El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

La cesta del correo doméstico del miércoles diez de junio llega al zaguán principal de Ashvere a las tres y catorce minutos, dos horas tarde por la lluvia fina del oeste que ha caído desde las once en el sendero de Penshaw.

Pennywick — no, Pennywick no la sube. Hawthorn la recoge del cochero de Cumberland, el viejo Morrison que ha subido al patio del este con dos sobres del lado vecino y uno más del condado externo, y la lleva al despacho del primer piso sin atreverse, sin pedir permiso a la cocinera Eudora, sin avisarme.

La cesta del correo doméstico del miércoles no la sube Hawthorn al despacho los miércoles habituales.

Los miércoles, la cesta queda en el zaguán hasta el cierre del segundo café, y la cocinera Eudora la sube al cabo de la sopa del cuarto del despacho.

Hoy, Hawthorn me la sube a las tres y dieciséis.

Lo cual significa, según veo, que la cesta del correo doméstico del miércoles diez contiene una hoja que el mayordomo viejo de Ashvere, ha considerado oportuno entregarme antes de la cena del cordero pequeño cabrito de las siete con la duquesa de Wyndham y Phipps.

La cesta tiene tres cosas.

La primera, una hoja pequeña doblada en cuatro, sin sobre, sin firma, en la caligrafía firme de la duquesa de Ravenfell, con la cera roja del condado al sello — la corrección de Cora sobre el menú de los Whitcombe del lunes próximo.

La segunda, una carta de Dorian desde Mayfair, en el sobre del papel verjurado de los Wyndham, con dos hojas pequeñas adentro.

La tercera, un sobre exterior — papel basto, sin sello, sin escudo, con la dirección al «conde de Ashvere, de Ashvere Hall, condado vecino del valle del lado norte de Cumberland» escrita en una caligrafía que no es del lado vecino, ni del lado externo, ni del lado de Mayfair. La caligrafía es del oeste.

Hawthorn no se permite el detalle.

—Milord. La cesta del correo doméstico del miércoles diez. El sobre exterior, considero oportuno entregárselo al señor de la casa antes de la cena de las siete.

—Hawthorn. Comprendido. Deja la cesta en el secante.

Hawthorn baja la cabeza un grado. Sale del despacho.

Cierra la puerta del todo, no entornada al palmo.

Lo cual el mayordomo viejo, según veo, hace por una razón pequeña — no por la indicación menor de los lunes, sino por una cuestión de la mañana que la cocinera Eudora le ha pasado al cierre del semisótano.

Las tres cosas, en el lado norte del secante.

Abro primero la hoja de Cora. La corrección del menú es menor — el pavo no, el cabrito sí, la sopa fría del valle del sur de Inglaterra, no al primero. La firmo en el margen y la dejo al lado del cuaderno administrativo para Hawthorn al cierre del cuarto.

La carta de Dorian, después.

Dorian me escribe dos hojas pequeñas. La primera, sobre la cuenta del trimestre de los Wyndham del lado este que el secretario de Mayfair ha cerrado el sábado pasado al cabo del primer cuarto.

La segunda, sobre la pequeña Isadora — la hija de Dorian y Lina, dos años y tres meses — que ha pasado al primer corredor del cuarto principal con el segundo bastón pequeño de aprendizaje.

Mi gemelo, en la cuarta línea de la segunda hoja, me indica una cosa pequeña que la cabeza no me deja sostener entera al primer cuarto.

«Cael — Isadora pregunta si su tío Cael del condado vecino del lado norte va a venir al verano con la institutriz Marlowe a Hertfordshire. Le dije que no se sabía todavía. La pequeña, ya está sosteniendo el dato. Lo cual mi mujer Lina, considera oportuno. — D»

Bajo la carta.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja sostener es que mi gemelo, en Mayfair, sin haberle escrito a mi madre, ya ha decidido por su cuenta que la institutriz del primer piso de Ravenfell House es, en mil ochocientos dieciocho, en el cálculo de los Wyndham del lado este de Hertfordshire, una institutriz que va al verano con el gemelo del marqués sustituto.

Lo cual mi gemelo, no me lo ha consultado a mí.

Lo cual la cabeza me deja sostener.

El tercer sobre.

Lo cojo del secante. La cera, al borde, no tiene escudo. El papel es basto — el papel del oeste, el de los condados pequeños del lado del valle de Furness, no el de Mayfair, no el de los Wyndham, no el del condado del norte. Lo abro.

Una sola hoja adentro. Caligrafía firme, sin sangría, con la firma al cierre. La firma es del alguacil del condado del oeste — el alguacil Edmund Hadley, del valle de Furness, sesenta y tres años, treinta y dos de servicio en el lado del oeste.

