CAPÍTULO 38 #3
—Bryn. Lo que sí podemos hacer esta tarde, antes de la firma del contrato, es lo siguiente.
Si la administradora doméstica de la planta noble lo considera oportuno, podemos cambiar la duración del contrato pequeño.
De los tres años a dos. O al uno. O sin duración.
Lo cual no es asunto de la cifra del balance.
Es asunto de la administradora doméstica de la planta noble que firma un contrato pequeño con un señor del condado vecino en el despacho del primer piso del señor del condado vecino sin saber, todavía, la duración del cierre de su propio plan.
Bryn levanta la vista.
La cara, durante el segundo siguiente, sostiene una franqueza pequeña que llevo dieciocho meses sin verle.
La luz oblicua del este del despacho a las dos y veintidós minutos del martes segundo de junio de mil ochocientos dieciocho le entra al lado derecho de la cara con el grado del primer mes del segundo trimestre.
—Cael, tres años.
—Los tres años, lord Ashvere — Cael —, los firmo enteros.
Sin prórroga al cierre, sin prórroga al inicio, sin reducción.
Tres años. La administradora doméstica de la planta noble, según veo, no necesita un contrato pequeño de un año o sin duración para sostener el plan que todavía no ha decidido.
La administradora doméstica de la planta noble necesita un contrato pequeño de tres años, exactos, firmes, para tener los tres años en los que decidir la cifra de cierre del plan que ya no es de quince ni de siete y dos meses.
Bajo la cabeza un grado.
—Comprendido, Bryn. Tres años.
Subo la pluma. Firmo el contrato pequeño en el lado norte del secante. «Cael Wyndham, conde de Ashvere» — la firma entera, no la inicial. Bajo la pluma. Le entrego el contrato a Bryn.
Bryn coge la pluma.
Firma debajo de la mía. «Bryn Marlowe» — sin la cifra del balance, sin Bath, sin Rowan.
La firma de la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, no la de la institutriz de Pippa Ravenfell, no la de Bryn Rowan de Furness.
La firma de la administradora doméstica de la planta noble.
Llamo a Hawthorn. Aparece en el umbral.
—Hawthorn. El contrato pequeño firmado. Lo guarda en la caja del segundo piso. Una copia al sobre del condado para Pennywick por la cesta de mañana. La asignación adicional empieza a contar el primer lunes de julio, como dice el contrato.
Hawthorn asiente. Recoge el contrato. Sale.
Bryn y yo nos quedamos solos en el despacho del primer piso a las dos y treinta y dos minutos del martes segundo de junio.
La puerta, esta vez, no la ha cerrado Hawthorn. La ha dejado entornada al palmo, como las tres tardes habituales.
Bryn se levanta de la silla alta del sur.
—Cael, una cosa, antes de bajar al cuarto de la señora Henshaw.
—Bryn, adelante.
—La cifra del balance, lord Ashvere, sigue siendo asunto mío.
El señor de Ashvere, esta tarde, sin atreverse, la ha advertido.
Yo, sin querer, se la he dicho. No la diga el señor a nadie del condado.
Ni a Hawthorn. Ni a la cocinera Eudora. Ni a su madre la duquesa de Wyndham.
Ni a Brennan. Ni a Cora. La cifra del balance se queda entre nosotros dos hasta que la administradora doméstica de la planta noble decida lo contrario.
Bajo la cabeza.
—Bryn, concedido.
—Lo agradezco.
Bryn coge la capa del respaldo de la silla alta. Se la pone. La cinta de lino crudo del puño derecho, ancha tres pulgadas, sin flor, sigue donde estaba — en la cara externa de la muñeca, hacia mí, hacia el lado del despacho.
La administradora doméstica de la planta noble cruza al umbral.
Sale al corredor del oeste. Hawthorn la espera en el primer rellano, sin permitirse el detalle, para acompañarla al cuarto de la señora Henshaw donde la cocinera Eudora le sube el té de las dos y media con el terrón disuelto y la crema entera, como las tres tardes habituales.
Yo me quedo en el despacho.
La cabeza, durante el medio minuto siguiente, no me pide permiso para sostener nada.
Lo único que la cabeza me deja hacer es lo siguiente.
Bajo del despacho a la biblioteca pequeña de la planta baja al cabo de la salida de la administradora doméstica.
Cruzo a la mesa larga. Abro el cajón menor del lado este — el de las cuentas personales del señor de Ashvere, no las del condado.
Saco la libreta personal del balance, la que tengo desde febrero de mil ochocientos quince.
La abro por la última página. La cifra del cierre del trimestre — el balance del trimestre del señor de Ashvere — la dejo donde está.
Pero, al margen, en lápiz fino, en una primera anotación pequeña que no había sostenido nunca, escribo lo siguiente:
«La cifra del balance de la administradora doméstica de la planta noble de Ravenfell House, en mil ochocientos dieciocho, es de trescientas libras.
Lugar de cierre: Bath. Plazo, antes del veintidós de marzo: quince años.
Después del primer lunes de abril: siete años y dos meses.
Después del martes segundo de junio: no decidido todavía.
La cifra y el plazo, asunto de la administradora doméstica.
El no decidirla todavía, asunto de los dos».
Bajo el lápiz.
Cierro la libreta personal del balance. La devuelvo al cajón menor del lado este. Cierro el cajón.
Y, durante los instantes siguientes, apoyo la palma izquierda encima de la madera del cajón cerrado del lado este de la mesa larga de la biblioteca pequeña de la planta baja de Ashvere Hall.
Seis segundos.
Después suelto la palma.
Subo al despacho a las tres menos veinte.
La cocinera Eudora me sube el segundo café a las tres en punto.
Las dos cartas de Mayfair sin abrir siguen encima del secante.
Las abro las dos. Mi madre la duquesa de Wyndham confirma la bajada del lunes ocho — Phipps llega el viernes siete, mi madre el lunes a las dos.
Dorian me escribe en una sola línea: «Cael — Isadora pregunta si el cabrito del miércoles diez es del valle de los Bell. Le digo que sí. — Dorian».
Yo le contesto a mi madre en cuatro frases.
A Dorian, en una.