El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El viernes cinco de junio amanece con lluvia desde el oeste.

La luz oblicua del este, que en mayo me ha entrado por la ventana del cuarto con la firmeza del primer mes que no es invierno, esta mañana del viernes cinco no me llega entera.

La banda del cielo, vista desde la cama al despertarme a las seis y veinte, tiene el color de la harina vieja.

La lluvia, fina, sostenida, sin viento, en el cristal del cuarto, suena como las lluvias de octubre del condado del norte que en Furness yo aprendí a no querer.

Pearl me trae la jarra del agua tibia a las siete menos cuarto.

Está más tibia de lo habitual — la cocinera Beulah le habrá indicado, sin atreverse, que el cuarto del primer piso del lado sur de Ravenfell House esta mañana del viernes cinco está dos grados por debajo de los miércoles habituales porque la lluvia del oeste ha entrado por una rendija pequeña de la ventana del lado del jardín del sur que Maud no acaba de cerrar entera desde abril.

Pearl no me lo comenta.

Lo que sí me hace es una indicación menor.

Sin permitírselo del todo. Sin permitir que yo le permita la observación.

Al dejar la jarra del agua tibia en la repisa de la chimenea pequeña apagada, baja la cabeza un grado y deja, además de la jarra, una hoja pequeña doblada en cuatro encima del cuaderno administrativo cerrado al norte del secante.

La hoja la recoge, según veo, de la cesta del correo doméstico del cierre de la noche anterior.

Pearl se retira sin decir.

Me siento en la silla baja del escritorio.

La cinta de lino crudo del puño derecho del martes segundo de junio, en el cajón del lado este, sigue donde la dejé.

La cinta amarilla del primer sombrero del verano de Pippa de mil ochocientos diecisiete, al lado.

Las dos juntas. La cabeza, durante el cuarto de segundo posterior al recoger la hoja pequeña doblada en cuatro encima del cuaderno administrativo, no me pide permiso para advertir lo siguiente.

La hoja, según veo, es la décima del señor de la casa vecina.

La décima, en mil ochocientos dieciocho, después del contrato pequeño del martes segundo y del té compartido con la duquesa del miércoles tercero, llega un viernes con lluvia desde el oeste por una vía menor que la cocinera Beulah le pasó a Pearl al cierre de anoche, sin atreverse, sin que la duquesa de Ravenfell se lo haya autorizado.

Abro la hoja.

Cuatro líneas, en la caligrafía firme del señor de la casa vecina, sin sangría, sin sobre, con la inicial sola al margen:

«Bryn — el cruce del viernes cinco, a las dos en punto, queda en el cuarto de la señora Henshaw, como las tres tardes habituales.

El cuaderno administrativo y la nota de Hawthorn sobre el menú de la cena del lunes próximo con los Whitcombe los reviso yo, no Hawthorn.

Y, además, le pido a la administradora doméstica de la planta noble una segunda cosa pequeña, sin obligación, sin presión, sin firma de aceptación: una cita en el invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere, el lunes ocho a las diez de la mañana, antes de la bajada de mi madre la duquesa de Wyndham, durante quince minutos, para una cuestión menor que el señor de la casa quiere hacerle a la administradora doméstica de la planta noble en privado antes de la conversación de mi madre. C».

Bajo la hoja.

La leo otra vez.

La cabeza advierte que el invernadero pequeño del lado oeste no es del oficio. Las administradoras doméstica del condado del norte no entran al invernadero del señor del condado vecino en los lunes habituales. Es la primera cita que el señor le ofrece fuera del cuarto de la señora Henshaw.

Y, en el cuarto del cuarto siguiente, sin proponérmelo, me acerco al cajón del lado este del escritorio.

Lo abro. Cojo la cinta de lino crudo del cierre de los acuerdos del martes segundo de junio.

La saco. La extiendo en el secante encima de la hoja pequeña doblada en cuatro de la décima del señor de la casa vecina.

La cinta de lino crudo no es la del invernadero.

La cinta del invernadero, según veo, sería de seda — una seda fina del color del verde claro, del que las administradoras doméstica del condado del norte llevan a las citas pequeñas del señor del condado vecino cuando las citas no son del oficio.

No tengo cinta del verde claro.

La de lino crudo, en el cajón, es lo más cercano que tengo.

La sostengo un instante.

Después, devuelvo la cinta de lino crudo al cajón del lado este. Al lado de la amarilla. Cierro el cajón. Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante el instante siguiente.

La cabeza no me deja sostenerlo del todo.

Pero la palma sí.

Bajo a la lección de Pippa de las nueve menos cuarto al cuarto de juegos.

La pequeña, esta mañana del viernes cinco de junio, está leyendo la fábula del campesino y los frutos del huerto — una de las del libro azul más larga, ocho páginas pequeñas, ilustrada con cuatro grabados del primer trimestre.

