El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

La lluvia ha parado a la una y veinte. El sendero del jardín del sur, sin barro — el granjero del valle de los Bell le pasó el rastrillo el sábado pasado al cierre del trimestre, y la lluvia fina del oeste no le ha estropeado las losas pequeñas.

Cruzo el portillo a las dos en punto. Hawthorn me recibe en el zaguán principal de Ashvere sin el sombrero del señor en la mano.

—Señora Marlowe, buen día.

—Hawthorn, buen día.

—Milord la recibe en el cuarto de la señora Henshaw, como las tres tardes habituales.

La cocinera Eudora le tiene preparado el segundo té con el terrón disuelto y la crema entera.

La luz, esta tarde, le entra al cuarto por la ventana del norte — la lluvia del oeste se quedó al cierre del valle, no cruzó al lado vecino.

Asiento. Subo por la escalera principal.

Cruzo el corredor del oeste. La puerta del despacho de lord Ashvere, esta tarde, está cerrada del todo, no entornada al palmo. Sigo hasta el cuarto de la señora Henshaw. Entro.

Mary ha dejado la jarra del agua tibia, el segundo té con la crema entera, dos rebanadas del pan tostado, y, encima del cuaderno administrativo cerrado del norte, una hoja pequeña con la nota corta de Hawthorn — el menú de la cena del lunes próximo con los Whitcombe.

La cocinera Eudora ha decidido cambiar el segundo plato, sin atreverse, del pavo del valle al cabrito pequeño que va a quedar de la primera entrega del miércoles diez.

Yo apruebo el cambio en el cuaderno administrativo con dos palabras al margen — «aceptado el cabrito».

Llaman a la puerta dos golpes.

—Adelante.

Entra lord Ashvere.

La cara, esta tarde — el primer cruce después del descubrimiento de Bath del martes segundo, del té compartido con Cora del miércoles tercero, del intercambio de notas por la cesta del correo doméstico de Pennywick del viernes cinco — sostiene una franqueza pequeña que llevo dieciocho meses sin recibir entera de él.

No es la del miércoles veintidós de abril, la de los cinco segundos sostenidos en el corredor.

No es la del viernes veintinueve, la de la delicadeza menor del «como cristal».

Es otra. Es la cara de un señor del condado del norte que ha leído, en la cesta del correo doméstico del mediodía, una hoja pequeña sin firma con un sello de cera roja sin sello, y ha entendido, sin atreverse, lo que la administradora doméstica de la planta noble le ha querido decir por una vía pequeña sin atreverse.

—Señora Marlowe, buen día.

Le devuelvo media inclinación de cabeza con el tratamiento del condado.

La conversación del cuarto de la señora Henshaw, esta tarde del viernes cinco de junio, dura cuarenta y dos minutos.

La sostenemos los dos sobre las dos sillas habituales — la del respaldo del sur, mía.

La silla baja del oeste, mía también, vacía.

Lord Ashvere se ha sentado en el sillón de orejas del lado este del cuarto, no en la silla del respaldo — la silla del respaldo, hoy, queda para la administradora doméstica de la planta noble como las tres tardes habituales, según la corrección menor que la administradora doméstica corrigió el viernes veintidós de mayo a las dos y veintidós minutos por adelantado, sin permitirme el agradecimiento.

El menú de los Whitcombe, lo cerramos en cuatro minutos.

La equivalencia menor del armario de costura — una segunda jofaina pequeña que la cocinera Eudora le pidió a Maud el martes —, en seis.

La revisión del cuaderno administrativo del trimestre — la del balance pequeño que el señor de la casa le pasa a la administradora doméstica el primer viernes de cada mes para que la administradora doméstica le corrija al señor las equivalencias menores del trimestre que el secretario de Ashvere del año pasado le había anotado mal —, en veintiún minutos.

Y, al cabo de los treinta y un minutos, llamamos a Mary para retirar la bandeja del té.

Mary entra al cuarto. Recoge la jarra del agua tibia, las dos rebanadas del pan tostado, la taza vacía del segundo té. Sale.

La puerta queda entornada al palmo.

Lord Ashvere se queda en el sillón de orejas del lado este. Yo me quedo en la silla del respaldo del sur. La mesa baja al centro, con el cuaderno administrativo cerrado y la hoja pequeña sin sangría de la nota de Hawthorn encima.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso.

—Cael, la cita del invernadero del lunes ocho a las diez de la mañana, durante quince minutos, sin firma de aceptación, sin obligación, queda cerrada por la cesta del correo doméstico del mediodía de esta mañana.

Bajo la cabeza un grado.

—Le agradezco, Bryn.

Lord Ashvere asiente medio grado.

—Bryn. Una cuestión menor, antes de la salida. Sin obligación, sin presión, sin nota corta sin firma esta vez. ¿Le permite la administradora doméstica de la planta noble al señor de la casa una pregunta sin contestación inmediata?

—Adelante, Cael.

