CAPÍTULO 42
El carruaje de la duquesa de Wyndham entra al patio principal de Ravenfell House a las dos y catorce minutos del lunes ocho de junio, doce minutos por encima de lo previsto, según el cálculo de Pennywick y la observación de Beulah.
La duquesa de Wyndham — Lady Cecily, mi suegra — baja del coche con dos manos del cochero — el viejo Morrison, de los Wyndham, sesenta y dos años, treinta y ocho de servicio en Mayfair — y una mano de Brennan al primer escalón.
Cora la recibe en el patio, sin sombrero, con la falda lavanda gris de los lunes de visita y la inclinación pequeña que la duquesa de Ravenfell le ha hecho a la duquesa de Wyndham en los primeros cuartos de hora de cuatro de las seis bajadas a Cumberland desde mil ochocientos diecisiete.
Pippa, a mi lado, en el primer escalón del zaguán, no se ha quitado el sombrero pequeño de paja del verano que Beulah le ha puesto a la una y media.
La cinta amarilla del sombrero, según veo, no es la del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete.
Es una nueva. Beulah se la ha cosido esta mañana después del cuarto de la cocina.
Pippa lleva la del año pasado en la muñeca derecha, debajo del puño de la manga, como las cintas que las niñas pequeñas del condado del norte sostienen sin permitirles a las cocineras advertirlas.
La cinta del verde claro del puño derecho de mi manga, esta tarde, no la llevo.
La cabeza no me ha pedido permiso.
Y, sin permitirle a Pearl la corrección al cierre del mediodía, sin permitirle a Cora la sugerencia que la duquesa habría hecho al cruce del saloncito amarillo del segundo té, decidí, al volver del invernadero del lado oeste a las once y cinco minutos del lunes ocho, que la cinta del verde claro pasaba al cajón del doble fondo del escritorio del primer piso de Ravenfell House.
Al lado de la cinta amarilla del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete de Pippa.
Al lado de la cinta de lino crudo del cierre de los acuerdos del martes segundo de junio.
Las tres cintas, juntas, en el cajón del doble fondo.
La libreta pequeña del balance, encima.
La cinta del puño derecho de la manga de la tarde del lunes ocho — la que la duquesa de Wyndham, en su primer cuarto de hora en el patio principal de Ravenfell House, va a advertir sin atreverse — es del color del lavanda gris.
La que el viernes ocho de mayo Pearl me puso en la repisa.
Sin la flor pequeña del primer fresno prendida con alfiler — la flor sigue en el cajón del doble fondo, no en la cinta.
La lavanda gris, sin flor, es la cinta del cuarto sorbo del té compartido entre dos mujeres del condado del norte.
La duquesa cruza al zaguán a las dos y diecisiete.
Brennan le sostiene el brazo derecho. Cora, al lado izquierdo.
La duquesa, de la primera vista desde el primer escalón, tiene sesenta y ocho años — tres más que Cora, cinco menos que Brennan.
La cara, sostenida por el ala del sombrero pequeño del coche, no la veo entera.
Pero la barbilla, los hombros y las manos enguantadas del color del crema, sí.
La duquesa, en mil ochocientos dieciocho, no es la mujer del cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce que yo recuerdo del jardín de cuarenta minutos.
Es una mujer más mayor — el luto suave del marido marqués al que perdió en mil ochocientos quince le ha sumado las marcas pequeñas del condado del norte que cuatro años sin compañía no se quitan.
Cruzo del primer escalón al rellano. Pippa de la mano.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para advertir lo siguiente.
La duquesa, en el cuarto de paso que da hacia el zaguán al cruzar el umbral, levanta la vista al primer rellano.
Mira la cara de la institutriz Marlowe — la mía, no la de Pippa — durante el primer segundo.
Después baja la vista al puño derecho de la manga.
La cinta lavanda gris, sin flor, en la cara externa de la muñeca.
La duquesa asiente medio grado.
Sin permitírselo del todo.
Yo le devuelvo media inclinación de cabeza.
Pippa, a mi lado, le hace la inclinación del condado de Ravenfell — la pequeña, a sus seis años y dos meses, ya la sabe hacer entera.
La duquesa baja la cabeza un grado al recibirla.
La cara, durante unos segundos siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no le había visto a una duquesa del condado externo desde el cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce.
—Lady Pippa Ravenfell. Le agradezco la inclinación. Yo, no se la sé hacer al condado de mi sobrino del valle de Wyndham con la misma firmeza que la pequeña a sus seis años y dos meses.
Pippa baja la cabeza otro grado, satisfecha.
La duquesa levanta la vista a la mía.
—Señora Marlowe.
Pausa pequeña — la del segundo y medio que las marquesas madres del condado externo, en mil ochocientos dieciocho, le conceden a las institutrices del primer piso de las casas vecinas a las que conocen del cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce.
La sostengo. Después le devuelvo media inclinación de cabeza.
