El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Cruzo el portillo del jardín del sur a las once menos cuarto del martes nueve de junio.

La cinta del puño derecho de la manga, esta mañana, es de un lino crudo ancho que no es del oficio.

La crudo nuevo, sin estrenar, sin alfiler, sin flor prendida — la cinta de los acuerdos, sí, pero la de hoy.

No la del martes segundo de junio del despacho — esa sigue en el cajón del doble fondo, al lado del verde claro y la amarilla.

La de hoy, una segunda lavada del armario menor que Pearl me ha cosido al puño esta mañana al primer café, sin que Cora la haya autorizado, sin pedírmela yo.

Pearl, esta mañana, ha decidido por su cuenta que el cuarto del despacho del lado oeste del primer piso de Ashvere con la duquesa de Wyndham se cruza con cinta del lino crudo nueva, no con la del cierre del cajón del doble fondo del martes segundo.

Lo cual no le he corregido.

Hawthorn me recibe en el zaguán principal de Ashvere sin el sombrero de lord Ashvere en la mano. La cara del mayordomo viejo, esta mañana del martes nueve, no es impasible. Tampoco es la franqueza menor de los lunes habituales.

—Señora Marlowe. Su excelencia la duquesa de Wyndham la recibe en el despacho del primer piso del lado oeste.

Milord, esta mañana, no está en el despacho.

Está en la biblioteca pequeña de la planta baja, leyendo un libro pequeño que su excelencia su hermana lady Clara Croft le mandó el sábado pasado de Hertfordshire.

La cocinera Eudora le tiene preparado el segundo té a la administradora doméstica de la planta noble, sin la crema entera esta vez.

Con el agua del valle del lado del este, no la del oeste.

Asiento.

Subo por la escalera principal.

La cabeza, durante los siete escalones del primer tramo, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja sostener es la cifra que llevo desde anoche al cierre del cuarto sosteniendo entera.

La cifra es de cuarenta y dos minutos. La cifra es del invernadero del lado oeste del lunes ocho a las diez y cincuenta y dos.

La cifra, en el cálculo de la duquesa de Wyndham, según la indicación que Cora me pasó al cierre de la cena del cordero entero de anoche, sin permitirse el detalle, es la cifra que la duquesa de Wyndham va a sostener esta mañana sin permitírmela contestar entera.

Cruzo el corredor del oeste.

La puerta del despacho del primer piso, esta mañana, está entornada al palmo.

Empujo dos pulgadas con la palma izquierda.

La duquesa de Wyndham está sentada en la silla alta del respaldo de madera oscura del lado sur.

La cinta del lavanda gris del puño derecho de su manga, ancha tres pulgadas, sin flor — la misma cinta del cuarto sorbo del té compartido —, queda en la cara externa de la muñeca, hacia mí.

Cruzo al umbral. Le hago la inclinación menor.

—Duquesa, buen día.

—Bryn, pase. La silla baja del lado oeste, si me lo permite la administradora doméstica de la planta noble.

Cierro la puerta detrás de mí al palmo entornado.

Cruzo a la silla baja del oeste. Me siento. La cinta del lino crudo nueva del puño derecho de la manga queda, al sentarme, en la cara externa de la muñeca, hacia la duquesa de Wyndham.

La cabeza advierte que la conversación, esta mañana, entre las dos cintas — la lavanda gris de la duquesa, el lino crudo de la administradora doméstica —, se va a sostener en el código pequeño del condado del norte.

La duquesa apoya las dos manos enguantadas del color del crema sobre la falda.

—Bryn. La conversación que vengo a tener contigo esta mañana dura nueve minutos. Cora me dijo, al cierre del cordero anoche, que no la haga más larga. Si me lo permites el formato.

Bajo la cabeza un grado.

—Duquesa, adelante.

—La primera cuestión, Bryn. El jardín del cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce, los cuarenta minutos de la conversación entre las dos — yo, Cora, y la prometida del baronet Marlowe de Furness — sobre el matrimonio que ibas a contraer.

Yo, de aquel jardín, me sentí responsable durante cuatro años por no haber sostenido la conversación una hora más, lo cual quizá no te habría convencido tampoco, pero la duquesa de Wyndham, en mil ochocientos catorce, sin permitirse la franqueza, tenía la obligación pequeña de las marquesas madres de no soltar a una prometida de un baronet del condado del norte que no aceptaba el consejo a los cuarenta minutos. Yo solté.

—Bryn. Te pido perdón.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.

—Duquesa. Aceptado. Pero, una corrección menor.

Los cuarenta minutos del jardín de Hertfordshire de mil ochocientos catorce, del invierno de mil ochocientos quince al cottage de Furness, no son responsabilidad de la duquesa de Wyndham.

La duquesa, en el segundo tramo de la conversación, me ofreció una habitación en la casa de Mayfair durante el invierno previo a la boda.

