CAPÍTULO 41
A las nueve menos cinco del lunes ocho de junio, Walter Ashen me alcanza al portón de la mina con la noticia de que el muro bajo del prado del este de los Bell, el que el cantero de Keswick cerró el lunes once de mayo a costa entera del condado de Ashvere, tiene una grieta nueva en el segundo cuadrante del lado norte.
La grieta la ha advertido Anne Ashen esta mañana a las seis menos cuarto al pasar al ordeño del lado del valle.
Anne se la ha contado a Walter al primer café.
Walter ha bajado a la mina a buscarme, dejando el ordeño a su hermano pequeño Tom, el de catorce años, lo cual significa que la cuestión, en el cálculo de Walter, no es menor.
Bajo del caballo. Tobías recibe a Hume. Walter me hace media inclinación, sin sombrero.
—Milord, la grieta es nueva. La de mayo se cerró con cemento del bueno.
Esta es del lado de abajo, donde la pared de piedra del valle se le junta al cimiento del muro.
Anne me dijo que el cimiento tiene movimiento, no es solo la piedra.
Lo cual significa, milord, si la cabeza del condado me lo permite, que la pared puede caer entera la próxima tormenta del oeste si no se le baja un cantero al cimiento esta misma semana.
Bajo la cabeza un grado.
Y, en el cuarto de segundo siguiente, hago la cuenta que no había hecho hasta este momento del lunes ocho de junio a las nueve menos cinco de la mañana.
La cuenta es: la cita pequeña con la administradora doméstica de la planta noble en el invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere, a las diez en punto, durante quince minutos, antes de la bajada de mi madre a las dos.
Mi tiempo, desde las nueve menos cinco hasta las diez en punto, es de una hora y cinco minutos.
La distancia de la mina de Penshaw al invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere, a caballo al paso firme, en una mañana de junio sin lluvia, es de cuarenta y dos minutos.
La diferencia, en el cálculo del lunes ocho, es de veintitrés minutos.
Veintitrés minutos para bajar al muro bajo del prado del este de los Bell, advertir la grieta del segundo cuadrante del lado norte del cimiento que Anne Ashen señaló esta mañana, decidir si el cantero baja esta misma semana o si espera al lunes próximo, decir a Walter qué hacer, y subir a Hume otra vez al paso firme hacia el sendero del este de Ashvere.
Veintitrés minutos no es bastante.
La cabeza me lo dice al cuarto siguiente.
La cabeza me dice, además, lo siguiente. La cita es la primera que la administradora doméstica me ha aceptado fuera del cuarto de la señora Henshaw en sesenta y nueve días.
La cita es esta mañana.
La cita es a las diez en punto.
La grieta del muro del segundo cuadrante del lado norte del cimiento del prado del este de los Bell es de Walter Ashen, no mía.
La cabeza me deja sostenerlo cuatro segundos.
Después la cabeza me suelta la otra cuenta.
La otra cuenta es: si la pared del muro del prado del este de los Bell cae entera la próxima tormenta del oeste por una grieta nueva del cimiento que el señor de Ashvere no fue a advertir al lunes ocho de junio por una cita pequeña en un invernadero del lado oeste de su casa, los granjeros del valle de los Bell — Walter, Anne, Tom, los Whitcombe del condado vecino, los Bell del cottage menor — pierden el rebaño completo del invierno del año pasado, lo cual es la renta de la finca de Anne durante seis meses, lo cual significa que la familia Ashen no llega al cierre del trimestre de septiembre sin que el condado de Ashvere le tenga que adelantar una asignación menor.
La cabeza me lo deja sostener tres segundos.
Después decido.
La decisión es: la grieta se advierte ahora.
—Walter. Tobías, conmigo a la grieta. Hume al paso firme. La cita del invernadero pequeño se atrasa lo que se atrase.
Walter asiente.
—Como milord disponga.
Subo a Hume otra vez. Tobías recoge el caballo del cantero — un castaño viejo de Penshaw que Walter le había sacado al cuarto.
Bajamos al sendero del valle al paso firme.
La mañana del lunes ocho de junio, sin lluvia, sin viento, con la luz oblicua del este entrando por encima de las primeras lomas del condado, tiene la temperatura del primer cierre del primer semestre.
Tardamos veinticinco minutos en llegar al muro del prado del este.
Bajamos los dos. Walter — no, Walter se ha quedado en el portón con su hermano pequeño Tom.
Tobías y yo. La grieta del segundo cuadrante del lado norte del cimiento es, en efecto, nueva.
Anne tiene razón — el cimiento tiene movimiento, no solo la piedra.
La cabeza, al cuarto de segundo siguiente, me lo confirma.
La grieta no es de la última tormenta. Es de antes, de cuando el cantero cerró el muro el lunes once de mayo.