—Duquesa, buen viaje.
—El viaje, señora Marlowe, lo cubrí en cinco días sin permitirme la posta de Carlisle por la diligencia rápida. Brookes no se ha quejado más allá de la parada del cuarto día en Lancaster, lo cual, del coche de los Wyndham, no es nada nuevo.
Asiento.
La duquesa no me sostiene la mirada al cuarto siguiente.
Cruza al primer escalón con Brennan y Cora al sillón pequeño del zaguán que Pennywick le ha preparado para el cuarto de descanso del coche.
Pippa, sin pedirle permiso a Cora, suelta mi mano y cruza por delante de la duquesa de Wyndham al lado izquierdo del sillón.
La pequeña, a sus seis años y dos meses, mira a la duquesa de Wyndham con la cara alta. Sin inclinarse. Sin permitirse el detalle.
—Su excelencia mi madre. Mi madre la duquesa de Ravenfell me indicó esta mañana al desayuno que el cordero entero del valle de los Bell de la cena de esta noche, de Beulah, la cocinera mi excelencia la duquesa de Wyndham lo va a comer.
Yo no, porque el cordero entero es para los señores grandes y yo, según veo, soy la lady Pippa Ravenfell del condado pequeño, no la duquesa de Wyndham del condado grande de los Wyndham.
Pero mi madre la duquesa me ha dicho que mi excelencia la duquesa de Wyndham va a saludarme a la mesa del comedor pequeño al cabo de la sopa fría, y yo, le voy a entregar a mi excelencia la duquesa de Wyndham, en el cuarto de antes de subir al cuarto del primer piso, una cosa pequeña que mi madre la duquesa me ha permitido entregarle.
La duquesa baja la cabeza un grado.
—Lady Pippa Ravenfell. Le agradezco la indicación. La cosa pequeña, del primer viaje a Cumberland en seis meses, no la he traído yo en el cocho de Mayfair — la he traído, en el lado izquierdo del corazón.
Pippa, a sus seis años y dos meses, sostiene la franqueza pequeña que las niñas pequeñas del condado del norte sostienen sin atreverse cuando una duquesa del condado externo les ha contestado con una frase que les permite sostener la mirada.
Pippa, al cabo de los seis segundos, asiente medio grado.
—Comprendido, su excelencia.
La duquesa sonríe sin atreverse. La sonrisa, del lado izquierdo de la cara, le dura un segundo y medio. Después la baja.
Yo me quedo en el rellano, sin proponérmelo. Sin permitir que Cora me sugiera al cuarto siguiente bajar al primer escalón con Pippa. Sin permitir que Brennan, sosteniendo el brazo derecho de la duquesa de Wyndham, me autorice la salida al cuarto de la lección.
La duquesa levanta la vista a la mía otra vez.
—Señora Marlowe. La pregunta del cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce — la que no le pude hacer entonces en el jardín de cuarenta minutos —, del primer viaje a Cumberland en seis meses, no se la voy a hacer esta tarde.
La conversación se la voy a pedir a la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House mañana martes a las once en el despacho del lado oeste del primer piso de Ashvere, sin la duquesa, sin Brennan, sin Hawthorn en el corredor.
Mi hijo me lo pidió por una vía corta el sábado pasado.
Le pido a la administradora doméstica de la planta noble que considere oportuno cruzar el portillo del jardín del sur a las once menos cuarto.
Bajo la cabeza un grado.
—Duquesa. Comprendido.
La duquesa asiente medio grado. Brennan le indica el sillón pequeño del zaguán.
La duquesa se sienta. Pippa, al lado del sillón, sin pedirle permiso a Cora, sin pedirle permiso a la duquesa de Wyndham, le entrega a la duquesa de Wyndham — del bolsillo de la falda azul claro de los lunes, sin que yo lo hubiera advertido al cruzar el rellano — una cosa pequeña.
Es una flor seca.
Pequeña, amarilla, cinco pétalos. La misma flor pequeña amarilla del patio de la iglesia parroquial del valle de Ravenfell del domingo treinta y uno de mayo a las doce menos diez minutos.
La que Pippa me entregó entonces. La que yo dejé encima de la cinta amarilla del primer sombrero del verano de mil ochocientos diecisiete en el secante del escritorio.
Y la que, sin que yo se lo haya pedido, sin que Pippa me haya advertido, ha pasado en algún momento de los últimos diez días del secante al bolsillo de la falda azul claro de la pequeña.
Pippa, en mil ochocientos dieciocho, a sus seis años y dos meses, le ha cogido la flor pequeña a su institutriz sin darme cuenta — y la ha entregado, esta tarde del lunes ocho de junio a las dos y veintidós minutos, a la duquesa de Wyndham al cuarto de bajar al sillón pequeño del zaguán.
La duquesa coge la flor pequeña amarilla con la mano derecha enguantada.
La sostiene un instante.