CAPÍTULO 46
Pearl me trae el primer café al cuarto del primer piso a las siete menos cuarto del jueves once de junio, con dos cosas en la bandeja del lado oeste que no son del oficio.
La primera, una rebanada del queso fuerte del valle de los Bell — la del miércoles habitual de Pippa, no de la mía.
Beulah, ha decidido por su cuenta esta mañana que la administradora doméstica de la planta noble necesita la rebanada del queso fuerte al primer café del jueves once, lo cual significa, en el código pequeño del condado del norte de mil ochocientos dieciocho, que la cocinera Beulah de Ravenfell House sabe, una cosa pequeña del miércoles diez al cierre del cuarto que la administradora doméstica de la planta noble, esta mañana al despertarse a las seis y veinticinco, todavía no advierte.
La segunda, una nota corta de Cora, sin sobre, doblada en dos, con la cera roja del condado al sello, sin escudo.
Pearl la deja al lado de la rebanada del queso fuerte.
Se retira sin permitirse el detalle.
Abro la nota.
«Bryn — al cabo del primer café, baja al cuarto pequeño del lado este de la planta baja, donde el bastidor pequeño de las campanillas blancas espera al cabo.
La duquesa de Ravenfell te recibe al cuarto del bastidor, sin permitirme el detalle.
La pequeña Pippa, esta mañana del jueves once, queda con Maud al cuarto de juegos del primer piso hasta el primer cuarto del segundo café.
Sin libreta administrativa. Sin cuaderno.
Sin libreta personal del cajón del doble fondo. — C»
Bajo la nota.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja sostener es que la duquesa de Ravenfell, en mil ochocientos dieciocho, del cabo de anoche con Cora al saloncito amarillo después de la lección de Pippa de las cuatro, me cita al cuarto pequeño del lado este de la planta baja al cuarto del bastidor de las campanillas blancas — el cuarto que la duquesa no ha citado a la administradora doméstica de la planta noble nunca en dieciocho meses.
Lo cual significa una cosa.
Y, en el cuarto siguiente, me corrijo. La cosa que el cuarto pequeño del lado este de la planta baja al cuarto del bastidor significa, según veo, no la sé. La cabeza no me deja deducirlo del primer café del jueves once.
Pero, esta mañana, sin permitirle a la cabeza la corrección menor, sin permitirle a Pearl la observación, decido lo siguiente.
La cinta del puño derecho de la manga, esta mañana del jueves once, no es la del lino crudo del miércoles del despacho de la duquesa de Wyndham.
Tampoco es la del verde claro guardada en el cajón del doble fondo desde el lunes ocho.
Es una cinta blanca de algodón, ancha dos pulgadas, sin flor prendida, sin alfiler.
La blanca, en el código pequeño del condado del norte, es la cinta del cierre de los cuartos del jueves de los cuartos pequeños del lado este de las casas vecinas, sin permitirse el detalle.
Pearl, al volver al cuarto a las siete y veinticinco a recogerme la bandeja, sin que se lo haya pedido, ya me ha cosido la cinta blanca al puño derecho de la manga al cabo del segundo cuarto.
Bajo a la lección de Pippa de las nueve menos cuarto.
Pero esta mañana del jueves once la lección no se sostiene.
Maud, al cabo del primer cuarto, me indica que Pippa, según veo, ya está al cuarto de juegos sin esperar la corrección menor del horario.
Yo, sin volver al cuarto del primer piso, cruzo al saloncito amarillo.
Pennywick me recibe sin la inclinación de los jueves habituales.
La cara del mayordomo viejo de Ravenfell, esta mañana del jueves once, no es impasible.
Tampoco es la franqueza menor de los lunes. Me hace la inclinación menor.
—Señora Marlowe, buen día. Su excelencia la duquesa la espera al cuarto pequeño del lado este de la planta baja al primer café. Si la administradora doméstica de la planta noble me permite acompañarla.
Asiento.
Cruzamos al cuarto pequeño del lado este.
Pennywick me abre la puerta sin permitirse el detalle.
La duquesa de Ravenfell está sentada en el sillón pequeño del lado oeste del cuarto, con el bastidor pequeño de las campanillas blancas al regazo y la aguja del cabo en la mano derecha.
La cinta del puño derecho de la manga de Cora, esta mañana, no es la lavanda gris habitual de los miércoles.
Es una blanca de algodón ancha dos pulgadas, sin flor — la misma del condado del norte de los jueves de los cuartos pequeños del lado este.
La duquesa ha decidido por su cuenta, llevar la misma cinta que la administradora doméstica.
Lo cual significa, del umbral, que Cora, esta mañana del jueves once, no me cita al cuarto del bastidor al primer café como duquesa de Ravenfell.
Me cita como Cora.
