El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 41 #3
85%

CAPÍTULO 41 #3

Bryn se pone la capa por encima del hombro derecho. La cinta del verde claro del puño derecho queda, al ponerse la capa, en la cara interna de la muñeca, no en la externa. Hacia el costado del cuerpo, no hacia mí.

Lo cual, según veo, no es retirar la cinta. Es guardarla.

La cabeza no me deja sostener la cuenta.

Bryn cruza al umbral del invernadero. Yo le abro la puerta del cristal.

Bryn sale al jardín del lado oeste. Yo me quedo en el umbral.

La administradora doméstica de la planta noble cruza el jardín al paso firme — no al lento, no al medio, al firme — hacia la puerta del muro del jardín del sur.

Cruza el portillo a las once en punto. Vuelve a Ravenfell por el sendero del lado vecino con la libreta pequeña del balance en el bolsillo interior de la capa colgada del hombro derecho.

La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Cierro la puerta del cristal del invernadero pequeño.

Salgo al jardín del lado oeste. Cruzo al patio del este.

Tobías recibe a Hume, que tenía amarrado al primer poste.

Subo a la planta baja por la puerta de servicio.

Hawthorn me recibe en el zaguán principal con la cara más impasible de las mañanas — sin atreverse, sin permitirme la franqueza menor de los días de mi tío del señor de Ashvere.

—Milord. Su excelencia su madre la duquesa de Wyndham llega a Ravenfell a las dos.

Phipps subió ayer al primer piso de Ashvere.

La cocinera Eudora tiene preparado el cordero entero del valle de los Bell, pero, milord, el cordero entero, según la corrección que Beulah le pasó esta mañana al cierre, se lleva a Ravenfell, no a Ashvere.

El cordero pequeño de cabrito, en Ashvere, el miércoles diez.

Asiento.

—Hawthorn. Comprendido.

—Milord. Una cuestión pequeña. La administradora doméstica de la planta noble cruzó el portillo a las diez en punto esta mañana, según mi observación al patio.

Y salió del invernadero del lado oeste a las once en punto.

Lo cual, del oficio, es una hora y dos minutos por encima del tiempo que la cita pequeña, según la cesta del correo doméstico del viernes pasado, tenía firmados.

Bajo la cabeza.

—Hawthorn. El señor de la casa, esta mañana, ha hecho perder cuarenta y dos minutos a la administradora doméstica de la planta noble por una grieta nueva del cimiento del segundo cuadrante del muro bajo del prado del este de los Bell.

Walter Ashen me alcanzó al portón de la mina a las nueve menos cinco.

La cabeza, según veo, decidió la pared provisional.

La administradora doméstica de la planta noble, sin proponérmelo, no se fue del invernadero al cierre de los quince.

Esperó diez minutos. Y, al llegar yo a las diez y cincuenta y dos, sostuvo conmigo una conversación pequeña durante ocho minutos.

La cita, según veo, no se cumplió. La administradora doméstica la aplazó. Sin firma. Sin cuándo. Sin sobre.

Hawthorn baja la cabeza un grado entero.

—Como milord disponga, milord.

—Milord. Si me lo permite la franqueza menor del mayordomo viejo, una cosa pequeña.

—Hawthorn, adelante.

—La administradora doméstica de la planta noble, al cruzar el portillo a las diez, llevaba al puño derecho una cinta del verde claro de seda fina. Y, al volver a las once, ya la llevaba en la cara interna de la muñeca. Lo cual significa que la cinta se ha guardado.

Asiento.

—Hawthorn, eso ya lo guardo.

Hawthorn asiente medio grado. Se retira al zaguán pequeño.

Yo subo al primer piso. Cruzo el corredor del oeste al despacho. La puerta del despacho la cierro del todo, no entornada al palmo. Me siento en la silla del escritorio. Apoyo las dos manos en el secante.

La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.

Bajo del despacho a la biblioteca pequeña de la planta baja al cuarto siguiente.

Cruzo a la mesa larga. Abro el cajón menor del lado este.

Saco la libreta personal del balance que tengo desde febrero de mil ochocientos quince.

La abro por la página de la primera anotación del martes segundo de junio sobre la cifra de la administradora doméstica.

Cojo el lápiz fino.

Y, debajo de la primera anotación del martes, hago la segunda. Sin permitírmelo del todo. En el lápiz un grado menos firme que el del martes.

«El lunes ocho de junio a las diez y cincuenta y dos minutos, el señor de la casa hizo perder a la administradora doméstica cuarenta y dos minutos.

La cita se aplazó sin firma, sin cuándo, sin sobre.

La cinta del verde claro, al salir, se guardó en la cara interna.

La cuestión pequeña no se la voy a hacer hasta que la cinta vuelva al puño derecho por la cara externa, sin obligación».

Bajo el lápiz.

Cierro la libreta personal del balance. La devuelvo al cajón menor del lado este. Cierro el cajón.

Y, durante los segundos siguientes, apoyo la palma izquierda encima de la madera del cajón cerrado.

Después suelto la palma.

Subo al despacho. La duquesa de Wyndham llega a Ravenfell a las dos.

Yo, según veo, voy a cruzar al lado vecino a las dos y cuarto, con el sobretodo del condado y el sombrero del señor de la casa, sin querer, para encontrar a mi madre por primera vez en seis meses en el zaguán principal de Ravenfell House con la administradora doméstica de la planta noble del primer piso al lado izquierdo de la duquesa y la pequeña Pippa Ravenfell al lado derecho.

Pero la palma izquierda sigue apretando el cuero — no de la rienda de Hume, esta vez, sino del brazo de la silla del escritorio.