El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Mi madre cruza el portillo del muro del jardín del sur a las nueve y catorce minutos del martes nueve de junio.

No al portón principal de Ashvere por el sendero del este — Brookes le había preparado el coche pequeño de los Wyndham al cuarto de las nueve para subirle el equipaje del cuarto del huésped principal de Ravenfell al primer piso de Ashvere, lo cual estaba en el cálculo del lunes ocho al cierre del cuarto.

Mi madre, sin pedirle permiso a Cora, sin pedirme permiso a mí, sin permitirle a Pennywick la corrección menor del horario, decidió esta mañana — según la indicación pequeña que Hawthorn me trasladó al café del primer piso a las ocho menos cuarto — cruzar al lado vecino a pie por el portillo del jardín del sur, sola, sin Brookes, sin la doncella de Mayfair que mi madre se trajo en el coche.

Phipps ha subido al primer piso de Ashvere desde el viernes siete por la mañana.

Greaves le abrió el cuarto pequeño del corredor norte el viernes a las once.

La cocinera Eudora le preparó el agua tibia, las dos toallas de lino, la lamparilla nueva del cuarto.

Phipps, en su primer cuarto en Ashvere, advirtió la geometría del primer piso al cabo del segundo café — el cuarto del difunto del señor, abierto, con la cortina interior de muselina nueva.

El despacho del primer piso, sin segunda silla del huésped.

El cuarto de la señora Henshaw, con las dos sillas habituales — la del respaldo, del sur. La baja de fregar, del oeste.

Phipps le habrá pasado a mi madre por la cesta del correo doméstico una indicación menor de la geometría.

Lo cual significa que mi madre, esta mañana del martes nueve, ha decidido subir a Ashvere por el portillo del jardín del sur por una razón que no es del oficio.

La razón es: el portillo es el de la administradora doméstica de la planta noble.

Lo cual mi madre, en su cálculo del cierre del lunes ocho del cordero entero de Beulah, ha considerado oportuno cruzar antes de las once del cuarto del despacho del lado oeste con la institutriz Marlowe.

Hawthorn me sube la noticia al despacho a las nueve y dieciséis minutos.

—Milord. Su excelencia su madre la duquesa de Wyndham ha cruzado el portillo del muro del jardín del sur a pie a las nueve y catorce.

Sin Brookes. Sin la doncella de Mayfair.

Sin sombrero. Sin sobretodo. Lleva al puño derecho de la manga una cinta del lavanda gris ancha de tres pulgadas, sin flor.

La cinta del cuarto sorbo del té compartido.

Bajo la pluma.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

—Hawthorn. Comprendido. Mi madre, al despacho del lado oeste del primer piso. Sin ti en el corredor. La cocinera Eudora, el café fuerte a los dos cubiertos, al cabo del tercer cuarto siguiente. Sin el queso del valle de los Bell. Solo el pan negro.

Hawthorn asiente medio grado.

—Como milord disponga.

Se retira.

La conversación, la planea la duquesa de Wyndham de mil ochocientos dieciocho, no la del cottage de Hertfordshire de mil ochocientos catorce. Va a ser corta, una sola cuestión, cerrada antes de las nueve y cuarenta.

Mi madre, esta mañana, viene a hablar conmigo, no con la administradora doméstica.

Lo cual lo había pedido yo en la nota corta del sábado treinta de mayo del segundo café — «la pregunta, cuando bajes, no la hagas en presencia de la institutriz».

Mi madre, en su cálculo, ha aceptado la indicación.

La pregunta para la institutriz se la va a hacer a las once, al cuarto del despacho, sin mí. La pregunta para mí, antes.

La duquesa golpea la puerta del despacho dos veces a las nueve y veinte.

—Adelante, madre.

Entra.

La duquesa de Wyndham, según veo, no la había visto desde el primero de diciembre de mil ochocientos diecisiete al saloncito amarillo del primer piso de la casa de Mayfair del té con Dorian y Clara.

La cara, esta mañana del martes nueve de junio, tiene los seis meses sumados — la barbilla, un grado más firme.

Los hombros, un grado menos. El cabello, ya casi del blanco entero, recogido bajo el sombrero pequeño de paja del cuarto del huésped principal de Ravenfell que ha decidido por su cuenta llevar al primer piso de mi casa esta mañana.

—Cael.

—Madre, buen día. La silla alta del sur, si me lo permite.

La duquesa asiente. Cruza al sur. Se sienta en la silla alta del respaldo de madera oscura — la del lunes diecisiete de mayo, la del primero de junio, la del martes segundo.

La cinta del lavanda gris del puño derecho, al sentarse, queda en la cara externa de la muñeca, hacia mí.

La cinta es la del sostener — el cuarto sorbo, sin entregarla, sin firmarla.

Me siento en la silla del escritorio.

Mi madre apoya las dos manos enguantadas del color del crema sobre la falda. La cara, durante unos segundos siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en cuatro años.

