CAPÍTULO 44 #2
—Una última cuestión, Bryn, y los nueve minutos se cierran.
La administradora doméstica de la planta noble, según veo, le pide a la duquesa de Wyndham que la libertad de los cuarenta y dos minutos sea asunto, de hoy en adelante, de las dos personas que la han pasado en el invernadero del lado oeste de Ashvere y de la administradora doméstica del primer piso de Ravenfell.
No mío. No de Cora. No del duque. No de su excelencia la pequeña Pippa Ravenfell. Asunto de los dos.
—¿Es así, Bryn?
Bajo la cabeza un grado.
—Sí, duquesa.
La duquesa baja la cabeza un grado entero. Apoya las dos manos sobre la falda. La cara, durante un instante siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en cuatro años.
—Comprendido, Bryn.
—Te pido permiso para una última cosa pequeña que no es asunto de los nueve minutos. Sin contestación.
—Duquesa, adelante.
—Mi hijo, en su libreta personal del balance del cajón menor del lado este de la mesa larga de la biblioteca pequeña, lleva tres anotaciones al margen sobre la cifra de la administradora doméstica.
La primera, del martes segundo. La segunda, del lunes ocho al cierre.
La tercera, esta mañana al cuarto del despacho.
Lo cual mi hijo no te lo ha contado. Yo, del cordero anoche con Cora, lo he advertido por una vía corta que no me pides el detalle.
La tercera anotación dice, en lápiz fino, sin la firmeza de la primera: «La cuestión pequeña que el señor de la casa no le hizo a la administradora doméstica ayer al invernadero del lado oeste, en su cálculo del cierre, no se la hago hasta que la cinta del verde claro vuelva al puño derecho por la cara externa de la muñeca por decisión de la administradora doméstica. Sin obligación del señor».
—Bryn. La cinta del verde claro, según veo, está en el cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell desde el cierre del lunes ocho a las once y cinco minutos al volver del invernadero.
Mi hijo, no la espera al puño derecho esta semana.
Tampoco la próxima. Mi hijo, según veo, le ha concedido a la administradora doméstica de la planta noble el cierre del cajón del doble fondo entero hasta que la administradora doméstica, sin obligación, sin presión, sin firma, sin sobre, decida por su cuenta volver a sacar la cinta del verde claro al puño derecho.
Sin la cosa del invernadero. Sin la libreta del balance abierta sobre la mesa de trabajo del cantero.
Sin los cuarenta y dos minutos. Por decisión, Bryn, de la administradora doméstica. No del señor.
—Comprendido, Bryn. La duquesa del condado externo, en mil ochocientos dieciocho, no le pide a la administradora doméstica de la planta noble la cinta del verde claro. La duquesa, te la pide al cabo de la decisión.
Bajo la cabeza.
—Duquesa. Comprendido.
La duquesa se levanta de la silla alta del sur.
Cruza al umbral del despacho. Yo me levanto también.
Se detiene en el umbral, sin volverse, y dice al corredor del oeste:
—Bryn. Una última cosa pequeña.
—Adelante, duquesa.
—La flor pequeña amarilla del patio de la iglesia parroquial del valle de Ravenfell del domingo treinta y uno de mayo que la pequeña Pippa Ravenfell me entregó ayer al primer cuarto del día al lado izquierdo del corazón.
La flor, del cordero anoche, no es de la pequeña Pippa Ravenfell.
La flor, esa flor, fue tuya antes. Cogida del secante del escritorio del primer piso al miércoles tres de junio.
—Bryn. La pequeña Pippa Ravenfell, a sus seis años y dos meses, ha decidido por su cuenta.
La duquesa del condado externo, del primer cuarto del día, ha aceptado la decisión.
Pero la flor pequeña amarilla, según veo, te la va a devolver la duquesa de Wyndham al cierre de las cuatro semanas en Cumberland.
Sin permitírmela el detalle. Sin obligación.
—Eso, Bryn, lo sostengo entero.
La duquesa sale al corredor del oeste.
La puerta queda entornada al palmo.
Yo me quedo en la silla baja del oeste durante los seis segundos siguientes.
La cabeza no me pide permiso. Después me levanto.
Salgo del despacho. Cruzo el corredor del oeste.
La puerta de la biblioteca pequeña de la planta baja, esta mañana, está cerrada del todo — Hawthorn, ha cerrado la puerta para que el señor de la casa, leyendo el libro pequeño de John Clare al sillón de orejas del lado este, no oiga los pasos de la administradora doméstica de la planta noble cruzar el corredor a la salida.
Lo cual la cabeza, durante unos instantes siguiente, no me deja sostener entero.
Cruzo el zaguán principal. Hawthorn me hace la inclinación menor.
—Hawthorn, le agradezco.
Salgo al patio del este. Cruzo el portillo del jardín del sur a las once y veintidós minutos.
Vuelvo a Ravenfell.
Subo por la escalera principal al cuarto del primer piso. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante. La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no hace ninguna cuenta.
Lo único que la cabeza me deja hacer es bajar el cuaderno administrativo y la libreta pequeña del balance a la silla baja del escritorio.
Saco la libreta del cajón del doble fondo.
La abro por la última página. Las cuatro anotaciones al margen, en lápiz fino, siguen donde estaban — «O quizá ya no».
«Ya no». «Otra cosa». «Mañana a las once».
Cojo el lápiz fino.
Y, debajo de la cuarta anotación, hago la quinta. En el lápiz un grado menos firme que el del lunes ocho. Más pequeña que las anteriores.
«Hoy a las once y dos».
Bajo el lápiz.
Cierro la libreta. La devuelvo al cajón del doble fondo. Cierro el cajón. Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante los segundos siguientes.
Después suelto la palma.
La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Bajo al cuarto de juegos de Pippa a las once y treinta y tres.
La pequeña, a sus seis años y dos meses, esta mañana del martes nueve de junio, está sentada en el suelo con las dos muñecas de trapo.
La del rector Holcomb del juego de la bendición ha pasado al lado del bastidor del libro azul de los himnos.
La de la duquesa de Wyndham, con el sombrero pequeño de papel cosido en marzo, está a su lado.
Pippa, esta mañana, ha sumado al juego una tercera muñeca — pequeña, sin sombrero, con la falda azul claro de los domingos.
Es ella.
La pequeña, juega a sumar la lady Pippa Ravenfell al juego del rector y la duquesa de Wyndham.
La cabeza no me pide permiso para advertir lo siguiente.
Pippa levanta la vista al cruzar yo el umbral.
—Mi Bryn, buen día.
—Princesita, buen día. La lección del martes la atrasamos un cuarto. Tu madre la duquesa me ha autorizado el cambio de horario por la bajada de la duquesa de Wyndham a Cumberland.
Pippa asiente medio grado. Vuelve al juego.
Yo me siento en la silla baja del lado oeste del cuarto.
La cabeza, durante los cinco minutos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
Pippa sigue moviendo las tres muñecas — el rector, la duquesa de Wyndham, la pequeña Pippa Ravenfell — sin permitirme la observación menor de los detalles del juego.
Y, al cabo de los cinco minutos, Pippa baja las muñecas al suelo. Levanta la vista a mi cara. Sin permitírselo del todo, me hace una pregunta menor.
—Mi Bryn, si mi Bryn no se casa con lord Ashvere, ¿mi Bryn se queda con la pequeña Pippa Ravenfell en Ravenfell House?
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.
—Sí, princesita.
Pippa asiente medio grado. Pero, durante el cuarto siguiente, me hace una segunda pregunta menor.
—Mi Bryn. Y si mi Bryn se casa con lord Ashvere, ¿mi Bryn va a tener pequeños propios?
La cabeza, durante el momento siguiente, no me pide permiso.