CAPÍTULO 42 #2
La cabeza, durante un instante siguiente, no me pide permiso para sostener nada. Pippa, a su lado del sillón, sin permitirse el detalle, sin volverse a Cora, sin volverse a Brennan, sin volverse a mí, dice a la duquesa de Wyndham — en una voz pequeña, sin atreverse:
—Mi excelencia. La flor pequeña no es del primer fresno del bosquecillo del norte de Ashvere, sino del patio de la iglesia parroquial del valle del condado de Ravenfell del domingo treinta y uno de mayo.
Yo, de los seis años y dos meses, la cogí del secante del escritorio del primer piso de la institutriz mi Bryn al cabo del segundo té del miércoles tres de junio.
La institutriz mi Bryn no me la ha pedido de vuelta, en el cálculo de la pequeña Pippa Ravenfell, porque la institutriz mi Bryn, ya tiene una flor pequeña amarilla del primer fresno del bosquecillo del norte de Ashvere al lado de las cintas del cajón del doble fondo, lo cual la pequeña Pippa Ravenfell, sabe sin permitir que mi Bryn se entere de que la pequeña Pippa Ravenfell lo sabe.
La flor pequeña del patio de la iglesia, según veo, le sobraba.
Y yo, según veo, la he traído al zaguán para entregársela a la duquesa de Wyndham del condado de los Wyndham al primer cuarto del día de su bajada a Cumberland, lo cual, de los seis años y dos meses, es la cosa pequeña que las niñas pequeñas del condado del norte le entregan a las marquesas madres del condado externo cuando bajan.
La duquesa, durante el cuarto de segundo siguiente, no le devuelve la palabra a la pequeña.
La cabeza, en el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo que la duquesa de Wyndham hace, al cabo del tercer segundo, es lo siguiente.
Levanta la flor pequeña amarilla con la mano derecha enguantada del color del crema.
La sostiene a la altura de la cara. La huele un instante.
Después la baja. Y, sin permitir que Cora la advierta, sin permitir que Brennan se la pida, sin permitir que la institutriz Marlowe del primer piso del rellano se permita la corrección, la flor pequeña amarilla la mete en el bolsillo interior izquierdo del corpiño de la levita del coche.
La flor queda al lado del corazón.
La duquesa baja la cabeza un grado entero.
—Lady Pippa Ravenfell. Le agradezco la flor pequeña.
La duquesa del condado externo, en mil ochocientos dieciocho, en su primer cuarto del día en Cumberland, sostiene la flor pequeña amarilla del patio de la iglesia parroquial del valle del condado de Ravenfell del domingo treinta y uno de mayo al lado del corazón.
Lo cual, según veo, no es asunto del condado externo.
Pippa asiente medio grado. Cruza al primer escalón. Vuelve a mi lado del rellano.
La duquesa levanta la vista a Cora.
—Cora. La cena del cordero entero, a las siete. El descanso del cuarto sorbo, al cuarto siguiente. Y, una cosa pequeña.
Cora asiente.
—Duquesa, adelante.
—La administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, mañana martes a las once menos cuarto, va a cruzar el portillo del jardín del sur a Ashvere al cuarto siguiente del primer café.
Yo, según veo, no he pedido permiso a la duquesa para la conversación de las once en el despacho del lado oeste del primer piso de Ashvere.
Yo, esta tarde, ahora, le pido permiso, sin proponérmelo.
Cora baja la cabeza un grado.
—Duquesa. Concedido. Y, una cosa pequeña por mi parte.
—Adelante, Cora.
—La conversación de las once, según veo, no la sostenga la duquesa de Wyndham con el cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce.
La sostenga la duquesa de Wyndham con la libreta pequeña del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell House del invierno de mil ochocientos dieciséis.
Lo cual, del invierno pasado, la duquesa de Wyndham, ya conoce.
La duquesa asiente medio grado.
—Cora, comprendido.
Pennywick cruza al zaguán por la puerta del este con el sombrero del cochero en la mano izquierda.
La duquesa se levanta del sillón pequeño.
Cora le indica con la mano izquierda — un gesto pequeño, sin frase — la escalera principal del primer piso.
Brennan, sosteniendo el brazo derecho otra vez, la sube por la primera tanda.
La duquesa, antes del primer escalón, se vuelve a mí.
—Señora Marlowe. Hasta mañana a las once.
Bajo la cabeza un grado.
—Duquesa. Hasta mañana.
La duquesa sube por la escalera con Brennan.
Pippa y yo nos quedamos en el rellano. Cora sale al patio principal con Pennywick para indicarle al viejo Brookes la cuadra del valle donde el coche y los dos caballos de los Wyndham van a pasar las cuatro semanas. La pequeña Pippa Ravenfell, a mi lado del rellano, sin mirarme la cara, dice:
—Mi Bryn, la duquesa de Wyndham se ha guardado la flor pequeña amarilla al lado del corazón.
—Sí, princesita.
—¿Mañana a las once mi Bryn cruza el portillo del jardín del sur al despacho del lado oeste del primer piso de Ashvere?
Asiento medio grado.
—Sí, princesita.
Pippa baja la cabeza un grado. No me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.
Cruza al pasillo del primer piso a las dos y veintinueve minutos hacia el cuarto de juegos, sola, sin pedirme la lección de las tres, sin que la duquesa Cora le haya autorizado el cuarto de juegos del té, sin querer a mí, la institutriz, la corrección menor del horario.
Yo me quedo en el rellano.
La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.
Subo por la escalera principal al cuarto del primer piso del lado sur. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante. Cruzo al escritorio bajo la ventana. Abro el cajón del doble fondo. Saco la libreta pequeña del balance. La abro por la última página.
La cifra del seis de marzo. Las tres anotaciones al margen — «O quizá ya no», «Ya no», «Otra cosa».
Cojo el lápiz fino.
Y, hago la cuarta anotación al margen. Más pequeña que las tres anteriores. En el lápiz un grado menos firme que el del miércoles tercero.
«Mañana a las once».
Bajo el lápiz.
Cierro la libreta. La devuelvo al cajón del doble fondo.
Al lado de la cinta del verde claro guardada esta mañana.
Al lado de la cinta de lino crudo del cierre de los acuerdos del martes segundo.
Al lado de la cinta amarilla del primer sombrero del verano de Pippa de mil ochocientos diecisiete.
Al lado de la flor pequeña amarilla del primer fresno del bosquecillo del norte de Ashvere — sí, una.
La otra, la del patio de la iglesia parroquial del valle de Ravenfell, ya está en el bolsillo interior izquierdo del corpiño de la levita del coche de la duquesa de Wyndham, dos pisos más arriba, en el cuarto del huésped principal del lado oeste del primer piso de Ravenfell House.
Cierro el cajón.
La cabeza me deja sostener una cosa pequeña.
La duquesa de Wyndham, mañana a las once, no me va a preguntar por la cifra del balance. Me va a preguntar — sin atreverse, en la corrección que Cora le acaba de pedir — por la libertad de no depender de su hijo.
Esa contestación, la cabeza me la deja considerar.