La prometida del baronet Marlowe de Furness no la aceptó.

La prometida del baronet Marlowe, del verano de mil ochocientos catorce, estaba enamorada del baronet de una manera pequeña que la duquesa de Wyndham, no podía sacar al jardín del cottage.

La culpa, según veo, no es de la duquesa de Wyndham.

Es del cálculo de una prometida que no se permitió, en el verano de mil ochocientos catorce, escuchar a dos mujeres del condado mayores.

La prometida, se permitió escuchar al baronet.

La duquesa baja la cabeza un grado entero.

—Bryn. Comprendido.

—La segunda cuestión, Bryn. La libertad.

Asiento.

—La libertad de no depender, del invierno de mil ochocientos diecisiete, era la libertad de no depender de los hombres del condado del norte.

Lo cual incluía al baronet difunto, al duque de Ravenfell, al alguacil del valle, al rector Wallace, al cantero de Keswick.

Lo cual incluía, del invierno de mil ochocientos diecisiete, a mi hijo.

—Bryn. La libertad, del lunes ocho de junio del cordero de Beulah anoche, ya no es la del cierre de mil ochocientos diecisiete.

La libertad, según veo, ha cambiado. Y, sin permitirle a Cora la corrección, esta mañana del martes nueve a las once en punto en el despacho del primer piso del lado oeste de Ashvere Hall, la duquesa de Wyndham le pregunta a la administradora doméstica de la planta noble una cuestión menor.

—La cuestión es: ¿sostiene la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House la libreta pequeña del balance del cajón del doble fondo del primer piso todavía como la libertad de no depender de los hombres del condado del norte, incluido mi hijo?

La cabeza, durante los segundos siguientes, no me pide permiso.

Lo único que la cabeza me deja hacer es sostener la mirada de la duquesa de Wyndham.

Seis segundos.

Después contesto.

—Duquesa. La cifra del balance del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell House, esta mañana del martes nueve de junio a las once y dos minutos, no la sostengo como la libertad de no depender. La sostengo, como otra cosa.

—¿Otra cosa, Bryn?

—Como la libertad de cuarenta y dos minutos.

La duquesa no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.

La cabeza, en el cuarto siguiente, no me deja sostener nada.

La duquesa, al cabo del segundo siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en cuatro años.

—Bryn. Explíqueme la administradora doméstica de la planta noble, qué significa la libertad de cuarenta y dos minutos.

Bajo la cabeza.

—Duquesa. El lunes ocho de junio a las diez y cincuenta y dos minutos, su excelencia su hijo lord Ashvere de Ashvere Hall llegó al invernadero pequeño del lado oeste con cuarenta y dos minutos de retraso por una grieta nueva del cimiento del muro bajo del prado del este de los Bell que Walter Ashen le advirtió al portón de la mina de Penshaw a las nueve menos cinco.

La administradora doméstica de la planta noble, en su cálculo del cierre del lunes ocho, no se fue del invernadero al cierre de los quince.

Esperó diez minutos. Y, al llegar lord Ashvere a las diez y cincuenta y dos, sostuvo conmigo una conversación pequeña durante ocho minutos.

La cita pequeña se aplazó. Sin firma. Sin cuándo. Sin sobre.

—Duquesa. La libertad de cuarenta y dos minutos es la libertad de un señor del condado del norte de hacerle perder cuarenta y dos minutos a la administradora doméstica de la planta noble por una grieta nueva del cimiento de una pared del prado del este de los Bell, sin pedírmela disculpa entera, sin obligación.

La libertad, del lunes ocho a las once en punto al volver al primer piso de Ravenfell con la cinta del verde claro del puño derecho ya en la cara interna de la muñeca, ya no es la de no depender.

Es la de un hombre del condado del norte que decide la pared del muro provisional por encima de la cita pequeña del invernadero del lado oeste, y de una mujer del condado del norte que, considera la decisión del hombre la correcta.

La duquesa baja la cabeza un grado entero.

—Bryn, la cifra del balance del cajón del doble fondo, de los cuarenta y dos minutos, no se va a cerrar a las trescientas libras.

—No, duquesa. La cifra, del martes nueve, sin permitirme la decisión todavía, no se va a cerrar a las trescientas.

La cuarta anotación al margen de la libreta pequeña del balance, en lápiz fino, sin la firmeza de las anteriores, la hice ayer del primer cuarto del día por la bajada de la duquesa de Wyndham.

La cuarta anotación dice: «Mañana a las once».

Lo cual significaba, del lunes ocho, esta conversación.

La quinta anotación, según veo, la voy a hacer al cierre del día de hoy.

Y, sin permitirme la decisión, considero que la quinta anotación no se va a cerrar tampoco a las trescientas.

La duquesa asiente medio grado.

—Bryn. Comprendido.