Leo:

«Conde de Ashvere — le escribo por una cuestión menor del lado del oeste.

En la noche del lunes ocho de junio, al cabo del tercer cierre, el cottage de los Marlowe del lado sur del valle de Furness — el del baronet difunto, propiedad por viudez de la prometida del baronet, la actual institutriz Marlowe del primer piso de Ravenfell — se quemó hasta el cierre del cuarto del rezo.

El fuego empezó al cabo del segundo cuarto en el semisótano.

La estructura entera, las dos plantas, el establo pequeño y el granero menor pasaron al cierre.

No hubo víctimas — el cottage estaba vacío desde el invierno de mil ochocientos quince.

La caballeriza del lado del este sigue. La señora Marlowe no ha advertido el fuego.

Le pido al señor del condado vecino que considere oportuno trasladárselo a la institutriz en el cuarto que estime conveniente.

El terreno entero queda en el balance pequeño de la propiedad por viudez, sin gravamen, sin segunda firma.

La decisión es de la propietaria. — Edmund Hadley, alguacil del condado del oeste, valle de Furness, 9 de junio de 1818».

Bajo la carta.

La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja sostener es lo siguiente.

El cottage de los Marlowe del lado sur del valle de Furness, el del baronet difunto del invierno de mil ochocientos quince, en la noche del lunes ocho de junio de mil ochocientos dieciocho, al cabo del tercer cierre, se quemó hasta las cenizas enteras.

La administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, sin permitirme la indicación todavía, sin saberlo, ya no tiene el cottage del baronet Marlowe del valle de Furness al lado sur del condado del oeste.

Lo cual significa que la administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, ya no tiene una casa propia al sur del valle de Cumberland al cabo del cierre de un día de la próxima diligencia rápida al lado sur de Inglaterra.

La cifra del balance del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell — las trescientas libras de Bath — pasa, ahora, a las tres y veinticuatro minutos, al margen del cierre.

La administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, sin saberlo todavía, ya no es la propietaria por viudez del cottage del baronet de Furness.

Es la propietaria por viudez de las cenizas enteras del lado del valle.

La cabeza me deja sostenerlo entero.

Y, en el cuarto siguiente, hago la cuenta menor.

La cuenta es: la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, del lunes ocho a las once y cinco minutos al volver del invernadero del lado oeste, llevaba al puño derecho la cinta del verde claro de la prometida del baronet Marlowe de Furness del verano de mil ochocientos catorce — la cinta del cottage del valle del sur del condado del oeste.

La administradora doméstica la guardó al cierre del cuarto en el cajón del doble fondo del escritorio del primer piso, sin que su excelencia su madre la duquesa de Ravenfell se lo haya advertido, sin que la duquesa de Wyndham se lo haya pedido.

Y, en la noche del lunes ocho, mientras la administradora doméstica dormía con la cinta del verde claro del cottage ya en el cajón del doble fondo, el cottage del baronet difunto se quemaba hasta las cenizas enteras.

Lo cual, ahora, no es coincidencia.

La cabeza me deja sostenerlo seis segundos.

Cojo la carta del alguacil Hadley. La pliego en cuatro.

La meto en el bolsillo derecho del chaleco, al lado de la pestaña pequeña de papel verjurado que sigue al derecho desde el jueves veintiuno de mayo.

La carta no la meto en el cajón del lado este del escritorio.

La carta no la dejo en el secante. La carta queda en el bolsillo derecho del chaleco — el del lado donde un señor del condado del norte, en mil ochocientos dieciocho, lleva las cosas pequeñas que la cabeza no le ha pedido permiso para sostener entera.

La carta de Dorian, al lado izquierdo, en el secante. Para contestación al cierre del miércoles.

La hoja de Cora, firmada al margen, para Hawthorn.

Bajo de la silla del despacho a las tres y treinta y dos.

La cabeza, durante los siete escalones del primer tramo, considera la siguiente cuestión menor.

La cuestión es: la noticia del fuego no se la traslado yo a la administradora doméstica.

Se la traslado a la duquesa de Ravenfell, no a la institutriz.

Cora sostiene la libreta pequeña del balance de la administradora doméstica desde el doce de marzo de mil ochocientos dieciséis.

La duquesa sabe el lugar. La duquesa, considera oportuno cuándo trasladarle a la institutriz la noticia.

Decido.

Cruzo al despacho otra vez. Cojo una hoja pequeña del cajón del escritorio. Mojo la pluma. Escribo a Cora en cinco líneas: