El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 44 #3
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CAPÍTULO 44 #3

La cabeza no me deja sostener nada.

La cabeza me deja, en cambio, sostener una cosa pequeña que llevo cuatro años sin permitirme decir a nadie.

La cabeza me deja decírselo a la pequeña Pippa Ravenfell.

Bajo la cabeza.

—Princesita, yo tuve un bebé pequeño.

Pippa baja la cabeza un grado. No me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente. Sostiene una muñeca con la mano izquierda — la pequeña Pippa Ravenfell del juego, no la del rector ni la de la duquesa de Wyndham.

—¿Cuándo, mi Bryn?

—Hace cuatro años, princesita. En mil ochocientos catorce. En el cottage del baronet Marlowe en Furness, donde yo vivía entonces con el marido que tuve.

—El bebé pequeño, princesita, no nació. Se fue antes.

Pippa baja la muñeca al suelo.

Sin permitírselo del todo, sin pedirme la corrección, mira a la cara a su institutriz durante los instantes siguientes.

La cara de la pequeña, a sus seis años y dos meses, sostiene una franqueza pequeña que las niñas pequeñas del condado del norte, en mil ochocientos dieciocho, no se permiten sostener delante de los adultos a no ser que el adulto, sin permitirse el detalle, les haya dicho una cosa pequeña que las niñas pequeñas del condado del norte, llevan dos meses sospechando sin permitirse la pregunta.

Pippa lo sospechaba.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me deja sostenerlo.

Pippa, al cabo de los seis segundos, baja la cabeza un grado.

—Mi Bryn, ¿el marido que mi Bryn tuvo entonces, en el cottage del baronet de Furness, era un marido bueno?

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso.

—No, princesita.

—¿Como mi excelencia mi padre el duque?

—No, princesita. Como mi excelencia su padre el duque, no. El baronet Marlowe de Furness, princesita, no era como su excelencia el duque de Ravenfell.

Pippa baja la cabeza un grado entero. Recoge la muñeca pequeña — la del juego, la pequeña Pippa Ravenfell — con la mano izquierda.

La sostiene contra el pecho durante el segundo siguiente.

Sin permitírselo del todo. Sin permitir que su institutriz le advierta la corrección.

Sin permitir que la cabeza de la institutriz Marlowe se permita la franqueza.

Después, Pippa se levanta del suelo, cruza al lado de la silla baja del oeste donde estoy sentada, y me apoya la cabeza contra el costado izquierdo de mi falda durante el instante siguiente.

Apoya la cabeza.

No abraza. La pequeña, a sus seis años y dos meses, en mil ochocientos dieciocho, sabe que los abrazos del costado no son del condado del norte para las institutrices que han tenido un bebé pequeño hace cuatro años. Solo apoya la cabeza.

Yo bajo la mano derecha al pelo de la pequeña.

Sin permitírmelo del todo. Sin permitir que la cabeza me autorice el gesto.

Apoyo la mano derecha en el pelo de la pequeña.

La sostengo durante el momento siguiente.

Después la pequeña baja la cabeza del costado. Vuelve al suelo con la muñeca pequeña. La pone al lado de la duquesa de Wyndham y del rector. Las tres muñecas, juntas, en el suelo del cuarto de juegos.

Pippa no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.

Yo no le devuelvo la palabra tampoco.

La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.

A las once y cuarenta y cinco, la pequeña, sin volverse a mí, dice al suelo del cuarto de juegos:

—Mi Bryn, la pequeña Pippa Ravenfell, a sus seis años y dos meses, no le va a contar a su madre la duquesa, ni a su excelencia su padre el duque, ni a su excelencia la duquesa de Wyndham, ni a su excelencia lord Ashvere del condado vecino, lo del bebé pequeño que mi Bryn tuvo en mil ochocientos catorce en el cottage del baronet de Furness que no era un marido bueno.

—Sin permitírselo del todo, mi Bryn. La lealtad pequeña de la pequeña Pippa Ravenfell. Sin obligación. Sin firma. Sin sobre. Sin cuándo.

Bajo la cabeza.

—Comprendido, princesita. La institutriz Marlowe del primer piso, en mil ochocientos dieciocho, sostiene la lealtad pequeña de la pequeña Pippa Ravenfell.

Pippa asiente medio grado. Vuelve a la lección de las muñecas sin permitirme la corrección menor del horario. Yo me quedo en la silla baja del lado oeste del cuarto de juegos durante los cuatro minutos siguientes. La cabeza, durante esos cuatro minutos, no me pide permiso para sostener nada.

Salgo del cuarto de juegos a las doce menos cinco minutos.

Cruzo al cuarto del primer piso del lado sur. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante.

La cabeza, esta vez, sin pedirle permiso, me deja sostener una cosa pequeña.

La cosa es que la pequeña Pippa Ravenfell, a sus seis años y dos meses, en mil ochocientos dieciocho, en el cuarto de juegos del primer piso del lado este de Ravenfell House a las once y cuarenta y dos minutos del martes nueve de junio, ha apoyado la cabeza contra el costado izquierdo de mi falda durante seis segundos.

Seis segundos.

Y la cabeza, durante esos seis segundos, no se ha permitido del todo la corrección.