Pippa, al cabo de los primeros tres minutos, levanta la vista del libro y me pregunta — sin atreverse, sin permitir que yo le permita la observación — si la lluvia del oeste de la mañana va a entrar al invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere por el techo del cristal nuevo.

La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso.

—Princesita, ¿quién le ha dicho a mi pequeña que la lluvia podría entrar al invernadero pequeño de Ashvere?

Pippa baja la vista al libro azul. No me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente. Sostiene el libro abierto con la mano izquierda. Pasa la página al cuarto siguiente, sin atreverse.

—Nadie, mi Bryn. La pequeña Pippa Ravenfell, esta mañana del viernes cinco, no ha sostenido la pregunta sin atreverse. La cocinera Beulah me la subió al cuarto de juegos al cabo del primer café con el pan tostado, sin atreverse, sin que mi madre la duquesa se lo haya pedido.

Asiento medio grado.

La cabeza, durante unos instantes posterior, no me pide permiso para advertir lo siguiente.

Pippa, con seis años y dos meses, sin atreverse, sin que la cocinera Beulah se lo haya pedido, ya sabe que la décima hoja del señor de la casa vecina, según veo, contiene una cita pequeña en el invernadero pequeño del lado oeste de Ashvere.

Lo cual la cocinera Beulah le habrá pasado a la pequeña, en el código pequeño del condado del norte, por una vía menor que ni la duquesa de Ravenfell, ni mi excelencia el duque, ni la cocinera Eudora del condado vecino, ni Hawthorn, ni nadie del condado salvo Pearl, Beulah y Pippa, conoce.

Lo cual significa que Pippa ha sumado a la cinta amarilla una cosa pequeña más: la observación sobre la lluvia del oeste.

—Princesita, sigue con la fábula. La cuarta página, no la tercera. El campesino del libro azul de mi pequeña tiene que ir al huerto antes del cierre del cuarto de la cocinera, y mi pequeña, antes de la una, tiene que entregarle al campesino los cuatro frutos de la cesta.

Pippa asiente medio grado. Pasa a la cuarta página. La lección continúa, sin permitirnos a ninguna de las dos sostener la observación de la lluvia del oeste sobre el techo del cristal del invernadero pequeño de Ashvere por encima del cuarto siguiente.

La lección dura una hora.

A las diez menos cuarto, cierro el libro azul.

Pippa baja al desayuno tardío de los viernes con su madre la duquesa al saloncito amarillo.

Yo subo al cuarto. Cierro la puerta. Saco la hoja pequeña doblada en cuatro de la décima del señor de la casa vecina.

Saco una hoja propia del cajón del escritorio.

Saco la pluma fina. Mojo. Y, sin darme cuenta, le escribo a lord Ashvere la siguiente contestación en una sola línea, sin sangría, sin sobre, sin firma:

«Lord Ashvere — la administradora doméstica de la planta noble acepta la cita pequeña del invernadero del lado oeste de Ashvere el lunes ocho a las diez en punto, sin firma de aceptación, sin obligación de los quince minutos, con la indicación menor de que la duquesa de Wyndham baja a Cumberland el mismo día a las dos y de que mi tiempo, esa mañana, no se extiende más allá de las diez y media».

Bajo la pluma.

Pliego la hoja en cuatro. La meto en el sobre menor del cajón del lado oeste.

Sello con la cera roja del condado, no con la cera azul de los Wyndham.

El sello pequeño de la duquesa de Ravenfell — el del jerez del primero de mayo — no lo uso esta vez.

Y el mío propio, el de la viuda Marlowe que me llegó de la tía Hester en mil ochocientos diecisiete, tampoco.

Sello con la cera roja sin sello — solo el pliegue.

Cruzo al zaguán pequeño de servicio.

Pennywick me recibe sin la inclinación de los viernes. Me hace la inclinación menor.

—Pennywick, una cuestión menor. Esta hoja, en la cesta del correo doméstico del mediodía, para la cocinera Eudora del lado vecino, sin que la cocinera Beulah la advierta.

Si Beulah, durante la entrega, le pregunta a Pennywick por el contenido, Pennywick le contesta a la cocinera que la administradora doméstica de la planta noble ha mandado una corrección menor del menú de la cena del lunes próximo con los Whitcombe. Lo cual es verdad, en parte.

Pennywick baja la cabeza un grado.

—Como la administradora doméstica disponga.

Subo otra vez al cuarto. Me siento en la silla baja del escritorio. La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña.

La cosa es: el sello de cera roja sin sello, en mil ochocientos dieciocho, en una administradora doméstica de la planta noble que le contesta a un señor del condado vecino una décima nota con una cita en el invernadero pequeño del lado oeste de la casa vecina, no es del oficio.

Pero la cabeza me lo deja sostener.

El cruce del viernes cinco lo cumplo a las dos en punto.