CAPÍTULO 46 #2
La cabeza, durante los instantes siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
La sostengo en la mano derecha.
La abro.
Cael cruza otra vez al lado de la chimenea pequeña del lado norte.
Se queda de pie sin permitirme la observación.
Cora, al lado del bastidor, baja la aguja del cabo a la falda.
No sostiene la puntada. La duquesa de Ravenfell, ha decidido por su cuenta sorbo del primer café del jueves once de junio dejar el bastidor de las campanillas blancas a un lado durante los seis minutos siguientes.
Leo la carta.
Las primeras tres líneas no me piden permiso para sostener nada. Las palabras menores — el saludo al señor del condado vecino, la cuestión menor del lado del oeste, la indicación del traslado por la vía del condado vecino — pasan al cuarto siguiente sin permitirme la observación.
La cuarta línea, sí.
«En la noche del lunes ocho de junio de mil ochocientos dieciocho, al cabo del tercer cierre, el cottage de los Marlowe del lado sur del valle de Furness se quemó hasta el cierre del cuarto del rezo».
La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Sigo leyendo.
«El fuego empezó al cabo del segundo cuarto en el cuarto del semisótano, sin permitirme el detalle por la lluvia fina del oeste que cayó al cierre del cuarto.
La estructura entera, las dos plantas, el establo pequeño del lado oeste y el granero menor del lado norte, todos pasaron al cierre.
No hubo víctimas, lord Ashvere — el cottage estaba vacío desde el invierno de mil ochocientos quince».
Bajo la hoja.
La cabeza, durante los siete segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja sostener es lo siguiente.
El cottage del baronet Marlowe del lado sur del valle de Furness, donde yo viví desde el verano de mil ochocientos catorce hasta el cierre del entierro del baronet del invierno de mil ochocientos quince.
El cottage al que entré como prometida con dos baúles, una cinta del verde claro al puño derecho, una flor pequeña amarilla del primer fresno y una libreta pequeña del balance sin cifra todavía.
El cottage del cuarto del semisótano donde la última paliza del baronet del veintidós de noviembre de mil ochocientos catorce me hizo perder al bebé pequeño de cuatro meses.
El cottage donde la tía Hester me sostuvo, durante el invierno de mil ochocientos quince hasta mi salida al condado del norte en septiembre de mil ochocientos dieciséis.
Ese cottage, en la noche del lunes ocho de junio — la noche de los cuarenta y dos minutos, la noche de la cinta del verde claro guardada en el cajón del doble fondo —, se quemó hasta las cenizas enteras.
La cabeza, durante el momento siguiente, no me pide permiso.
Bajo la hoja al regazo. La sostengo con la mano izquierda.
Levanto la vista a Cael.
Cael, al lado de la chimenea pequeña del lado norte, sostiene los seis segundos en la mía sin permitirse la observación, sin pedirle permiso a la cabeza.
Después bajo la vista a Cora.
Cora, al lado del bastidor, baja la cabeza un grado entero.
La cara, durante unos instantes siguiente, sostiene una franqueza pequeña que llevo dos años y dos meses no recibiendo entera.
La duquesa de Ravenfell, en mil ochocientos dieciocho, sostiene la noticia del fuego del cottage del baronet Marlowe del lado sur del valle de Furness conmigo al cuarto pequeño del lado este de la planta baja de Ravenfell House al cuarto del bastidor de las campanillas blancas del jueves once de junio.
—Cora, ¿cuándo lo sabías tú?
—Anoche. A las cuatro y media al segundo té al saloncito amarillo.
Cael me lo trasladó por la cesta del correo doméstico del miércoles diez al cabo del segundo café.
Yo, le indiqué a Cael, que la indicación no la doy yo.
La doy Cael, en mi presencia al bastidor, esta mañana del jueves once a las nueve y cuarto.
Asiento medio grado.
—Comprendido, Cora.
Bajo la vista a Cael.
La cabeza, durante los siete segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.
—Cael, la carta del alguacil Hadley, del jueves once a las nueve y veintidós minutos, me indica una cuestión menor que el alguacil del condado del oeste, en su cálculo del lado del oeste, no se permite la franqueza.