El cantero le falló al cimiento — o, mejor, el cantero le falló al cimiento porque no había advertido, en mayo, que la piedra del valle del lado del prado del este, en el segundo cuadrante del lado norte, tiene una vena de pizarra azul oscura que no soporta la tensión de la pared completa de mil ochocientos diecisiete cuando se le suma la del muro nuevo del cierre de mayo.
Lo cual, según veo, es asunto del cantero, no de Walter.
Pero el cantero no está esta mañana. El cantero está en Keswick, en su taller, hasta el viernes próximo.
Lo cual significa que la cabeza me dice lo siguiente.
Si el cantero baja el viernes, hay cuatro días — hoy lunes ocho, mañana martes nueve, miércoles diez, jueves once — de incertidumbre por la próxima tormenta del oeste.
Si pido a Walter que monte una pared provisional de cemento de domingo al lunes catorce, son seis días.
Si decido no hacer nada esperando al cantero del viernes, son cuatro días.
Decido la pared provisional de Walter.
—Walter, la pared provisional de cemento al cimiento del segundo cuadrante del lado norte, esta misma semana.
Anne tiene razón. El cantero baja el viernes, le pasamos por una vía corta de Hawthorn al taller de Keswick el aviso.
Mientras tanto, usted y Tom hagan la pared provisional.
Le mando a Hawthorn mañana, en el cesto del correo doméstico, los doce chelines del cemento extra.
La asignación se le suma al cierre del trimestre.
Walter asiente.
—Como milord disponga. Pero, milord, esta mañana de la advertencia, ya he perdido al señor de Ashvere veinticinco minutos del sendero, lo cual no estaba en el cálculo.
Si milord tiene la cita pequeña que me había mencionado Anne anoche al cierre del semisótano por la vía menor de la cocinera Eudora — la cita del invernadero del lado oeste de Ashvere a las diez —, milord la tiene perdida en este momento por veintidós minutos, según el reloj del portón.
Levanto la vista al reloj del portón.
Son las diez y veintidós.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña.
La cita del invernadero del lado oeste, a las diez en punto, durante quince minutos — los quince minutos que la administradora doméstica de la planta noble me había concedido sin atreverse, sin firma de aceptación, sin obligación — cierra a las diez y cuarto.
La cita ya está cerrada.
La cabeza me lo dice al sexto segundo.
Pero la mano izquierda, en la rienda de Hume al paso firme del valle de los Bell, aprieta el cuero un cuarto más fuerte.
—Walter. Subo. El cantero, el aviso por la vía corta, esta tarde. La pared provisional, esta misma semana. Le agradezco la mañana.
Subo a Hume.
Cabalgo al paso firme del valle al sendero del este.
La distancia, esta vez, no es del paso firme — es del trote.
Cuarenta y dos minutos al paso, según veo, son veintiocho al trote, lo cual no es del oficio del señor del condado del norte que cabalga por sus tierras el lunes ocho de junio de mil ochocientos dieciocho, sin atreverse, pero la mano me lleva al trote sin pedirle permiso a la cabeza.
Llego al patio del este de Ashvere a las diez y cincuenta.
Bajo de Hume sin pasar al patio principal.
Sin permitírmelo del todo, sin pedirle a Tobías que me recoja, sin entregarle el sombrero a Hawthorn al pasar, sin cambiarme la levita del valle por la de la mañana.
Cruzo al jardín del lado oeste a paso firme.
El invernadero pequeño está al fondo, al sur del cottage del cantero, con el techo de cristal nuevo que Hawthorn me confirmó el viernes pasado al cierre del corredor.
Llego al umbral del invernadero a las diez y cincuenta y dos.
Cuarenta y dos minutos tarde.
Empujo la puerta del cristal.
La administradora doméstica de la planta noble está dentro.
Sigue dentro.
Bryn está de pie junto a la mesa de trabajo del cantero — la del lado este del invernadero, la de la madera vieja, la que mi tío del señor de Ashvere mandó instalar en mil ochocientos doce.
Tiene la capa colgada del brazo izquierdo, no puesta.
La cinta del puño derecho de la manga, esta mañana, es de un verde claro que no le había visto.
Seda fina. Tres pulgadas, no dos. Sin flor prendida.
La cinta del verde claro, en el código pequeño del condado del norte, es la cinta de las citas que las administradoras doméstica del condado no permiten al oficio del cuaderno administrativo.
Bryn ha asistido.
Bryn sigue asistiendo cincuenta y dos minutos después de la hora del cierre de los quince minutos.
Lo cual, según veo, no significa una sola cosa.
La cabeza no me deja sostenerlo.
Cierro la puerta del cristal detrás de mí. Cruzo al lado este de la mesa de trabajo. Me detengo a dos pasos.
Bryn no levanta la vista de la mesa.
Sobre la madera vieja del cantero, ha desplegado, sin pedirle permiso a la cabeza ni a mí ni al señor del condado vecino, una sola cosa pequeña.
La libreta pequeña del balance.