza pequeña que no me había sostenido.

—Bryn. ¿Cuál cinta?

La cabeza, durante los seis segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

—Cora. No lo sé.

Cora baja la cabeza un grado entero.

—Bryn. La cinta del verde claro, del lunes ocho a las once y cinco minutos al volver del invernadero del lado oeste, sigue en el cajón del doble fondo del escritorio del primer piso.

Lo cual la cocinera Beulah, sin que yo se lo haya autorizado, ya lo sabe.

Lo cual Pearl, también. La cinta del verde claro, en mi cálculo del jueves once al primer café, lleva tres días al lado de las cintas del cierre de los cuartos.

Sin permitirse la cara externa de la muñeca.

—La administradora doméstica de la planta noble, del cuarto, no la ha sacado del cajón.

—No, Cora. La administradora doméstica de la planta noble, no la ha sacado todavía.

Cora levanta la aguja otra vez al bastidor. La pone. Sostiene la puntada del cierre. Después la baja.

—Bryn. La decisión de la cinta del puño derecho de la manga del viernes doce a las cinco menos cuarto al patio principal de Ashvere, en mi cálculo del primer café, no la tomas al cabo del cuarto del cuarto pequeño del lado este de la planta baja del jueves once a las nueve y treinta y siete minutos.

La tomas, del jueves once por la noche al despertarte del segundo sueño al primer cuarto de la madrugada del viernes doce. Sin obligación. Sin firma. Sin sobre.

—Lo cual, Bryn, no es del oficio. Pero, en mil ochocientos dieciocho, en una administradora doméstica de la planta noble que va a bajar al lado sur del valle de Furness al cuarto del primer cierre, las cintas del puño derecho del primer cuarto del viernes doce no son del oficio.

Son de la cabeza de la administradora doméstica de la planta noble que decide del primer cuarto de la madrugada por su cuenta.

Bajo la cabeza.

—Comprendido, Cora.

La duquesa baja la cabeza un grado entero. Asiente medio grado. Vuelve a la aguja del cabo del bastidor de las campanillas blancas. La puntada del cierre del cuarto del cuarto pequeño del lado este de la planta baja del jueves once de junio queda al margen del primer café.

Yo me quedo en la silla baja del lado este durante los seis minutos siguientes.

La cabeza, durante esos seis minutos, no me pide permiso para sostener nada.

Salgo del cuarto pequeño del lado este a las nueve y cuarenta y cinco.

Cruzo al saloncito amarillo. Cruzo al rellano. Subo al cuarto del primer piso del lado sur. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante. La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.

Cruzo al escritorio bajo la ventana. Abro el cajón del doble fondo.

Saco la libreta pequeña del balance. La abro por la última página.

Las cinco anotaciones al margen, en lápiz fino — «O quizá ya no», «Ya no», «Otra cosa», «Mañana a las once», «Hoy a las once y dos» — siguen donde estaban.

Cojo el lápiz fino.

Y, debajo de la quinta anotación del martes nueve, hago la sexta. En el lápiz un grado menos firme que el del martes. Más pequeña que las anteriores. Sin la firmeza del cierre.

«Mañana a las cinco menos cuarto».

Bajo el lápiz.

Cierro la libreta. La devuelvo al cajón del doble fondo.

La cinta del verde claro, al lado de la libreta, sigue donde estaba al lunes ocho a las once y cinco minutos al volver del invernadero.

La cinta de lino crudo del cierre de los acuerdos del martes segundo, al otro lado.

La cinta amarilla del primer sombrero del verano de Pippa, al fondo.

La flor pequeña amarilla del primer fresno del bosquecillo del norte de Ashvere, encima.

Las cuatro cosas, juntas, en el cajón.

La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me deja sostener la decisión de la cinta del puño derecho de la manga del viernes doce a las cinco menos cuarto al patio principal de Ashvere.

Cierro el cajón.

Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante el instante siguiente.

La cabeza, me deja sostener una cosa pequeña.

La cosa es que mañana viernes doce a las cinco menos cuarto al patio principal de Ashvere, la propietaria por viudez del cottage del baronet difunto va a cruzar el portillo del jardín del sur con una cinta al puño derecho que va a decidir entre las cinco menos diez y las cinco menos cuarto.

Lo cual la cabeza, esta mañana, no me deja sostener entera.

Pero el cajón del doble fondo, con la cinta del verde claro al lado de las otras tres, sí.