El problema del conde (Los Wyndham 3) CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

—La cosa pequeña, Bryn, es la siguiente.

La cifra del balance del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell House, y en el de la duquesa de Wyndham, no es ya la libertad de no depender de mí o de Brennan o de la duquesa de Wyndham.

Es la libertad de no depender de mi hijo.

La duquesa de Wyndham, en su pregunta, te va a preguntar — sin atreverse, sin permitirse el detalle, sin permitirse la palabra «Bath» del todo — si tú, Bryn, en mil ochocientos dieciocho, sin permitírtelo del todo, sostienes la libreta pequeña del balance del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell todavía como la libertad de no depender de su hijo.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es la siguiente cosa pequeña.

Levanto la vista. Sostengo la mirada de la duquesa de Ravenfell durante los seis segundos siguientes.

La duquesa no me la devuelve entera — la duquesa baja la vista a la hoja verjurada del regazo al cuarto segundo.

Pero los seis segundos los sostengo yo, sin permitirme la corrección.

—Cora, no lo sé.

—La cifra del balance del cajón del doble fondo del primer piso, en mil ochocientos dieciocho, según veo, ya no es la libertad de no depender de su excelencia el duque, ni de su excelencia la duquesa, ni de la duquesa de Wyndham, ni de la tía Hester, ni de la hermana pequeña, ni del baronet de Furness que no aceptó el consejo de la duquesa de Wyndham del verano de mil ochocientos catorce.

La cifra ha pasado a ser, en el cálculo de las dos anotaciones al margen del catorce y del veinte de mayo, otra cosa.

La otra cosa, Cora, no la sé. La cifra ya no es la del cierre del plan de quince años.

Ya no es la del cierre del plan de siete años y dos meses.

Y, sin que la administradora doméstica de la planta noble se permita la tercera anotación todavía, la cifra, en este momento, no es del plan de no depender de su hijo.

Pero tampoco es del plan de depender de su hijo. La cifra es de otra cosa.

Cora baja la cabeza un grado.

—Bryn, la «otra cosa» que la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, en mil ochocientos dieciocho, según veo, está considerando sin atreverse, es asunto de la administradora doméstica.

No mío. No de la duquesa de Wyndham. No del señor de Ashvere.

La administradora doméstica, en mi sugerencia, se la concede el tiempo que considere oportuno.

No esta mañana. No antes del lunes ocho.

Mi sugerencia para el lunes ocho es la siguiente — y la cierro al cuarto de la conversación —.

Cuando la duquesa de Wyndham, en el despacho de su hijo, sin mí, sin Brennan, sin Hawthorn en el corredor, te haga la pregunta sobre la libertad de no depender de su hijo, le contestas, que la libertad ya no la calculas en la libreta del balance.

Lo cual la duquesa de Wyndham va a entender sin que se lo expliques.

Bajo la cabeza.

—Comprendido, Cora.

La duquesa asiente medio grado. Levanta la hoja verjurada del regazo. La pliega otra vez en dos. La mete en el cajón del lado este del sillón de orejas. Llama a Pennywick con dos toques pequeños de la mano izquierda en el reposabrazos.

Pennywick entra al cuarto.

—Pennywick. El segundo té al cabo del cuarto siguiente. Para dos. Con la crema entera de la cocinera Beulah.

—Como su excelencia disponga.

Pennywick sale.

Cora me devuelve la vista. La cara sostiene una franqueza menor — la del té compartido entre dos mujeres del condado del norte que llevan tiempo calculando, sin atreverse, una libertad pequeña que no es del todo del oficio.

—Bryn, el bastidor de las campanillas blancas, esta mañana, se queda plegado contra la pared. Te lo permito por una sola mañana, sin darme cuenta. Mañana volvemos a las puntadas.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para sostener una cosa pequeña.

Sonrío sin proponérmelo.

Lo cual no había hecho en el saloncito amarillo de Cora Ravenfell desde el primer trimestre de mi servicio en Ravenfell House.

Cora me devuelve la sonrisa pequeña de un solo lado. La sostiene un segundo y medio.

Después la baja.

Pennywick sube el segundo té a los catorce minutos.

La cocinera Beulah le ha mandado la crema entera, un terrón de azúcar oscuro al fondo, y, sin que Cora se lo haya pedido, una rebanada pequeña del queso del valle de los Bell.

La que la cocinera Eudora le pasa por la cesta del correo doméstico del miércoles, sin atreverse, desde el lunes once de mayo.

La duquesa y yo bebemos el segundo té sin hablar.

Salgo del saloncito amarillo a las doce y dos minutos.

Subo al cuarto del primer piso. Cierro la puerta con llave. Me apoyo en ella un instante.

La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso para hacer nada.

Lo único que la cabeza me deja hacer es bajar al cajón del doble fondo.

Lo abro. Saco la libreta pequeña del balance.

La abro por la última página. La cifra del seis de marzo, debajo de las dos anotaciones del catorce y del veinte de mayo, sigue donde estaba: «trescientas libras.

Bath. Llegar antes de cumplir cuarenta. Calcular en mil ochocientos veintiséis».

Las dos anotaciones al margen: «O quizá ya no». «Ya no».

Cojo el lápiz fino del cajón.

Y, sin querer, hago la tercera anotación al margen. Más pequeña que las dos primeras. Sin la firmeza de los lunes.

«Otra cosa».

Bajo el lápiz.

Cierro la libreta. La devuelvo al cajón del doble fondo. Cierro el cajón.

Apoyo la palma izquierda encima de la madera durante los instantes siguientes.

La cabeza, esta vez, no me deja sostenerla del todo.

Pero el cajón sí.

La cinta de lino crudo del puño derecho de la manga que llevé ayer al despacho del primer piso de Ashvere — la del cierre de los acuerdos — sigue plegada en el cajón del lado este del escritorio.

La he dejado allí esta mañana, no la he subido al armario menor.

Y, al lado de la cinta de lino crudo, en el cajón del lado este, dejo, esta mañana del miércoles tercero de junio a las doce y siete minutos, una cinta pequeña amarilla.

La cinta amarilla del primer sombrero del verano de Pippa de mil ochocientos diecisiete que llevé al puño derecho de la manga el lunes primero de junio al Cisne Blanco.

Las dos cintas, juntas, en el cajón del lado este.