El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 45 #3
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CAPÍTULO 45 #3

—Cael. La cinta del verde claro, en el cajón del doble fondo del primer piso, lleva desde el lunes ocho a las once y cinco minutos sin salir.

La cuestión pequeña que tú no le hiciste a Bryn al invernadero del lado oeste, del miércoles diez, ya no se la haces hasta que la cinta del verde claro vuelva al puño derecho por decisión de Bryn.

Lo cual la duquesa de Wyndham, en su cálculo del primer cuarto del día, sostiene también.

Y yo, esta tarde del miércoles diez al segundo té con Bryn al saloncito amarillo, lo sostengo igualmente.

Pero, Cael, la carta del alguacil Hadley, va a sacar la cinta del verde claro del cajón antes de lo que la duquesa de Wyndham, tú y yo habíamos considerado.

Bajo la cabeza.

—Cora, ¿por qué?

Cora levanta la vista. La cara, durante el cuarto de segundo siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no me había sostenido.

—Cael. Porque la cinta del verde claro, en el invierno de mil ochocientos quince, al cabo del entierro del baronet, era de Bryn antes de ser de la prometida del baronet.

Bryn la cosió al puño derecho de la manga la primavera de mil ochocientos doce, sin que su madre se lo hubiera autorizado, en el patio del cottage de la familia Rowan del valle del este, antes de que el baronet del condado del oeste apareciera del primer baile del verano.

La cinta del verde claro era de Bryn Rowan del cottage del valle del este, no de la prometida del baronet Marlowe del valle del oeste.

—Lo cual significa, Cael, que la cinta del verde claro, del miércoles diez, ya no es la cinta del cottage del baronet del valle de Furness.

Es la cinta de Bryn Rowan del valle del este, antes del baronet, antes del cottage, antes del fuego del lunes ocho a las cenizas enteras del lado del valle del oeste.

La cabeza, durante los instantes siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

La duquesa de Ravenfell baja la cabeza un grado.

—Cael. Mañana a las nueve y cuarto. Sin la cinta del verde claro al puño derecho de Bryn.

Sin permitirme la indicación. Sin permitirme el detalle.

La administradora doméstica de la planta noble va a saber del fuego del cottage del baronet de Furness del lunes ocho a la noche, por la mano del condado vecino del lado norte que le va a entregar la carta del alguacil Hadley del bolsillo derecho del chaleco.

—Yo, Cael, al cuarto del bastidor, no me voy a permitir la franqueza.

La duquesa se levanta del sillón. Cruza al umbral. Recoge la capa del lado del clavo del corredor — Hawthorn la trajo al subir a Ashvere por el portillo del sur.

Sale al patio del este.

Hawthorn la acompaña al portillo del jardín del sur a las ocho y veinticinco minutos. La cocinera Eudora, decide por su cuenta no subirme el tercer café al despacho esta noche.

Yo me quedo en el cuarto pequeño del lado este durante los seis minutos siguientes. La cabeza, durante esos seis minutos, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.

Subo al primer piso. Cruzo al despacho. La carta del alguacil Hadley, en el bolsillo derecho del chaleco, sigue donde la dejé al cuarto de la tarde.

La cabeza no me deja sacarla. La cabeza no me deja firmar nada.

La cabeza, en cambio, me deja bajar a la biblioteca pequeña de la planta baja al cuarto siguiente, abrir el cajón menor del lado este de la mesa larga, sacar la libreta personal del balance, y, debajo de la tercera anotación al margen del martes nueve, hacer la cuarta.

En el lápiz un grado menos firme que el del lunes.

«El miércoles diez de junio a las tres y dieciséis minutos, la cesta del correo doméstico me trajo, la carta del alguacil del condado del oeste del valle de Furness.

El cottage del baronet Marlowe del lado sur del valle se quemó al cierre del tercer cuarto de la noche del lunes ocho hasta las cenizas enteras.

La administradora doméstica de la planta noble, al cierre del miércoles diez, no se entera todavía.

La duquesa de Ravenfell me ha indicado, que la indicación de la carta del alguacil Hadley, mañana jueves once a las nueve y cuarto al cuarto pequeño del lado este de Ravenfell, en presencia de la duquesa al bastidor de las campanillas blancas, se la doy yo. Sin firma. Sin sobre. Sin obligación».

Bajo el lápiz.

Cierro la libreta personal del balance. La devuelvo al cajón menor del lado este. Cierro el cajón.

Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante los segundos siguientes.

Después suelto la palma.

La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja sostener es que mañana jueves once, en el cuarto pequeño del lado este de Ravenfell, la administradora doméstica va a leer la carta del alguacil del valle de Furness.

Y va a sostener la cosa pequeña que las cenizas enteras del cottage significan en el cálculo de una mujer que llevaba cuatro años sosteniendo trescientas libras de Bath.