La cuestión es que el terreno del cottage del baronet Marlowe del lado sur del valle de Furness, sin gravamen, sin segunda firma, sin obligación, queda en el balance pequeño de la propietaria por viudez. La decisión es de la propietaria.
—Lord Ashvere — Cael —, la propietaria por viudez no puede decidir el terreno entero al cuarto pequeño del lado este de la planta baja de Ravenfell House de Cumberland sin haber pasado por el sendero del lado sur del valle de Furness al cabo del cierre.
La propietaria, del cuarto, no se va a permitir la firma del cierre del trimestre sin haber bajado a Furness.
Cael asiente medio grado.
—Comprendido, Bryn.
—La duquesa de Ravenfell, según veo, va a autorizarme el viaje al cuarto del primer trimestre.
—Sí, Bryn. La duquesa, esta mañana, ya lo ha autorizado.
Bajo la vista a Cora.
Cora asiente medio grado.
—Bryn. La duquesa de Ravenfell autoriza el viaje al lado del oeste por una sola condición.
—Adelante, Cora.
—La administradora doméstica de la planta noble no va al lado sur del valle de Furness sola.
Va, con el cochero del condado de Ashvere — el viejo Cobham, sesenta años, treinta y cuatro de servicio en Ashvere — y, con un acompañante.
El acompañante no soy yo. Tampoco mi marido el duque.
Tampoco la duquesa de Wyndham. Tampoco Pennywick.
El acompañante, de la condición, es lord Ashvere de Ashvere Hall, del primer cuarto del viernes doce a las cinco menos cuarto de la mañana al patio principal de Ashvere.
La cabeza, durante el instante siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.
—Cora. La propietaria por viudez del cottage del baronet difunto, en su cálculo del cierre, acepta la condición de la duquesa de Ravenfell.
Cora baja la cabeza un grado entero.
—Comprendido, Bryn.
La duquesa levanta la aguja otra vez. La pone del bastidor de las campanillas blancas. La puntada que sostiene, al cabo del segundo siguiente, es la del cierre del cuarto del cuarto pequeño del lado este de la planta baja del jueves once de junio.
Cora no levanta la vista del bastidor.
Cael cruza al lado de la silla baja del lado este. Se queda de pie a dos pasos.
—Bryn. El coche pequeño de Ashvere al patio principal mañana de las cinco menos cuarto.
Tobías al pescante. Cobham del primer cuarto.
Yo, al lado de la administradora doméstica, sin permitirme la corrección.
Bajamos a Furness al paso firme del primer cierre.
La distancia, en el cálculo de Cobham del segundo café de anoche al patio principal de Ashvere, es de cuatro horas y catorce minutos al paso firme, con una parada pequeña al primer cuarto del lado del valle de Wastwater.
Llegamos al lado sur del valle de Furness al cabo del segundo café del mediodía.
La administradora doméstica de la planta noble dispone del primer cuarto de la tarde para sostener el cuarto del cierre del cottage.
Volvemos al cuarto de la cuarta tarde. Llegamos a Cumberland al cierre del primer café del cierre de la noche del viernes doce.
—Bryn. La administradora doméstica de la planta noble dispone, al cabo, de un solo día. Mañana viernes doce. Sin permitírmelo del todo. Sin obligación. Sin firma. Sin sobre. Sin cuándo más allá del primer café del cierre del viernes.
Bajo la cabeza un grado.
—Comprendido, Cael.
Cael asiente medio grado. Recoge el sobretodo del respaldo del sillón pequeño del lado oeste. Cruza al umbral. Se detiene en el umbral.
Sin volverse, dice al corredor del lado este:
—Bryn. Una última cosa pequeña, sin contestación.
—Adelante, Cael.
—Para el viaje al lado sur del valle de Furness al cabo del cierre, sin pedírmela a la cabeza, considero oportuno que la administradora doméstica de la planta noble lleve, al puño derecho de la manga, la cinta que la administradora doméstica decida por su cuenta llevar al patio principal de Ashvere de las cinco menos cuarto de mañana.
La cinta que sea — la blanca, la lavanda gris, la del lino crudo, la del verde claro, la amarilla del primer sombrero del verano de Pippa, ninguna —, sin obligación del señor de la casa.
La cinta es decisión de la administradora doméstica. Y solo de la administradora doméstica.