CAPÍTULO 45 #2
«Cora — al cabo del cierre del segundo café de esta tarde, la cesta del correo doméstico del miércoles diez me trajo, una carta del alguacil del condado del oeste del valle de Furness.
El cottage del baronet Marlowe del lado sur del valle de Furness, en la noche del lunes ocho de junio, se quemó hasta las cenizas enteras al cabo del tercer cierre.
No hubo víctimas — el cottage estaba vacío desde el invierno de mil ochocientos quince.
La propietaria por viudez, no ha advertido todavía la noticia.
Considero oportuno trasladar la cuestión a la duquesa de Ravenfell, no a la institutriz, para que la duquesa decida el cuarto adecuado de la indicación.
La carta del alguacil Hadley está en mi bolsillo derecho del chaleco hasta que la duquesa me indique la corrección. — C»
Pliego la hoja. Cera roja del condado al sello. Sin escudo.
Llamo a Hawthorn.
—Hawthorn, esta hoja al lado vecino por la cesta del cierre del cuarto. Para la duquesa de Ravenfell, sin permitirle a Pennywick el detalle. Sin permitirle a la cocinera Beulah el detalle. Sin permitirle a Pearl el detalle. Para la duquesa, en mano, sin permitirme la observación.
Hawthorn asiente medio grado.
—Como milord disponga, milord.
Hawthorn coge la hoja. Sale.
Subo al cuarto del huésped principal del lado oeste a las cuatro menos cuarto a recoger a mi madre al segundo té.
La duquesa, esta tarde, está en la silla baja del lado este del cuarto, con Phipps al lado del bastidor pequeño del té.
Phipps no me hace la inclinación habitual — la doncella de Mayfair, esta tarde del miércoles diez, ha decidido por su cuenta que la duquesa de Wyndham necesita los seis segundos del cabo sin que la institutriz, ni la duquesa, ni el señor del condado vecino la interrumpan.
La duquesa levanta la vista. La cara, esta tarde, no es la del primer cuarto del lunes ocho al patio de Ravenfell.
Tampoco es la del despacho de las nueve y veinte del martes nueve.
Es otra. Es la cara de una duquesa del condado externo del valle del sur que, ha pasado nueve minutos en el despacho del primer piso de mi casa esta mañana con la administradora doméstica de la planta noble, y, al cierre del cabo del segundo té de las cuatro menos cuarto, sin permitirme la indicación, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en cuatro años.
—Cael.
—Madre, buen día.
—La cena del cordero pequeño cabrito de las siete. Considero oportuno bajar al comedor pequeño con Phipps al segundo té al primer escalón. Si me lo permite el señor de la casa.
—Madre. Adelante. Bajamos los tres.
Bajamos al comedor pequeño a las siete y diez.
La cocinera Eudora ha decidido por su cuenta servir la sopa fría del valle de los Bell, no la del sur de Inglaterra — la del lunes pasado de los Whitcombe, sin atreverse.
El cabrito pequeño, al segundo plato. Una rebanada del queso fuerte del valle, al tercer cuarto.
La cena dura cuarenta y siete minutos.
Mi madre no me hace ninguna pregunta sobre la conversación de las once en el despacho con la administradora doméstica de la planta noble.
Phipps, al lado del bastidor, sostiene la cara más impasible de los miércoles.
Yo, durante los cuarenta y siete minutos, no le pregunto a mi madre por la conversación tampoco.
La duquesa, en el cuarto sorbo del queso fuerte del valle, sostiene una cuestión menor sobre Clara y Garrett Croft que bajan el viernes doce con la diligencia rápida del cierre de las cuatro al patio principal de Ashvere.
Mi hermana, según la última carta de Clara del sábado pasado, trae al cuarto principal el bastón pequeño de Croft — el de la herencia del primer Croft del condado del lado este, no el del segundo — y la cinta de los Croft del lado del invierno que Garrett, ha autorizado a Clara llevar a la primera cena del condado vecino del lado norte.
Cerramos la cena a las siete y cincuenta y siete.
Mi madre sube al cuarto del huésped principal a las ocho con Phipps. Yo me quedo en el comedor pequeño del segundo café que la cocinera Eudora, ha decidido subirme sin el azúcar oscuro de los miércoles habituales — el azúcar claro, esta noche, no me lo ha querido subir.