—Cael. La conversación que vengo a tener contigo esta mañana antes de la otra dura siete minutos.

Después subo al cuarto del huésped principal del lado oeste de tu casa, descanso del coche del lunes ocho, y bajo al despacho otra vez a las once para la otra conversación. Si me lo permites el formato.

Bajo la cabeza un grado.

—Madre, adelante.

—La primera cuestión. Tu carta del sábado treinta de mayo.

La pregunta del cottage de Hertfordshire, no en presencia de la institutriz.

Lo había considerado yo, desde marzo. Cora me sugirió, sin permitírmela del todo, una corrección menor anoche del cordero.

La corrección no era de tu carta. Era de la mía.

Yo, iba a llevar la conversación del jardín del cottage de mil ochocientos catorce al jardín del sur de Ravenfell.

Cora me indicó que la conversación, en mil ochocientos dieciocho, se sostiene en otro sitio.

No es del jardín. Es del cajón del doble fondo.

—Lo cual a mí, Cael, del invierno pasado, me costó.

Asiento.

—Madre, sostener el cuarto sorbo del té con Cora cuesta. Lo cual la duquesa de Ravenfell, le hace pagar a las marquesas madres del condado externo en cada bajada a Cumberland desde mil ochocientos dieciséis.

Mi madre baja la cabeza un grado.

La cara, durante un instante siguiente, sostiene una sonrisa pequeña de un solo lado que llevo cuatro años sin permitirme advertir.

—Sí, Cael. Cora le hace pagar.

—La segunda cuestión. Bryn Marlowe sostiene una libreta pequeña del balance del cajón del doble fondo con una cifra del seis de marzo de trescientas libras, una cuenta de cierre y un lugar — Bath.

Lo cual la duquesa Cora me confirmó el invierno pasado en una carta corta de noviembre.

Lo cual, esta mañana, ya conoce mi hijo del condado de Ashvere.

Bajo la cabeza.

—Sí, madre. Conozco la cifra, la cuenta de cierre, y el lugar.

Desde el martes segundo de junio al primer café del despacho del primer piso del cierre del contrato pequeño de la asignación adicional.

La administradora doméstica de la planta noble, en su cálculo, no me dijo el lugar.

Pero el lugar lo deduje al séptimo segundo del cierre del contrato.

Es Bath. Lo cual la administradora doméstica de la planta noble, esta mañana, sigue sin saber que yo conozco el lugar entero.

La duquesa asiente.

—Bien, Cael.

—Y la tercera cuestión, madre, la que no pido contestar.

—Adelante, Cael.

—La conversación de las once con la administradora doméstica de la planta noble, del té compartido del miércoles tercero de Cora con la institutriz al saloncito amarillo, no la madre de Wyndham la sostiene sobre la cifra del balance del cajón del doble fondo, ni sobre la cuenta de cierre, ni sobre el lugar del valle del sur de Inglaterra.

La duquesa la sostiene, sobre la libertad.

La duquesa baja la cabeza un grado.

—Sí, hijo.

—Madre, una sola cuestión menor por mi parte.

La libertad de no depender de mí, en el cálculo de la administradora doméstica de la planta noble, esta mañana del martes nueve de junio a las nueve y veintiséis minutos, después de los cuarenta y dos minutos perdidos del invernadero del lado oeste del lunes ocho a las diez y cincuenta y dos minutos, no es la del miércoles tercero al saloncito amarillo del primer piso de Ravenfell House. Es otra.

La duquesa levanta la vista. La cara, durante el cuarto de segundo siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto en cuatro años.

—Cael. ¿Le hiciste perder cuarenta y dos minutos a Bryn Marlowe ayer?

Bajo la cabeza.

—Sí, madre.

—¿En el invernadero del lado oeste?

—Sí, madre.

—Cael, ¿por qué?

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

—Madre, una grieta nueva en el cimiento del muro bajo del prado del este de los Bell.

Anne Ashen me la advirtió al portón de la mina de Penshaw a las nueve menos cinco por boca de Walter.

La grieta podía haber tirado la pared entera por la próxima tormenta del oeste, con la pérdida del rebaño completo del invierno para la familia Ashen.

Decidí la pared provisional con Walter en cinco minutos.

La cita del invernadero quedó perdida por cuarenta y dos minutos.

La administradora doméstica de la planta noble esperó diez minutos por encima del cierre, sin proponérmelo. La cita se aplazó.

Mi madre asiente medio grado.

—Bien, Cael. Esa contestación, según veo, es la que va a sostener la administradora doméstica de la planta noble, esta mañana a las once, conmigo, sin permitirme la firma.

Bajo la cabeza.

—Madre, ¿cómo se va a sostener?

La duquesa apoya las dos manos enguantadas sobre la falda.

La cara, durante los instantes siguientes, no me devuelve la palabra.

Sostiene, en cambio, la cinta del lavanda gris del puño derecho de la manga — la baja a la cara interna de la muñeca, sin permitírmela del todo, durante el cuarto siguiente.

La cinta queda guardada.