CAPÍTULO 39
Cora me hace llamar al saloncito amarillo a las once y veinte minutos del miércoles tercero de junio, sin la lección de Pippa de las doce y sin la consulta previa que las duquesas del condado del norte le suelen pedir a las administradoras doméstica antes de subirlas a un saloncito.
Pearl me trae la indicación al cuarto. Está corta, en una nota de Pennywick, en la caligrafía firme del mayordomo viejo de Ravenfell:
«Señora Marlowe — su excelencia la duquesa de Ravenfell solicita su presencia en el saloncito amarillo del primer piso, lado oeste, sin acompañamiento, sin libreta administrativa, sin cuaderno. La pequeña Pippa está con Maud en el cuarto de juegos hasta la una. Pennywick».
Bajo la nota.
La cabeza, durante el cuarto de segundo siguiente, no me pide permiso para advertir lo siguiente.
La duquesa de Ravenfell, en mil ochocientos dieciocho, en dieciocho meses de servicio en su casa, me ha hecho llamar al saloncito amarillo del primer piso del lado oeste sin acompañamiento, sin libreta administrativa, sin cuaderno, tres veces.
La primera, el martes veintiuno de abril, para la conversación corta sobre la frase del sobrino de Brennan.
La segunda, el viernes primero de mayo, para el jerez de la taza rota. La tercera, esta mañana.
Las tres ocasiones — las tres — coinciden con momentos en los que la administradora doméstica de la planta noble, sin atreverse, ha hecho algo el día anterior que la duquesa de Ravenfell ha decidido por su cuenta sostener entre nosotras.
El martes veintiuno de abril fue después del lunes veinte — el lunes del primer cuarto de la señora Henshaw.
El viernes primero de mayo fue después del miércoles veintinueve — el del corredor del cinta ocre.
Y el miércoles tercero de junio es después del martes segundo — el del contrato pequeño firmado en el despacho del primer piso de Ashvere con la cifra del balance caída sin proponérmelo.
La cocinera Beulah, sin atreverse, le habrá pasado a Pearl una indicación de la cesta del correo doméstico del cierre de ayer.
Pearl se la habrá trasladado a la duquesa por la noche.
Y la duquesa, sin permitirse la consulta previa, esta mañana, sin la lección de Pippa, sin la libreta, sin el cuaderno, me ha llamado.
Subo por la escalera principal a las once y veinticuatro.
Pennywick me espera al lado del umbral del saloncito amarillo, sin sombrero, sin la bandeja del segundo té que las administradoras doméstica del condado bajan a la duquesa. La cara del mayordomo viejo, esta mañana, no es impasible. Me hace media inclinación, no la entera de los lunes.
—Señora Marlowe. Su excelencia la duquesa la espera al lado del bastidor de las campanillas blancas. El té no se ha servido todavía. Su excelencia lo va a pedir, en su caso, al cierre de la conversación.
Asiento.
Entro al saloncito amarillo.
La duquesa de Ravenfell, esta mañana del miércoles tercero de junio, está sentada en el sillón de orejas del lado este — no en el silloncito amarillo del bastidor.
El bastidor, esta mañana, está plegado contra la pared.
Las campanillas blancas, doce puntadas más adelantadas que el viernes primero, se quedan al margen del primer cuarto de hora de la conversación que la duquesa, sin atreverse, ha decidido sostener conmigo sin labor en el regazo.
Las duquesas del condado del norte, en mil ochocientos dieciocho, no sostienen las conversaciones del cuarto de hora del miércoles tercero de junio en el sillón de orejas del lado este sin la labor en el regazo a no ser que la conversación, en el cálculo de la duquesa, no admita la franja menor del bordado entre las dos.
Cora levanta la vista al cruzar yo el umbral. Me indica con la mano izquierda — un gesto pequeño, sin frase — la silla baja del lado oeste, no la del bastidor.
Me siento.
La duquesa de Ravenfell, esta mañana, tiene en el regazo una sola hoja pequeña doblada en dos, sin sobre, en un papel verjurado que reconozco. Es el papel verjurado de los Wyndham — el de la duquesa de Wyndham, no el de Cael. La cera azul oscura del sello, partida, queda al borde de la hoja.
Cora baja la vista a la hoja.
—Bryn, esta nota me ha llegado a la primera entrega del correo de Mayfair de la mañana. Es de la duquesa de Wyndham. Tiene cuatro líneas. Te las leo si me lo permites.
Bajo la cabeza un grado.
—Cora, adelante.
La duquesa abre la hoja. La luz oblicua del sur del saloncito amarillo, a las once y veintisiete del miércoles tercero de junio, le entra a Cora por el lado derecho de la cara con el grado del primer mes del segundo trimestre.
Cora lee:
—«Cora — mi hijo me ha escrito anoche, sin atreverse, una nota corta que me ha llegado esta primera entrega de la mañana del miércoles.
La nota me indica, sin permitirse el detalle, que la pregunta del cottage de Hertfordshire del verano de mil ochocientos catorce — la que yo le iba a hacer a Bryn Rowan al cabo de la primera semana en Cumberland — la quiere mi hijo en su despacho, sin ti, sin Brennan, sin Hawthorn en el corredor.