La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Cruzo al umbral. Pennywick cierra la puerta detrás de mí, no del todo — entornada al palmo, como las tres tardes habituales del cuarto de la señora Henshaw. La duquesa de Ravenfell levanta la vista del bastidor al cabo del primer segundo.
—Bryn, buen día. La silla baja del lado este, si me lo permites. Al lado del bastidor.
—Cora, buen día.
Cruzo a la silla baja del lado este. Me siento.
La duquesa, durante el instante siguiente, no me devuelve la palabra.
Sostiene la aguja en la mano derecha sin permitirse la puntada.
La cara, esta mañana, sostiene una franqueza pequeña que no me había sostenido al cabo del segundo té de ayer al saloncito amarillo.
Cora, al cabo del séptimo segundo, sin levantar la vista del bastidor, dice:
—Bryn. Esta mañana, al cuarto del bastidor de las campanillas blancas del jueves once, la duquesa de Ravenfell, no me va a sostener la conversación contigo.
Yo me quedo al primer café al lado del bastidor por una cuestión pequeña que no es asunto de la duquesa, sino de Cora.
Lo cual significa, Bryn, que la conversación que vas a sostener al cuarto pequeño del lado este de la planta baja esta mañana, no la sostienes conmigo.
La sostienes con otra persona del condado del norte que cruzó el portillo del jardín del sur a las nueve en punto, sin permitirme el aviso, sin permitirle a Pennywick el detalle.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
La puerta del cuarto pequeño del lado este, al cabo del segundo siguiente, se abre del palmo entornado.
La empuja, sin permitirse el detalle, sin pedirle permiso a Pennywick, un hombre del condado vecino del lado norte que llevo dieciocho meses cruzando un portillo del jardín del sur tres tardes por semana sin sostenerle, una conversación al cuarto pequeño del lado este de la planta baja de mi casa.
Es lord Ashvere.
Cael.
Cruza al umbral con el sobretodo del condado en el brazo izquierdo.
Sin sombrero. El sobretodo lo lleva en el brazo, lo cual significa que el señor no ha cruzado al cuarto pequeño como visita formal.
Ha cruzado como un hombre del condado del norte que va a entregarle una cosa pequeña a una mujer del condado del norte.
La cabeza no me deja sostener nada.
Cael cierra la puerta detrás de él — esta vez del todo, no entornada al palmo. Lo cual significa que la cocinera Beulah, esta mañana, ya está autorizada por la duquesa a no advertir nada de lo que se va a sostener en el cuarto pequeño del lado este de la planta baja.
Cael cruza al lado de la chimenea pequeña del lado norte del cuarto.
Baja el sobretodo al respaldo del sillón. Se vuelve a la silla baja del lado este.
—Bryn, buen día. Cora me ha pedido, esta mañana del jueves once al primer café, la presencia al cuarto pequeño.
Sin la duquesa al cuarto del bastidor sosteniendo la conversación entera.
Sin Hawthorn al corredor. Sin permitirme el detalle de las cosas pequeñas que el señor de la casa vecina tiene para la administradora doméstica de la planta noble esta mañana.
—Las cosas pequeñas son dos.
Bajo la cabeza un grado.
—Cael, adelante.
Cael cruza al lado de la silla baja del lado este.
Se queda de pie a tres pasos. La cara, esta mañana del jueves once, no es la del invernadero del lunes ocho a las diez y cincuenta y dos.
Tampoco es la del despacho del primer piso del martes segundo.
Es otra. Es la cara de un hombre del condado del norte que ha leído anoche, una hoja del alguacil del condado del oeste del valle de Furness, y que, esta mañana del jueves once al primer café al cuarto pequeño del lado este de la casa vecina, considera oportuno entregarle a la administradora doméstica de la planta noble la hoja en mano, sin la cesta del correo doméstico, sin permitírmela el detalle.
Saca del bolsillo derecho del chaleco una hoja pequeña.
Doblada en cuatro. Papel basto. Sin escudo al sello.
La sostiene en la mano izquierda.
—Bryn. La cesta del correo doméstico del miércoles diez de junio me trajo, una carta del alguacil del condado del oeste del valle de Furness.
La carta es para la propietaria por viudez del cottage del baronet difunto del lado sur del valle.
La administradora doméstica de la planta noble, en mi cálculo del miércoles diez, no se enteraba todavía.
Yo, decidí trasladar la indicación a la duquesa de Ravenfell, no a la administradora doméstica, por una cuestión menor del cálculo del condado del norte.
La duquesa, anoche al primer café de las ocho y catorce minutos en el cuarto pequeño del lado este de Ashvere, me indicó que la indicación no la doy yo a la administradora doméstica al cuarto del bastidor del jueves once a las nueve y cuarto en presencia del bastidor de las campanillas blancas de la duquesa.
La indicación se la doy yo, sin permitirme la franqueza.
—Bryn, la carta.
Me entrega la hoja pequeña doblada en cuatro.