Salgo del comedor pequeño a las ocho y catorce.
Cruzo al zaguán. Hawthorn me recibe sin sombrero, sin permitirme la franqueza.
—Milord. Su excelencia la duquesa de Ravenfell, ha bajado a Ashvere por el portillo del jardín del sur a las cinco y veintidós minutos de la tarde.
Sin sombrero. Sin sobretodo. Sin avisar a Pennywick.
Le he subido a su excelencia la duquesa, al cuarto pequeño del lado este de la planta baja, al lado de la biblioteca.
La cocinera Eudora le tiene preparado el primer té sin la crema entera.
La duquesa, milord, espera al señor del condado vecino para una cuestión menor que no me ha permitido el detalle.
La cabeza, durante un instante siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
La duquesa de Ravenfell, según veo, ha leído la hoja pequeña de las cinco líneas que le mandé al cierre del cuarto.
Ha decidido bajar a Ashvere a las cinco y veintidós, sin permitírmela el detalle, sin permitirle a su marido la indicación, sin permitirle a Pennywick la corrección menor del horario.
Lo cual significa que la duquesa, no me va a trasladar la decisión de la duquesa de Wyndham del cuarto adecuado de la indicación a la administradora doméstica de la planta noble por la cesta del correo doméstico del jueves once.
Me la va a trasladar a las ocho y catorce del miércoles diez.
Cruzo al cuarto pequeño del lado este. La duquesa de Ravenfell está sentada en el sillón de orejas del lado oeste del cuarto, con la cinta lavanda gris del puño derecho — la de los miércoles de los cruces — y la falda gris azulada de los lunes que ha cambiado para bajar a Ashvere por la noche.
La taza del primer té, vacía. La crema, no la tocó. Le hago la inclinación menor.
—Cora, buen día.
—Cael. La hoja pequeña de las cinco líneas la leí a las cinco menos cuarto al cierre del cabo del segundo té con Bryn al saloncito amarillo.
Bryn, en su cálculo del cierre del cuarto, ya no estaba presente — había subido al cuarto del primer piso al cabo del cuarto del Pippa de la lección del martes.
Yo, sin pedirle permiso a su excelencia mi marido, sin pedirle permiso a Pennywick, sin pedirle permiso a la cocinera Beulah, decidí bajar a Ashvere por el portillo del jardín del sur al segundo té.
—Cael. La indicación a Bryn del fuego del cottage del valle de Furness, no se la doy yo. Tampoco me lo da Brennan. Tampoco la duquesa de Wyndham. Se lo das tú.
Bajo la cabeza.
—Cora. Comprendido. ¿Cuándo?
Cora baja la cabeza un grado entero.
—Mañana jueves once por la mañana al primer café.
Sin el cuarto de la señora Henshaw — el jueves no es del oficio.
En el cuarto pequeño del lado este de Ravenfell, a las nueve y cuarto, con la duquesa al cuarto del bastidor de las campanillas blancas al lado del corredor, sin permitirme el detalle.
Bryn, va a estar al primer café del bastidor del cuarto pequeño con la pequeña Pippa al lado oeste, sin permitir que yo la haya advertido del cuarto.
Tú, al cabo del bastidor de la lección, vas a bajar al cuarto pequeño con la carta del alguacil Hadley del bolsillo derecho.
Vas a entregársela a Bryn en mi presencia, sin permitirle a Pippa la observación menor.
La pequeña, al cabo, se va a quedar con su madre la duquesa al lado del bastidor.
—La administradora doméstica de la planta noble, del segundo té con Bryn al saloncito esta tarde, no sabe nada del fuego del cottage de Furness.
Yo, no se lo he advertido. La duquesa, según veo, tampoco se lo ha advertido al cuarto del despacho de esta mañana.
La duquesa, según veo, esta tarde, después del cuarto de tu hoja pequeña al cierre, ya lo sabe.
Pero la duquesa de Wyndham, del lunes ocho, ya había considerado que la cuestión del cottage de Furness era asunto del condado vecino del lado norte, no del condado externo del valle del sur.