CAPÍTULO 41 #2
La libreta está abierta por la última página. La cifra del seis de marzo — «trescientas libras. Bath. Llegar antes de cumplir cuarenta. Calcular en mil ochocientos veintiséis» — la veo desde dos pasos. Las tres anotaciones al margen, en lápiz fino, también: «O quizá ya no». «Ya no». «Otra cosa».
La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Bryn levanta la vista al cabo del tercer segundo.
La cara, esta mañana, no es la del miércoles veintidós de abril.
No es la del viernes veintinueve de mayo.
No es la del martes segundo de junio en el despacho.
Es la cara de una mujer del condado del norte que ha esperado cincuenta y dos minutos con la libreta abierta sobre la mesa de trabajo del cantero, y que ha decidido por su cuenta no irse.
La cabeza no me deja sostener.
—Bryn, le he hecho perder cincuenta y dos minutos.
Bryn baja la vista a la libreta abierta. La cierra con la mano izquierda. La sostiene cerrada sobre la mesa.
—Cael, no son cincuenta y dos. Son cuarenta y dos minutos de la cita.
Diez minutos los esperé yo sin proponérmelo, después de la hora del cierre de los quince, porque la administradora doméstica de la planta noble decidió por su cuenta, al cabo de los primeros quince, no irse.
Esos diez son míos. Los cuarenta y dos, suyos.
Bajo la cabeza.
—Bryn, le pido perdón.
—Cael, no me pida perdón. La administradora doméstica de la planta noble lleva diez minutos sin atreverse no haberse ido.
Si la administradora doméstica se hubiera ido a las diez y cuarto, como había convenido por la cesta del correo doméstico del viernes, el señor de la casa, al llegar a las diez y cincuenta y dos, habría encontrado el invernadero vacío.
Lo cual habría sido la consecuencia del retraso.
La administradora doméstica, durante los diez minutos, decidió no entregarle al señor esa consecuencia.
Lo cual no es del oficio. Lo cual no le pido perdonar.
—Cael, pero le pido una cosa pequeña. ¿Por qué los cuarenta y dos minutos?
Bajo la cabeza.
—Bryn, el muro bajo del prado del este de los Bell tiene una grieta nueva en el segundo cuadrante del lado norte del cimiento.
Anne Ashen la advirtió esta mañana al ordeño.
Walter Ashen me alcanzó al portón de la mina a las nueve menos cinco.
La cabeza, durante el instante siguiente, sostuvo dos cuentas.
La primera, la cita del invernadero a las diez.
La segunda, la pared del muro provisional para que la familia Ashen no pierda el rebaño del invierno del año pasado en la próxima tormenta del oeste.
La cabeza, según veo, decidió la segunda.
Bajé al muro con Tobías al paso firme. Tardé veinticinco minutos.
Decidí la pared provisional con Walter en cinco.
Volví al paso firme — al trote, sin darme cuenta — del valle al sendero del este, veintiocho minutos.
Llegué al patio del este a las diez y cincuenta.
Crucé al jardín del lado oeste a pie. Llegué al umbral del invernadero a las diez y cincuenta y dos.
—La cabeza, Bryn, durante los cuarenta y dos minutos, sostuvo la cita pequeña del invernadero todo el camino.
La cabeza, según veo, no decidió la pared provisional contra la cita.
Decidió la pared provisional con la cita.
Lo cual, en el cierre del cálculo, no me convence — el cierre del cálculo, personal, debería haber sido la cita primero, la pared al cierre.
Pero el cálculo personal, Bryn, esta mañana, fue de Walter Ashen, no mío.
Y el cálculo de Walter Ashen, según veo, fue el correcto.
Bryn no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.
La cara, durante el segundo siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no había sostenido en el invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere a las diez y cincuenta y dos minutos del lunes ocho de junio de mil ochocientos dieciocho.
—Cael. Comprendido.
—La administradora doméstica de la planta noble, según veo, no le pide al señor de la casa vecina que la cita pequeña del invernadero del lunes ocho hubiera ido primero del muro bajo del prado del este de los Bell. La administradora doméstica le pide, en cambio, al señor una cosa pequeña.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso.
—Adelante, Bryn.
—La cita pequeña del invernadero del lado oeste, que se firmó el viernes cinco a las dos en punto en el cuarto de la señora Henshaw por la cesta del correo doméstico del mediodía, sin firma de aceptación, sin obligación, durante quince minutos antes de la bajada de la duquesa de Wyndham — no la corrijamos esta mañana.
Cierre, sin cierre. Sin la cuestión pequeña que el señor de la casa quería hacerle a la administradora doméstica de la planta noble en privado antes de la conversación de la duquesa de Wyndham.