—La administradora doméstica de la planta noble, en su contestación de la mañana, indicó al señor de la casa que su tiempo del lunes ocho no se extiende más allá de las diez y media.

Lo cual es comprensible — la duquesa de Wyndham baja a Cumberland a las dos, y la administradora doméstica de la planta noble tiene que prepararle a su excelencia Pippa Ravenfell la lección corta del primer encuentro con la duquesa de Wyndham.

Pero, querría saber si el límite de las diez y media es del cálculo de la administradora doméstica o del cálculo de la duquesa de Ravenfell.

Lo cual no le pido contestar. Lo cual me lo dirá la administradora doméstica al cierre del lunes ocho, si lo considera oportuno.

Bajo la cabeza.

—Cael, comprendido.

Lord Ashvere asiente medio grado. Se levanta del sillón de orejas del lado este. Coge el sombrero — esta tarde lo había dejado en la mesa baja, no en el clavo del corredor del viernes veintinueve. Cruza al umbral.

Se detiene en el umbral.

Sin volverse, sin proponérmelo, dice al corredor del oeste:

—Bryn. Una cosa pequeña más. La cita del invernadero del lunes ocho no es del oficio.

Tampoco es de las cortesías pequeñas que el señor de la casa no le entrega a la administradora doméstica de la planta noble durante los catorce días que ahora son once.

Es de otra cosa. Y la otra cosa, Bryn, no se la digo a la administradora doméstica antes del lunes ocho.

Se la digo el lunes ocho, en el invernadero, durante los quince minutos, en presencia del cristal nuevo del techo que Hawthorn confirmó esta mañana al cierre que no tiene goteras del oeste.

—La administradora doméstica de la planta noble, en su consideración pequeña, puede asistir a la cita o no asistir. La asistencia no es firma. La asistencia, según veo, es la cuestión pequeña que el señor de la casa no se permite preguntar todavía a la administradora doméstica.

Sale.

La puerta queda entornada al palmo. Oigo los pasos cruzar el corredor del oeste hasta el despacho. La puerta del despacho se abre y se cierra a los catorce segundos.

Yo me quedo en la silla del respaldo del sur.

La cabeza, durante los dos minutos siguientes, no hace ninguna cuenta.

Lo único que la cabeza me deja hacer es recoger el cuaderno administrativo cerrado de la mesa baja, doblar la nota corta de Hawthorn sobre el menú de los Whitcombe en cuatro, y meter las dos cosas en el bolsillo exterior de la capa.

El bolsillo interior, esta tarde, queda solo para una cosa pequeña — la libreta del balance pequeño que esta mañana, subí al bolsillo interior de la capa al cierre del cuarto antes de bajar al cruce del portillo de las dos.

Lo cual no había hecho nunca en dieciocho meses.

La libreta del balance, los lunes, miércoles y viernes desde el primero de abril, se queda en el cajón del doble fondo. Yo no la cruzo al portillo.

Esta mañana, sí.

No le permití al señor de la casa, durante los cuarenta y dos minutos de la conversación, advertir el peso menor en el bolsillo interior de la capa.

El lunes ocho a las diez, en el invernadero, la libreta va a salir del bolsillo. No para entregarla. No para enseñarla. Para sostenerla.

La cabeza me deja sostenerlo entero.

Salgo del cuarto de la señora Henshaw a las dos y cuarenta y dos minutos. Cruzo el corredor del oeste hasta la escalera principal. Hawthorn me recibe en el zaguán con la cara más impasible de los viernes. Me hace la inclinación menor.

—Hawthorn, le agradezco.

Salgo al patio del este. Cruzo el patio. Salgo por la puerta del jardín del sur. Cruzo el portillo del muro de piedra a las dos y cuarenta y siete.

La lluvia del oeste sigue parada.

La luz oblicua, esta tarde del viernes cinco de junio, le entra al sendero del jardín del sur de Ravenfell por encima del muro de piedra con el grado del primer mes del segundo trimestre.

La cinta de lino crudo del puño derecho de la manga, hoy — la advertirá Pearl, no Pennywick, al subir el agua tibia al cierre del día —, sigue donde estaba al cruce de las dos.

La libreta pequeña del balance, en el bolsillo interior de la capa, también.

Subo por la escalera principal al cuarto.

Cierro la puerta con llave.

Saco la libreta pequeña del balance del bolsillo interior. La devuelvo al cajón del doble fondo del escritorio. Cierro el cajón. Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante el momento siguiente.

La cabeza, esta vez, sí me deja sostener una cosa pequeña.

La cosa es: la libreta pequeña del balance, el lunes ocho a las diez de la mañana, va a salir del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell al bolsillo interior de la capa por segunda vez.

Y, durante los quince minutos del invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere, va a estar — sin permitirme la entrega, sin permitirme la firma — entre la administradora doméstica de la planta noble y el señor de la casa.

Lo cual no es del oficio.