CAPÍTULO 43 #2
Mi madre, esta mañana del martes nueve a las nueve y veintinueve minutos, ha decidido la contestación a una cuestión que su excelencia su sobrino del condado vecino del sur le ha hecho de pie en el despacho del primer piso de su casa antes de la conversación de las once con la administradora doméstica de la planta noble.
—Cael. La contestación es que la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, en mil ochocientos dieciocho, en el cálculo de la duquesa de Wyndham, sostiene la libreta pequeña del balance del cajón del doble fondo todavía.
Pero ya no la sostiene como la libreta del balance de mil ochocientos dieciséis.
La sostiene como la libreta del balance del lunes ocho de junio a las once y veinte minutos al volver del invernadero del lado oeste por el portillo del jardín del sur a Ravenfell con la cinta del verde claro del puño derecho ya en la cara interna de la muñeca.
—Lo cual significa que la administradora doméstica de la planta noble, según veo, esta mañana a las once, en presencia del cristal de la ventana del despacho del lado oeste de tu casa, no me va a contestar a la cuestión menor que yo le voy a hacer sobre la libertad de no depender de mi hijo con la cifra del balance.
Me la va a contestar con la cifra menor.
Asiento medio grado.
—Madre, ¿con qué cifra menor?
La duquesa baja la cabeza un grado entero.
—Cael. Con la de los cuarenta y dos minutos.
Bajo la cabeza.
—Comprendido, madre.
—Una última cuestión, Cael, sin contestación, y los siete minutos se cierran.
—Adelante, madre.
—La cuestión pequeña que tú, sin permitírtelo del todo, no le hiciste a la administradora doméstica de la planta noble ayer al invernadero del lado oeste por la pared del muro provisional del prado del este de los Bell.
La cuestión pequeña, del lunes ocho del cordero de Beulah, no se la vas a hacer a la administradora doméstica esta semana.
Tampoco la próxima. Sin permitírmelo del todo, del cuarto del huésped principal de Ravenfell, se la vas a hacer al cabo de las cuatro semanas en que mi cuerpo de duquesa vuelva a la diligencia rápida del sur. No antes.
—Cael, no me la pido del detalle. La cuestión pequeña, según veo, no es asunto de la duquesa de Wyndham.
La cuestión pequeña, en el cálculo del condado del norte, es asunto del señor de Ashvere de Ashvere Hall.
Pero, mi cuerpo te pide al hijo que la cuestión no se la hagas a la administradora doméstica de la planta noble hasta que la cinta del verde claro del puño derecho de la manga vuelva a la cara externa de la muñeca por la decisión de la administradora doméstica. No por la del señor.
Bajo la cabeza.
—Madre, comprendido.
La duquesa asiente medio grado. Se levanta de la silla alta del sur.
Cruza al umbral del despacho.
Se detiene en el umbral.
Sin volverse, dice al corredor del oeste:
—Cael. Una cosa pequeña, sin contestación tampoco.
—Adelante.
—Bryn Marlowe, en mil ochocientos catorce, en el jardín del cottage de Hertfordshire del verano, durante los cuarenta minutos de la conversación que no se la pude convencer, llevaba al puño derecho de la manga una cinta.
La cinta era del color del verde claro. Sin flor prendida.
Sin alfiler. Sin permitirse el detalle. La cinta era de la prometida de un baronet del condado del norte que no aceptaba el consejo de las marquesas madres del condado externo del valle del sur.
—Lo cual, Cael, del lunes ocho a las once y media al primer café del cuarto del huésped principal de Ravenfell por la indicación pequeña que Cora me trasladó, considero saber que la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, ayer, al invernadero del lado oeste de Ashvere, llevaba al puño derecho la cinta del verde claro de la prometida del baronet Marlowe de Furness.
—Cael, esa cinta, según veo, le ha durado cuatro años en el cajón.
Y la pequeña Pippa Ravenfell, no la había advertido.
Tú, Cael, ayer, según veo, advertiste la cinta del verde claro al cruzar el umbral del invernadero a las diez y cincuenta y dos minutos.
Y la administradora doméstica de la planta noble, al salir del invernadero, la guardó.
Lo cual, Cael, significa una cosa pequeña.
—La cinta de la prometida del baronet Marlowe ya no es la cinta de la prometida del baronet Marlowe.
La cinta, es de otra cosa. Y la otra cosa, hijo, no me la digas.
No me la diga la institutriz. No me la diga Cora.
Pero, del primer cuarto del día de mi bajada a Cumberland, en presencia de la flor pequeña amarilla del patio de la iglesia parroquial del valle del condado de Ravenfell que la pequeña Pippa Ravenfell me ha guardado al lado del corazón sin proponérmelo, considero que la cinta del verde claro, en el cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell House, va a estar la próxima vez al puño derecho de la manga, por la cara externa de la muñeca, en el cuarto en que la administradora doméstica de la planta noble decida por su cuenta sostenerla como la cinta de las citas que las administradoras doméstica no permiten al oficio.
—Sin obligación tuya.
Mi madre sale al corredor del oeste.
La puerta queda entornada al palmo.
Oigo los pasos cruzar el corredor hasta el cuarto del huésped principal del lado oeste. La puerta del cuarto del huésped principal se abre. La doncella de Mayfair — no Phipps, otra que mi madre se trajo en el coche — la recibe. La puerta se cierra a los catorce segundos.
Yo me quedo en el despacho.
La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es bajar a la biblioteca pequeña de la planta baja.
Cruzo a la mesa larga. Abro el cajón menor del lado este.
Saco la libreta personal del balance. La abro por la página de las dos anotaciones del martes segundo y del lunes ocho sobre la cifra de la administradora doméstica.
Cojo el lápiz fino.
Y, debajo de la segunda anotación del lunes ocho — la del retraso de los cuarenta y dos minutos, la libreta abierta de la administradora doméstica sobre la mesa de trabajo del cantero, la cinta guardada en la cara interna de la muñeca —, hago la tercera.
En el lápiz un grado menos firme que el del lunes.
«El martes nueve de junio a las nueve y treinta y siete minutos.
Mi madre la duquesa de Wyndham, en mi despacho del primer piso, antes de la conversación de las once con la administradora doméstica de la planta noble, me ha indicado que la cuestión pequeña que yo no le hice a la administradora doméstica ayer al invernadero del lado oeste, en su cálculo del primer cuarto del día, no se la hago hasta que la cinta del verde claro del puño derecho vuelva a la cara externa de la muñeca por la decisión de la administradora doméstica. Sin obligación del señor de la casa».
Bajo el lápiz.
Cierro la libreta. La devuelvo al cajón del lado este. Cierro el cajón.
Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante los segundos siguientes.
La cabeza me deja sostenerlo entero.
Subo al despacho a las nueve y cuarenta y dos.
La administradora doméstica de la planta noble cruza el portillo del jardín del sur a las once menos cuarto. Yo no voy a estar en el despacho a las once. Voy a estar en la biblioteca pequeña de la planta baja, leyendo el libro de John Clare. Sin permitirme la observación.