Esa cuestión, Cael, se la dice usted a la administradora doméstica en otro momento, sin invernadero, sin techo de cristal nuevo, sin la libreta del balance sobre la mesa de trabajo del cantero, sin los cuarenta y dos minutos de retraso por la pared del muro provisional.
La administradora doméstica, en su cálculo, considera que la cita pequeña del invernadero del lado oeste de Ashvere del lunes ocho de junio de mil ochocientos dieciocho, personal, no es la cita que el señor de la casa y la administradora doméstica conviene sostener esta mañana. Es la cita que conviene aplazar.
—No por la grieta del muro. Por la libreta.
Bryn baja la vista a la libreta cerrada sobre la mesa de trabajo del cantero.
—Cael, la libreta pequeña del balance la subí al bolsillo interior de la capa el viernes cinco a las dos en punto al cruce del portillo del jardín del sur, por primera vez en dieciocho meses.
La crucé al invernadero del lado oeste esta mañana del lunes ocho.
La abrí sobre la mesa de trabajo del cantero a las diez en punto, sin pedirle permiso al señor del condado vecino.
La sostuve abierta durante cincuenta y dos minutos.
El señor de la casa, al llegar al invernadero a las diez y cincuenta y dos, no ha encontrado la libreta abierta porque la haya querido encontrar yo.
La ha encontrado abierta porque la administradora doméstica de la planta noble, durante los cincuenta y dos minutos, no se permitió cerrarla. Lo cual, Cael, no es del oficio.
La cabeza no me deja sostenerlo del todo.
Bryn levanta la vista.
—La cifra y el plazo y el lugar de Bath, lord Ashvere, el señor de la casa los conoce desde el martes segundo a las dos y cuarto.
La tercera anotación al margen — «otra cosa» — el señor la conoce desde el miércoles tercero al té compartido con Cora en el saloncito amarillo, lo cual la duquesa de Ravenfell, sin atreverse, le habrá hecho llegar al señor por una vía pequeña anoche.
El señor de la casa, según veo, ha leído la cinta del verde claro del puño derecho de mi manga al cruzar el umbral del invernadero esta mañana.
La cinta de las citas que las administradoras doméstica no permiten al oficio.
Lo cual significa, Cael, que el señor de la casa ya sabe lo que la administradora doméstica de la planta noble, sin atreverse, ha venido a decirle esta mañana.
—Pero hoy no se lo digo, Cael. Por los cuarenta y dos minutos.
Por la pared del muro. Por la grieta del segundo cuadrante.
Por el cierre de los quince. Por los diez minutos de espera.
Por la libreta abierta sin pedir permiso.
Por el cristal del techo nuevo que no tiene goteras del oeste.
Por todas las cosas pequeñas que se han ido sumando esta mañana al invernadero del lado oeste de Ashvere sin atreverse.
Una sola más, y la administradora doméstica de la planta noble, se lo diría al señor de la casa.
Y la administradora doméstica de la planta noble, en mil ochocientos dieciocho, no le va a decir al señor de la casa lo que la administradora doméstica de la planta noble lleva dieciocho meses sin permitirse decirle a ningún hombre del condado del norte por una grieta nueva del cimiento del segundo cuadrante de un muro bajo del prado del este de los Bell.
Bryn baja la vista. Recoge la libreta cerrada de la mesa de trabajo del cantero. La mete en el bolsillo interior de la capa que sigue colgada del brazo izquierdo.
—Otra mañana, Cael. Sin grieta. Sin pared provisional. Sin cuarenta y dos minutos.
Asiento.
—Bryn. Comprendido.
La cabeza, durante unos instantes siguiente, no me deja sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.
—Bryn. Una cosa pequeña, antes de la salida del invernadero. Sin obligación. Sin presión. La cinta del verde claro del puño derecho de la manga, esta mañana, querría pedirle al señor de la casa que la administradora doméstica de la planta noble se la guarde.
Bryn levanta la vista.
—¿Cael?
—La cinta del verde claro, en el código pequeño del condado del norte, es la cinta de las citas que las administradoras doméstica no permiten al oficio.
La administradora doméstica, esta mañana, la ha llevado al invernadero del lado oeste sin atreverse.
La cita, esta mañana, no se ha sostenido.
Le pido a la administradora doméstica de la planta noble que la cinta del verde claro, de hoy en adelante, no la lleve a una segunda cita que el señor de la casa no haya merecido.
Si la administradora doméstica de la planta noble, en algún momento del verano, considera oportuno volver a llevar la cinta del verde claro al puño derecho de la manga, la lleve.
Pero, Bryn, no la lleve por una segunda obligación que el señor de la casa, esta mañana, ha hecho perder con los cuarenta y dos minutos.
Bryn baja la cabeza un grado.
—Comprendido, Cael.