Lo cual me indica, sin que mi hijo lo haya escrito, que mi hijo ha advertido, sin atreverse, la cifra y el plazo y el lugar de la cuenta pequeña que Bryn Rowan, del invierno pasado, sigue calculando.
Te escribo a ti, sin escribírselo a Bryn, por una vía menor que la cocinera Beulah me confirmó esta mañana al cierre del semisótano.
Pídele a Bryn, que la cifra y el plazo y el lugar de Bath, esta vez, no los sostenga sola dieciocho meses más.
La duquesa y yo, en mil ochocientos dieciocho, ya no podemos sostenerlo en su sitio.
La pregunta del cottage, según veo, ya ha llegado tarde una vez. — Duquesa de Wyndham»
Cora pliega la hoja.
La deja en el brazo del sillón.
La cabeza, durante unos segundos siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es contestar.
—Cora, la duquesa de Wyndham lo sabe.
—Sí, Bryn.
—La cifra y el plazo y el lugar, la duquesa de Wyndham, esta mañana del miércoles tercero, los sabe.
Lord Ashvere los advirtió ayer al cabo de una pregunta menor en el despacho.
Yo no le permití el detalle del lugar — no le dije Bath.
Pero la duquesa de Wyndham, en el cálculo de su carta, lo conoce sin que su hijo se lo haya escrito.
Lo cual significa que la duquesa de Wyndham lo lleva sabiendo desde antes.
Cora asiente medio grado.
—Sí, Bryn. Lo lleva sabiendo desde noviembre de mil ochocientos diecisiete.
Bajo la cabeza un grado entero.
La duquesa de Ravenfell, esta mañana, no me devuelve la palabra al cuarto de segundo siguiente.
La duquesa apoya las dos manos en el regazo, sobre el papel verjurado de la duquesa de Wyndham.
La cara, durante el segundo siguiente, sostiene una franqueza pequeña que no me había sostenido en dieciocho meses.
—Bryn. Yo, en mil ochocientos dieciséis, al subirte al coche del condado en el cottage de Furness el día del entierro del baronet Marlowe, advertí la libreta pequeña del balance del bolsillo interior de tu capa.
La advertí porque, sin darme cuenta, te ayudé a meter la capa en el baúl pequeño del coche, y la libreta se cayó al asiento al cabo del segundo escalón.
La recogí. La devolví al bolsillo interior sin abrirla.
Pero, en el cuarto de segundo en que la cogí del asiento, advertí — sin proponérmelo — el lápiz fino y la cifra del balance en la primera página.
Bajo la cabeza.
—Cora, ¿hace dos años que lo sabes?
—Bryn, hace dos años, dos meses, y once días.
—Y mi excelencia el duque, ¿lo sabe?
—No, Bryn. Mi marido no lo sabe. Yo no se lo he dicho.
La duquesa de Wyndham, sí — yo se lo escribí en una carta corta de noviembre de mil ochocientos diecisiete, cuando advertí que la cifra del balance no se movía.
Catorce libras y seis chelines de avance en doce meses.
La administradora doméstica estaba retirando casi todas las trimestralidades en gastos pequeños — la tía Hester, la hermana, los enseres del invierno —, sin permitirse el balance hacia Bath del todo.
La duquesa de Wyndham leyó la carta de noviembre y la sostuvo.
—Lo cual, Bryn, significa lo siguiente. La duquesa de Wyndham, en mil ochocientos dieciocho, sin permitirse la formalización, considera que la cifra del balance de Bath del cajón del doble fondo del primer piso de Ravenfell es asunto de ella, además de tuyo. No de su hijo. De ella.
La cabeza, durante el segundo siguiente, no me pide permiso.
Lo único que la cabeza me deja hacer es asentir.
—Cora, ¿qué le contesto a la duquesa de Wyndham cuando baje el lunes ocho?
Cora levanta la vista del regazo.
La cara, durante un instante siguiente, sostiene la franqueza pequeña que llevo dieciocho meses no recibiendo entera de ella.
—Bryn, no le contestes nada del cajón del doble fondo.
Ni la cifra. Ni el plazo. Ni el lugar. La duquesa de Wyndham, según veo, no va a preguntar por la cifra.
Va a preguntar por la cosa pequeña que la cifra significa — la libertad de no depender.
Las administradoras doméstica de la planta noble del condado del norte, en mil ochocientos dieciocho, tienen las libretas pequeñas del balance en los cajones del doble fondo porque les hace falta sostener la libertad de no depender.
La cifra de cierre es la libertad. La libertad no es asunto de la duquesa de Wyndham.
La libertad es asunto de la administradora doméstica.
—Bryn. La duquesa de Wyndham, en su pregunta del lunes ocho — la que va a hacerte en el despacho de su hijo, sin mí, sin Brennan, sin Hawthorn en el corredor —, no te va a pedir la cifra.
Te va a pedir, sin atreverse, una cosa pequeña a la que tú, según veo, no le has contestado todavía a ningún hombre, a ninguna mujer, a ninguna duquesa, a ninguna duquesa del condado del norte en dieciocho meses.
Bajo la cabeza.
—Cora, ¿cuál?